jueves, 23 de marzo de 2017

La memoria dividida

Estando la sociedad argentina dividida ideológicamente en dos sectores antagónicos, no resulta extraño que tal división involucre a la propia memoria histórica, ya que el pasado es interpretado y relatado en distinta forma según los diversos sectores en pugna. No resulta sencillo, sin embargo, advertir cuál es el factor que motiva los desencuentros, ya que no parece provenir de un problema originado según la clase social de los involucrados, sino que implica una división de tipo moral, ya que el antagonismo se produce aun entre miembros de una misma familia.

Como ejemplo de tal división podemos mencionar el caso de los Alsogaray, uno de cuyos miembros, el economista Álvaro C., fue una figura representativa entre quienes trataron de impulsar la economía capitalista en el país, mientras que dos de sus sobrinos, hijos de su hermano militar Julio, pertenecieron a un grupo armado marxista, perdiendo uno de ellos la vida en esa condición.

Mientras que en algunos países europeos existen grupos intelectuales surgidos de ambientes aristocráticos, en la Argentina existen grupos pseudo-aristocráticos cuyo principal mérito es haber heredado alguna fortuna lograda mediante las habilidades empresariales de sus antepasados, en el mejor de los casos, o bien bajo sus aptitudes para congraciarse con los gobernantes de turno. Tal es así que varios de los integrantes de Montoneros pertenecían a ese sector social. Juan José Sebreli escribió: “La base social de Montoneros era de clase alta, clase media y algunos sectores lumpen, no abundaban en cambio los obreros. Entre los doce miembros fundadores sólo había un obrero y éste provenía de la militancia católica”.

“La auto-denominación de Montoneros define la actitud reaccionaria, proclive a las utopías retrospectivas, al anticapitalismo romántico: las montoneras habían sido un desorganizado movimiento de masas campesinas del siglo XIX que, conducidas por poderosos terratenientes, defendían formas rudimentarias de producción rural destinadas a desaparecer ante el avance del capitalismo”.

“El origen de los modernos montoneros estaba en la doctrina, igualmente anticapitalista romántica, de ciertos sectores de la Iglesia” (De “Crítica de las ideas políticas argentinas”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2002).

La escritora Silvina Bullrich advierte la decadencia de ese sector de la sociedad que en otras épocas contribuyó al engrandecimiento del país. Al respecto escribió: “Era socia del Ocean Club y porque había dejado de pagar durante dos veranos por estar casada con Marcelo [Dupont], negaron mi condición de socia. Fue un escándalo bajo, vil, indigno de lo que debería ser una clase dirigente, pero no supo serlo, de ahí todos los males de nuestro país. Esa oligarquía débil, incapaz de responderse entre sí, trajo daños irreparables, dejó instaurarse dos gobiernos peronistas, consiguió que sus hijos se convirtieran en guerrilleros y que el peronismo, con Cámpora como Presidente de la República, ganara en el Barrio Norte cuando las últimas elecciones [en 1973]” (De “La gran burguesa” de Cristina Mucci-Grupo Editorial Norma-Buenos Aires 2003).

Podría afirmarse, aunque con cierta cautela, que la grieta social que afecta a la sociedad argentina radica en un enfrentamiento entre individuos identificados con la clase media, con cierta vocación democrática, frente a individuos que se identifican con un sector totalitario y peronista al que poco le costó pasarse del nazi-fascismo de los 40 al marxismo-leninismo de los 70. Si bien muchos consideran que el nazi-fascismo es ideológicamente opuesto al marxismo-leninismo, desde un punto de vista democrático se observan como si fuesen dos grupos mafiosos que se disputan el poder, teniendo muchos aspectos en común.

Si tuviésemos que elegir las figuras más representativas de ambos sectores, es decir, el democrático y el totalitario, encontramos al Premio Nobel Bernardo A. Houssay como lo opuesto al tirano Juan D. Perón.

La persecución a la gente decente, que se produjo durante el peronismo, tuvo algunos antecedentes en el accionar de los militares nazi-fascistas amigos y colegas de Perón. Virgilio G. Foglia relata un atentado contra la vida de Houssay en 1943: “Pero lo más grave fue la colocación de una bomba en su casa que explotó y causó daños materiales considerables sin lesionarlo por el hecho de haber cambiado de lugar segundos antes. La bomba estaba colocada en el marco de la ventana de su escritorio en su casa particular en la planta baja y él trabajaba sentado en una silla pegada a ese marco” (De “Bernardo A. Houssay. Su vida y su obra”-Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-Buenos Aires 1981).

Los grupos extremistas, como Montoneros y el ERP, tuvieron el apoyo directo de Cuba e indirecto de la URSS, por lo cual el conflicto armado de los 70 no se pareció a una guerra civil, sino que fue un conflicto vinculado a la guerra fría y a los intentos de expansión del entonces Imperio Soviético. De ahí que el sector que inicia la agresión armada contra la Nación no debe considerarse local, sino internacional. Juan B. Yofre escribió: “Muchos observarán que trato la situación interna cubana. El papel de Fidel, en primer lugar. Luego, el Che Guevara con su fracasada fórmula: guerrilla-revolución-triunfo-socialismo, sembrando de muerte por donde pasaba. En todos lados, lo mismo, sin reparar en los costos. Hablaba de principios morales mientras fusilaba sin desdén. De no intervención, mientras se colaba donde podía. Llegó a privilegiar una invasión con extranjeros en su propio país. Ahí está, hoy reivindicado con su imagen en la Galería de Patriotas Latinoamericanos de la Casa de Gobierno. Un mensaje tétrico para las futuras generaciones o una muestra de frivolidad suicida” (De “Fue Cuba”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2014).

El “ritual” de iniciación en Montoneros exigía del futuro miembro el asesinato en la vía pública de un policía para quitarle el arma reglamentaria. Con ello se advertía la intención de exterminar a quienes se interpusieran a las ambiciones de los posteriormente denominados “jóvenes idealistas”. La reacción de policías y militares fue similar, ya que, por el simple instinto de supervivencia, adoptaron también la idea del exterminio del sector agresor. De ahí el nombre de “guerra sucia” con que luego se la designó. Incluso se afirma que unos de los líderes revolucionarios, Mario Roberto Santucho, estimaba en un millón la cantidad de asesinatos preventivos, contra posibles opositores, que se necesitaría realizar para la inminente implantación del socialismo en la Argentina. También Santucho pertenecía a una familia tradicional; originaria de Santiago del Estero.

Entre los promotores de la guerrilla marxista-leninista estaban también algunos sectores de la Iglesia, aunque seguía existiendo la tradicional Iglesia Católica cristiana, que era defendida por intelectuales como Carlos A. Sacheri, quien, por esa razón, fue asesinado en los años 70 por integrantes de uno de los grupos subversivos. Sacheri escribió, presagiando en cierta forma su propio destino: “Mientras el Tercermundismo pueda desarrollar libremente su obra de demolición de la autoridad y de los valores cristianos, el marxismo se extenderá dentro de la Iglesia, dando dramática actualidad a lo que denunciara Georges Bernanos: «Seremos fusilados por curas bolcheviques»…Quien quiera entender, entienda…” (De “La Iglesia clandestina”-Ediciones del Cruzamante-Buenos Aires 1977).

No se vislumbra la posibilidad de que la grieta que divide a la sociedad argentina se vaya a reducir, ya que los sectores totalitarios no admiten culpa alguna. Incluso se le ha restado todo valor e importancia a las victimas de la guerrilla, aceptándose tácitamente que no tenían derecho a la vida aunque por todas partes pregonan los “derechos humanos”. Por el contrario, los homenajes y las indemnizaciones son destinados a los caídos que pertenecían al bando agresor.

En la actualidad (2017) podemos observar, no sin cierto asombro, algunos programas de la televisión estatal en los que aparecen algunos terroristas de los 70, que fueran integrantes de Montoneros o del ERP, manteniendo sus posturas iniciales, sin reconocer culpa alguna, y promoviendo además la ideología que tantas muertes produjo. Si se sugiere un “nunca más” a la reacción brutal, se debe exigir también un “nunca más” a la acción brutal de quienes iniciaron el conflicto.

En pocos países (si es que ha habido alguno) se ha dado el caso de que importantes sectores de la población reivindiquen la acción violenta de grupos foráneos que intentaron destruir la nación para hacerla dependiente de un sanguinario imperio, como lo fue el soviético. Cometieron unos 21.000 atentados contra la propiedad, unos 750 secuestros extorsivos y alrededor de 1.000 asesinatos de individuos pertenecientes al bando argentino. Mientras el futbolista Alfredo Distefano afirmaba, con cierto orgullo, tener dos patrias, Argentina y España, los sectores de izquierda parecen haber tenido también dos patrias: Cuba y la Unión Soviética, renunciando a la Argentina, a la que trataron de destruir material y humanamente.

Si bien muchos recomiendan mirar al futuro antes que al pasado, resulta conveniente seguir mirando nuestra historia para mostrar la realidad de los hechos y para que quienes fueron engañados con versiones incompletas de lo sucedido, salgan del engaño. El sector que avala el terrorismo marxista ni siquiera reconoce el rotundo fracaso del socialismo que pretendían imponernos por la fuerza del odio y de las armas. Por algo será que sólo tres países en el mundo todavía lo mantienen en vigencia (Corea del Norte, Cuba y Venezuela).

Si se elige al azar una semana de los años 70, con la guerrilla en pleno (en este caso una del mes de Mayo de 1973), se podrá apreciar una sucesión de actos delictivos como los que a continuación se mencionan:

18 de Mayo: Secuestro de Enrique Fridman, empresario, liberado previo pago de rescate.
Atentado con explosivos al Distrito Militar San Juan.
Atentado con explosivos a Coca-Cola de San Juan.
20 de Mayo: Asesinato de Juan Carlos Allegari, aspirante a agente policial
21 de Mayo: Secuestro de Oscar Ricardo Castell, empresario liberado previo pago de rescate
22 de Mayo: Asesinato de Dirk H. Kloosterman, Secretario General de SMATA
23 de Mayo: Emboscada y tiroteo contra Luis Giovanelli, Noemí Darrin y Luis Cianelli, directivos de Ford. Todos fueron heridos. El primero murió el 25 de Junio de 1973.
Secuestro de Aaron Bellinson, gerente de BABIC SA.
24 de Mayo: Atentado con explosivos en el domicilio de Raúl Teruel, universitario, en Santiago del Estero
(De “Por amor al odio” de Carlos Manuel Acuña-Ediciones del Pórtico-Buenos Aires 2000).

Para confirmar la afirmación previa de que la grieta social responde esencialmente a una división de la sociedad por causas morales, se hace evidente que una acción destructiva como la ejemplificada, sólo puede ser apoyada, admirada y festejada por quienes odian a la sociedad a tal extremo que legitiman el secuestro o el asesinato de personas comunes y corrientes, como policías, empleados o gremialistas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Causas posibles del deterioro educativo

Entre los aspectos observables que han ido reduciendo notablemente el nivel educativo y cultural de los alumnos, tanto de escuelas primarias como secundarias, se pueden mencionar los siguientes:

1- Pobre valoración social del conocimiento

Cuando la educación es valorada sólo como un medio que permite ganar dinero, se pierden los estímulos necesarios para que el alumno adopte el hábito de la lectura y del autoaprendizaje. Incluso se ha llegado al extremo de que el mejor alumno reciba burlas de sus compañeros por cuanto se supone que “se la pasa todo el día estudiando”.
Por el contrario, el atractivo personal de un individuo depende bastante de sus aptitudes intelectuales, ya que toda conversación con alguien instruido se hace interesante y fructífera, por cuanto algo nuevo se ha de aprender.

2- Eliminación de premios y sanciones

Los estímulos y las sanciones han sido eliminados por cuanto el estímulo eleva y la sanción rebaja, atentado contra el anhelado igualitarismo (que se lo confunde con la igualdad). La abolición del sistema de amonestaciones produce en las escuelas los mismos efectos que la despenalización de delitos en la sociedad. En el primer caso promueve la indisciplina, mientras en el segundo caso promueve la delincuencia.
Quien aboga por las amonestaciones, no es una persona represiva, como se supone, ya que en épocas pasadas, cuando cada alumno sabía que tenía límites ante sus acciones antirreglamentarias, las expulsiones eran poco frecuentes. En la actualidad, por el contrario, ante la ausencia evidente de límites, la indisciplina perturba casi totalmente el desarrollo normal de una clase, impidiendo que sea fructífera aun para el alumno interesado en aprender.
El grave problema de la burla se resolvería, o atenuaría bastante, con las amonestaciones y una posterior expulsión del alumno violento (si es que resulta de interés proteger a las víctimas de esta situación y de impedir que el burlesco siga por un camino que lo podrá llevar a la delincuencia).

3- Predominio de los derechos sobre los deberes

Al exigir de los demás el respeto de nuestros derechos, relegamos en nuestra mente nuestros deberes, por lo cual no se cumplirán, como tampoco se respetarán los derechos de los demás. De ahí que, en lugar de buscarse la igualdad, predomina el egoísmo es su forma más déspota, ya que incluso tal mentalidad lleva a algunos padres a agredir a los maestros de sus hijos.

4- Desplazamiento de la prioridad de los contenidos

Ante el surgimiento de las nuevas tecnologías de la información, se cree erróneamente que el alumno ya dispone de abundantes fuentes de conocimiento y que por ello la labor del docente debe ser distinta a la que tenía en otras épocas. Sin embargo, el alumno siempre ha de aprender un tema cuando el docente se lo transmite con ciertos detalles y con la coherencia lógica necesaria para su asimilación (en forma independiente a las miles de páginas de Internet en donde aparezca el tema en cuestión).
Las ideas propias, o creativas, podrán surgir sólo en una etapa posterior a aquella en la que recibe el “conocimiento prefabricado”, como irónicamente se denomina al transmitido bajo el método tradicional; que resulta mucho más efectivo que el actual.

5- Reemplazo del entrenamiento mental por la calculadora

La excesiva utilización de calculadoras impide que el alumno realice el entrenamiento mental necesario para todo razonamiento, y sobre cualquier tema. Ante la pregunta de por qué seguir sacando cuentas mentalmente si existe la calculadora, se puede responder de por qué seguir caminando si existen las sillas de ruedas. La utilización de calculadoras en la primaria, y aun en los primeros años de la secundaria, resulta ser una especie de sacrilegio contra el entrenamiento mental.
El analfabetismo matemático, especialmente el aritmético, impide que una persona pueda hacer estimaciones mentales simples cuando las circunstancias lo requieren, estando totalmente perdidos en caso de no disponer de una calculadora.

6- Reemplazo de los libros

La televisión, como Internet, dispone de figuras de alta calidad que han desplazado a los libros sin figuras en la preferencia de muchos niños y jóvenes. Ambos medios de comunicación no nos exigen el ejercicio mental de conformar nuestras propias imágenes mentales, como en el caso del libro sin figuras. De la misma manera en que el uso excesivo de calculadoras impide el desarrollo de habilidades matemáticas y lógicas, el uso excesivo de la televisión e Internet impide el desarrollo de las habilidades imaginativas, e incluso del razonamiento normal.
Una de las consecuencias inmediatas de este uso excesivo es la pobre comprensión de textos de quienes están acostumbrados a no tener que asociar una imagen mental, surgida de su mente, ante cada palabra o párrafo que leen. En definitiva; produce los mismos efectos no saber leer que no leer nunca.

7- Utilización de la escuela para el adoctrinamiento partidario

Como al frente de los Ministerios de Educación está casi siempre un político antes que un docente (aunque disponga del titulo respectivo), se ha priorizado en las escuelas la enseñanza de una tergiversada versión de la economía de mercado (capitalismo), de la globalización, de los alimentos transgénicos, etc., como la promoción partidaria de políticas populistas y redistributivas.

8- Priorización del método al contenido

En algunas facultades que preparan docentes para el nivel secundario, se advierte que, aproximadamente, entre un 40 y un 50% de las materias son pedagógicas, reduciendo drásticamente la carga horaria de las materias propias de la especialidad. Luego, el tiempo asignado por el futuro docente para la asimilación de los contenidos que luego ha de transmitir, se ve ampliamente reducido, y de ahí seguramente su nivel no será el óptimo. Todo indica que el criterio predominante es darle trabajo a los docentes de Ciencias de la Educación en lugar de pensar en las necesidades de los alumnos y de la sociedad.
También en estos casos se imparte adoctrinamiento político que prepara al docente para promover en las escuelas un sistema político-económico que ha sido abandonado por la casi totalidad de los países del mundo.

9- Desprecio por los métodos educativos del pasado

Si un docente utiliza con frecuencia el pizarrón o hace un dictado, será criticado por usar métodos anticuados, aunque en el pasado no existían los graves problemas de la actualidad. Si un docente sintetiza un tema en el pizarrón y el alumno lo copia en su carpeta, habrá escuchado el tema una vez, lo habrá leído una vez, lo habrá escrito una vez y lo habrá releído antes de la evaluación correspondiente. A menos que el alumno se desinterese por el tema, son cuatros instancias que seguramente le habrán permitido al alumno formarse una idea adecuada del tema.

10- Autosabotaje de sus estudios

Varios son los alumnos que tratan de aprender lo menos posible y de hacer trampas en las evaluaciones, convirtiendo sus estudios en una gran pérdida de tiempo y contribuyendo a una gran pérdida de recursos económicos por parte de la sociedad.
Cuando la diversión y la vagancia son los mayores “valores” aceptados y divulgados en una sociedad, el alumno piensa todo el tiempo en tales “valores” menospreciando el conocimiento impartido en la escuela.

11- Elección del conocimiento “útil”

Con el pretexto del alumno de que algún tema o materia no le ha de servir en el futuro, ya que se dedicará a un trabajo poco vinculado, dejará de lado importantes conocimientos que hacen a la cultura general y a su formación personal. No faltarán los docentes que han de compartir ese criterio dejando de enseñar o de exigir adecuadamente aquellos temas descartados por los alumnos.
Por lo general, todos los conocimientos impartidos tienen su importancia y el alumno debe tratar de salir de la escuela con un amplio abanico de saberes que le permitirá en el futuro seguir alguna carrera universitaria o dedicarse a algún trabajo.
Cuando un periodista, con mucho “sentido práctico”, le pregunta a Luis F. Leloir para qué servían sus investigaciones, recibe como respuesta: “Para ganar el Premio Nobel”, ya que el periodista ignoraba que toda innovación científica, a la corta o a la larga, tendrá alguna aplicación concreta, además de ampliar el conocimiento dentro de la propia rama de la ciencia.

12- Desorientación ante el relativismo

La tarea educativa, en su aspecto formativo de la personalidad individual, se ve cada día más difícil de realizar debido al relativismo moral, ya que al docente cada vez le cuesta más afirmar que “esto está bien” o “esto está mal” por cuanto se considera que no existe el Bien y el Mal en un sentido objetivo. Se supone que tampoco existe una verdad única, sobre determinado aspecto de la realidad, por lo cual tampoco se la ha de buscar (relativismo cognitivo), mientras que tampoco debería buscarse una cultura definida por cuanto se acepta el relativismo cultural.
Si no existen metas tales como el Bien, la verdad y una cultura óptima, no es posible orientar a los estudiantes hacia ciertos ideales que en otras épocas eran definidos con bastante claridad.

martes, 21 de marzo de 2017

La ética necesaria para el capitalismo

Por lo general se supone que cualquier sistema económico puede dar buenos resultados si se parte de un nivel moral adecuado. Sin embargo, tal expresión tiene poco sentido a menos que se especifique a qué tipo de ética nos referimos. Si consideramos que existe una ética natural, entendiendo como tal la que promueve una actitud cooperativa y desalienta las actitudes competitivas y negligentes, entonces puede decirse que existe un sistema económico que mejor se adapta a dicha ética.

Otro aspecto a tener en cuenta es la existencia de poblaciones reales, en lugar de ideales. Y en toda población real existe una fuerte dosis de egoísmo. La economía de mercado ha tenido en cuenta dicho aspecto de la sociedad real y ha propuesto la competencia económica para anularlo parcialmente, al menos en su aspecto económico. Así como una alegría compartida es doble alegría y un dolor compartido es medio dolor, puede decirse que egoísmos enfrentados son medio egoísmo, mientras que varios egoísmos enfrentados (y en competencia) tienden a anularse. Ludwig von Mises escribió: “El mercado no es un lugar, una cosa o una entidad colectiva. Es un proceso impulsado por la interacción de los distintos individuos que cooperan bajo el sistema de la división del trabajo”.

“Cada uno, al actuar en el mercado, sirve a sus conciudadanos. Por otra parte, nuestros conciudadanos nos sirven. Cada uno es tanto un medio como un fin en sí mismo, un fin último para sí mismo y un medio para los otros que se esfuerzan por alcanzar sus propios fines”. “En la economía de mercado, todo hombre es libre, nadie está sujeto a un déspota. El individuo se integra a un sistema cooperativo espontáneamente. El mercado lo dirige y le dice en qué forma puede promover mejor su propio bienestar así como el de otras personas” (Citado en “Libertad: un sistema de fronteras móviles” de Enrique Arenz-Juan José Zuccoli Editor-Mar del Plata 1986).

La neutralización del egoísmo es una ventaja de la economía de mercado por cuanto cada empresario, o cada comerciante, deben tratar de vender a mejor precio y mejor calidad sus productos, para no perder ventas ni tampoco clientes. Se trata de una competencia cooperativa por cuanto todos se benefician con ella, especialmente el cliente. La competencia no cooperativa, o destructiva, se manifiesta cuando existen pocos participantes en la producción o en el comercio, estableciéndose monopolios que estimulan las ambiciones del único oferente en desmedro de los consumidores. En este caso, egoísmo no enfrentado con otro, tiende a ser doble egoísmo. Aun así, resulta mejor disponer de un monopolio que de la ausencia de empresas, ya que en ese caso la sociedad carecería de elementos necesarios para el consumo y también de fuentes de trabajo. Puede simbolizarse en forma breve el fundamento de la economía de mercado o sistema capitalista:

Capitalismo = Trabajo + Ahorro productivo + Libertad económica

Teniendo presente la definición dada por Álvaro C. Alsogaray:

Libertad económica = Libertad para comprar y vender + Competencia + Autorregulación de los precios

Disponemos de los elementos necesarios para describir una economía de mercado (a los que habría que agregar la propiedad privada de los medios de producción y una adecuada adaptación a la ética natural).

La capacidad, o aptitud laboral, de un individuo requiere de cierta preparación previa y de una actitud favorable hacia la sociedad de la que forma parte. Mientras que el hábito del trabajo resulta una virtud, o es el reflejo de una virtud moral, la negligencia o ineptitud laboral resultan ser fallas morales en las personas que poseen una salud normal.

Por otra parte, la voluntad para el ahorro surge de cierta disciplina por la cual el individuo que la posee tiende a sacrificar parte de sus comodidades presentes contemplado su seguridad futura, lo que implica cierta previsión del futuro y una responsabilidad social adecuada. Podemos decir que el individuo responde a la sociedad, desde un punto de vista económico, con el trabajo y el ahorro productivo, en donde se advierte que ambos atributos requieren de cierto nivel moral adecuado.

Si la sociedad, a través de sus representantes, se decide a otorgar a cada integrante la libertad para producir, comprar y vender, posibilita la formación de un mercado, que consiste en un proceso autorregulado del que surge un precio para cada mercancía. El precio de mercado actúa como una señal que aporta información, tanto a productores como a consumidores, indicándoles la conveniencia, o no, de producir, invertir, o consumir.

Una forma diferente para reducir o eliminar el egoísmo existente en las sociedades reales es el propuesto por el socialismo. En ese caso aplica la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción. Una forma alternativa de socialismo es la socialdemocracia, en cuyo caso se procede a la confiscación parcial de las ganancias de las empresas para ser redistribuidas fuera del proceso del mercado.

Al no distinguir entre competencia cooperativa y competencia destructiva, tales sistemas buscan anular toda competencia, por lo que promueven necesariamente la conformación de un monopolio estatal. Esta vez el Estado (o quienes lo dirigen) están en condiciones de ejercer una explotación laboral similar a la establecida por el empresario privado monopólico, quien no tiene competencia. Por ello, el socialismo acentúa todos los errores atribuidos en forma difamatoria al capitalismo, por cuanto la economía de mercado se opone a todo tipo de monopolio (para evitar justamente una posible explotación laboral) siendo en realidad el socialismo el que la promueve mediante el monopolio estatal.

En una economía de mercado, cada uno produce lo más posible para intercambiar la producción propia con la producción de otros, predominando un criterio cooperativo: “A cada uno según lo que produzca”. Ello contempla algo elemental; ya que cada ser humano tiene un solo cuerpo que alimentar y un solo cuerpo para vestir, todo el excedente que produzca será destinado, por intercambio, al resto de la sociedad. De esa forma existen motivaciones materiales (produce para sí mismo) como también motivaciones espirituales (produce para los demás) previo intercambio.

Bajo el socialismo, por el contrario, predomina un criterio altruista: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Se trata de motivar espiritualmente a cada individuo anulando previamente toda motivación material. Mientras el egoísmo no limitado por la competencia implica beneficiarse uno mismo desinteresándose por los demás, el altruismo implica sacrificarse uno mismo para beneficiar a los demás, por lo cual, a la larga, ambas situaciones producen resultados similares. De ahí la ventaja del intercambio que beneficia a ambas partes, que es la base de una economía libre.

Como el trabajo y el ahorro requieren de cierta disciplina individual, el sistema capitalista tiende a ser tergiversado por quienes, evitando adaptarse, buscan vivir a costa del trabajo y del ahorro ajeno. Es por ello que cada intento de perturbar el proceso del mercado hace que el sistema “reaccione” empeorando las cosas. Así, quienes pretenden “crear riquezas” reemplazando el trabajo por la emisión monetaria, no advierten que ello habrá de provocar en posterior efecto indeseable de la inflación.

Cuando se pretende reemplazar el ahorro productivo por la casi ilimitada concesión de créditos bancarios, el sistema reacciona con las crisis periódicas que aparecen con los ciclos de la economía, según la opinión de Mises. Tanto la inflación como las crisis periódicas son el precio que las sociedades pagan al intentar reemplazar comportamientos éticos virtuosos, como la laboriosidad y el hábito del ahorro, intentando suplantarlos por alguna forma de manipulación monetaria. Puede decirse que se puede engañar a mucha gente mediante tales maniobras, pero es el propio sistema autorregulado el que se “rebela” cuando no se respeta su buen funcionamiento.

Mientras que los hábitos del trabajo y del ahorro son atributos accesibles al individuo, la aceptación o el rechazo de la libertad económica surgen de decisiones de toda la sociedad. De ahí que las diferentes posturas políticas consisten esencialmente en la adopción de una entre las dos direcciones posibles que orientarán a la sociedad mirando hacia el futuro: la adopción de una economía capitalista o bien la adopción de una economía socialista (o su variante socialdemócrata). En este caso se advierte la preferencia de individuos que buscan vivir a costa de los demás a través del Estado mientras rechazan la posibilidad del trabajo y del ahorro individual como medios principales para sus realizaciones personales.

Una de las claves para que todo individuo adopte una actitud cooperativa, implica buscar un trabajo agradable. Y para ello es necesario que se capacite, mediante la educación principalmente. Bernardo A. Houssay expresó: “Trabajar en algo que interesa o apasiona es un placer, es una de las felicidades humanas más grandes. El trabajo es la diversión más barata y permite ser útil a sus semejantes” De “Bernardo A. Houssay. Su vida y su obra”-Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-Buenos Aires 1981).

No debe extrañar que una persona decente y trabajadora como el Premio Nobel Houssay haya tenido conflictos con los gobiernos totalitarios o populistas, como el de Perón, todavía aclamados por importantes sectores de la sociedad. Luis F. Leloir escribió sobre Houssay: “En política era más bien conservador, pero nunca tuvo actuación. Odiaba la ineficiencia, el desorden, la mentira y los slogans”. “Contrariamente a lo que creíamos, el Premio Nobel no representó mayor cambio en las condiciones de trabajo. Las autoridades de entonces [1947] no demostraron ningún interés, sino que probablemente se sintieron molestas con el premio que recibía un opositor acérrimo al régimen imperante”.

Es frecuente la opinión de que el egoísmo es la actitud necesaria para el buen funcionamiento del capitalismo. Ello es un error, ya que lo correcto implica decir que puede funcionar bien a pesar del egoísmo humano, bajo la circunstancia antes mencionada de la compensación entre diversos egoísmos por la competencia en el mercado. Un empresario egoísta, a la corta o a la larga habrá de perjudicar a sus socios, empleados, clientes o a la sociedad en general. Por el contrario, como lo afirma Mises, el capitalismo es un proceso orientado por la cooperación que complementa la previa división o especialización del trabajo.

A veces no se distingue la débil frontera entre el amor propio, que es una virtud, y el egoísmo, que es un defecto, por lo que se trataría de un problema de definición de palabras. Enrique Arenz escribió: “Decididamente, venimos al mundo con la impronta de nuestro Ego y con una saludable y natural tendencia al egoísmo, que no es otra cosa que amor por nosotros mismos, pero no un amor inmoderado –como dice el diccionario- sino humano, puro y racional”.

domingo, 19 de marzo de 2017

La planificación liberal

Por Álvaro C. Alsogaray

Según la concepción liberal, el ordenamiento económico no puede ser establecido por ninguna autoridad burocrática central porque ésta, por inteligente que sea y aunque disponga de los medios adecuados (hoy se podría hablar de computadoras), resulta absolutamente incapaz de prever o de establecer en cada instante el conjunto casi infinito de factores en juego. Con lo cual es inevitable que se generen roces y fricciones internas determinantes de un bajísimo rendimiento del conjunto, a la manera de lo que ocurre en una máquina anticuada, a la cual le faltan algunos elementos y a la que no se ha podido lubricar.

La mente humana, aun ayudada por los más modernos elementos de cálculos conocidos, no puede plantear y resolver el conjunto de ecuaciones simultáneas que se generan a cada instante en el seno de una economía evolucionada. La única manera de encarar el problema sería reducir el número de datos y de incógnitas a un mínimo compatible con las limitaciones citadas. Pero ello exige regimentar las necesidades y los deseos y en consecuencia, restringir la libertad de los individuos.

Si el ordenamiento económico no es establecido imperativamente por ninguna autoridad central, es evidente entonces que resulta necesario disponer de algún otro principio ordenador. Para la doctrina liberal ese principio ordenador es el Mercado, el cual, en última instancia, expresa los deseos y la voluntad de los individuos.

Dentro de una economía ordenada por el Mercado, es el consumidor el que determina, a través de su decisión de comprar o de abstenerse de hacerlo, qué es lo que se debe producir. No está en manos de ningún burócrata fijar la cantidad o cuota de lo que se puede adquirir, ni tampoco la calidad o la naturaleza del producto que se ofrece al público. Además, el consumidor es el que establece su propia escala de valores y el que decide si habrá de mejorar su vestimenta o si comprará una heladera en cuotas, si enviará a sus hijos a estudiar a un colegio particular pago o si desea educarlos en un instituto oficial gratis para destinar la economía que así realiza a mejorar su vivienda, o simplemente a prolongar sus vacaciones, etcétera.

Esta libertad de los individuos de elegir obliga a los productores de bienes y servicios a prestar permanente atención a sus deseos y gustos y a tratar de ajustarse a ellos. Si el productor no pone a disposición del consumidor lo que éste desea, por cierto que no podrá vender sus artículos y tendrá que desaparecer como tal, por lo menos en el rubro que ha elegido. De esta manera, la producción está auténticamente al servicio del consumo y todo aquel que no cumpla con la función social de producir en condiciones adecuadas lo que los demás desean, no tendrá la oportunidad de obligar o –para usar la dialéctica marxista- de “explotar” a nadie, aunque sea propietario de los medios de producción.

Este mecanismo funciona así en virtud de tres principios o leyes básicas del Mercado: la libertad de comprar y de vender, la competencia y la autorregulación de los precios. Estos tres factores provocan el efecto ya señalado de colocar la producción al servicio del individuo y ordenan la sociedad de una manera determinada sin necesidad de que ninguna autoridad burocrática central establezca, como ocurre en la economía socialista, un plan, que obligue a todos a proceder y a comportarse, de grado o de fuerza, conforme a los dictados de funcionarios que representan o encarnan aquella autoridad.

Es evidente que para que el Mercado, con sus tres principios básicos –libertad para comprar y vender, competencia y autorregulación de los precios-, pueda realmente producir un ordenamiento de la vida económica, no debe haber interferencias que le impidan que funcione plenamente. Éste es el verdadero sentido que tiene la expresión “libertad económica”, a la cual los abusos de algunos de sus usufructuarios y la propaganda socialista se han encargado, durante décadas, de desprestigiar. La libertad económica correctamente interpretada –y aun la expresión de “dejar hacer, dejar pasar” con que se trató de esquematizarla y divulgarla en los primeros tiempos –significa, desde el punto de vista técnico, la eliminación de todas las trabas que impidan el funcionamiento del Mercado para que éste pueda desempeñar su papel ordenador. Y esto parece altamente deseable y, sobre todo, grato a los espíritus libres que rechacen todo género de dictaduras.

Sin embargo, las cosas no son tan simples. Ni la libertad económica ni tampoco las libertades políticas, espirituales y morales, son bienes o estados que se dan espontáneamente, constituyendo derechos inalienables respetados por todos y contra cuyo cercenamiento se está a cubierto en forma natural. Por el contrario, la historia del hombre se caracteriza por una lucha permanente en procura de esas libertades o en defensa de las mismas. De las restricciones y de los tabúes que caracterizan las vidas de las tribus y de las sociedades primitivas, se ha ido avanzando poco a poco hacia un mayor grado de libertad individual. Pero esta libertad ha sido y es constantemente atacada por factores regresivos, como lo prueba el hecho de que aun en pleno siglo XX existan en sociedades evolucionadas formas distintas de servidumbre y hasta de esclavitud. Ello es especialmente cierto en lo que hace a la “libertad económica”, que los socialistas consideran precisamente como el símbolo de la “explotación” y del “predominio de los privilegiados”, y que un número de no socialistas, ganados por la propaganda de aquéllos, combaten sin entender lo que significa creyendo que así defienden mejor sus intereses individuales que, naturalmente, identifican con los intereses de la colectividad. El Mercado, como principio ordenador de la actividad económica dentro de la sociedad libre no resuelve, por supuesto, todos los problemas, pero lleva a un ordenamiento espontáneo que, además de tomar en cuenta de la mejor manera posible los innumerables factores que juegan en una economía moderna altamente evolucionada, reúne algunas otras características notables que vale la pena destacar.

En primer lugar está el factor eficiencia. El sistema no tiene las rigideces del método burocrático socialista. Toda la actividad económica se desarrolla fluidamente en una autoadaptación constante de los distintos factores en juego que interaccionan en forma simultánea. Ello excluye la necesidad tan característica de los regimenes socialistas-dirigistas de demorar todo hasta que los funcionarios, dentro de sus limitaciones, puedan resolver sobre cada uno de los problemas. Hace innecesario, por ejemplo, que el comité o el burócrata de turno fije el precio que habrá de pagarse por la caña de azúcar elaborada uno o dos años antes o, como ocurrió alguna vez en la Argentina, el número de “hojas de apio que debe contener cada atado de verdurita”, o cualquier otra de las decisiones que es necesario esperar cuando son los empleados del gobierno los que fijan los detalles de la vida diaria conforme a un plan.

Esa permanente y casi instantánea acomodación de los factores económicos que asegura el Mercado frente a las circunstancias particulares de cada momento, determina un funcionamiento del conjunto altamente eficiente debido a la falta de trabas, de pérdidas de tiempo, de roces internos, etc. Todo funciona como una máquina bien lubricada, que camina en forma suave, sin estridencias ni fricciones y que, cualquiera que sea su complejidad, produce en forma simple y con un elevado rendimiento.

En segundo término, el sistema de Mercado es un sistema sin corrupción. No dependiendo de la posibilidad de comprar y de vender sino de los deseos del público y de la competencia, no existe otra manera de obtener beneficios que la de encontrar la forma de satisfacer mejor que otros la demanda. El productor –y para usar otra vez la dialéctica marxista-, el “capitalista explotador” que domina los medios de producción, está colocado frente a un árbitro imparcial e inexorable, que es el público consumidor, y sometido a una ley no menos tiránica que es la de la competencia.

O acierta con los gustos y los deseos del comprador y concurre a satisfacerlos a menor precio y mejor calidad que otros productores, o es expulsado del Mercado. No tiene manera de escapar a esa regla corrompiendo a nadie. En cambio, bajo los regimenes y planes en que todo depende de los funcionarios, tal posibilidad existe y en la práctica es ejercitada en amplia escala. Por ejemplo, cuando la importación está sometida a un régimen de cuotas y la asignación de un permiso depende de la voluntad de un funcionario, de inmediato queda abierto el camino a la corrupción.

No es que todos los funcionarios sean venales y que todos estén dispuestos a vender su conciencia: es que el sistema mismo conduce a un efecto análogo. Aun cuando una cuota haya sido bien adjudicada –y jamás podrá establecerse una regla suficientemente imparcial como para determinar cuándo una adjudicación está bien y cuándo está mal-, el beneficiario de esa cuota, que representa un verdadero privilegio, podrá negociarla realizando ganancias fuera de toda medida.

Otro caso: si se coloca en manos de funcionarios de bancos del Estado la facultad de otorgar o no créditos en función de una política “dirigista”, como por ejemplo la del “desarrollo forzado” y no en relación a los requerimientos del Mercado y a la solvencia de los clientes, es inevitable que tales créditos se concedan atendiendo a intereses políticos, o a influencias gubernamentales, o al monto de la comisión que el beneficiario esté dispuesto a pagar. El “desarrollo” no es en ese caso sino la excusa para justificar un privilegio otorgado a unos pocos. Y como estos dos ejemplos es posible citar otros que demuestran que, cuando es una autoridad discrecional la que reparte favores, la corrupción es inevitable. Inversamente, cuando es el Mercado el que, actuando ciega e imparcialmente, distribuye según las capacidades y habilidades de cada uno, la corrupción resulta imposible.

Dentro de los regimenes dirigistas se configuran así innumerables pequeños o grandes monopolios de hecho en perjuicio del consumidor, que premian a los más audaces o a los que mejor se someten a los dictados de la autoridad política, con el agravante que ninguno de esos beneficiarios se sentirá afectado en su conciencia ni considerará que está cometiendo un delito. Por el contrario, esos beneficiarios podrán presentarse públicamente como grandes hombres de negocios que han sido capaces en poco tiempo de reunir una fortuna o aun de construir un verdadero imperio industrial o comercial. Un régimen de tal tipo, que permite desviaciones de esa clase, bien puede ser calificado como un régimen de “corrupción organizada o institucionalizada”. Y es en este sentido que el sistema de Mercado está, como se ha dicho, libre de corrupción. Esto no quiere decir que dentro del régimen de Mercado no existan quienes tratan de violar las reglas del juego. Siempre habrá bajo cualquier sistema contrabandistas, estafadores, simuladores y elementos antisociales de toda clase, pero tendrán que presentarse ante la sociedad como tales y serán repudiados como delincuentes y no admirados como “grandes empresarios”, según ocurre bajo los regimenes dirigistas.

En tercer lugar está el hecho ya señalado de que el individuo es dueño, dentro de su propia esfera, de decidir y de elegir conforme a su propia escala de valores. Esto incluye la posibilidad de buscar el trabajo que mejor se adapte a sus propios gustos y capacidades y de cambiarlo por otro si así lo desea y se le presenta la oportunidad. Esa búsqueda de fines propios, individuales, que dependen de la naturaleza de cada uno, y esa tranquilidad subconsciente de que existe la posibilidad de proceder sin necesidad de someterse a las órdenes que la oficina determina como moral y deseable, es tal vez lo que mejor define y produce en cada uno esa sensación que se conoce como “libertad”.

Por último –e indudablemente como cuestión principal-, el hecho de que la vida económica esté ordenada por un principio –el Mercado- como factor abstracto, impersonal e imparcial y no por funcionarios con poder para decidir sobre el comportamiento individual de cada uno, garantiza de la mejor manera posible el respeto a las libertades individuales y a la dignidad de las personas.

(De “Política y economía en Latinoamérica”-Editorial Atlántida-Buenos Aires 1969)

viernes, 17 de marzo de 2017

Hambre vs. alimentos transgénicos

La población mundial crece a razón de unos cien millones de habitantes por año (exceso de nacimientos sobre defunciones). Como la superficie disponible para la agricultura se mantiene invariable, o bien se reduce ante la necesidad de terrenos disponibles para nuevas viviendas, la única opción posible (hasta el momento) para evitar el hambre, implica recurrir a las nuevas tecnologías agro-alimenticias para lograr rendimientos por hectárea mucho mayores que los obtenidos por los métodos tradicionales.

Si se sigue con las técnicas tradicionales, se estaría optando por el hambre generalizado en importantes sectores de la población mundial. De ahí que, aun con ciertos riesgos, la elaboración de alimentos transgénicos aparece como la mejor alternativa. Quienes se oponen a dichas tecnologías promueven directa o indirectamente la concreción de una catástrofe alimenticia sin precedentes; por lo que se les sugiere proponer una mejor solución, en cuyo caso seguramente habrá de ser aceptada.

Los promotores del hambre están generalmente orientados por una actitud anti-empresarial y anti-capitalista, amparándose en un falso interés por la salud de la población y la conservación del medio ambiente. Suponen que el empresario es perverso por naturaleza. De ahí que todo Estado debería proteger al resto de la población de esa “clase social maligna”. De esta creencia surgen actitudes típicas, como la de quien afirma, sobre cualquier resultado económico, deportivo o político, que “está todo arreglado”, es decir, que los poderes ocultos de las multinacionales han determinado previamente el resultado de un mundial de fútbol, de una crisis o de un acto electoral (lo que en algunos casos puede ser cierto).

Otra expresión frecuente, asociada a todo acontecimiento, de cualquier índole, que tenga trascendencia pública, es que ha sido promovido en forma premeditada por el gobierno de turno (aliado a las empresas) para “desviar la atención” de la gente con la intención de evitar que piense por un tiempo en la situación económica y social. También se supone que los periodistas que no se oponen a las grandes empresas han sido previamente “comprados” con la nefasta finalidad de engañar al público, por lo que rechazan sistemáticamente todo lo que afirmen.

Esta postura pesimista predomina en quienes, además, se oponen a las tecnologías que promueven la elaboración de alimentos genéticamente modificados. Recientemente, un grupo numeroso de científicos manifestó su oposición a la labor de Greenpeace. Como no se puede decir que se trate de gente ignorante, seguramente se aducirá que tales científicos fueron “comprados”, o sobornados, por las empresas biotecnológicas. La carta abierta, firmada por más de 100 galardonados con el Premio Nobel, afirma: “Llamamos a Greenpeace que cese y desista en su campaña contra el arroz dorado específicamente, y a los cultivos y alimentos mejorados a través de la biotecnología en general”.

“Llamamos a los gobiernos del mundo a rechazar la campaña contra el arroz dorado específicamente, y a los cultivos y alimentos mejorados a través de la biotecnología en general; y a hacer todo lo posible para oponerse a las acciones de Greenpeace y acelerar el acceso de agricultores a todas las herramientas de la biología moderna, especialmente las semillas mejoradas a través de la biotecnología. La oposición basada en la emoción y el dogma en contradicción con los datos debe ser detenida”

“¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de considerar esto como un «crimen contra la humanidad»?” (De www.chilebio.cl/?p=5366).

En la página web antes mencionada se escribe al respecto: “Los galardonados exigen específicamente que Greenpeace detenga sus ataques contra el arroz dorado, que ha sido genéticamente mejorado para producir betacaroteno, un precursor de la vitamina A, como una manera de prevenir millones de muertes y casos de ceguera cada año en los países pobres donde el arroz es el alimento básico (y carece de vitamina A). La deficiencia de esta vitamina causa ceguera en alrededor de 250.000 y 500.000 niños cada año, la mitad de los cuales muere dentro de los 12 meses, según la Organización Mundial de la Salud. Un estudio realizado por investigadores alemanes en 2014 estimó que la oposición activista a la liberación del arroz dorado ha dado como resultado la pérdida de 1,4 millones de años de vida sólo en la India”.

Una manera eficaz de divulgación científica fue empleada por Galileo Galilei, quien transmitía sus ideas al público mediante diálogos entre personajes representativos de las tendencias en pugna. En forma similar, Francisco García Olmedo ha elaborado el siguiente diálogo entre defensores y detractores de los alimentos genéticamente modificados, y que se transcribe parcialmente:

MODERADOR: ¿A quien beneficia la biotecnología vegetal?
Sr. GREENWOOD: Es evidente que se beneficiarán de esta tecnología las mismas empresas multinacionales químicas que han protagonizado medio siglo de destrucción del medio ambiente.
Dr. COTTON: Es cierto que las multinacionales químicas se están transformando en empresas biológicas para beneficiarse de las promesas de la tercera revolución verde. Están cambiando para seguir donde estaban, como lo hacen las multinacionales de otros sectores. La industria y el comercio se han internacionalizado en las últimas décadas. Los posibles inconvenientes y ventajas de este cambio merecen un debate distinto, pero en ese debate las plantas transgénicas representarían una mera anécdota.

Sr. GREENWOOD: A mí no me cabe duda de que estamos ante una iniciativa exclusiva del capital transnacional que, motivado sólo por el afán de lucro, monopolizará los beneficios. Los ciudadanos deben oponerse a esta iniciativa.
Dr. COTTON: Niego tajantemente que las multinacionales sean las únicas que se beneficiarán de la nueva tecnología. Si ésta no beneficia al agricultor, al medio ambiente y al consumidor no será posible que a la larga haya beneficios para nadie.

Sr. GREENWOOD: Pero el Dr. Cotton no puede negar que, en las últimas décadas, las industrias que representa inundaron el mundo de herbicidas, fungicidas y otras sustancias tóxicas, y que la agricultura intensiva causa la erosión del suelo y la contaminación del agua y del aire.
Dr. COTTON: Ha sido la demanda de alimentos y de otros productos de consumo por parte de una población creciente –y no la industria- la que ha causado el deterioro ambiental. La industria ha suministrado con urgencia la mejor tecnología disponible para hacer frente a esta demanda creciente y ha salvado del hambre a millones de personas, aunque se hayan producido algunos efectos perjudiciales.

Sr. GREENWOOD: Insisto en que nuestros cuerpos mismos se han contaminado y nuestra salud se ha deteriorado en consecuencia. Hasta el hambre ha aumentado en el mundo.
Dr. COTTON: Es falso por completo que haya aumentado el hambre o la enfermedad a escala global. La disponibilidad de alimentos y la esperanza de vida han aumentado en la mayoría de los países. El hambre y la enfermedad existen en el mundo actual, pero, como todos sabemos, se deben a causas complejas que trascienden a la ciencia, la tecnología y la producción agrícola.

Sr. GREENWOOD: Sin embargo, las plagas y las enfermedades han duplicado los daños a las cosechas.
Dr. COTTON: Los daños a las cosechas pueden haberse duplicado, pero sólo porque el volumen de éstas se ha triplicado o cuadruplicado.

Sr. GREENWOOD: Tengo entendido que los insectos y agentes patógenos se han hecho resistentes a los tratamientos.
Dr. COTTON: Las plagas y microbios patógenos se han ido haciendo resistentes a los agentes fitosanitarios usados para combatirlos –como los antibióticos usados en clínica han inducido resistencia en ciertos patógenos humanos-, pero este problema no ha impedido que los plaguicidas –como los antibióticos- hayan salvado millones de vidas antes de perder su eficacia y tener que ser reemplazados por otros nuevos.

Sr. GREENWOOD: Pero la contaminación ambiental es un problema sin resolver. Lo que ahora prometen es más de lo mismo. La producción y comercialización de cosechas transgénicas deben ser prohibidas aunque sólo sea por estas razones, que no son las únicas.
Dr. COTTON: Las soluciones a los problemas que se plantean en este coloquio, incluida la contaminación, hay que buscarlas en la obtención de plantas transgénicas que sean susceptibles de ser protegidas con tratamientos menos agresivos y en la prospección de nuevos productos fitosanitarios que sean biodegradables y que se requiera dosis menores.
Todo indica que hay que aumentar la producción por unidad de superficie –para alimentar a la población humana futura con un mínimo deterioro del medio ambiente- y que buena parte de las tecnologías necesarias para conseguirlo están todavía por inventar. En este contexto, oponerse a la utilización de plantas transgénicas es una actitud suicida. Creo que en Europa andan ustedes dando vueltas sobre sí mismos. En Norteamérica y en Asia no está ocurriendo lo mismo. Ustedes verán.

Sr. GREENWOOD: La gran industria, en complicidad con los científicos, va a exponer alegremente al ser humano y a las restantes especies de la biosfera a peligros innecesarios al liberar plantas modificadas en su constitución genética.
Dr. COTTON: Por lo que a mí respecta, tengo que rechazar la acusación de irresponsabilidad. Mis colegas y yo no somos ni más alegres ni más tristes que otros grupos sociales y tenemos el mismo interés que otros seres humanos en dejar el mejor mundo posible a nuestra descendencia.

Sr. GREENWOOD: Tomemos casos concretos…En primer lugar el caso de la soja resistente al herbicida glifosfato. Además de contener genes de petunia, de una bacteria y de un virus vegetal, contendrá residuos de glifosfato (Roundup), permitirá incrementar el uso indiscriminado de un herbicida tóxico y causará nuevas alergia. En cuanto al maíz resistente…….
Dr. COTTON: Usted acaba de hacer una caricatura tendenciosa de ambos casos. El glifosfato se ha venido usando con gran intensidad durante décadas porque es un herbicida muy eficaz, y precisamente porque es inocuo para el hombre y los animales, y porque es biodegradable. Es un herbicida muy compatible con el medio ambiente y yo le reto a que me documente algún incidente de toxicidad o de daño que se le pueda imputar. De hecho, está autorizado incluso para desecar cosechas antes de la recolección.
A pesar de su inocuidad, según las normas en vigor, sólo se tolera un nivel muy bajo de residuo en el producto recolectado, sea éste transgénico o no. A este respecto, esta norma basta para la soja transgénica. (De “La Tercera revolución verde”-Editorial Debate SA-Madrid 1998)

jueves, 16 de marzo de 2017

La mentalidad que favorece una paz duradera

La Psicología social considera dos tendencias básicas que orientan las acciones humanas: cooperación y competencia. De ahí que la mentalidad favorable para una paz duradera ha de priorizar la cooperación entre los seres humanos en desmedro de la competencia. Por el contrario, actitudes tales como el egoísmo, el odio y la negligencia, promoverán, tarde o temprano, distintas formas de conflictos, que van desde la violencia familiar a la social y, finalmente, a la guerra entre naciones.

La actitud cooperativa surge con cierta naturalidad de la visión del astrónomo, que fija sus pensamientos en espacios muy amplios y en tiempos muy largos. Cuando piensa en el ser humano, lo apreciará bajo una perspectiva que surge de alguien que lo observa desde “el espacio exterior” y lo verá como un integrante de la humanidad. No distinguirá subgrupos, como hacemos los demás, sino que observará sólo individuos regidos por las mismas leyes naturales y como integrantes de un único grupo que busca su supervivencia indagando la voluntad aparente del universo. Fred Hoyle escribió: “Siempre he creído que las guerras no se desencadenan a causa de las armas y las bombas, los barcos y los aviones, sino debido a los uniformes, las gorras y los cascos. Ojalá llegue el día en que todos los países del mundo se pongan de acuerdo en vestir los mismos uniformes y tocarse con cascos idénticos; entonces estaré seguro de que, por fin, se ha eliminado la guerra de la faz de la Tierra. Mientras no se lleva a la práctica este proyecto, lo primero que hace con su ejército toda nación, incluso antes de adquirir armas, es vestir a sus soldados con uniformes diferenciados y, por lo tanto, crear artificialmente una nueva «subespecie» de hombre que ha prestado juramento de destruir otra «subespecie» creada también artificialmente. A este tipo de situaciones debe enfrentarse el sentido moral del hombre” (De “El universo inteligente”-Ediciones Grijalbo SA-Barcelona 1984).

Mientras políticos y religiosos pugnan por hacer triunfar sus ideas o sus creencias, promueven nuevas divisiones entre los hombres. Aunque no todas las políticas ni todas las religiones son iguales, por lo que algunas de ellas serán compatibles con la realidad. De ahí que debamos esperar, especialmente de los astrónomos, que nos “contagien” un tanto con sus visiones universalistas. Carl Sagan escribió: “Nos encanta la compañía de los demás; nos preocupamos los unos de los otros. Cooperamos. El altruismo forma parte de nuestro ser. Hemos descifrado brillantemente algunas estructuras de la Naturaleza. Tenemos motivaciones suficientes para trabajar conjuntamente y somos capaces de idear el sistema adecuado. Si estamos dispuestos a incluir en nuestros cálculos una guerra nuclear y la destrucción total de nuestra sociedad global emergente, ¿no podríamos también imaginar la reestructuración total de nuestras sociedades?”. “¿No deberíamos pues estar dispuestos a explorar vigorosamente en cada nación posibles cambios básicos del sistema tradicional de hacer las cosas, un rediseño fundamental de las instituciones económicas, políticas, sociales y religiosas?”.

Mientras que las distintas figuras representativas de las naciones, de la religión y de la política, emiten mensajes dirigidos a un subgrupo de la humanidad, con una validez restringida o nula para el resto, Carl Sagan se pregunta: “Sabemos quién habla en nombre de las naciones. Pero ¿quién habla en nombre de la especie humana? ¿Quién habla en nombre de la Tierra?” (De “Cosmos”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1980).

La cooperación económica es vista (aunque no por todos) como el principal promotor de la paz y el principal impedimento para la guerra entre naciones. Juan Bautista Alberdi escribía en el siglo XIX: “¿Queréis establecer la paz entre las naciones hasta hacerles de ella una necesidad de vida o muerte? Dejad que las naciones dependan unas de otras para subsistencia, comodidad y grandeza. ¿Por qué medio? Por el de una libertad completa dejada al comercio o cambio de sus productos y ventajas respectivas. La paz internacional de ese modo será para ellas el pan, el vestido, el bienestar, el alimento y el aire de cada día”.

“Esa dependencia mutua y recíproca, por el noble vínculo de los intereses, que deja intacta la soberanía de cada uno, no solamente aleja la guerra porque es destructora para todos, sino que también hace de todas las naciones una especie de nación universal, unificando y consolidando sus intereses, y facilita por este medio la institución de un poder internacional, destinado a reemplazar el triste recurso de la defensa propia en el juicio y decisión de los conflictos internacionales: recurso que en vez de suplir a la justicia, se acerca y confunde a menudo con el crimen”.

En oposición al libre comercio internacional aparecen los nacionalismos económicos que tienden a impedirlo. Alberdi agrega: “¿Creéis que haya inconvenientes en que una nación dependa de otra para la satisfacción de las necesidades de su vida civilizada? ¿Por qué razón?”.

“La industria de una nación que pide al gobierno protección contra la industria de otra nación que la hostiliza por su mera superioridad, saca al gobierno de su papel y da ella misma una prueba de cobardía vergonzosa”.

“El gobierno no ha sido instituido para el bien especial de este o de aquel oficio, sino para el bien del Estado todo entero. El gobierno no es el patrón y protector de los comerciantes o de los marinos, o de los fabricantes; es el mero guardián de las leyes, que protegen a todos por igual en el goce de su derecho”.

“Limitar o restringir la entrada de los bellos productos de fuera, para dar precio a los productos inferiores de casa, es como poner trabas a la entrada en el país de las bonitas mujeres extranjeras, para que se casen mejor las mujeres feas…”.

“¿Teméis los estragos sin sangre de la concurrencia comercial e industrial, y no teméis las batallas sangrientas de la guerra? Un país que ha vencido al extranjero en los campos de batalla, y que pide a su gobierno que proteja su inepcia e incapacidad por el brazo de la fuerza contra la sombra que le da brillo del extranjero, prueba una pusilanimidad inexplicable y vergonzosa”. “Si es gloria vencer al extranjero por la espada, mayor es vencerlo por el talento…” (De “El crimen de la guerra”-Editorial Palomino-La Plata 1947).

El proteccionismo económico generalmente viene acompañado de cierta negligencia laboral o productiva, que busca justificarlo. El citado autor escribió al respecto: “Cuando se dice que la riqueza nace del trabajo se entiende que del trabajo del hombre, pues trata la riqueza del hombre. En otros términos, la riqueza nace del hombre”. “Decir que hay tierras que producen algodón, seda, caña de azúcar, etc., es como decir que la máquina de vapor produce movimiento, el molino produce harina, el telar produce lienzo, etc.”.

“No es la máquina la que produce, sino el maquinista. La máquina es el instrumento de que se sirve el hombre para producir; y la tierra es una máquina como el arado mismo en manos del hombre, único productor”. “El hombre produce en proporción, no de la fertilidad del suelo que le sirve de instrumento, sino en proporción de la resistencia que el suelo le ofrece para que él produzca”.

“El suelo pobre produce al hombre rico, porque la pobreza del suelo estimula el trabajo del hombre, al que más tarde debe su riqueza”. “El suelo que produce sin trabajo, sólo fomenta hombres que no saben trabajar. No mueren de hambre, pero jamás son ricos. Son parásitos del suelo y viven como las plantas. La vida de las plantas naturalmente, no la vida digna del ente humano, que es el creador y hacedor de su propia riqueza”.

En estos pasajes, Alberdi en cierta forma presagia lo que ha de ser de la Argentina; país en el que se confunde la riqueza con los medios para lograrla. “La riqueza natural y espontánea de ciertos territorios es un escollo del que deben preservarse los pueblos inteligentes que los habitan. Todo pueblo que come de la limosna del suelo, será un pueblo de mendigos toda la vida…”. “La tierra es madre, el hombre es el padre de la riqueza. En la maternidad de la riqueza no hay generación espontánea. No hay producción si la tierra no es fecundada por el hombre. Trabajar es fecundar. El trabajo es la vida, es el goce, es la felicidad del hombre” (Citado en “Crisol” de Irma Verissimo-Editorial Codex SA-Buenos Aires 1968).

Así como existen estímulos para la cooperación, que buscan una paz duradera, existe también una promoción del odio entre sectores, o clases sociales, que favorece el conflicto permanente, tal como lo propone el socialismo. En lugar de estimular en cada individuo una igualdad productiva, se lo insta a exigir una igualdad en la satisfacción de sus necesidades. Se trata de una dependencia, no recíproca, entre los generadores de riquezas y los consumidores de las mismas. De ahí la expresión: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”.

Una sociedad basada en el odio entre sectores, surge del estímulo de la mentira y de la búsqueda de protección al envidioso, por lo cual el socialismo apunta a desvirtuar precisamente el sentido de la palabra “sociedad”, ya que trata de proteger al que padece un gran defecto en lugar de inducirle a abandonarlo. José Ingenieros escribió: “Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco lo decía ya –y lo repite La Rochefoucauld- que existen almas corrompidas, hasta jactarse de pasiones abominables; pero ninguna hay que haya tenido el coraje de confesarse envidiosa. Aunque la principal razón de ello está en que confesar la propia envidia implica, a la vez, declararse inferior al envidiado, no es menos cierto que se trata de una pasión tan abominable, y tan universalmente detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por ocultarla”.

“En su estudio sobre los caracteres, Mantegazza opina que el envidioso pertenece a una especie moral raquítica, mezquina, a menudo abyecta, sólo digna de compasión o de desprecio. La falta de coraje le impide ser malo y se resigna a ser vil. Jamás confiesa lo que siente; cavila en rebajar a los otros, desesperanzado de la propia elevación. Le faltan las reacciones del odio; las expresa tartajeando y es incapaz de desahogarlas en ímpetus viriles. Vive con la boca amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. La cinta métrica empacha sus manos; sólo se afana por medir a los demás, en su anhelo desesperado de rebajarlos hasta su propia medida”. “Llevan todos el castigo de su culpa. El espartano Antístenes, al saber que le envidiaban, contestó con acierto: «Peor para ellos; tendrán que sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes…»” (Citado en “Crisol”).

En nuestra época, parece toda una novedad afirmar que una paz duradera se ha de lograr a partir de la drástica reducción de nuestras actitudes erróneas (egoísmo, odio y negligencia) y de una decidida búsqueda del predominio de una actitud de cooperación.

martes, 14 de marzo de 2017

El capitalismo y la Revolución Industrial

La Revolución Industrial, iniciada en la Inglaterra del siglo XVIII, está asociada a la labor innovadora de los inventores, como lo fue James Watt; el perfeccionador de la máquina de vapor. Tal revolución sólo pudo establecerse bajo el predominio de ideas capitalistas ya que hasta esa época se los rechazaba por cuanto sus inventos habrían de relegar laboralmente a muchos obreros. El estancamiento de las épocas previas al surgimiento del capitalismo se debió a la actitud negativa hacia toda innovación. Ludwig von Mises escribió: “La denominada Revolución Industrial fue consecuencia de la revolución ideológica provocada por las doctrinas de algunos economistas. Estos economistas demostraron la inconsistencia de los viejos dogmas: 1) que no era justo ni lícito vencer al competidor produciendo artículos mejores y más baratos; 2) que era reprobable desviarse de los métodos tradicionales de producción; 3) que las máquinas resultaban perniciosas porque causaban paro; 4) que el deber del gobernante consistía en impedir el enriquecimiento del empresario, debiendo –en cambio- conceder protección a los menos aptos frente a la competencia de los más eficientes; 5) que restringir la libertad empresarial mediante la fuerza y la coacción del Estado o de otros organismos o asociaciones promovía el bienestar general. La Escuela de Manchester y los fisiócratas franceses formaron la vanguardia del capitalismo moderno. Fueron ellos quienes hicieron progresar las ciencias naturales que han derramado el cuerno de la abundancia sobre las masas populares” (De “La acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).

En los países subdesarrollados, sin embargo, predominan todavía las ideas que fueron desechadas desde hace tiempo por las sociedades más evolucionadas. Enrique Arenz escribió: “Cuando el físico francés Denis Papin inventó en 1707 la primera máquina de vapor y construyó con ella el primer barco de ruedas impulsado mecánicamente, la poderosa corporación de los bateleros (propietarios de botes pequeños) alarmada por este avance técnico que amenazaba sus privilegios monopólicos sobre el transporte fluvial, ordenó la destrucción del nuevo invento hecho que se consumó cerca de Münden, en Hannover. El férreo sistema corporativo «mercantilista», fue durante siglos una severa forma de inhibición social que obstruía toda creatividad humana que afectaba los privilegios de los artesanos agremiados y asociados con el Estado”.

“Pero no nos escandalicemos con lo que ocurría en Europa en 1707. Si el mismo Papin viniera hoy a la Argentina y quisiera aplicar su genio a la explotación de petróleo, el gas natural, la gran minería o la energía eléctrica, le volvería a ocurrir algo parecido, ya que el Estado ha monopolizado aquí tales actividades inhibiendo así las infinitas energías potenciales que, de haber libertad, podrían volcarse privadamente a su acelerado desarrollo, con el consiguiente beneficio para toda la sociedad. (Claro que a Papin le quedaría la opción –como a nuestros ingenieros y técnicos- de aspirar a un empleo público en alguna de las gigantescas empresas estatales que monopolizan aquellos rubros. Pero en tal caso dejaría de ser un hombre de ciencia para transformarse en un burócrata)” (De “Libertad: un sistema de fronteras móviles”-Juan José Zuccoli Editor-Mar del Plata 1986).

La libertad promovida por el capitalismo no sólo afecta al empresario, sino también al empleado. Ello se debe a la simple y evidente realidad de que el trabajo esclavo resulta improductivo, además de las razones motivadas por cuestiones morales. Aun cuando los empresarios estén dominados por el egoísmo, al estar enfrentados por la competencia propia del mercado, no tendrán otra alternativa que cuidar su capital humano (empleados) para que no se vayan a trabajar a una empresa rival. Ludwig von Mises escribió: “Descartando toda otra dialéctica, un solo razonamiento válido hay contra la esclavitud, a saber: que el trabajo del hombre libre es incomparablemente más productivo que el del esclavo. Carece éste, en efecto, de interés personal por producir lo más posible. Aporta a regañadientes su esfuerzo y sólo en la medida de lo indispensable que le permita eludir el correspondiente castigo. El trabajador libre, en cambio, sabe que cuanto mayor sea su productividad mayor también, en definitiva, será la recompensa que le corresponde” (De “Liberalismo”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1994).

La mentalidad capitalista no sólo permitió a los inventores desarrollar sus potenciales aptitudes, sino también a los obreros, que venían de un pasado de esclavitud o de servidumbre. Arenz agrega: “El advenimiento del sistema capitalista hacia 1750 produjo el gran milagro: terminó con el hambre y transformó al «vasallo» en un trabajador, jerarquía social que le permitiría adquirir una dimensión humana desconocida hasta entonces y comenzar a tomar conciencia de su dignidad como persona, de sus derechos y de su importancia en el nuevo orden económico”.

Los opositores al capitalismo, por lo general, tergiversan la realidad histórica aduciendo que, antes del capitalismo, la gente vivía bien y que, a partir del capitalismo, comienza el progreso económico de los sectores adinerados a costa del hambre en los sectores laborales inferiores. Sin embargo, según los historiadores, la población humana estuvo estancada antes de la irrupción del capitalismo, mientras que a partir de su aparición, aumenta notablemente, indicando mejores condiciones de vida. Por supuesto que la erradicación de la miseria lleva tiempo y ningún sistema puede solucionar mágicamente todos los problemas sociales existentes. Friedrich A. Hayek escribió: “Las cifras de población, que durante muchos siglos habían permanecido prácticamente constantes, empezaron ahora a elevarse extraordinariamente. El proletariado, que el capitalismo creó, por así decirlo, no era, por consiguiente, una parte de la población que habría existido sin él, y que fue reducido por él a un nivel de vida más bajo; se trata más bien de un incremento de la población que sólo pudo tener lugar gracias a las nuevas posibilidades de ocupación creadas por el capitalismo”.

“La afirmación de que el aumento de capital hizo posible la aparición del proletariado sólo es verdad en el sentido de que el capital elevó la productividad del trabajo, y, en consecuencia, un número mayor de hombres, a los cuales sus padres no habrían podido dar los necesarios medios de producción, pudieron mantenerse gracias solamente a su trabajo; pero primero hubo que crear el capital”.

“Es cierto que esto no tuvo como causa la generosidad, pero por primera vez en la historia ocurrió que un grupo de hombres tuvo interés en invertir gran parte de sus ingresos en nuevos medios de producción, que debían ser utilizados por personas cuyos alimentos no habrían podido ser producidos sin aquellos medios de producción” (Citado en “Libertad. Un sistema de fronteras móviles”).

En cuanto a los datos del aumento de la población, Sam Lilley escribió: “Se destaca mejor el efecto de las transformaciones industriales sobre el número de habitantes, comparando el aumento medio anual en diversos periodos. Entre 1483 y 1700, el aumento medio anual por cada mil habitantes fue de 0,7; entre 1700 y 1750 de 3,3: luego, a medida que los efectos de la Revolución Industrial se hacían sentir en forma más marcada, ascendió rápidamente a 8,5 en 1750-1811, y a 12,8 en 1811-1851” (De “Hombres, máquinas e historia”-Ediciones Galatea Nueva Visión SRL-Buenos Aires 1957).

El proceso de la Revolución Industrial estuvo asociado al desempleo tecnológico, en un comienzo, para seguir luego una etapa de mejoras generales en toda la población. Sam Lilley escribe al respecto: “Quizá lo más evidente fue la desocupación en masa de los artesanos desplazados, absorbidos sólo con lentitud por las fábricas en ampliación. Tal desocupación (en ese periodo) fue sólo temporal, mas no por eso dejó de ser seria para los desplazados. Las máquinas eran, al parecer, la causa de esa desocupación. Realizaban un trabajo que antes requería numeroso obreros. Poco debe extrañar pues que los artesanos se rebelaran contra estas máquinas. El 1663 y también en 1767, destruyeron en Londres aserraderos mecánicos. En 1676 se produjeron disturbios contra el telar de cintas y en 1710, contra las máquinas de tejer medias. John Kay vio su casa destruida en 1753, y se vio obligado a abandonar el país….”.

“Con todo, tras toda esta miseria evidente, las máquinas y el sistema fabril traían aparejados también inmensos beneficios. Permitían disponer de cantidades mucho mayores de toda suerte de mercancías. Los obreros no obtenían automáticamente, por supuesto, su parte de esos artículos –debieron aprender a luchar por ella-, pero obtenían cierta parte, y en general las condiciones de vida mejoraron después del periodo sombrío de las primeras décadas”.

“El mejor índice de este mejoramiento lo constituye quizá el número de habitantes, que se elevó en Inglaterra y Gales desde 6,5 millones en 1750 hasta más de 10 millones en 1811. Parte de ese aumento se debió a un crecimiento de la natalidad; pero la parte mayor, a una disminución de la mortandad, lo cual constituye una evidencia de mejor salud y de un nivel de vida en continua elevación. Estas mejoras provenían a su vez, en parte, de la mayor productividad de las máquinas, aunque no debe olvidarse la igualmente importante revolución paralela en los métodos agrícolas”.

“En los hospitales de Londres, entre 1749 y 1758, moría una madre de cada cuarenta y dos que daban a luz y un niño de cada quince recién nacidos; en 1799-1800, las muertes se habían reducido a una madre de 914 y a un niño de 115. En parte, esto demuestra que las futuras madres llegaban al hospital en mejor estado de salud y mejor alimentadas. En parte, que habían mejorado el conocimiento médico y los servicios médicos; pero esto, a su vez, debe algo al hecho de que la mayor productividad agrícola e industrial permitía a un mayor número de hombres abandonar la producción de artículos de primera necesidad y dedicarse en cambio al estudio y a la práctica de la medicina”.

“Así, pues, pese a su aspecto sombrío, las transformaciones industriales de los siglos XVII y XVIII significaron un tremendo paso adelante para la humanidad, un paso hacia la posición en que nos encontramos hoy, con la perspectiva de eliminar para siempre la miseria y de brindar a todos las bases materiales sobre las cuales fundar una vida plena y feliz”.

La mentalidad anticapitalista, sin embargo, prevalece en los países subdesarrollados. Aunque todo tiene su costo, incluso el hecho de vivir en la mentira interpretando las épocas del surgimiento del capitalismo según la versión marxista de la historia. Aun cuando algunos países posean riquezas naturales suficientes, ello no impide que la aplicación de economías mercantilistas o socialistas lleven a esos países a niveles de pobreza alarmantes, como Venezuela, con un 82% de pobres.

Debido a la mentalidad reinante, la Argentina sigue a Venezuela, aunque a un ritmo bastante menor. Es hora de orientarnos en base a la verdad histórica para evitar que la pobreza siga aumentando y haciendo estragos en sectores cada vez más numerosos. El “cambio de mentalidad” tan necesario y tantas veces propuesto, puede sintetizarse simplemente en un cambio que nos lleve a vivir en la verdad en lugar de seguir viviendo en la mentira.

sábado, 11 de marzo de 2017

Las Escuelas de Psicoterapia de Viena

Los aportes austriacos a la psicología se materializan esencialmente en las figuras de Sigmund Freud, Alfred Adler y Víktor Frankl, quienes estuvieron vinculados, como maestro y alumno, aunque Freud rechaza luego a su “alumno” Adler, mientras que Adler hace lo propio con Frankl. José Benigno Freire escribe al respecto: “Freud lideró el grupo oficial y fiel a la doctrina del Psicoanálisis que, años después, es conocido en la literatura especializada como «Primera Escuela de Psicoterapia de Viena», y también «Primera fuerza vienesa de psicoterapia»”.

“Al ser rechazado por la ortodoxia psicoanalítica, Adler se refugió en su propio grupo, la Psicología Individual, denominada «Segunda Escuela de Psicoterapia de Viena», o «Segunda fuerza vienesa de psicoterapia»”.

“Y los más jóvenes, Schwarz, Allers y Frankl, al no encontrar cobijo a la sombra de los grandes maestros, tuvieron que organizarse por su cuenta fundando la «Tercera Escuela de Psicoterapia de Viena», o «Tercera fuerza vienesa de psicoterapia»” (De “¡Vivir a tope!”-Ediciones Universidad de Navarra SA-Pamplona 1998).

Mientras que Freud describe al hombre desde el “subsuelo” del inconsciente, priorizando el pasado que llevamos en nuestra memoria, Adler lo describe desde el “suelo” en función de sus afectos, sin contemplar, como lo hace Frankl, la finalidad o el sentido que cada individuo da a su vida. Freire, a manera de síntesis, y ubicándose en la postura de Frankl, escribe: “El psicoanálisis freudiano contempla únicamente la infraestructura, el subsuelo biológico de la vida humana. Pero comete la torpeza de decir que eso es el hombre. La Psicología Individual, por su parte, reduce al hombre al suelo psíquico. Ni se puede ni se debe negar la dinámica afectiva y la energética instintiva. Pero la vida del hombre no consta exclusivamente de afectos y de instintos, de placeres y ambiciones. La mezcla dinámica de estos elementos no da una razón cabal de la conducta observada en el ser humano”.

“Si los dinamismos humanos se redujesen al simple ser consciente de las pulsiones instintivas, el hombre no se sentiría «dueño de su propia casa», según la feliz expresión del mismo Freud, ya que siempre se encontraría a merced de la intrepidez de la biología, algo parecido a un barco con los motores en marcha pero sin velas ni timón. La personalidad funcionaría con el siguiente esquema: se despierta en mí una necesidad biológica, siento esa pulsión (soy consciente) que me impele a satisfacerla para rebajar la tensión interna desencadenada por ese deseo; en el momento que la satisfaga regreso a un estado de equilibrio biológico (homeóstasis). Por ejemplo, siento sed, que me produce además un malestar interno; la sensación de sed me impulsa a beber; al beber satisfago la sed y desaparece el malestar interno, dando paso a un cierto bienestar. ¿Qué sucede al satisfacer las pulsiones? Pues se es «freudianamente sano»…”.

“De igual manera acontece con la visión correcta, pero incompleta, de la Psicología Individual. Adler nos enseña un camino hacia la responsabilidad en nuestras conductas. Ahora bien, ¿por qué hemos actuado de esa manera? Esa pregunta, con estricto rigor, no podríamos dirigirla al sujeto sino a su instintividad (inconsciente) o a la «voluntad de poder»…El individuo sería capaz de reconocer una determinada conducta como propia. Sin embargo, ¿por qué ha actuado así? Porque se ha sentido dirigido e impelido por su instintividad o arrastrado por el poderío de su afán por hacerse valer («voluntad de poder»). En esta teoría el hombre únicamente puede considerar las conductas como accionadas en él, genetizadas en su interior, pero difícilmente se sentiría dueño o garante de su comportamiento, de sus deseos”.

“Según la doctrina del psicoanálisis, al hombre le pertenecen en exclusiva las pulsiones y los instintos, y las acciones que de ellos se deriven; se convierte, así, en un individuo a merced de los vaivenes biológicos o afectivos”.

“La vida se reduce a surcar los obscuros y abruptos mares de lo somático y a solventar con pericia las borrascas y encrucijadas de la vida social. No esconde dirección o sentido, o propósito. En conclusión, radicalizando el juicio con ánimo de ejemplarizar, al hombre sólo se le puede imputar la autoría de los hechos pero no el ser sujeto responsable de sus acciones, pues éstas serían el efecto de unas ingobernables pulsiones y de un soterrado afán por hacerse valer”.

“No consiste en ser consciente o responsable, sino en ser «consciente y responsable». La responsabilidad se ejerce sobre las acciones que caen bajo el dominio del sujeto; luego, el hombre, para ser responsable, ha de poder dominar los impulsos nacidos de la instintividad. En caso contrario, en estricto sentido, no sería un ser responsable porque se encontraría determinado por las oscuras y ocultas fuerzas de su biología. Ser responsable de los actos derivados de las pulsiones internas implica la capacidad de poder gobernarlos o regularlos. Ese dominio sobre las propias acciones es conocido y reconocido como la potencialidad de la libertad. De tal manera que la ecuación antropológica básica se formula de esta forma «ser hombre es ser libre y responsable»”.

Mientras que algunos animales poseen sólo instintos, y otros poseen instintos y afectos (como los animalitos domésticos), el hombre tiene además la necesidad de dar un sentido a su vida construyendo su propia personalidad. De ahí que Freud y Adler parecen cubrir satisfactoriamente la descripción de algunos de nuestros atributos compartidos con animales, mientras que Frankl cubre los atributos esencialmente humanos. José Benigno Freire agrega: “La realidad de la ecuación antropológica básica reclama, como ya insinuó Jung, una nueva estructura: la dimensión noológica. Lo noológico es lo espiritual como genuina dimensión humana, reino de la libertad. Para ser consciente y responsable en su conducta, ¡libre!, el hombre ha de tener una instancia que le permita encauzar y dirigir los instintos y los afectos que lógicamente emergen de su naturaleza psicosomática. Una dimensión que asuma y gobierne lo psicosomático. De lo dicho se desprende que, sin menoscabo o sin negar la dimensión biológica –Freud- o la dimensión afectiva –Adler- lo espiritual constituye la dimensión genuina del hombre, porque sólo desde ella se explica y confirma que su conducta no sea consecuencia directa e inmediata de sus pulsiones instintivas o de sus movimientos afectivos. Y que la conducta humana no es consecuencia directa e inmediata de las pulsiones instintivas y de los movimientos afectivos lo confirman…¡los hechos! Luego, la dimensión espiritual da razón cabal del comportamiento de los hombres en sus aspectos más humanos…”.

En relación a esa totalidad del hombre, Víktor Frankl escribió: “Por el hecho de que ser hombre esté centrado en una u otra persona determinada (como centro espiritual-existencial), por este mismo hecho, decimos, y sólo a partir de él el ser humano es también un ser integrado: sólo la persona espiritual viene a fundar la unidad y totalidad del ente humano. Y la funda como totalidad corpóreo-anímico-espiritual. Nunca podremos insistir demasiado en que esta triple totalidad es lo que constituye el hombre entero. Así pues, de ningún modo está justificado hablar del hombre, lo que sucede con harta frecuencia, como de una «totalidad corpóreo-anímica»: cuerpo y alma pueden muy bien formar una unidad, por ejemplo la unidad psicofísica, pero nunca jamás podría dicha unidad representar la totalidad humana. A esta totalidad, al hombre entero, pertenece también lo espiritual, y le pertenece incluso como lo más propio suyo. De aquí se desprende que mientras se hable únicamente de cuerpo y alma, ‘eo ipso’ no se está hablando de totalidad” (De “La presencia ignorada de Dios”-Editorial Herder SA-Barcelona 1986).

La crisis del hombre actual se debe a que mayoritariamente está guiado por sus instintos primarios de supervivencia y relega, no sólo sus atributos espirituales, sino incluso los afectivos. De ahí que estemos en presencia del hombre incompleto, o el hombre mutilado espiritualmente. Tal individuo se caracteriza por esperar que los demás respeten sus derechos sin apenas preocuparse por cumplir con sus deberes; por tratar de mejorar a los demás mientras apenas hace un pequeño esfuerzo por mejorar él mismo: por tratar de repartir “generosamente” las riquezas ajenas mientras niega aun lo mínimo de lo propio.

El hombre de la crisis culpa siempre a otros por sus males, o bien los justifica aduciendo haber tenido una mala influencia de pequeño o haber heredado algún gen que determina su conducta antisocial. En cierta forma, se apoya en la visión de Freud para liberarse de su responsabilidad. José Benigno Freire, esta vez ubicándose en la postura de Adler, escribió: “Así como en el animal la conducta se encuentra regulada y determinada por las fuerzas instintivas, en el hombre no sucede lo mismo, pues el hombre es capaz de desobedecer o incluso negar sus instintos, puede domarlos o subordinarlos a otros tipo de intereses. En efecto, si la conducta humana emanara de la intrepidez limpia de la biología, tal y como preconiza el profesor Freud, diseñaríamos un «homo natura» que, concediéndonos una licencia a la ironía académica, tendría un «natural muy brutico» y engendraría una sociedad caótica”.

“Por supuesto que el comportamiento nacido de la fuerza bruta del instinto ni es frecuente ni es reconocido como conducta humana. El hombre normal y corriente matiza la fuerza impulsiva del instinto, ya desde sus inicios, y disimula la intrepidez biológica con un velo afectivo para darle a la conducta un rostro humano”.

“¿Se imaginan ustedes una sociedad fundamentada en conductas de base instintiva…? ¿O las relaciones sociales como el resultado del paradigma funcional de satisfacer las personales necesidades instintivas? ¿Qué cada uno se exprese y se comporte como le pide el «natural»? ¡Caótico! ¡Peor que en la selva! Bien, pues esa necesidad de vivir en sociedad despierta en el hombre un sentimiento comunitario que reduplica el rostro humano de su conducta”.

“El sentimiento comunitario procede a la manera de filtro de la intrepidez y rigidez de lo biológico y frena los requerimientos instintivos personales cuando lesionan los intereses de las personas del entorno, actúa a modo de barrera de las pulsiones internas. Dicho de otra forma, el hombre pone como límite a la satisfacción de sus necesidades el que su conducta no lesione a los demás y nos permita vivir en sociedad”.

Sólo con ser conscientes de nuestros instintos no resolveremos nuestros problemas, ya que debemos, ante todo, ser conscientes de nuestros deberes y del sentido del universo y de la humanidad. Alfried Längle escribió: “Frankl contrapone el origen de la logoterapia al objetivo del psicoanálisis de Sigmund Freud. Mientras que en éste se trata de concienciar la impulsividad del inconsciente, en la logoterapia y en el análisis existencial lo que importa es la concientización de lo espiritual. Lo espiritual en el hombre se evidencia en la conciencia de la propia responsabilidad y en la capacidad para encontrar un sentido” (De “Víktor Frankl. Una biografía”-Editorial Herder SA-Barcelona 2000).

miércoles, 8 de marzo de 2017

La efectividad ideológica de lo simple

Toda ideología, al estar orientada a promover la acción humana, será efectiva sólo si resulta accesible a la mayor parte de los integrantes de la sociedad. Por ello deberá ser simple y concreta, de lo contrario carecerá de sentido práctico y de la eficacia requerida para resolver los problemas morales.

Por lo general se confunde profundidad con complejidad, por lo que se sospecha de un mensaje, por todos entendible, que se trata de una información carente de profundidad, lo que no siempre ha de ser así. Si consideramos el caso del Mahatma Gandhi, con su prédica y su acción pública, se advierte que se trataba de una persona simple que pudo sintetizar sus ideas luego de una dura y larga experiencia de luchar contra la opresión racista en Sudáfrica y luego contra la opresión colonialista en la India.

Trataba de transmitir a los demás la esencia de su propia personalidad debiendo primeramente establecer cierta introspección psicológica para intentar luego traducirla en palabras y transmitirla a todo el pueblo. Para ello debió realizar un extenso trabajo de mejoramiento personal individual que fue poniendo en práctica tanto en Sudáfrica como en la India. Alain Decaux escribió: “Hay una palabra que resume toda su acción, que él mismo ha forjado inspirándose en los libros santos: Satyagraha. Con demasiada frecuencia se la traduce como «no violencia», lo que es a la vez tan auténtico como inexacto. En 1920, Gandhi lo explicaba en The Report of the Indian Congreso: cuando el alma abraza la verdad, adquiere una fuerza que hay que saber utilizar para poder librar al adversario de su error, empleando siempre la paciencia y la simpatía a fin de despertar en él cierto sentimiento de hidalguía” (De “Destinos fabulosos”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1989).

En lugar de intentar resolver los conflictos raciales recurriendo a la violencia, trata de hacer entender a sus compatriotas que ellos también eran discriminadores a través de la exclusión de los intocables, la casta inferior india. Decaux agrega: “No hacen falta más que unas pocas semanas para que el tímido M. K. Gandhi se convierta en lo que las autoridades locales llaman un «agitador». Reúne en una salita a lo más granado de la colonia india de África del Sur pero no los incita a la rebelión, como lo hubiera hecho precisamente un verdadero agitador. Por el contrario, ninguno de los concurrentes hubiera supuesto que se expresaría en esos términos: -Todos ustedes se sienten perseguidos –exclama- pero ustedes son también perseguidores. Ciertamente, el orden social no es más que un aspecto del orden cósmico. Pero una sociedad fundada sobre la distinción de castas y de parias es contraria al orden natural. Por lo tanto, no se quejen; comiencen por mostrarse mejores que los demás para forzarlos a que los respeten”.

Gandhi no sólo construye su personalidad a partir de sus propias experiencias personales, sino que también extrae consejos de libros religiosos como el Bhagavadgita. “Como ocurre con casi todos los libros santos, el Gita es susceptible de interpretaciones radicalmente diferentes. Gandhi ha querido descubrir allí al hombre ideal, el Karma Yoghi perfecto: «Un hombre piadoso que no cela a nadie, que es una fuente de misericordia, que no conoce el egoísmo, que es desinteresado, que considera de la misma manera al calor y al frío, a la felicidad y a la miseria, que siempre perdona, que siempre está satisfecho, cuyas resoluciones son firmes, que ha consagrado su pensamiento y su alma a Dios, que no causa temor, que no tiene miedo de los demás, que no triunfa, no se aflige, no tiembla, que es puro, hábil para la acción pero insensible a ella en sí misma, que renuncia a todos los frutos buenos o malos de su actividad, que trata de la misma manera a sus amigos y a sus adversarios, que es indiferente al respeto o a la irreverencia, que no se deja envanecer por los elogios, que no se deprime cuando se habla mal de él, que ama el silencio y la soledad, que posee una razón disciplinada»”.

Para difundir la verdad y la justicia, no sólo se requiere establecer una sólida personalidad, sino, además, de una perseverancia tenaz. Debido a su intensa lucha contra las injusticias, Gandhi sufre reiteradas detenciones; estimándose en unos 2.089 los días en que estuvo detenido tanto en las cárceles inglesas en la India como en las de Sudáfrica (algo menos que 6 años de su vida).

También en el caso de Cristo se advierte sencillez en su mensaje y tenacidad con la que encara su acción. Romano Guardini escribe al respecto: “Si comparamos sus pensamientos con los de otras personalidades religiosas, parecen, en su mayor parte muy sencillos, al menos tal y como los hallamos en los evangelios sinópticos. Claro que, si tomamos la palabra «sencillo» en el sentido de «fácilmente comprensible» o de «primitivo», entonces desaparece, al observar un poco más”.

José Luis Martín Descalzo comenta la expresión anterior: “Es cierto, las palabras de Jesús son tan claras y transparentes como la superficie del agua de un pozo. Sólo bajando nuestro cubo hasta el fondo, podemos percibir su verdadera hondura. ¿Hay algo más «elemental» que la parábola del hijo pródigo? ¿Hay algo más vertiginosamente profundo?”.

“Y es que –como señala el mismo Guardini- el «pensamiento de Jesús no analiza, ni construye, sino que presenta realidades básicas y ello de una manera que ilumina e intranquiliza a la vez»”.

“No hay en su pensamiento inquietudes filosóficas o metafísicas. Desde ese aspecto, muchos otros textos de fundadores religiosos parecen más profundos, más elaborados, más bellos, incluso. Pero Jesús jamás hace teorías. Nada nos dice sobre el origen del mundo, sobre la naturaleza de Dios y su esencia, jamás habla como un teólogo o como un filósofo. Refiere de la verdad como hablaría de una casa. Siempre con el más riguroso realismo. Sus palabras son un puro camino que va desde los hechos hacia la acción. Sus pensamientos no quieren investigar, explicar, razonar, mucho menos elaborar construcciones teóricas, se limita a anunciar el amor de Dios y la llegada de su Reino con el mismo gesto sencillo con el que alguien nos dice: mira, esto es un árbol. Su pensamiento está constituido en lo esencial y no necesita retóricas”.

“Sus preceptos son secos, incisivos y sencillos: «Reconcíliate con tu hermano (Mt 5,24). No juréis en absoluto (Mt 5,34). No resistáis al mal y si alguien te golpea en la mejilla derecha, muéstrale la izquierda (Mt 5,39). Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen (Mt 5,44). Cuando hagas limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha (Mt 6,3)»”.

“En rigor, Jesús no dice grandes cosas nuevas y mucho menos verdades exotéricas e incomprensibles; no trata de llamar la atención con ideas desconcertantes y novedosas. Dice cosas racionales, que ayuden sencillamente a la gente a vivir. Aclara ideas que ya se sabían, pero que los hombres no terminaban de ver o de formular. San Agustín lo afirmaba sin rodeos: «La substancia de lo que hoy se llama cristianismo estaba ya presente en los antiguos y no faltó desde los inicios del género humano hasta que Cristo vino en la carne. Desde entonces en adelante, la verdadera religión, que ya existía, comenzó a llamarse religión cristiana»”.

“Jesús, además, da razones de lo que dice, nada impone por capricho. Y sus razones son más de sentido común, de buen sentido, que altas elucubraciones filosóficas. Si manda amar a los enemigos, explica que es porque todos somos hijos de un mismo Padre (Mt 5,45); si pide que hagamos bien a todos, razona que es porque todos queremos que los demás nos hagan bien a nosotros (Lc 6,33); si está prohibido el adulterio, comenta que es porque Dios creó una sola pareja y la unió para siempre (Mc 10,6); si pide que tengamos confianza en el Padre, lo hace recordándonos que él cuida hasta de los pájaros del campo (Mt 12,11)”.

“Y todo esto lo dice en el más sencillo de los lenguajes. Jesús nunca habla para intelectuales. Usa un vocabulario y un estilo apto para un pueblo integrado por campesinos, artesanos, pastores y soldados. Y eso es precisamente lo que hace que su palabra haya traspasado siglos y fronteras. Podemos pensar que lo hubiera sido –como dice Claude Tresmontant- «si su palabra, llegado el momento de ser vertida a todas las lenguas humanas hubiera estado envuelta en el ropaje del lenguaje erudito, rico, complejo, en un lenguaje ‘mandarín’, fruto de una larga tradición y civilización de gentes ilustradas…¿Cómo habría sido traducido y comunicado, a lo largo de los siglos, al selvático africano, al campesino chino, al pescador irlandés, al granjero americano, al mozo de los cafés de París o Londres?»”.

“Realmente: la «pobreza» del lenguaje evangélico es la condición de su capacidad de expansión «universal». Sí, en cambio, hubiera estado arropada por la riqueza de un lenguaje demasiado evolucionado, habría permanecido prisionera de la civilización en cuyo seno nació y no habría podido ser comprendida por la totalidad de los hombres. No habría sido verdaderamente católica” (De “Vida y misterio de Jesús de Nazaret”-Ediciones Sígueme SA-Salamanca 1986). La sencillez del mensaje evangélico contrasta con la complejidad que puede encontrarse en cualquier libro de teología cristiana. Los emisores secundarios del cristianismo, en lugar de transmitir las prédicas originales en las que Cristo se dirige a todos los hombres, las reemplazan por lo que los teólogos dicen sobre Cristo. Han transformado la religión moral en una filosofía en la cual no existe mérito por cumplir con los mandamientos bíblicos sino por adoptar determinada postura filosófica acerca de cómo funciona el mundo y la sociedad.

Se advierte, además, que de la simplicidad del mensaje dirigido a cada integrante de la humanidad se ha pasado a una ideología compatible esencialmente con la “sabiduría popular”. Es así que se ha llegado al extremo de introducir en la Iglesia nada más ni nada menos que la ideología que directa o indirectamente promovió el asesinato masivo de unas cien millones de personas en todo el mundo: el marxismo-leninismo. Bajo el título de Teología de la Liberación, en lugar de promover la liberación del hombre respecto de sus pecados, promueve liberar a los pobres (exentos de defectos) de los ricos (exentos de virtudes). Aun cuando en muchas sociedades predomine la clase media (ni pobres ni ricos) se sigue insistiendo en describir a los individuos según la clase social económica a la que se lo asigna para atribuirle luego los atributos (reales o imaginarios) predominantes del grupo.

Aun en una “sociedad” extremadamente desigual, como un campo de concentración nazi, Víktor Frankl pudo observar la existencia de guardias que ayudaban a los prisioneros y también de prisioneros que colaboraban con los jerarcas de la prisión. Al respecto escribió: “De todo lo expuesto debemos sacar la conclusión de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la «raza» de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambos se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido ningún grupo es de «pura raza» y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente” (De “El hombre en busca de sentido”-Herder-Barcelona 1982).