sábado, 1 de julio de 2017

El mercado como guía económica vs. El mercado como guía moral

Uno de los errores que frecuentemente se comete consiste en caer en excesos en cuanto se advierte algo positivo en una acción, en un sistema organizativo o incluso en un medicamento, de ahí que se pueda tomar como ejemplo el caso del paciente que duplica la dosis de un remedio indicado por el médico, suponiendo que así logrará el doble de la mejora esperada. En el caso del mecanismo del mercado, al resultar adecuado para los procesos de intercambio, hay quienes pretenden adoptarlo como guía para orientar su vida, no sólo en el aspecto económico, sino en todos los órdenes. Wilhelm Röpke escribió: “Las cosas inseguras de este mundo perecen por su propia naturaleza, las buenas por sus exageraciones. La actitud conservadora, que procura asegurar y mantener, es condición indispensable de una sociedad sana. Pero quien se aferra exclusivamente a la tradición, a la historia y a las costumbres se hace culpable de exageración y acabará en una fosilización insoportable. La predilección liberal por el movimiento y el progreso es aquí el contrapeso indispensable. Pero quien no se impone unos ciertos límites de respeto por lo duradero y lo que merece conservarse no podrá evitar la disolución y, al fin, la destrucción”.

“La sociedad se muestra tan celosa de sus derechos como el individuo de los suyos. Pero tan de temer es que la exageración de los derechos de la sociedad degenere en colectivismo como que las demasías de los derechos individuales desemboquen en el límite extremo del anarquismo. La propiedad privada degenera en plutocracia, la autoridad en esclavitud y opresión, la democracia en capricho y demagogia. Cualesquiera sean las orientaciones o corrientes políticas que quieran ponerse como ejemplo, todas ellas cavan su propia tumba si se consideran a sí mismas como valores absolutos y no respetan sus propios límites. Suicidio es aquí la causa mortis absolutamente natural” (De “Más allá de la oferta y la demanda”-Unión Editorial SA-Madrid 1979).

Esencialmente, el error aludido implica creer que la adopción de la economía de mercado permite solucionar todos los problemas sociales y humanos. En cierta forma, se coincide en este aspecto con el marxismo, sólo que cambia el medio económico propuesto para solucionarlos. Se olvida que, para que una economía de mercado funcione adecuadamente, debe partirse de una predisposición para el trabajo, para el ahorro productivo y para el intercambio cooperativo por el cual se beneficiarán todas las partes que intervienen en un intercambio o transacción. El éxito de tal economía presupone una base moral adecuada. El citado autor agrega: “La economía de libre mercado no constituye la excepción de la regla. De hecho, los propugnadores de esta economía han ido cumpliendo con creciente claridad –cuando han intentado elevarse a la región de los principios doctrinales- que el ámbito del libre mercado, de la lucha por la competencia, de los precios establecidos por la ley de la oferta y la demanda, así como la producción regulada por esta ley, sólo podían entenderse y justificarse en cuanto partes constitutivas de un orden más amplio y global, de un orden que incluye valores tales como la moral y el derecho, las exigencias naturales de la existencia y de la felicidad, el Estado, la política y el poder”.

“La sociedad, considerada en su conjunto, no puede construirse exclusivamente sobre la ley de la oferta y la demanda, del mismo modo que ya desde los tiempos de Burke una de las más sólidas convicciones conservadoras sabía que el Estado es algo más que una especie de sociedad anónima. Los hombres que compiten en el mercado y buscan en él sus beneficios deben estar tanto más sólidamente unidos por los lazos sociales y morales de la comunidad, pues en caso contrario también la competencia incurre en gravísima degeneración”.

“Dicho en otras palabras: la economía de mercado no lo es todo. Debe insertarse en un contexto total más elevado, que no puede apoyarse en la ley de la oferta y la demanda, en la libertad de precios y en la competencia. Debe mantenerse dentro del sólido marco de un orden total que no sólo corrige por medio de las leyes las imperfecciones y asperezas de la libertad económica, sino que además no le niega al hombre una existencia acorde con su naturaleza. Y el hombre sólo puede hallar la plena satisfacción de sus necesidades naturales cuando se inserta por su propia iniciativa en una sociedad y se siente solidariamente vinculado con ella. En caso contrario, lleva una vida miserable. Y lo sabe”.

Para un adecuado accionar en libertad, todo individuo debe predisponerse concientemente a limitar sus derechos y ambiciones, lo que no es otra cosa que la responsabilidad individual. Edmund Burke escribió: “Los hombres están capacitados para la libertad cívica en la misma exacta medida en que son capaces de poner límites morales a su propia voluntad y a sus apetitos; en la medida en que su amor a la justicia supera su codicia; en la medida en que la probidad y la sobriedad de sus juicios es mayor que su vanidad y su presunción; en la medida en que están más dispuestos a escuchar consejos de hombres justos y juiciosos que las adulaciones de los pícaros”.

“La sociedad no puede existir si no se pone en algún punto un freno a la voluntad y al apetito desenfrenado. Y cuanto menos dispongan los hombres de este freno en su interior tanto más debe imponérseles desde el exterior. Está inscrito en el curso eterno de las cosas que los hombres de carácter desenfrenado no pueden ser libres. Sus pasiones forjan sus cadenas”.

Los integrantes de las sociedades en crisis no se orientan por principios morales, sino que están guiados por ambiciones desmedidas que se traducen en presiones excesivas contra otros integrantes de la sociedad. Las propias empresas sienten la presión de sus accionistas para que logren ganancias que los dejen satisfechos; de lo contrario, venderán sus acciones y la empresa se debilitará o bien cerrará sus puertas. Esta presión recorre todos los estamentos empresariales hasta convertirse en una fuerza destructiva, tanto de directivos como de empleados de bajo rango. La empresa deja de ser un conjunto de seres humanos que cooperan satisfactoriamente para ser una maquinaria fría y deshumanizada que sólo apunta a la optimización de las ganancias. Sergio Sinay escribió: “Michel D., ingeniero electrónico, escribía esta breve carta. Este era el contexto: «Me suicido a causa de France Telecom. Es la única causa de mi muerte voluntaria. No puedo más con las urgencias permanentes, con el trabajo excesivo, con la ausencia de formación, con la desorganización total de la empresa. Los directivos practican el ‘management’ del terror. Esa manera de trabajo ha desorganizado mi vida, me ha perturbado. Me he convertido en una ruina, en un desecho humano. Prefiero acabar. Poner fin a mi vida». Michel D. dejó la carta bien a la vista y, a continuación, cumplió con lo que había anunciado” (De “¿Para qué trabajamos?”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2012).

Una situación como la mencionada pone en evidencia que ha sido producida por fallas humanas, por cuanto se advierte la ausencia de todo signo de cooperación existiendo un predominio de egoísmo y negligencia, o incapacidad de los directivos de la empresa. Desde el sector socialista se dirá que las personas no son culpables de nada y que todos son víctimas del sistema capitalista.

Es oportuno indicar que el liberalismo propone un marco de libertad bajo el cual se espera que los actores del “drama económico” realicen acciones voluntarias en las que predomine una actitud cooperativa. De esa manera se espera obtener los mejores resultados para todos. La acción básica implica un intercambio, o acuerdo voluntario entre las personas A y B, de tal manera que se beneficien ambas partes simultáneamente. De lo contrario el vínculo no se renovará en el futuro. Tal beneficio simultáneo está íntimamente ligado a la ética natural, o cristiana, en la cual se sugiere compartir las penas y las alegrías ajenas como propias. En los intercambios económicos, sin que sea necesario establecer un vínculo afectivo, al menos debe respetarse la búsqueda y la intención de tal beneficio.

Adam Smith, quien observa este proceso elemental, advierte que es el primer eslabón de una secuencia que conduce a un sistema autorregulado que puede funcionar aceptablemente teniendo presente la bondad natural de los hombres. Incluso cuando los hombres muestran fuertes tendencias egoístas, tal actitud tiende a disminuir significativamente por efecto de la competencia que deben afrontar.

Desde el punto de vista socialista, se supone que el hombre es egoísta por naturaleza y que en los intercambios entre A y B se beneficiará el que posea mayor poder económico perjudicando al más débil (lo que es cierto en muchos casos). De ahí que se proponga abolir todo intercambio voluntario entre A y B, de manera que el productor entregue sus bienes producidos al Estado para que éste se encargue de redistribuirlos entre quienes los han de consumir.

En toda sociedad real existen buenas y malas personas, con una gradual transición entre ambos extremos. De ahí que la economía natural no dé buenos resultados sin una previa adaptación moral de los hombres, mientras que la economía artificial (socialismo) tampoco dará buenos resultados porque no todos los hombres son malos y porque tal sistema termina perjudicando a los buenos (trabajadores, honestos, creativos) ya que tal sistema no los tiene en cuenta al ignorar sus méritos.

En todo análisis político o empresarial se parte de suposiciones acerca del comportamiento predominante de los hombres, si bien siempre deben establecerse organizaciones y reglamentos que contemplen la posibilidad de que los hombres sean mayoritariamente buenos. Peter F. Drucker escribió: “McGregor expuso vigorosamente alternativas fundamentales de la administración del trabajador y la actividad del trabajo. Su Teoría X –el enfoque tradicional- supone que los individuos son haraganes, rechazan y evitan el trabajo, necesitan dirección y necesitan tanto la zanahoria como el garrote. Supone que la mayoría de la gente es incapaz de asumir la responsabilidad de sí misma y necesita vigilancia. En cambio, la Teoría Y supone que la gente experimenta una necesidad psicológica de trabajo y desea la realización y la responsabilidad. La Teoría X supone un estado de inmadurez. La Teoría Y supone básicamente que los individuos desean ser adultos” (De “La Gerencia”-Librería-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 1998).

Los países subdesarrollados pretenden imitar, en el mejor de los casos, a los países desarrollados; observan los efectos económicos y políticos producidos por una base cultural adecuada, sin advertir precisamente que tal desarrollo se obtuvo priorizando la cultura a la economía y a la política. Cuando advierten que la educación es la base de la cultura, asignan mayores porcentajes del presupuesto nacional a la educación, mientras que, en los establecimientos educativos, se imparte una mentalidad anticapitalista, antioccidental y antiempresarial, como si se pretendiera adiestrar a los alumnos para instaurar revolucionariamente un sistema totalitario. De esta forma se deshace todo lo que se pretendió hacer en un principio.

1 comentario:

Ignacio Natale dijo...

Excelente artículo. Por eso mismo se habla de "batalla cultural", más que preeminencia de una idea política o económica en el gobierno. Justamente de nada sirve un régimen socialista, en una sociedad ahorradora, individualista, liberal y capitalista, como puede pasar en un caso contrario.