miércoles, 26 de abril de 2017

Del complejo de persecución a la guerra justa

Es inherente al marxismo-leninismo, como a toda ideología totalitaria, que sus líderes sufran cierto complejo de persecución por el cual constantemente están en alerta ante las acciones del enemigo (los capitalistas o el imperialismo yanqui), o bien que esos líderes establezcan, a nivel masivo, un comportamiento similar al de quienes padecen ese complejo. Mediante este expediente “unen” al pueblo en el miedo y en el odio hacia el enemigo, a la vez que justifican su generosa protección.

Surge de esta actitud una consecuencia inmediata, y es que el pueblo se siente asediado y atacado por un enemigo real o imaginario, y de ahí que resulte lícita una defensa, y hasta una guerra, que ha de ser justa, ya que se considera que a nadie se le puede negar el derecho a la defensa cuando es atacado. De esa forma se justifica toda la violencia que han de desplegar previo convencimiento de que se trata de una acción defensiva. La victimización permanente de los adeptos es otra de las consecuencias.

El militante, una vez instruido y fanatizado, mantiene vigentes por mucho tiempo sus creencias. Prueba de ello la dan algunos intelectuales que necesitaron algunos años de intensos debates mentales y personales para advertir los errores de sus razonamientos. Max Eastman, quien viajó a la URSS en la década de los veinte, escribió: “Sólo una cosa me parecía calamitosamente mala. Esta era el fanatismo y escolasticismo bizantino que se había desarrollado alrededor de las sagradas escrituras del marxismo. Hegel, Marx, Engels, Plekhanov, Lenin –los libros de estos hombres contenían para los bolcheviques la última palabra de la sabiduría humana. No eran ciencia, eran revelación. A los pensadores vivos no les quedaba otra cosa por hacer que aplicarlos, glosarlos, discutir acerca de ellos, difundirlos, encontrar en ellos el germen de todo pensamiento o cosa nueva que llegara al mundo”.

“En lugar de liberar la mente del hombre, la Revolución Bolchevique la encerró en una prisión del Estado más hermética que cualquier otra anterior. Ninguna evasión del pensamiento era concebible, ni siquiera un paseo poético, ninguna salida o mirada a hurtadillas fuera de ese calabozo predarwiniano llamado Materialismo Dialéctico. Nadie en el mundo occidental tiene idea del grado en que las mentes soviéticas están cerradas y fuertemente selladas contra cualquier idea que no sean las premisas y conclusiones de este antiguo sistema de conformar los pensamientos a los deseos. En lo que concierne al avance del entendimiento humano la Unión Soviética es un gigantesco adoquín, armado, fortificado y defendido por autómatas adoctrinados hechos de carne, sangre y cerebros en las fábricas de robots que ellos llaman escuelas”.

“Yo percibí este hecho bárbaro más agudamente que cualquier otra desilusión en la tierra de mis sueños. Estaba seguro de que contenía las semillas del gobierno dejado en manos de los sacerdotes y policías. Cualquier religión del Estado, como han señalado todos los grandes liberales, es la muerte de la libertad humana. La separación entre la iglesia y el Estado es una de las principales medidas de protección contra la tiranía. Pero la religión marxista hace esta separación imposible, porque su credo es la política; su iglesia es el Estado. No hay, dentro de sus dogmas, ninguna esperanza de una evolución hacia la sociedad libre que promete” (De “Reflexiones sobre el fracaso del socialismo”-Ediciones La Reja-Buenos Aires 1957).

Como el marxista adhiere al relativismo moral, en cuanto se le critica alguna acción negativa, como los asesinatos masivos de Stalin, supone que basta con “demostrar” que el bando enemigo también los comete para justificar tal catástrofe social. Y si el bando enemigo no los ha cometido, fácilmente se miente al respecto para buscar el equilibro. Frederic Joliot-Curie expresó en el Congreso del Partido Comunista Francés de 1956: “Los hombres no son perfectos, ciertamente. Se han cometido errores y algunos muy graves. Todo hombre debe reprobarlos. Y todos pueden ver cómo los juzgamos cuando corresponden a un hombre tan importante como el camarada Stalin. Pero éstas son cosas que no conciernen ni a la doctrina marxista-leninista ni al sistema socialista”.

“Esto no es una excusa ni mucho menos; pero quiero preguntar: ¿Cuántos crímenes son cometidos todos los días en los países que dicen hablar en nombre de la libertad y que, por ejemplo, so pretexto de pacificación hacen matar a millares de seres humanos?” (De “Trabajos fundamentales”-Editorial Platina-Buenos Aires 1960).

El científico mencionado, casado con Irene (hija de los Curie), ganador con su esposa del Premio Nobel de Química, aun con una mente apta para la creatividad científica, no pudo liberarse del adoctrinamiento totalitario, como también les sucedió a algunos científicos nazis. Intenta desligar al sistema de terror impuesto por Lenin de sus consecuencias previsibles, mientras que toda persona razonable abandona sus simpatías y su apoyo a los regímenes que cometieron millones de asesinatos.

No sólo se justifica la violencia en base a la hipótesis de una legítima defensa, sino también se justifica el robo partidario considerando que todo propietario, en un régimen no socialista, adquirió lo que tiene mediante alguna forma de explotación laboral. Mientras que el socialismo teórico considera la “propiedad colectiva de los medios de producción”, en Cuba se procedió a la expropiación de la mayor parte de la propiedad privada. Hilda Molina escribió: “Desde el comienzo, los líderes de la revolución se distinguieron por su permanente irrespeto a las propiedades privadas excepto, obviamente, a las muchas que ya iban engrosando sus patrimonios personales y familiares. Primero se produjeron los saqueos y otros actos vandálicos. Después se sucedieron las expropiaciones o «nacionalizaciones», como eufemísticamente las llamaban. Y no me refiero a las confiscaciones de monopolios extranjeros, transnacionales y otros intereses foráneos; ni a la estatización de los grandes latifundios y de poderosas empresas nacionales, sino a la incautación de miles y miles de pequeños negocios en todo el país”.

“Nuestra familiar casa de modas no se libró de ese proceso, a pesar de que en la misma no había asalariados ni explotación del hombre por el hombre ni plusvalía ni ninguno de esos nuevos y extraños conceptos que nos repetían hasta el cansancio. El robo institucionalizado, absurdo e inútil del taller donde desarrollaba sus obras de arte resultó demoledor para mi madre” (De “Mi verdad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).

Para mantener a los cubanos bajo una constante presión psicológica, el gobierno utilizaba el complejo de persecución inducido a gran escala. La citada autora escribió: “Las calles de mi ciudad y las de Cuba entera, no obstante los años transcurridos, seguramente conservan aún sus huellas y los recuerdos de las constantes, intensas e interminables sesiones de marcha a las que estuvimos sometidos los milicianos en los primeros años de la revolución. Imposible calcular el número de horas que yo desperdicié marchando. Noche tras noche, semana tras semana. Fue una época de verdadera locura. Muchos cubanos gastaron sus pobres y escasos zapatos en aquellas marchas inútiles. Después llegaron las terribles botas soviéticas que nos llenaban los pies de llagas y que en algunos casos provocaron lesiones irreversibles. Pueden escribirse cientos de miles de cuartillas sólo dedicadas a relatar las dolorosas y al tiempo risibles historias vividas por los milicianos cubanos en los tristemente célebres ejercicios de marcha”.

Como el creyente socialista acepta sin discusión las promesas de Marx consistentes esencialmente en que, con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, se llega fácilmente a una sociedad ideal, en la cual reina la dicha y la felicidad, opone esta sociedad ideal a toda sociedad real, por lo cual afirma la superioridad del socialismo. Y si se entera que el socialismo real presenta serios defectos, dirá que con el tiempo tales defectos serán solucionados.

En quienes ejercen el derecho penal argentino predomina el abolicionismo, el cual propone la aplicación de penas leves, o nulas, incluso para peligrosos delincuentes. Ello se debe a que se supone que tal infractor de la ley fue “marginado previamente por la sociedad” debido al “sistema económico injusto” que está vigente, por lo que, al delinquir, está cometiendo una “justa venganza”, lo que coincide con la “guerra justa” antes considerada. Luego, cuando ocurre algún linchamiento como consecuencia de la “justicia por mano propia”, surgen acaloradas voces socialistas criticando tal incivilizada práctica, mientras que callan totalmente ante las decenas de asesinatos diarios que ocurren a lo largo y a lo ancho del país.

El símbolo más representativo del socialismo fue el Muro de Berlín, construido para evitar el éxodo diario y permanente del sector socialista al occidental, o capitalista. Ello mostraba que un socialismo sin controles y con libertad para elegir el lugar de residencia y de trabajo resultaba insostenible. Aunque ello no resulta convincente para quienes todavía creen que hay que seguir intentado lo que Marx prometió en su momento. Alain Decaux escribió: “Recorrí muchas veces el Muro de Berlín. Deteniéndome ante las cruces, siempre con flores, que recuerdan los puntos donde tantos hombres y mujeres cayeron por el solo crimen de haber osado ejercer ese derecho fundamental que los constituyentes franceses de 1789 quisieron erigir en ley imprescriptible: el derecho de todos y cada uno a vivir libremente donde lo desee” (De “La historia secreta de la historia”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1987).

Cuando alguien recomienda el diálogo, para superar las distancias ideológicas, no tiene en cuenta que es imposible llegar a un acuerdo con quienes tergiversan lo evidente y niegan la verdad elemental. Además, porque razonan en base a la dialéctica mientras que la mayoría de los mortales utilizamos la lógica natural. Víctor José Llaver menciona la siguiente cita de “La Nación” (13/Ago/86): “Por supuesto, cuando quienes se refieren a la muralla son funcionarios comunistas, los adjetivos difieren. El premier de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, fue, además, quien supervisó en 1961 la construcción del muro, por lo que su opinión debe parecer muy clara a quienes comparten su ideología: «Se trata de un muro protector antifascista y antiimperialista. Un escudo contra las actividades hostiles del revanchismo y las fuerzas militares occidentales»” (De “La URSS hoy”-Editorial Plus Ultra-Buenos Aires 1989).

En cuanto a la ceguera ideológica de una guía de la Alemania Oriental, Llaver comenta: “Entre sus exageraciones nos llamó la atención, desde el principio, la forma en que denostaba a Alemania Federal, donde, entre otras cosas, «la vida resultaba muy difícil, no existía moral ni patriotismo, el flagelo de la droga destrozaba la juventud y la desocupación alcanzaba ya a más de 2 millones de habitantes». Al mismo tiempo, comparaba, en la República Democrática Alemana no sólo «no existía desocupación, sino que tenían necesidad de cubrir 400.000 puestos de trabajo, el dinero no interesaba sino los valores espirituales, la moral era ideal y el pueblo vivía feliz»”.

Sin embargo, la gente siempre prefirió huir del “paraíso socialista” para refugiarse en el “infierno capitalista”.

lunes, 24 de abril de 2017

Las guerras y las causas que las provocan

Si describimos la historia de la humanidad en función de la conducta social del hombre, encontraremos etapas de salvajismo, barbarie y civilización, no advirtiéndose un progreso sostenido en ese sentido, ya que las guerras mantienen su vigencia. Si existe algún acontecimiento opuesto al proceso evolutivo, este ha de ser el conflicto armado, ya que una guerra se caracteriza por generar fenómenos antinaturales como que los hijos mueran antes que los padres, o que los aptos mueran con preferencia a los ineptos, o bien porque todos los hombres buscamos la felicidad y huimos del dolor, mientras que la guerra es la mayor causa de dolor. Charles Richet escribió: “Individuos y sociedades viven para ser felices. La cosa es tan evidente que parece una ingenuidad decirla. Si algún ilustre pensador predicase una doctrina que mostrara al hombre el dolor como fin de la existencia, tendríamos el derecho de considerar a ese gran filósofo como un bromista. La felicidad; este es el ideal de todos. Mas para que tal aspiración no esté manchada por un sombrío egoísmo, debemos generalizar la fórmula, y decir que no se trata de nuestra felicidad exclusiva, sino también de la felicidad de los demás”.

Lo irónico de todo esto es que las guerras se producen a pesar de sus resultados negativos y que la gente las apoya adhiriendo a ideas que las promueven. El citado autor agrega: “Estupidez no quiere decir que no se tenga comprensión, sino que se obra como si no se tuviese. Saber distinguir el bien y practicar el mal; infligirse dolor a sabiendas, conocer la causa de la desgracia y arrojarse a la misma: esto es ser estúpido”.

De la misma forma en que los jugadores de fútbol, que obtienen un campeonato mundial, resultan ser los héroes de un país, en otras épocas se consideraba como héroes a los que triunfaban en la mayor justa deportiva: la guerra, aunque esa “competencia” se cobrara miles de muertos de uno y otro bando. Para Napoleón, el número de victimas se podría compensar fácilmente con los nacimientos que vendrían. Charles Richet escribió: “El heroísmo desplegado por una tontería, es, en claro lenguaje, la apoteosis de la estupidez humana”.

“Admiro sin reservas al soldado noble y valiente que da su vida en aras de la patria escarnecida. En cambio, que millones de hombres se maten por conferir algún fragmento de gloria a un Napoleón, admiro su valor, pero no su inteligencia”.

Con cierta ironía agrega: “Nuestra magnífica guerra de 1914-1918 no ha conseguido matar más que a quince millones. Poca cosa: quince millones no representan más que una pequeña fracción de humanidad, una centésima, casi nada. Dos años de fecundidad aumentada compensarían la hecatombe. Y estaría muy cerca de hablar como Napoleón la tarde de la batalla de Eylan, contemplando los cadáveres que su orgullo había amontonado en el sangriento campo: «Una noche de París reparará todo eso»” (De “El hombre estúpido”-Editorial Araluce-Barcelona 1930).

En cuanto a las causas concretas que las provocan, Aldous Huxley escribió: “La guerra existe porque la gente quiere que exista. Quiere que exista por varias y diversas razones”. “A muchas personas les agrada la guerra, porque les parece que sus ocupaciones, en tiempos de paz, son humillantes, los frustran, o tienen simplemente un carácter negativo y aburridor. En sus estudios relativos al suicidio, Durkheim, y más recientemente Halbwachs, han demostrado que el índice de suicidios entre los no combatientes tiende a disminuir en los tiempos de guerra, hasta los dos tercios de su cifra normal. Esta declinación debe atribuirse a las causas siguientes: a la simplificación de la vida en los tiempos de guerra (el índice de los suicidios es más elevado en las sociedades complejas y en donde la civilización ha alcanzado mayor desarrollo)”.

“La vida, en tiempos de guerra es…sumamente atrayente, por lo menos durante los primeros años. Rumores, corridas, tumultos y los diarios atascados todas las mañanas con las noticias más emocionantes. Debe atribuirse a la influencia de la prensa el hecho de que, mientras durante la guerra francoprusiana el índice de suicidios declinase solamente en los países beligerantes, durante la Guerra Mundial [se refiere a la Primera] se registró, hasta en los países neutrales, una declinación considerable”.

En la actualidad observamos la sustitución del interés por la guerra por el interés por el fútbol, ya que produce similares efectos positivos relegando los negativos a una mínima escala. Recordemos que en épocas del Imperio Romano el pueblo se divertía en el Coliseo contemplando atroces escenas de muerte y violencia, que con el tiempo fue reemplazando el cine y la televisión, si bien queda un largo camino por recorrer y es el que nos falta para llegar a un nivel de civilización en que tales escenas resulten desagradables y pierdan el interés generalizado.

Otro de los causales de guerra es el nacionalismo: “Todo nacionalismo es una religión idólatra en que la divinidad del Estado personificado, representado, a su vez, en muchos casos, por un rey o un dictador más o menos endiosado. Participar en la nación divina ex-hipothesi es considerado como si confiriese cierta preeminencia mística”.

“Cualquier hombre que crea con bastante fuerza en la idolatría nacionalista local puede hallar en su fe un antídoto hasta contra el más agudo de los complejos de inferioridad. Los dictadores alimentan las llamas de la vanidad nacional, y siegan su recompensa en la gratitud de millones de personas, para quienes el convencimiento de que participan en la gloria de la nación divina los alivia de las sensaciones que los corroen y que nacen de su propia pobreza, su poca importancia social, o su insignificancia” (De “El fin y los medios”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2000).

Uno de los principales alegatos contra la guerra fue divulgado por Juan B. Alberdi, quien escribió: “El crimen de la guerra. Esta palabra nos sorprende, sólo en fuerza del grande hábito que tenemos de esta otra, que es realmente incomprensible y monstruosa: el derecho de la guerra, es decir, el derecho del homicidio, del robo, del incendio, de la devastación en la más grande escala posible; porque esto es la guerra, y si no es esto, la guerra no es la guerra”.

“Estos actos son crímenes por las leyes de todas las naciones del mundo. La guerra los sanciona y convierte en actos honestos y legítimos, viniendo a ser en realidad la guerra el derecho del crimen, contrasentido espantoso y sacrílego, que es un sarcasmo contra la civilización”.

“Esto se explica por la historia. El derecho de gentes que practicamos, es romano de origen como nuestra raza y nuestra civilización. El derecho de gentes romano, era el derecho del pueblo romano para con el extranjero. Y como el extranjero para el romano, era sinónimo del bárbaro y del enemigo, todo su derecho externo era equivalente al derecho de la guerra”.

“El acto que era un crimen de un romano para con otro, no lo era de un romano para con el extranjero. Era natural que para ellos hubiese dos derechos y dos justicias, porque todos los hombres no eran hermanos, ni todos iguales. Más tarde ha venido la moral cristiana, pero han quedado siempre las dos justicias del derecho romano, viviendo a su lado, como rutina más fuerte que la ley”.

“La moral cristiana es la moral de la civilización actual por excelencia; o al menos no hay moral civilizada que no coincida con ella en su incompatibilidad absoluta con la guerra. El cristianismo como ley fundamental de la sociedad moderna, es la abolición de la guerra, o mejor dicho, su condenación como un crimen”.

“Ante la ley distintiva de la cristiandad, la guerra es evidentemente un crimen. Negar la posibilidad de su abolición definitiva y absoluta, es poner en duda la practicabilidad de la ley cristiana. El evangelio es el derecho de gentes moderno, es la verdadera ley de las naciones civilizadas, como es la ley privada de los hombres civilizados”.

“Maquiavelo vino en pos del renacimiento de las letras romanas y griegas, y lo que se llama maquiavelismo no es más que el derecho público romano restaurado. No se dirá que Maquiavelo tuvo otra fuente de doctrina que la historia romana, en cuyo conocimiento era profundo. El fraude en la política, el dolo en el gobierno, el engaño en las relaciones de los Estados, no es invención del republicano de Florencia, que, al contrario, amaba la libertad y la sirvió bajo los Médicis en los tiempos floridos de la Italia moderna”.

“Todas las doctrinas malsanas que se atribuyen a la invención de Maquiavelo, las habían practicado los romanos. Montesquieu nos ha demostrado el secreto ominoso de su engrandecimiento. Una grandeza nacida del olvido del derecho debió necesariamente naufragar en el abismo de su cuna, y así aconteció para la educación política del género humano”.

“El olvido franco y candoroso del derecho, la conquista inconsciente, por decirlo así, el despojo y la anexión violenta, practicados como medios legales de engrandecimiento, la necesidad de ser grande y poderoso por vía del lujo, invocada como razón legítima para apoderarse del débil y comerlo, son simples máximas del derecho de gentes romano, que consideró la guerra como una industria tan legítima como lo es para nosotros el comercio, la agricultura, el trabajo industrial. No es más que un vestigio de esa política, la que la Europa sorprendida sin razón admira en el conde de Bismark” (De “El crimen de la guerra”-Editorial Molino-Buenos Aires 1943).

Alberdi distingue entre el causante de la guerra y el bando que debe defenderse. Al respecto escribió: “Conviene no olvidar que no siempre la guerra es crimen; también es la justicia cuando es el castigo del crimen de la guerra. En la criminalidad internacional sucede lo que en la civil o doméstica: el homicidio es crimen cuando lo comete el asesino, y es justicia cuando lo hace ejecutar el juez”.

“La guerra no puede tener más que un fundamento legítimo, y es el derecho de defender la propia existencia. En este sentido, el derecho de matar se funda en el derecho de vivir, y sólo en defensa de la vida se puede quitar la vida”. “Basta eso solo para que todo el que hace la guerra pretenda que la hace en su defensa. Nadie se confiesa agresor, lo mismo en las querellas individuales que en las de pueblo a pueblo. A oír de los beligerantes se diría que todos se defienden y ninguno ataca, en cuyo caso los gobiernos vendrían a ser en blandura más semejantes al cordero que al tigre. Sin embargo, ninguno quiere ser simbolizado por un cordero o una paloma; y todos se hacen representar en sus escudos por el león, el águila, el gallo, el toro, animales bravos y agresores. Esos símbolos son en sí mismos una instrucción”.

De la misma forma en que la civilización avanza en cuanto se prohíbe la “justicia por mano propia” en los conflictos personales, será también un avance en ese sentido cuando se acepte la abolición de la guerra entre naciones, previo reconocimiento de una instancia superior, que no necesariamente ha de estar constituida por un organismo supranacional, sino tan sólo por la masiva conciencia de que existe un orden natural del cual debemos ser dignos y respetuosos adherentes.

sábado, 22 de abril de 2017

La dignidad del hombre

Una de las formas en que podemos expresar la decadencia moral que nos afecta, consiste en afirmar que el individuo ha perdido su dignidad; que ha relegado su esencia y naturaleza priorizando los instintos y el placer. No faltan, por cierto, los espíritus optimistas que aducen que, de la misma forma en que a una tormenta le sigue la calma, a una grave crisis moral le ha de seguir una etapa de resurgimiento. W. H. Van de Pol escribió: “Se pueden diferenciar una serie de periodos culturales de una duración relativamente larga, cortados por periodos de corta duración, en los que, aparentemente, se produce súbitamente una revolución espiritual que pone fin definitivo a un periodo cultural caduco y preanuncia un periodo cultural joven y nuevo. Todo indica que, por primera vez en la historia de la humanidad, toda ella se encuentra en un periodo de total reorientación y renovación, cuyo significado es la transición de una civilización decadente a una cultura mundial nueva, aún en formación”.

“La crisis en que se encuentra la humanidad actual en todo el mundo, es una crisis de una amplitud, profundidad y alcance desconocidos. Tiene un carácter radical. También tiene un carácter tal, que abarca a todos y a todo. Nada ni nadie pueden sustraerse a ella. La humanidad que surge de esta crisis será una humanidad nueva y distinta en lo que respecta al pensamiento y la acción. La manera de pensar, la experiencia del propio ser y de toda la realidad y, junto a ello, también el aspecto religioso del ser-hombre, están sujetos en nuestra época a una revolución radical” (De “El final del cristianismo convencional”-Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1969).

Desde el punto de vista religioso, puede observarse el predominio de una actitud pasiva y contemplativa por la cual el individuo espera que todo cambio o toda mejora provengan de Dios. En este caso, la dignidad del hombre se asocia a su carácter de observador de la obra de Dios, considerando que es tan importante la obra como el espectador, ya que la primera tendría poco sentido sin alguien que la observara. Pico Della Mirandola escribió: “El hombre, familiar de las criaturas superiores y soberano de las inferiores, es el vínculo entre ellas; que por la agudeza de los sentidos, por el poder indagador de la razón y por la luz del intelecto, es intérprete de la naturaleza…”.

“Consumada la obra [la Creación de Dios], deseaba el artífice que hubiese alguien que comprendiera la razón de una obra tan grande, amara su belleza y admirara la vastedad inmensa. Por ello, cumplido ya todo…pensó por último en producir al hombre” (Del “Discurso sobre la dignidad del hombre”-Editorial Concourt-Buenos Aires 1978).

El cambio esencial, que podría establecerse, implica el cambio desde la actitud pasiva y contemplativa a una actitud activa e indagatoria, tal la que proviene de considerar al hombre como un partícipe esencial y necesario en el proceso de la evolución cultural de la humanidad. Se advierte que el puesto del hombre en el mundo es el de un colaborador directo de Dios, o del orden natural, y cuya misión esencial consiste en llevar a buen término la finalidad implícita en el espíritu de la ley natural. Julian Huxley escribió: “Se han definido la responsabilidad y el destino del hombre, considerándolo como un agente, para el resto del mundo, en la tarea de realizar sus potencialidades inherentes tan completamente como sea posible. Es como si el hombre hubiese sido designado, de repente, director general de la más grande de todas las empresas, la empresa de la evolución, y designado sin preguntarle si necesitaba ese puesto, y sin aviso ni preparación de ninguna clase”.

“Más aún: no puede rechazar ese puesto. Precíselo o no, conozca o no lo que está haciendo, el hecho es que está determinando la futura orientación de la evolución en este mundo. Este es su destino, al que no puede escapar, y cuanto más pronto se dé cuenta de ello y empiece a creer en ello, mejor para todos los interesados. A lo que esta ocupación se reduce, es realmente a la realización más completa de las posibilidades humanas, sea por el individuo, sea por la comunidad, o sea por la especie en la aventura de su marcha a lo largo de los corredores del tiempo” (De “Nuevos odres para el vino nuevo”-Editorial Hermes-Buenos Aires 1959).

La dignidad del hombre ha sido asociada a la respuesta que ofrece ante las exigencias que le son impuestas por el orden natural, o por el Dios Creador, como una forma de reconocer su esencia y su naturaleza. Mientras el hombre digno tiene por ello un alto valor, el hombre indigno es el que relega su dignidad para lograr alguna ventaja económica o social perjudicando a otro. Jean Lacroix escribió: “La dignidad es el carácter de lo que tiene valor de fin en sí, y no solamente de medio. No hay que confundir precio y dignidad. Una cosa tiene precio cuando puede ser reemplazada por otra equivalente, pero lo que no tiene equivalente, y por tanto, está por encima de todo precio, tiene una dignidad. Sólo las personas tienen una dignidad o valor; las cosas sólo tienen un precio” (Citado en el “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

Una ética de tipo cooperativo se caracteriza por considerar a todo hombre como un fin en sí mismo, por ser un integrante de la humanidad, y no como un medio que permite lograr objetivos circunstanciales o cotidianos. Immanuel Kant escribió: “Obra siempre de tal suerte que trates a la humanidad, en tu persona tanto como la persona del prójimo, como un fin y no como un simple medio”.

En los años sesenta, Gianni Morandi cantaba: “No soy digno de ti/no te merezco más”, aludiendo a alguien que se “portó mal” con una mujer, considerando no merecer su afecto. La actitud del creyente respecto de Dios es similar; cuando el hombre incumple los mandamientos bíblicos, deja de merecer la estima de Dios. Desde el punto de vista de la religión natural, que tiene presente al proceso evolutivo por el cual constituimos la única forma de vida inteligente conocida, dejamos de ser dignos del orden natural cuando ignoramos nuestras facultades intelectuales y morales, rechazando además el denodado esfuerzo que a lo largo de los siglos ha ocupado la mente y la vida de numerosos reformadores sociales que fueron artífices de la evolución cultural cuyos objetivos no difieren esencialmente de los de la evolución biológica.

La crisis actual se debe, entre otros aspectos, a que la religión sólo ofrece una serie de misterios que ocultan lo simple y lo accesible a nuestras decisiones, o bien a la prédica intensiva de un absurda y destructiva lucha de clases que nos aleja completamente de los objetivos que nos impone el orden natural. Tal crisis, asociada a una indignidad generalizada, puede resumirse en el predominio de una actitud que legitima el egoísmo y el odio, exagerados ambos, propios del hombre-masa, que siente que sus derechos no son atendidos por los demás como consecuencia de haber olvidado que también él tiene deberes que cumplir.

El hombre indigno, que impone un precio a su dignidad, es el que, una vez alcanzado ese precio, renuncia a su dignidad, no teniendo inconvenientes en estafar y traicionar a quien sea con tal de obtener una ventaja personal. Se ha llegado al extremo de que muchos adhieren fanáticamente a un delincuente, o a un líder político perverso, si previamente recibieron de ellos alguna ventaja económica, desatendiendo los efectos que puedan haber causado en otras personas. Este es el caso de Pablo Escobar, quien es admirado por aquellos a quienes benefició de alguna manera sin apenas importarles las miles de víctimas inocentes a quienes les quitó la vida.

Mientras que en la Biblia aparece un mandamiento que nos sugiere “honrar padre y madre”, advertimos que algunas personas, de apariencia “normal”, estafan a cualquiera si la circunstancia se presenta favorable, evidenciando que no tienen inconveniente en que la memoria de sus padres, ya fallecidos, caiga también en el descrédito de toda la familia. Tampoco les importa que sus propios hijos adviertan la conducta poco ética que reciben como ejemplo.

La persona digna trata de tener, y de mostrar, una buena imagen de sí mismo; ante sus amigos, para no decepcionarlos, e incluso ante sus enemigos, si los tuviera, para no darles la oportunidad de que adviertan sus debilidades. La persona indigna, por el contrario, poco o nada piensa en la opinión de los demás, ya se trate de amigos o de enemigos. El mundo de los indignos se reduce a objetos que tienen un precio, mientras que el mundo de los dignos se reduce a valores afectivos e intelectuales.

Esta dualidad, que caracteriza a toda sociedad, fue descrita por San Agustín simbolizando como la Ciudad de Dios a la habitada por las personas justas, en oposición a la Ciudad del Hombre formada por personas injustas y sin dignidad; pero ambas en un estado de superposición que impide distinguir a simple vista quienes pertenecen a una y quienes a la otra. La primera, Jerusalén, formada por los descendientes espirituales de Abel; la segunda, Babilonia, formada por los descendientes de Caín. Charles Dickens describe tal superposición geográfica y temporal: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y de la locura; era la época de las creencias y la época de la incredulidad, la estación de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”.

La descripción de San Agustín parte de los atributos morales individuales, mientras que la descripción de los individuos según los atributos de clase, social o económica, lleva a un callejón sin salida, debido a su grosera inexactitud. E. A. Dal Maschio escribió: “A pesar de ser materialmente indistinguibles, para San Agustín es posible caracterizar a cada una de ellas a partir de su contraposición sobre tres ejes diferenciadores: el principio que las rige, la orientación de su voluntad y el carácter de sus miembros. En cuanto al primero de estos elementos, Babilonia es la patria de «los hombres que pretenden vivir según la carne», Jerusalén la de «aquellos que pretenden vivir según el espíritu»”.

“Estos dos principios rectores…orientan la voluntad de sus integrantes en direcciones opuestas. La de los habitantes de Babilonia está embebida del amor a sí. Cree que ella misma se basta para lograr la felicidad y se dirige orgullosa en pos de los bienes de este mundo: el placer, la sed de dominio, la sabiduría idólatra. La voluntad de los ciudadanos de Jerusalén reconoce su insignificancia y absoluta dependencia de Dios, al que antepone por encima de todo, y no tiene otra sabiduría ni venera otra verdad que no sea la del Señor” (De “San Agustín”-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).

El orden natural nos impone una “presión” para que logremos mayores niveles de adaptación; tendencia que ha sido descrita mediante el principio de complejidad-conciencia. En lo que respecta al individuo, para responder a tal tendencia, debemos tratar de incrementar nuestro nivel de dignidad. A través de la historia tenemos muchos ejemplos de que la falta de dignidad conduce a la decadencia y que su posesión conduce a los objetivos implícitos en el espíritu de la ley natural.

martes, 18 de abril de 2017

Socialismo y ruleta rusa

Se denomina ruleta rusa a un juego mortal practicado con un revolver cargado parcialmente. Si el tambor cilíndrico, en donde se ubican las balas, admite hasta seis proyectiles, y se carga con una sola bala, quedan vacíos los otros cinco. El juego consiste en hacer girar el cilindro como si fuese una ruleta para, luego, gatillar el revolver colocado en la sien, en forma alternativa entre dos jugadores, hasta que el azar determina quien pierde y quien salva su vida.

La semejanza que existe entre este juego y el socialismo consiste en que, entre varios gobiernos socialistas que logran acceder al poder, existe cierta probabilidad de que uno de ellos se convierta en una tiranía feroz y convierta a la sociedad en un verdadero infierno. Este ha sido un caso frecuente ocurrido en la URSS, China y otros países.

Cierto analista político comentaba que no era peligroso que un gobierno socialista accediera al poder por cuanto pronto sería derrocado en el proceso eleccionario siguiente si su gestión no era la esperada. Sin embargo, una vez en el gobierno, y disponiendo de un amplio poder político, económico y militar, es bastante posible que permanezca por bastantes años en esa función, ya sea manipulando las elecciones o bien anulándolas.

La tiranía y el despotismo absolutos se establecen cuando el líder totalitario está plenamente convencido de su misión “liberadora del pueblo” y que toda oposición resulta ser el enemigo al que hay que combatir y destruir. El tirano adopta como referencia sus propias ideas y establece una lógica dialéctica inaccesible al sentido común ya que la obediencia exigida a todo ciudadano puede ser malinterpretada pagando ese error con su propia vida. Arthur Koestler escribió: “El Partido negaba la libre voluntad del individuo, y al mismo tiempo le exigía un autosacrificio voluntario. Negaba su capacidad para escoger entre dos alternativas, y al mismo tiempo le exigía que constantemente eligiese la legítima. La negaba la facultad de distinguir entre el bien y el mal, pero al mismo tiempo hablaba prácticamente de crimen y traiciones. El individuo estaba colocado bajo el signo de la fatalidad económica, era una rueda en un engranaje del mecanismo de un reloj al que se había dado cuerda para toda la eternidad y que no podía ser detenido ni influido; y el Partido pedía que la rueda girase en contra del mecanismo y cambiase de sentido. Evidentemente, había algún error en los cálculos, y la ecuación no cuadraba” (De “El cero y el infinito”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1998).

El socialismo consiste esencialmente en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción; proceso que habría de solucionar todos los problemas sociales ya que éstos eran producidos, según el marxismo, por la explotación laboral ejercida por la burguesía contra el proletariado. Como la mayoría de los propietarios se opone a que le quiten sus posesiones, hay mucha resistencia, por lo cual la táctica inicial, empleada por los socialistas, fue implantar la violencia y el terror. Zbigniew Brzezinski escribió: “La titánica guerra que más tarde se desarrolló entre la Alemania nazi de Hitler y la Rusia soviética de Stalin ha hecho que muchos olvidaran que la lucha entre ellas fue una guerra fraticida entre dos ramas de una fe común. Por cierto que la una se proclamaba opuesta en forma inconmovible al marxismo y predicaba un odio racial sin precedentes, y la otra se veía como el único vástago verdadero del marxismo en la práctica de un odio de clases sin precedentes. Pero ambas elevaron al Estado al rango del más alto órgano de acción colectiva, las dos usaron el terror brutal como medio para imponer la obediencia social, y ambas se dedicaron a asesinatos en masa, sin paralelo en la historia de la humanidad”.

“Las dos organizaron su control social con medios similares, que iban desde los grupos juveniles hasta los informantes de vecindario y hasta los medios de comunicación de masas centralizados y totalmente censurados. Y por último, ambas afirmaban que se encontraban dedicadas a construir Estados «socialistas» todopoderosos”.

“En el plano filosófico, Lenin y Hitler fueron defensores de ideologías que necesitaban de la ingeniería social en gran escala, se arrogaron el papel de árbitros de la verdad y subordinaron a la sociedad a una moral ideológica, basada en la guerra de clases, la una, y la otra en la supremacía racial, y justificaron toda acción que llevase hacia adelante las misiones históricas que habían elegido. Hitler fue un estudioso del concepto bolchevique de partido militarizado de vanguardia y del concepto leninista de adaptación táctica al servicio de la victoria estratégica final, tanto para adueñarse del poder como para remodelar la sociedad. En términos institucionales, Hitler aprendió de Lenin a construir un Estado basado en el terror, completo, con su complejo aparato de policía secreta, su recurso al concepto de la culpabilidad del grupo en la administración de la justicia y sus juicios espectaculares, orquestados” (De “El gran fracaso”-Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1989).

Puede describirse el socialismo soviético en base a tres etapas: la primera, la de Lenin y Stalin, caracterizada por el terror y los asesinatos masivos; la segunda, luego de la muerte de Stalin, en la cual predomina la “tecnología de la represión”; y la última, la perestroika, sin terror y casi sin represión, que permite la caída final. El citado autor agrega: “La disposición a usar el terror contra los oponentes reales e imaginarios, incluido el uso deliberado, por Lenin, de la culpa colectiva como justificación para la persecución social en gran escala, convirtió la violencia organizada en el medio central para solucionar los problemas, primero los políticos, después los económicos y por último los sociales o culturales”.

“La tecnología de la represión se ha vuelto más refinada en los últimos años –comentaba Roy Medvedev-. Antes, la represión iba siempre más allá de lo necesario. Stalin mató a millones de personas cuando la detención de 1.000 personas le hubiera permitido controlar al pueblo. Nuestros dirigentes nunca han sabido quedarse en el punto justo y evitar ir demasiado lejos. Pero a la larga han descubierto que no es necesario enviar gente a la cárcel o a un hospital psiquiátrico para silenciarlas. Existen otros medios” (De “Los rusos” de Hedrick Smith-Librería Editorial Argos SA-Barcelona 1977).

Durante la segunda etapa se destacan los disidentes, cuyas figuras destacadas fueron el físico Andrei Sajarov, el escritor Alexandr Solyenitsin y el biólogo Roy Medvedev. Para silenciarlos, el gobierno soviético no pudo utilizar el método del asesinato por cuanto el avance tecnológico en materia de comunicaciones habría permitido la divulgación interna y externa del hecho, perjudicando la imagen soviética. De ahí que se recurrió a la difamación pública de los disidentes y luego a encarcelar a quienes tuviesen algún contacto con ellos. Hedrick Smith escribió acerca de Andrei Sajarov: “Los portavoces del Partido le han ridiculizado en charlas privadas a científicos, presentándole como un ingenuo excéntrico, como un pensador bien intencionado pero como un caso perdido debido a su falta de realismo”.

Como, bajo el socialismo, existe un solo dueño de todos los medios de producción, el Estado puede echar del trabajo tanto a los disidentes como a sus allegados, convirtiéndolos prontamente en un paria social. Quienes se arriesgaban a la protesta, ponían en riesgo la seguridad y el bienestar de su propia familia, haciendo sentir culpables a los disidentes por esa situación. La concentración total y absoluta de poder, por parte del Estado, es lo que hace que el sistema sea vulnerable en cuanto aparece un líder violento, y por lo cual el suicido colectivo tiene bastantes probabilidades de acontecer. “Para las figuras de la clase dirigente, el contacto privado con Sajarov llegó a convertirse en un veneno. Sus propios amigos y partidarios sufrieron los efectos de esta campaña. V. Chaldize y A. Tverdoljhebov, los dos físicos más jóvenes que se habían unido a él para formar el Comité de Derechos Humanos, fueron despedidos de sus empleos”.

En cuanto a la “tecnología de la represión”, el científico Valentin Turchin afirmó: “Existe en las personas un cinismo increíble. El hombre honrado hace que los que permanecen en silencio se sientan culpables por no haber hablado. No pueden comprender cómo ha tenido la valentía de hacer aquello de lo que ellos no han sido capaces. Así, se sienten impulsados a hablar en su contra para proteger sus propias conciencias. En segundo lugar sienten que todos, en todos sitios, engañan a todos, basándose en su propia experiencia. El «Homo Sovieticus» es como una prostituta que piensa que todas las mujeres son putas porque ella lo es”.

“El hombre soviético piensa que el mundo entero se halla dividido en dos partidos y que todo hombre forma parte ya sea de uno o de otro y que la verdadera honradez no existe. Nadie está en posesión de la verdad. Y si alguien afirma estar por encima del Partido e intenta decir sólo la verdad, es que está mintiendo. Este cinismo ayuda enormemente a las autoridades a mantener a la intelectualidad a raya y a excluir a los «opositores furiosos» de la sociedad. La gente viaja a Occidente y escucha programas de radio occidentales, pero esto no cambiará las cosas, mientras persista el cinismo de creer que sólo se trata de la voz del partido opuesto. Este cinismo proporciona la estabilidad al Estado totalitario actual en lugar del temor de los años del estalinismo”.

Las autoridades soviéticas no sólo utilizaban el castigo amedrentador, sino también el premio a la delación. Smith agrega: “Un guionista cinematográfico…que no había logrado autorización para viajar a Occidente, comentó sarcásticamente: «Conozco escritores que firmarían cualquier declaración, harían cualquier denuncia contra Sajarov o contra quien quiera que deseen las autoridades para conseguir que se les publique alguna obra o lograr un viaje al extranjero –y añadió con enfado-: Conozco un científico que no se detendría ante nada por conseguir un viaje a Japón. Comprenderá usted lo insidioso de todo este asunto. Un noventa por ciento estarían dispuestos a hacer lo mismo. Darían información incluso contra sus mismos colegas por un viaje de tres semanas al Japón»”.

La cantidad de personas destinadas a vigilar a sus compatriotas se estimaba en unas 500.000. Smith escribió: “Tuve la visión más impresionante de los temibles recursos humanos de los servicios de seguridad soviéticos durante la llegada a Moscú del presidente Nixon en 1972. Aterrizó en el aeropuerto de Vnukovo, situado a unos 30 km del centro de Moscú. Miles de policías con uniforme gris bordeaban el camino que conducía a los límites de la ciudad. Detrás podía observarse una segunda fila de hombres vestidos de paisano cuyas filas se extendían más allá de los uniformes, a lo largo de todo el camino hasta el aeropuerto. Kilómetro tras kilómetro estas sombrías figuras se agrupaban entre los árboles cada dieciocho metros. No pude dejar de preguntarme qué hacía este enorme potencial humano en tiempos normales: era lógico suponer que su trabajo consistía en seguir a la gente, intervenir teléfonos, confeccionar informes, interrogar, chantajear, registrar, arrestar”.

domingo, 16 de abril de 2017

La ciencia como herejía

Desde el punto de vista católico, el deísmo entra en el conjunto de las posturas heréticas cuando está asociado al cristianismo; o bien como una falsa religión si no lo está. Como la visión deísta coincide con la perspectiva científica de la realidad, se considera a la ciencia experimental como una herejía en cuanto contradice algún dogma de la Iglesia.

Resultan llamativos los ataques que recibe el deísta por el sólo hecho de diferir de la interpretación que de la Biblia hace la Iglesia, aun cuando acepte y ponga en práctica la moral cristiana. Incluso se justifican y encubren los desvíos morales de algunos sacerdotes aduciendo que “somos todos pecadores”, o que “son humanos”, mientras que resulta imperdonable todo desvío a la ortodoxia católica. José León Pagano (h) escribió: “Un Dios creador, sí, pero desentendido después de su obra que no gobierna a través de la Providencia, sino que deja librada al régimen de las leyes de la naturaleza. Por cierto no se explica en qué consiste esa naturaleza ni quien ha dictado las leyes que la rigen y ordenan. Es como si las leyes naturales se engendran a sí mismas. De ahí al relativismo media un breve paso”.

“Kant marcará a su turno la distinción entre teísmo y deísmo. Considera al primero como la creencia en una divinidad independiente y creadora del universo sobre el cual ejerce su providencia; y entiende por deísmo la simple creencia en una fuerza infinita y ciega, inherente a la materia y responsable de todos los fenómenos que provienen de ella. Esto último linda con el materialismo, para el cual todo se origina en la materia, por vía de la evolución, desde el big bang inicial. Claro es que esta teoría adolece de una pequeña falla: no nos dice dónde se engendró la materia…” (De “Veinte siglos de herejías”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2004).

Si se afirma que Dios creó la materia en base a ciertas leyes naturales, entonces el teísta quedará satisfecho. Si se le pregunta acerca de dónde surgió Dios, seguramente responderá que Dios es el punto de partida de todo razonamiento al respecto. Sin embargo, si se toma al orden natural y a las leyes que lo rigen, como punto de partida, las cosas no cambian demasiado, ya que el mundo seguirá consistiendo en una totalidad gobernada por leyes naturales invariantes, que son las que describe la ciencia experimental.

En realidad, la pregunta esencial implica la posibilidad de que Dios interrumpa o cambie tales leyes, o bien que no intervenga en el desarrollo del universo por cuanto todo está previsto e implícito en las mismas, haciendo innecesaria su intervención. De ahí que el teísmo, entonces, es la postura que admite intervenciones de Dios en nuestra vida cotidiana (a través de los milagros) mientras que el deísmo supone innecesaria tales intervenciones. Recordemos que Cristo advertía que Dios “ya sabe que os hace falta antes que se lo pidáis” y que, respecto de los milagros, afirmaba que era la fe del individuo quien obraba sin mencionar que fue Dios quien interrumpió la ley natural o quien cambió las condiciones iniciales en una secuencia de causas y efectos.

En cuanto a la expresión “De ahí al relativismo hay un solo paso”, pareciera que el autor no trata de desaprovechar la oportunidad para tergiversar una postura a la que no adhiere, por cuanto las leyes naturales que nos imponen un absolutismo moral, cognitivo y cultural, es el mismo para el teísta que para el deísta, siendo la única diferencia, como se dijo, la posibilidad de la interrupción de dichas leyes.

Otro de los ataques que recibe el deísmo, o religión natural, consiste en ser identificado con el panteísmo (todo es Dios), en donde tanto una serpiente como una piedra son consideradas como formas de Dios, algo que poco o nada tiene que ver con la creencia (o evidencia) de la existencia de leyes naturales que rigen todo lo existente, siendo la ley natural el vínculo invariante entre causas y efectos. El citado autor escribió: “El mismo pontífice [se refiere a Pío IX] había rechazado las proposiciones: no existe ser divino alguno, distinto de esta universidad de las cosas, y Dios es lo mismo que la naturaleza, y por lo tanto sujeto a cambios y que, en realidad, Dios se está haciendo en el hombre y en el mundo, y todo en Dios, y una sola y misma cosa son Dios y el mundo y, por ende, el espíritu de la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, lo justo y lo injusto. De acuerdo con esto debe negarse toda acción de Dios sobre los hombres y sobre el mundo. Como se ve, estos principios del naturalismo están emparentados también con el panteísmo”.

Con cierta animosidad difamatoria, el citado autor supone que el deísta es un relativista cognitivo y moral, al no distinguir entre verdadero y falso y entre el bien y el mal, cuando, por el contrario, la descripción de las componentes afectivas y cognitivas de la actitud característica de todo hombre, desde la Psicología social, descarta con elocuente evidencia tales supuestos relativismos asignados gratuitamente a la religión natural.

Los ataques al deísmo se hacen extensivos a la Ilustración y, como se dijo, a la propia ciencia experimental, bajo una general denominación de naturalismo. Pagano agrega: “La Ilustración llevó, como consecuencia natural, a desembocar en el naturalismo, que no es un sistema o una doctrina concreta, sino una tendencia, orientada a no aceptar nada que esté más allá de la naturaleza, por lo cual nada puede explicarse sino a través de las leyes que la gobiernan. En materia religiosa, el naturalismo rechaza lo sobrenatural y explica los hechos religiosos por la acción de las leyes naturales o por el influjo de lo divino, inmanente a la naturaleza”.

Si consideramos que el amor al prójimo propuesto por Cristo no es otra cosa que una propuesta a acentuar el proceso de la empatía, por medio de la cual debemos intentar compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, se observa que tal mandamiento es algo simple y observable, accesible a nuestras decisiones y a nuestro entendimiento, y que atribuirle un origen sobrenatural, sólo sirve para alejar al hombre de la moral natural cuyo cumplimiento fue el principal objetivo de las predicas cristianas.

No todo científico ha de ser necesariamente deísta, por cuanto los hay también ateos y teístas. Incluso Isaac Newton no descartaba la posibilidad de una intervención de Dios en el sistema planetario solar para corregir ciertas irregularidades en las órbitas de Júpiter y Saturno, escribiendo al respecto: “Un destino ciego no habría podido nunca hacer mover a todos los planetas de manera tan regular, excepto por ciertas desigualdades que pueden provenir de la acción mutua entre los planetas y los cometas, desigualdades que probablemente irán en aumento por mucho tiempo, hasta que finalmente el sistema tendrá necesidad de ser puesto de nuevo en orden por su creador”.

Posteriormente, Pierre Simón de Laplace, basándose en las leyes de Newton, comprobó que tales irregularidades se corregirían sin la intervención supuesta, respondiendo a Napoleón ante una pregunta sobre el tema: “No he tenido necesidad de esas hipótesis”.

Recuérdese que la Biblia describe la lucha histórica entre el Bien y el Mal, y no es un tratado de filosofía que trata de imponer determinada visión sobre el mundo. Galileo Galilei decía que “la Biblia indica cómo ir al Cielo y no cómo está compuesto el Cielo”. Aun cuando el sistema heliocéntrico de Copérnico desmintió algunos pasajes bíblicos, al igual que la teoría de Darwin, muchos católicos todavía parecen no advertir que la religión es una cuestión de moral y no de ciencia ni de filosofía.

No debe pensarse que la postura deísta busca reemplazar al cristianismo original en la búsqueda de una especie de nueva religión científica, sino que trata de fortalecerla compatibilizándola con la ciencia experimental a través de una posible reinterpretación a la luz de la visión que nos brinda el progreso científico. Intentos tales como los de Auguste Comte no son aconsejables. Camile Flammarion escribió: “No podemos dejar de confesar que el día en que hemos leído en Auguste Comte que la ciencia había concedido el retiro al Padre de la Naturaleza, y que acababa de acompañar a Dios hasta sus fronteras, dándole las gracias por sus servicios interinos, nos hemos sentido algún tanto lastimados por la vanidad del dios Comte, y nos hemos dejado llevar del deseo de discutir el fondo científico de semejante pretensión” (Citado en “Veinte siglos de herejías”).

La Iglesia actual en cierta forma hace recordar el caso del médico que no es capaz de curar al paciente e impide que otros médicos lo hagan, por cuanto se considera más importante que el enfermo desvirtuando su profesión. Se ha llegado así al extremo de que resulta más importante lo que la Iglesia dice sobre Cristo que lo que Cristo dijo a los hombres. Incluso muestra cierta tibieza cuando trata el tema de la economía y la política, al situarse distante tanto de la democracia política y económica (liberalismo) como del totalitarismo político y económico (socialismo), aun cuando en la actualidad se dispone de suficiente información sobre los resultados logrados por ambos sistemas.

Cuando ataca a ambos, se suma a la actitud destructiva socialista en contra del capitalismo, mientras que, de mala gana, critica a las tendencias socialistas, llegando a identificarse con ellas a través de la Teología de la Liberación, cuyos máximos difusores reciben el beneplácito del Papa Francisco. En este caso se rechaza la ciencia económica, con la cual se identifica el liberalismo, para promover un totalitarismo pseudo-democrático que ha fallado en todas partes y que poco o nada tiene de científico. Juan Pablo II escribió: “El problema del trabajo ha sido planteado en el contexto del gran conflicto, que en la época del desarrollo industrial y junto con éste se ha manifestado entre «el mundo del capital» y el «mundo del trabajo», es decir, entre el grupo restringido, pero muy influyente, de los empresarios, propietarios o poseedores de los medios de producción y la más vasta multitud de gente que no disponía de esos medios, y que participaba, en cambio, en el proceso productivo exclusivamente mediante el trabajo. Tal conflicto ha surgido por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para el trabajo, las ponían a disposición del grupo de empresarios, y que éste, guiado por el principio del máximo rendimiento, trataba de establecer el salario más bajo posible para el trabajo realizado por los obreros. A esto hay que añadir también otros elementos de explotación, unidos a la falta de seguridad en el trabajo…” (De “Laborem Exercens”-Ediciones Paulinas-Santiago de Chile 1988).

En este caso, no se tiene en cuenta la movilidad social existente en las economías de mercado desarrolladas, por lo cual algunos trabajadores pueden convertirse en empresarios. En cuanto al pago de mínimos salarios, debe advertirse que el capital humano (empleados) es muchas veces el mayor capital que posee una empresa, no estando interesada en perderlo por pagar sueldos insuficientes. Además, la explotación laboral no es algo propio de todos los empresarios, tal como lo afirma el marxismo-leninismo, con el pretexto de establecer posteriormente, bajo el socialismo, la explotación del hombre por el Estado.

viernes, 14 de abril de 2017

La religión de los ateos

La palabra “ateo” (no Dios) implica la negación de Dios. Si bien se atribuye tal calificativo a quien adopta a nivel individual una visión del mundo que descarta la existencia de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos, y aun excluye la posibilidad de un orden natural con cierta finalidad implícita, reservaremos, en nuestro caso, la denominación de ateo a quien no sólo busca activamente destruir toda religión existente sino también reemplazarla por alguna otra ideología, cayendo en sus intentos en una especie de “religión atea”, como ha sido el caso del marxismo-leninismo.

La existencia de un sentido de la vida impuesto por el orden natural podemos evidenciarla en que no todas las conductas humanas conducen a iguales resultados. Todo indica que el sendero de la vida es como un angosto camino que nos lleva a la felicidad y permite nuestra supervivencia, que tiene una flecha que indica una dirección determinada. Quienes lo transitan en el sentido opuesto, promueven conflictos y sufrimientos, tanto para ellos como para quienes transitan por el buen camino. La religión es la que tiene como misión orientar al hombre por el buen camino.

Por el contrario, quienes creen que el orden natural es un caos y que no existe tal camino, tienden a proponer uno. De ahí que el ateismo práctico surge de la creencia en ese caos esencial y de la posterior propuesta de un camino de diseño humano. En lugar de seguir el hombre la voluntad de Dios, o la voluntad implícita en el orden natural, se le propone seguir la voluntad de un hombre. El siglo XX ha sido una ardua disputa entre los buscadores del Reino de Dios en oposición a los buscadores del Reino del Hombre. Nicolás Berdiaev escribió: “Que el comunismo se haya mostrado irreconciliablemente hostil con respecto a toda religión no puede ser una manifestación del azar; es un hecho que pertenece a la misma esencia de su concepción del mundo. La construcción comunista es un estatismo hasta el extremo, en el que el poder total, absoluto, exige la unificación obligatoria del pensamiento. Los comunistas han decretado la persecución contra todas las iglesias, sobre todo contra la Iglesia ortodoxa, en razón del papel histórico que ésta ha desempeñado”.

“Ateos militantes se han visto obligados a realizar una vasta propaganda antirreligiosa. Pero en realidad, si el comunismo se opone a toda religión, lo hace menos en nombre del sistema social que encarna que porque él mismo representa una religión. Pues quiere ser una religión capaz de reemplazar al cristianismo, pretende responder a las aspiraciones religiosas del alma humana, dar un sentido a la vida. El comunismo quiere ser universal, quiere dirigir toda la existencia y no solamente algunos de sus momentos”.

“Por eso era inevitable el conflicto que le debía enfrentar con las otras doctrinas religiosas. La intolerancia y el fanatismo ¿no tienen siempre a la religión como origen? Rara vez los suscitarán una doctrina científica o puramente intelectual. El comunismo es exclusivo porque es una creencia. Y en ello desempeñan un gran papel el temperamento religioso de los rusos, su psicología de cismáticos y de sectarios. Una posición de hostilidad declarada con respecto a toda religión se hallaba incluida claramente en la doctrina de Marx…” (De “Las fuentes y el sentido del comunismo ruso”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1939).

Las religiones bíblicas consideran una lucha entre el Bien y el Mal; que surgen de las virtudes y defectos, respectivamente, asociados a todo individuo, de donde surge una lucha interna en cada uno de nosotros buscando hacer prevalecer una actitud cooperativa sobre el egoísmo. De ahí los mandamientos con contenido moral que son dirigidos a cada individuo. Por el contrario, en la religión atea se considera la existencia de clases sociales en conflicto, estableciéndose una lucha entre opresores y oprimidos. Se asocian todos los defectos a una clase social y todas las virtudes a la otra, promoviendo la revolución y la “dictadura del proletariado” para solucionar los conflictos sociales.

Mientras que el cristianismo propone una solución fácil de entender y difícil de poner en práctica, tal de adoptar una actitud que nos permita compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, constituyendo tales sentimientos el vínculo de unión entre los hombres, el marxismo propone la sencilla solución de socializar los medios de producción, con la abolición de la propiedad privada, constituyendo tales medios el vínculo de unión entre los hombres y la base de la sociedad colectivista.

El hombre nuevo propuesto por el cristianismo es aquel que cumple con los mandamientos bíblicos, por lo que se trata de establecer una religión universal, entendiendo como religión a la unión de los adeptos en base a una actitud cooperativa. Por el contrario, el hombre nuevo soviético es el que está dispuesto a trabajar bajo el lema: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”, es decir, sin fines de lucro y sin ambiciones ni metas materiales individuales, con un desarrollado sentido de la obediencia a la voluntad de quienes dirigen al Estado.

El Dios del cristianismo impone leyes naturales a todo lo existente, por lo que se lo puede identificar con el propio orden natural. Luego, el objetivo de la religión moral es el de adaptar al hombre a dicho orden, tal el sentido del Reino de Dios. El sufrimiento es una medida del grado de desadaptación respecto de tales leyes, mientras que la felicidad es una medida de la adaptación lograda. Por el contrario, en la religión atea es el Estado el nuevo Dios que establece las leyes que deben cumplir sus súbditos, recibiendo castigos quienes las desobedecen y premios a quienes las cumplen.

El cristianismo tiene a los profetas como intérpretes de la voluntad de Dios, o del orden natural, previendo la aparición del ungido (el Cristo) que nos ha de liberar de nuestros pecados. La religión atea tiene a Karl Marx como al profeta que escribe el antiguo testamento ateo (“El capital”) y también el nuevo testamento ateo (“El manifiesto comunista”, junto con F. Engels). El ungido no ha de ser un individuo sino toda una clase social (el proletariado), eso sí, tipificada en la figura representativa de la revolución: Lenin.

El culto de la personalidad de Cristo, cuando predomina sobre el cumplimiento de los mandamientos, genera severas distorsiones de la religión moral. Por el contrario, el culto a Valdimir Lenin resulta esencial para difundir el ateismo en los pueblos regidos por el totalitarismo. Mientras que toda herejía es castigada por la Iglesia, con la correspondiente excomunión, todo desvío de la ideología marxista-leninista es castigada mediante destierros en campos de trabajos forzados.

Así como el cristianismo tiene sus mártires, que entregaron su vida en defensa de la fe, los comunistas tienen a sus mártires revolucionarios, que perdieron su vida ante quienes defendieron su libertad y su dignidad al impedir ser esclavizados por los representantes de la religión atea y del Anticristo.

Mientras que el cristianismo establece una profecía y promesas venturosas para el futuro, a través del Apocalipsis, el marxismo-leninismo promete a sus fieles el triunfo final y definitivo del socialismo a nivel mundial, finalizando prácticamente la historia de la humanidad al haberse llegado a la meta óptima que ya no resultaría necesario cambiar. Mientras que el cristianismo primitivo, al tratar de insertarse en los pueblos que constituían el Imperio Romano, adopta rituales y costumbres propias de las religiones paganas, la religión atea utiliza ciertos rituales o ceremonias utilizadas por las iglesias cristianas.

Cuando el reemplazo de la religión moral por la religión atea no logra el éxito esperado, se recurre a los tradicionales métodos revolucionarios. Víctor José Llaver escribió: “El especialista en asuntos religiosos del Comité Central, Leonid Illichev, recibió consignas de drásticas medidas para resolver el fracaso de la erradicación religiosa. Este fiel funcionario puso en juego toda su capacidad y, contando con el poder del Estado, entre 1961 y 1964, parte final del periodo de Kruschev, logró cerrar 10.000 de las 20.000 iglesias existentes, a un promedio de 150 clausuras por día. ¿Cómo lo hizo? Incrementó los métodos de sojuzgamientos compulsivos que se venían utilizando desde 1917. Los ministros y pastores de distintas confesiones recibieron tratamientos violentos, terminaron trágicamente sus días, debieron exiliarse interna o externamente o fueron forzados a no practicar sus cultos”.

“El culto a Lenin reemplaza en boato e intensidad al de cualquier deidad religiosa, y muy bien puede ser comparado con el culto a Jesucristo por parte de los cristianos. Con la diferencia a favor de Lenin de que, si para un católico por ejemplo, «Dios está en el cielo, en la Tierra y en todo lugar», su imagen es puramente espiritual e imprecisa, y su presencia puede ser y es soslayada a conveniencia; para un soviético, en cambio, soslayar la presencia de Lenin es imposible: lo acompañará de alguna forma mucho más concreta todo el tiempo, probablemente toda su vida. La historia oficial soviética ha sido escrita y reescrita cuantas veces ha sido necesario para destacar de Lenin su predestinación, su inteligencia casi sobrenatural, su infalibilidad, hasta hacerlo un visionario, deshumanizarlo y transformarlo en un profeta y en el ejemplo en el que tiene que reflejarse todo ciudadano soviético que se precie, hasta niveles de consideración religiosa” (De “La URSS hoy”-Editorial Plus Ultra-Buenos Aires 1989).

En forma similar a la de los niños católicos que hacen la primera comunión, y que, de adultos, celebran su casamiento en la Iglesia, en la era soviética se hacían rituales semejantes bajo la religión atea. “Los niños en edad escolar con méritos adecuados ingresan a una entidad precursora del Partido llamada «Pioneros de Lenin», y se distinguirán por un pañuelo rojo anudado al cuello y un birrete del mismo color. Coincidimos en un parque de Kiev…lo que nos permitió ser testigos de la importancia que se otorga a este acto, de la emoción con que los niños reciben sus atributos, la de sus padres e invitados…Esta ceremonia impregnada de solemnidad…bien puede equivaler a la confirmación de los católicos o al Bar Mitzva de los judíos”.

“En la URSS los enlaces se llevan a cabo en los «Palacios de los Matrimonios»”. “La oficiante…lucía un vestido verde largo como una túnica, sobre el que se destacaba destellando una ancha cadena que, colgando de su cuello, sostenía sobre el pecho un enorme medallón dorado con la imagen de Lenin, quien además fiscalizaba todo lo que se hacía bajo su advocación desde su busto, ubicado en el lugar más destacado del fondo del salón cerca de la funcionaria-sacerdotisa”.

Mientras que el emperador Constantino introduce el cristianismo en el Imperio Romano, posiblemente por la influencia recibida de su madre, convertida al cristianismo, es posible que el desarme del Imperio Soviético se haya debido a la influencia recibida por Mijail Gorbachov de su madre, al menos educándolo como una persona normal, que no inspiraba terror desde su liderazgo, y que por ello mismo favoreció la inevitable caída. “Mijail Gorbachov, nacido catorce años después de la revolución bolchevique, parece que fue bautizado por insistencia de su madre María Panteleyevna, quien aún concurre a los oficios de la Iglesia Ortodoxa Rusa”.

miércoles, 12 de abril de 2017

Impacto psicológico de las ideologías totalitarias

Resulta llamativo observar la diferente respuesta de la opinión pública ante el nazismo y el socialismo, cuando en realidad las catástrofes humanitarias producidas por ambos movimientos fueron similares. Incluso la cantidad de víctimas debidas a Mao-Tse-Tung y Stalin, en conjunto, resultaron entre 4 y 5 veces mayores que las producidas por Hitler. Sin embargo, a los primeros “se los perdona” mientras que a éste, no. Por el contrario, se ataca al fascismo como el peor de los males cuando las victimas de Mussolini, comparativamente, parecen insignificantes. También se considera al capitalismo (democracia política + democracia económica) como el mal extremo, algo que no debe asombrar a nadie por cuanto se trata de una opinión proveniente de los silenciosos admiradores de Mao y de Stalin. Este “éxito” logrado por los promotores del socialismo, establecido mediante una tergiversación de la historia y de la verdad, tiene un elevado costo, ya que, mientras más nos alejemos de la realidad, mayores serán los padecimientos que, como individuos y como sociedad, deberemos soportar.

Resulta interesante indagar los escritos de aquellos intelectuales que pertenecieron al Partido Comunista y que luego lo abandonaron, para advertir los efectos que la ideología marxista-leninista les produjo, tal el caso de Arthur Koestler, quien formó parte del Partido Comunista de Alemania. Dicho autor escribió: “Fui hacia el comunismo como quien va hacia un manantial de agua fresca y dejé el comunismo como quien se arrastra fuera de las aguas emponzoñadas de un río cubiertas por los restos y desechos de ciudades inundadas y por cadáveres de ahogados. Esta es en suma mi historia desde 1931 a 1938, desde la época en que tenía veintiséis años hasta que cumplí treinta y tres. Las cañas y juncos a que me aferré, y que me salvaron de ser tragado por aquellas turbias aguas, fueron el nacimiento de una nueva fe que, teniendo sus raíces en el fango, es algo esquivo, huidizo, pero tenaz. No puedo definir de otro modo la condición de esa fe, sino diciendo que en mi juventud miraba el universo como un libro abierto, impreso en el lenguaje de ecuaciones físicas y de determinaciones sociales, en tanto que ahora se me manifiesta como un texto escrito con tinta invisible, del cual, en raros momentos de gracia, conseguimos descifrar algún pequeño fragmento” (De “Autobiografía” II-Editorial Debate SA-Madrid 2000).

Mientras que los nazis destruían la vida de judíos y de pueblos no arios, debido al racismo predominante en su ideología, los marxistas-leninistas destruían la vida de los integrantes de la clase social burguesa, llegando en este caso a unas 100 millones de victimas contra unas 22 millones ocasionadas por los nazis (según “El Libro Negro del Comunismo” de S. Courtois y otros-Ediciones B SA-Barcelona 2010). Koestler escribe al respecto: “El origen social de los padres y abuelos de un miembro del partido es tan decisivo en un régimen comunista como el origen racial lo fue en el régimen nazi. Por eso, los intelectuales comunistas que procedían de la clase media procuraban siempre por todos los medios darse aire de proletarios. Usaban burdas chaquetas de punto, llevaban las uñas sucias y hablaban en la jerga de la clase trabajadora. Era artículo de fe indiscutido el que los miembros de la clase obrera, independientemente del nivel de su inteligencia y educación, siempre tendrían un enfoque más correcto de cualquier problema político que un intelectual ilustrado. Se suponía que ello se debía a una especie de instinto arraigado en la conciencia de clase. He aquí, pues, otro claro paralelo con el desprecio nazi por «el destructivo talento judío», opuesto al instinto «sano y natural de la raza»”.

“El proceso de degeneración había sido gradual y continuo, pues es posible descubrir ya el germen de la corrupción en la obra de Marx: en el tono cáustico de sus polémicas, en los denuestos dirigidos a los que se le oponían y en considerar como traidores a la clase trabajadora y agentes de la burguesía a los adversarios y disidentes, Marx trató a Proudhon, Düring, Bakunin, Liebknecht, Lasalle exactamente como Stalin trató a Trotski, Bujárin, Zinóviev, Kaméniev y otros, sólo que Marx no tenía poder para hacer matar a sus víctimas”.

“Mientras fui un verdadero creyente, la fe tuvo un efecto paralizador sobre mis facultades creadoras. La doctrina marxista es una droga como el arsénico o la estricnina; droga que, ingerida en pequeñas dosis, determina un efecto estimulante, pero paralizador de las facultades creadoras cuando se la toma en grandes cantidades. La mayor parte de los escritores «con conciencia de clase» del decenio al que me refiero fueron estimulados por la doctrina marxista porque no ingresaron en el partido, sino que permanecieron como simpatizantes de él a una segura distancia. Los pocos que efectivamente tomamos una parte activa en la vida del partido –tales como Víctor Serge, Richard Wright, Ignazio Silone- nos sentimos frustrados mientras permanecimos en él y sólo volvimos a encontrar nuestras verdaderas voces después del rompimiento”.

Las actividades de los miembros del partido apuntaban esencialmente a la destrucción de las sociedades en decadencia (no a su reparación) para ser reemplazadas por una sociedad utópica, propuesta por Marx e impuesta por Lenin, y en la cual el trabajo (y no los afectos) habría de ser el vínculo entre sus integrantes. De ahí que llevaran una doble vida; una normal y legal y otra clandestina e ilegal. Koestler agrega: “El hombre que encontré en el lugar y a la hora señalados era el señor Ernst Schneller, cabeza del Departamento de Agitación y Propaganda del Partido Comunista alemán…Y sin embargo, Schneller era también un miembro del Parlamento alemán. Esa existencia doble, por un lado como dignatario oficial y por otro como oculto conspirador, en modo alguno era excepcional. Una gran parte de los miembros del Partido Comunista vivía, y aún vive, para valernos de una expresión tomada de la jerga del partido francés, ‘à cheval’, expresión de la ruleta que se aplica al jugador que apuesta simultáneamente a dos números. Pero en modo alguno se considera indigna semejante existencia. Aprovecharse plenamente de las libertades constitucionales que asegura la sociedad burguesa con el fin de destruirlas constituye un principio elemental de la dialéctica marxista”.

Una ideología que apunta hacia el colectivismo, busca limitar y anular todo rastro de individualidad personal por cuanto la utopía socialista requiere de cierta uniformidad favorable a una ciega obediencia posterior hacia los dirigentes socialistas, renunciando a afianzar sus propios atributos y potencialidades. “Sólo gradualmente vine a darme cuenta de la existencia de ciertas corrientes submarinas que se movían por debajo de la libre y tersa superficie. Las amistades individuales entre los miembros de la célula eran consideradas, si no exactamente reprensibles, sí empero ligeramente ambiguas y sospechosas de «fraccionalismo» político. El «fraccionalismo» -la formación de fracciones o grupos de política independiente- constituía un crimen capital en el partido, de modo que cuando se observaba que dos o más camaradas se reunían con frecuencia y adoptaban los mismos puntos de vista durante las discusiones inevitablemente surgía la sospecha de que estaban formando una fracción secreta”.

“Así como en las escuelas de internos y en los conventos cuando se observan lazos personales muy estrechos se sospecha que ellos tienen un fundamento erótico, las amistades entre los miembros del partido despiertan automáticamente sospechas políticas. Y esa actitud tiene su razón de ser, pues, entre personas cuya vida está enteramente dedicada al partido y colmada por éste, es muy difícil que se dé una amistad no política. Los lemas del partido cargan el acento sobre la difusa e impersonal «solidaridad de la clase trabajadora», en lugar de hablar de amistad individual, y sustituyen la fidelidad al amigo por la «fidelidad al partido». Ser fiel al partido significa desde luego una obediencia incondicional y significa además repudiar a los amigos que se hayan desviado de la línea trazada por el partido o que, por cualquier razón, hayan caído bajo sospecha”.

“Casi inconscientemente aprendí a vigilar todos mis pasos, palabras y pensamientos. Aprendí a darme cuenta de que cualquier cosa que dijera en la célula o en privado, aun a la muchacha camarada que se acostaba conmigo, quedaría registrada y que algún día podría utilizarse contra mí. Me di cuenta de que mis relaciones con los otros miembros de la célula no tenían que guiarlas la confianza, sino «la vigilancia revolucionaria», que era un deber informar acerca de toda observación herética que se recogiera, un crimen contra el partido dejar de hacerlo, y que sentir repugnancia contra tal código moral era un prejuicio de «petit-bourgeois» [pequeño burgués] sentimental”.

Lo interesante, y trágico, acerca de las exigencias que se les hacían a los miembros del partido, es que, en el futuro, y una vez en el poder, serían exigencias impuestas a todos los miembros de la sociedad, les gustara o no. También el arte y la literatura deberían promover y exaltar al grupo y minimizar al individuo. “Análogamente tuvimos que reformar nuestros gustos literarios, artísticos y musicales. La forma suprema de la música era el canto coral porque representaba una forma colectiva, opuesta a toda manifestación individualista. Esta concepción condujo a un súbito e inesperado renacimiento del antiguo coro griego en las piezas comunistas de ‘avant-garde’ de los años que van de 1920 a 1930. Pero como de todos modos los caracteres individuales no podían suprimirse sin más en la escena hubieron de estilizarse, despersonalizarse, tipificarse”.

“Análogos principios eran los que regían la novela comunista. El personaje principal no era un individuo, sino un grupo: los miembros de una partida de guerrilleros en la guerra civil; los campesinos de una aldea que se hallaba en vías de transformación en una granja colectiva; los obreros de una fábrica empeñados en cumplir el plan quinquenal. La tendencia de una novela tenía que ser «constructiva», esto es, didáctica; toda obra de arte debía expresar un mensaje social. Y puesto que, como ya he dicho, era menester evitar enteramente a los héroes individuales, éstos quedaban convertidos en representantes típicos de una clase social dada o de una actitud partidaria o política”.

Todo miembro del partido debía hacer un esfuerzo mental para anular sus pensamientos propios si diferían de lo estipulado por la ideología. “Es relativamente fácil explicar cómo una persona con mi historia y antecedentes pudo llegar a convertirse en comunista, pero más difícil es expresar el estado de ánimo que llevó a un joven de veintiséis años a avergonzarse de haber estado en una universidad, a maldecir su propia agilidad mental, la pureza de su dicción en el lenguaje, a considerar los gustos y hábitos civilizados adquiridos como una constante fuente de reproches, y la mutilación intelectual de su personalidad como un fin deseable. Si me hubiera sido posible extirpar esos gustos y hábitos como si se tratara de un forúnculo me habría sometido gustosamente a la operación”.

domingo, 9 de abril de 2017

Enajenación mental e ideología

Tanto en el ámbito de la política como en el de la religión, se corre el riesgo de que los adeptos pierdan de vista la realidad cuando sus razonamientos no la toman como referencia, por cuanto alguna ideología ha ocupado su lugar. Jean-Marie Domenach escribió: “La principal función de lo que se llama «ideología» es la de dar seguridad: se toman ideas como se toman calmantes, para soportar el mal del mundo, para digerir los acontecimientos y para hablar con los demás”.

No todas las ideologías tienen un poder enajenante por cuanto existen conjuntos de ideas compatibles con la realidad que tienen como principal atributo orientar a todo individuo para asimilarla mejor, en lugar de reemplazarla. Por el contrario, las ideologías que predican la violencia se encargan de tergiversar la realidad de tal manera que la violencia y el odio sean aceptados como algo normal. Arturo Uslar Pietri escribió: “Casi podría decirse que las ideologías, en su forma más simplificada, nos evitan el esfuerzo de pensar. Se sabe lo que hay que saber, se tiene una respuesta para cada caso y se adquiere una noción de seguridad y confianza en sí mismo”.

El caso más notable es el del adepto al marxismo-leninismo cuando afirma que el Muro de Berlín se construyó para “evitar el ingreso a Berlín”, desde Occidente, de gente burguesa, que habría de “contaminarla” moral e ideológicamente. En la actualidad, los seguidores de Nicolás Maduro afirman que los problemas de Venezuela no se deben a la ineficacia de su gobierno o del sistema socialista, sino al “imperialismo yanqui” que les ha declarado una “guerra económica”. Karl Popper escribió: “Juntamente con Hegel, Marx ha instaurado para los tiempos modernos el culto de las ideas abstractas: la religión del Estado, de la nación, del proletariado. El éxito de estas ideologías ha sido tanto más fulminante cuanto que evitan reflexionar. Hacen creer a los espíritus simples que abarcan el mundo repitiendo rituales de vaga apariencia científica”.

Víctor José Llaver, quien realizó un viaje a la Unión Soviética junto a varios marxistas-leninistas (sin adherir a esa ideología), escribió: “Por cierto que un hecho intrigante para mí resultó comprobar cómo algunos camaradas habían logrado una simplificación tal de la historia contemporánea que todos los sucesos lamentables habían sido provocados, indefectiblemente, por el capitalismo mediante su instrumento maligno por excelencia, la CIA, o por la Iglesia Católica, o por ambas: la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial, las guerras de Corea y Vietnam, Afganistán, revoluciones como la chilena, etc. Resultaba un milagro que no culparan a alguna de ellas por el asesinato de Julio César…Y que estuvieran convencidos de lo que decían sería poco, pero lo malo es que intentaban, cuando podían, convencer a los demás, con datos que consideraban irrefutables y que a veces resultaban simplemente ridículos”. “Como ejemplo, la invasión soviética de Afganistán se debió a la necesidad de defender «la democracia afgana» de la CIA” (De “La URSS hoy”-Editorial Plus Ultra-Buenos Aires 1989).

En cuanto a la invasión soviética a Checoslovaquia (1967), un adepto explicaba que “los soviéticos habían salvado a Checoslovaquia de una infiltración masiva de 65.000 agentes de la CIA, armados de fusiles ametralladora, que estaban preparados en la frontera con Alemania, y destinados a desencadenar una revolución sangrienta como la de Hungría en 1956. Los tanques rusos habían impedido esa verdadera invasión y una masacre…”.

“Cuando el mismo camarada de la anécdota anterior, en el atrio de la Catedral de Esztergom…, disgustado por el nombre impreso en una placa del Cardenal Mindszenty, la quiso ilustrar haciéndole conocer [a una guía comunista que vivía en Budapest desde 1949] que la revolución húngara de 1956 se había debido a un complot tramado por la Iglesia Católica y la CIA, mediante la infiltración de agentes armados desde Austria, lo observó con expresión de incredulidad y no lo dejó terminar. -¡No! ¡No! ¡No es así…! Eso es una fábula, una versión falsa y anticuada. La revolución se desencadenó por los errores del gobierno, por el terror impuesto por la policía secreta, por el deterioro económico…La situación se hizo insostenible y una manifestación de los estudiantes, primero autorizada y después reprimida, fue seguida de una auténtica sublevación popular…”.

“Resultó inevitable preguntarme en algunas oportunidades, y tratar de comprender, cómo personas inteligentes, de elevado coeficiente intelectual, que han sido capaces de triunfar como profesionales, empresarios o comerciantes, que han alcanzado una importante posición en la sociedad, asumida una concepción ideológica se aferran a ella más allá de cualquier razonamiento, hasta poder llegar a simplificaciones maniqueístas a veces infantiles”.

“Nuestros compañeros de viaje comunistas no eran obreros surgidos de las fábricas ni del campo, formados en el fragor de luchas por las reivindicaciones sin otra cultura que la del combate permanente; eran en su mayoría intelectuales. ¿Por qué han quedado entonces atrapados en tamaña estrechez conceptual? ¿Qué les impide una observación más amplia de las cosas, un análisis más objetivo de los sucesos? ¿Será porque se llega a una etapa de la evolución ideológica en que cualquier modificación de una idea puede resultar demasiado traumática para ser aceptada por la conciencia y es menos doloroso seguir sumergido en los conceptos condicionados?”.

Mientras que el simple intercambio voluntario de bienes, entre dos personas, que beneficia a ambas partes, es un hecho aceptable en toda sociedad normal, es considerado un acto delictivo bajo el socialismo. De ahí que la ideología no sólo perturba el proceso cognitivo normal, sino que también tergiversa los aspectos morales del comportamiento. Tanto el bien como el mal son definidos, no por los efectos de las acciones, sino por lo que dice la ideología al respecto. Llaver agrega: “Se produjo tensión en el grupo cuando alguien informó que uno de sus miembros, a quien identificaba, había advertido que denunciaría a quien cambiara divisas en el mercado negro. No creímos que sería capaz de hacerlo, pero por las dudas se comentó el asunto a la acompañante coordinadora, cuya reflexión resultó interesante: «No sé si haría tal denuncia…Pero algunos son más papistas que el Papa»”.

“Cuando aún se mantenía la incertidumbre sobre la amenaza le pregunté a uno de los camaradas que se negaban a cambiar extraoficialmente qué diferencia había entre ese cambio clandestino y el que había efectuado en la Argentina para hacerse de los dólares que gastaba en el viaje, dado que allí seguramente tampoco los habría obtenido en el mercado oficial. Se quedó sorprendido, porque su mecanismo ideológico no le había permitido llegar a pensar en esa comparación, pero encontró pronto una respuesta: «Allá cambio porque vivimos en una jungla donde impera la especulación; en cambio acá la especulación no tiene por qué existir y el que cambia es un delincuente»”.

Incluso el trabajo productivo y el intercambio posterior en el mercado, que es la base del sistema capitalista, estaban prohibidos en la época comunista. La prohibición del comercio privado trajo como consecuencia una enorme pérdida de tiempo que se le quitaba a los rusos para trabajar o hacer otras actividades, ya que las largas colas socialistas debían hacerse para comprar lo elemental y lo cotidiano. A pesar de tales ineficiencias propias del sistema, sigue teniendo bastante adhesión en algunos países, si bien, cuando los resultados son desastrosos, se le echa la culpa al imperialismo capitalista. “En la URSS, hasta 1986, era ilegal ejercer oficios o actividades comerciales en forma privada, y aún está prohibida la compra y reventa de mercancías para obtener ganancias, todas las transacciones con extranjeros son ilegales, y la tenencia de moneda extranjera es delito penado severamente”.

“Como no se publican artículos publicitarios en los diarios (tampoco se ven en televisión ni se escuchan por radio), nadie sabe por anticipado qué podrá conseguir, de modo que las mujeres acuden diariamente a varias tiendas”.

“Una encuesta de Izvestia de 1984 registró que la población soviética dedicaba anualmente 65.000 millones en horas a hacer colas, un tiempo equivalente al trabajo anual de 36 millones de trabajadores”.

Algunos “sobrevivientes” de la enajenación mental que produjo el marxismo, relatan lo difícil que les resultó volver a la normalidad, tal el caso de Arthur Koestler, quien escribió: “Gradualmente aprendí a desconfiar de mi preocupación mecanicista por los hechos y a mirar el mundo que me rodeaba a la luz de la interpretación dialéctica. Era un estado satisfactorio y en realidad de bienaventuranza; cuando uno había asimilado esa técnica, ya no lo inquietaban los hechos; estos adoptaban mecánicamente el color adecuado y ocupaban el sitio que les correspondía. Desde el punto de vista moral y lógico, el partido era infalible: desde el moral, porque sus objetivos eran acertados, esto es, estaban de acuerdo con la dialéctica de la historia y justificaban todos los medios; desde el lógico, porque el partido [comunista] era la vanguardia del proletariado y el proletariado la encarnación del principio activo de la historia”.

“La fe es algo prodigioso: no sólo es capaz de mover montañas, sino también de hacernos creer que un arenque es un caballo de carrera”.

“Las reuniones empezaban con una, a veces dos, disertaciones sobre política que exponían la línea del partido. Luego, venía una discusión, pero una discusión de carácter especial. Una norma básica de la disciplina comunista es que, cuando el partido ha resuelto adoptar determinada línea respecto a un problema dado, toda crítica que se le hace a esa decisión se convierte en sabotaje desviacionista. En teoría, la discusión se permite antes de la decisión. Pero como todas las decisiones son impuestas desde arriba, desde no se sabe dónde, sin consultar a ningún cuerpo representativo de la tropa, a esta última se la despoja de toda influencia sobre la política y aun de la posibilidad de expresar una opinión al respecto…”.

“Ví los estragos de la hambruna de 1932-33 en Ucrania: hordas de familias harapientas que mendigaban en las estaciones ferroviarias, mujeres que levantaban hasta las ventanillas de los vagones a sus pequeñuelos…Me dijeron que estos eran «kulaks» que se habían resistido a la colectivización de la tierra y acepté la explicación: eran enemigos del pueblo que preferían mendigar a trabajar”.

La violencia revolucionaria alcanzaba incluso a los propios revolucionarios: “En ninguna época y en ningún país han matado y reducido a la esclavitud a más revolucionarios que en la Rusia de los Soviets. Para alguien que, durante siete años, encontró excusas para todas las estupideces y crímenes cometidos bajo el estandarte marxista, el espectáculo de esos números dialécticos representados en la cuerda tensa del autoengaño, ejecutados por hombres de buena voluntad e inteligencia, es más desalentador que las barbaridades cometidas por el simple espíritu. Después de haber experimentado las casi ilimitadas posibilidades de acrobacia mental en esa cuerda tensa tendida a través de nuestra conciencia, sé hasta qué punto hay que estirar esa elástica cuerda para que se rompa” (De “El Dios que fracasó”-Varios Autores-Plaza & Janés Editores SA-Buenos Aires 1964).

sábado, 8 de abril de 2017

Conflicto de clases y política

Uno de los factores subyacentes a los movimientos políticos y a los conflictos que en ese ámbito se producen, radica en el sentimiento de pertenencia a cierta clase social y a la envidia que se orienta hacia otras clases consideradas superiores. En este caso, se le da a “clase social” un sentido amplio y no el restringido a su aspecto exclusivamente económico, como el considerado por la izquierda política. Mario Vargas Llosa escribió: “La verdadera razón del fracaso matrimonial no fueron los celos, ni el mal carácter de mi padre, sino la enfermedad nacional por antonomasia, aquella que infesta todos los estratos y familias del país y en todos deja un relente que envenena la vida de los peruanos: el resentimiento y los complejos sociales” (De “El pez en el agua”-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1993).

Este complejo se vislumbra en una mentalidad generalizada que tiende a reunir a los que se consideran inferiores en contra de los supuestos superiores, siendo los políticos populistas los que promueven y se benefician electoralmente ante tales conflictos ya que buscan recibir el apoyo de los primeros, que son más numerosos, en contra de los segundos, a quienes considerarán como culpables de los sufrimientos y postergaciones de aquéllos.

Varios líderes populistas también padecieron el complejo de inferioridad social, como Perón y Eva, Fidel Castro, Cristina Fernández, etc., quienes surgen de familias estigmatizadas en su momento por no responder a la normalidad aceptada socialmente en la sociedad y en la época respectiva. También algunos deportistas destacados no pudieron superar el estigma social de donde surgen sus personalidades violentas que afloran ante todo aquel que pudiera superarlos socialmente, según la escala de valores admitida.

El problema social mencionado por Vargas Llosa, puede ayudar a entender muchos procesos políticos considerándolos como consecuencias de las psicologías individuales predominantes tanto en los líderes como en los pueblos. De esa manera puede superarse el estrecho concepto de “lucha de clases” económicas que tantas catástrofes sociales motivó ante los diversos intentos por eliminarlas.

El que se siente inferior socialmente no es aquel que necesariamente padece de carencias de tipo material. Los complejos de inferioridad dependen esencialmente de la escala de valores adoptada. Supongamos el caso de alguien que posee un capital de 1 millón de dólares y que valora a los demás, y a sí mismo, exclusivamente por el dinero que poseen. Un capital como el mencionado, bien administrado, permite llevar una vida segura y tranquila. Sin embargo, es posible que tal individuo se sienta insignificante respecto de quienes poseen un capital de 100 millones de dólares, es decir, cien veces mayor que su propio capital. Como su escala de valores no admite nada más que el dinero, vivirá comparándose con los que más tienen y por ello se sentirá insignificante.

El que admira de sobremanera a quien tiene muchas riquezas necesariamente despreciará de la misma forma a quien carece de ellas. Desconocerá aquella advertencia de Arthur Schopenhauer: “Nunca pensamos en lo que tenemos sino siempre en lo que nos falta”. Quien ha de sentirse bien, es el que tiene bastante más que cero, contrastando con quien vive apesadumbrado por tener bastante menos que los cien millones a los que aspira y adopta como referencia. Esto implica que la superioridad o la inferioridad social, depende esencialmente de una valoración subjetiva, y que la marginación social, por lo general, implica una auto-discriminación que surge del propio individuo.

Puede decirse que, según la mentalidad de cada uno, la clase social inferior es la que asocia su valor personal al poco dinero que se posee (materialistas con poco dinero); la clase media es la que valora lo que se posee sin aspirar a tener mucho más de lo necesario; la clase media alta es la constituida por individuos que se sienten insatisfechos con lo que tienen (como en el caso mencionado) y, finalmente, tenemos la clase alta económica, con diversas mentalidades posibles, ya que en ella encontramos tanto al exitoso empresario como el arribista sin escrúpulos (materialista con dinero).

Según sea la mentalidad predominante en una sociedad, así será la tendencia política y económica que adoptara un país, existiendo dos tendencias extremas: el liberalismo y el socialismo, en alguna de sus variantes. El liberalismo, que responde esencialmente a la mentalidad de la clase media, promueve un Estado cuya función principal ha de ser apoyar la producción. El socialismo, que responde esencialmente a las mentalidades insatisfechas y auto-consideradas inferiores, promueve al Estado redistribuidor de las ganancias empresariales para beneficiar al que no quiso estudiar ni aprender ningún oficio, teniendo poca predisposición para el trabajo.

Desde las posturas populistas o socialistas, se critica a los gobiernos conservadores, o liberales, de principios del siglo XX, cuando construían en Mendoza “caminos que sólo llegaban a las bodegas”, es decir, aducen que se dedicaban sólo a “favorecer a los ricos”. Al respecto debe decirse que, al existir un camino por donde puede transportarse la uva y, posteriormente, el vino, se facilita y promueve la inversión productiva y, asociados a la inversión, surgen necesariamente los puestos de trabajo.

La mentalidad populista, por el contrario, promueve confiscar la mayor parte de las ganancias empresariales, reduciendo o imposibilitando totalmente la inversión productiva y nuevos puestos de trabajo, para destinar esos recursos a financiar la vida de los sectores improductivos. Tarde o temprano tal mentalidad lleva al estancamiento, a la crisis y a la decadencia.

Cuando en el sector empresarial predominan personajes como el mencionado poseedor de 1 millón de dólares, el ascenso económico será buscado por cualquier medio, preferentemente estableciendo alianzas con los gobernantes de turno, evitando lograr el progreso a través de la dura competencia en el mercado, lo que se ha dado en denominar “mercantilismo”.

Asociado al mercantilismo aparece la figura del político que busca el poder como único y principal objetivo de su vida; de ahí las tendencias populistas que prevalecen en la mayor parte de los países latinoamericanos. En su breve paso por la política, el citado autor pudo conocer la triste realidad de los políticos peruanos, que es bastante similar a la de los políticos de otros países de la región. Al respecto escribió: “Ya metido en la candela, es esas reuniones tripartitas hice un descubrimiento deprimente. La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina –la única que yo conocía-, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas –la sociedad ideal que quisiéramos construir- y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque el político profesional, sea de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes”.

La asociación entre los políticos buscadores de poder y los empresarios buscadores de riquezas, especialmente cuando son personas resentidas y con complejos de inferioridad social, generan la pobreza típica predominante en esos países. En estos casos, el Estado es el intermediario que les permite lograr sus fines personales o sectoriales. De ahí la búsqueda de un Estado que regule y absorba gran parte de la economía nacional. Ante el proyecto de Alan García de “nacionalizar y estatizar” todos los bancos, que motivó el ingreso de Vargas Llosa a la política como candidato a presidente del Perú, sin lograr éxito en las elecciones, escribió al respecto: “Todos recordaban los años de la dictadura militar (1968-1980) y las masivas nacionalizaciones –al comenzar el régimen del general Velasco había siete empresas públicas y al terminar cerca de doscientas- que convirtieron al pobre país que era entonces Perú en el pobrísimo de ahora”.

“No era difícil imaginar lo que se venía. Los dueños serían pagados con bonos inservibles, como los expropiados en tiempos del régimen militar. Pero esos propietarios sufrirían menos que el resto de los peruanos. Eran gente acomodada y, desde los despojos del general Velasco, muchos habían tomado precauciones sacando su dinero al extranjero. Para los que no había protección era para los empleados y trabajadores de los bancos, aseguradoras y financieras que pasarían al sector público. Esas miles de familias no tenían cuentas en el exterior ni cómo atajar a las gentes del partido de gobierno que entrarían a tomar posesión de las presas codiciadas. Ellas ocuparían en adelante los puestos claves, la influencia política determinaría los ascensos y nombramientos y muy pronto en esas empresas campearía la misma corrupción que en el resto del sector público”.

“En Francia, Suecia o Inglaterra una empresa pública conserva cierta autonomía del poder político, pertenece al Estado y su administración, su personal y su funcionamiento están más o menos a salvo de abusos gubernamentales. Pero en un país subdesarrollado, ni más ni menos que en un país totalitario, el gobierno es el Estado y quienes gobiernan administran éste como su propiedad particular, o, más bien, su botín. La empresa pública sirve para colocar a los validos, alimentar a las clientelas políticas y para los negociados. Esas empresas se convierten en enjambres burocráticos paralizados por la corrupción y la ineficiencia que introduce en ellas la política. No hay riesgo de que quiebren: son, casi siempre, monopolios protegidos contra la competencia y tienen la vida garantizada gracias a los subsidios, es decir, el dinero de los contribuyentes”.

Los gobiernos populistas convencen fácilmente a las masas de que estatizar una empresa implica agrandar la patria y achicar los patrimonios de los sectores que previamente las han “despojado” de lo que con justicia les pertenece. En realidad, las nacionalizaciones populistas resultan similares a la formación de un tumor maligno que absorbe los recursos económicos disponibles en beneficio de un sector parasitario aumentando la pobreza de la sociedad.

En algunos países de la región, los partidos políticos más representativos son verdaderas asociaciones ilícitas cuyo objetivo es mantenerse en el poder, adoptando diversos ropajes ideológicos según la conveniencia del momento, tal el caso del peronismo. Fue nazi-fascista en sus orígenes, luego populista, democrático, socialista, liberal, juntándose luego todos sus integrantes, ya sin disfraces, para repartir el botín que les asegura el dominio del Estado.

Mientras el sector productivo se va reduciendo, el sector improductivo (empleos públicos en exceso) va aumentando. Como consecuencia necesaria e inevitable, el deterioro de la economía y el porcentaje de pobres crece, profundizándose la decadencia. Ya es hora que tomemos en serio el presente y el futuro de la sociedad.