sábado, 11 de marzo de 2017

Las Escuelas de Psicoterapia de Viena

Los aportes austriacos a la psicología se materializan esencialmente en las figuras de Sigmund Freud, Alfred Adler y Víktor Frankl, quienes estuvieron vinculados, como maestro y alumno, aunque Freud rechaza luego a su “alumno” Adler, mientras que Adler hace lo propio con Frankl. José Benigno Freire escribe al respecto: “Freud lideró el grupo oficial y fiel a la doctrina del Psicoanálisis que, años después, es conocido en la literatura especializada como «Primera Escuela de Psicoterapia de Viena», y también «Primera fuerza vienesa de psicoterapia»”.

“Al ser rechazado por la ortodoxia psicoanalítica, Adler se refugió en su propio grupo, la Psicología Individual, denominada «Segunda Escuela de Psicoterapia de Viena», o «Segunda fuerza vienesa de psicoterapia»”.

“Y los más jóvenes, Schwarz, Allers y Frankl, al no encontrar cobijo a la sombra de los grandes maestros, tuvieron que organizarse por su cuenta fundando la «Tercera Escuela de Psicoterapia de Viena», o «Tercera fuerza vienesa de psicoterapia»” (De “¡Vivir a tope!”-Ediciones Universidad de Navarra SA-Pamplona 1998).

Mientras que Freud describe al hombre desde el “subsuelo” del inconsciente, priorizando el pasado que llevamos en nuestra memoria, Adler lo describe desde el “suelo” en función de sus afectos, sin contemplar, como lo hace Frankl, la finalidad o el sentido que cada individuo da a su vida. Freire, a manera de síntesis, y ubicándose en la postura de Frankl, escribe: “El psicoanálisis freudiano contempla únicamente la infraestructura, el subsuelo biológico de la vida humana. Pero comete la torpeza de decir que eso es el hombre. La Psicología Individual, por su parte, reduce al hombre al suelo psíquico. Ni se puede ni se debe negar la dinámica afectiva y la energética instintiva. Pero la vida del hombre no consta exclusivamente de afectos y de instintos, de placeres y ambiciones. La mezcla dinámica de estos elementos no da una razón cabal de la conducta observada en el ser humano”.

“Si los dinamismos humanos se redujesen al simple ser consciente de las pulsiones instintivas, el hombre no se sentiría «dueño de su propia casa», según la feliz expresión del mismo Freud, ya que siempre se encontraría a merced de la intrepidez de la biología, algo parecido a un barco con los motores en marcha pero sin velas ni timón. La personalidad funcionaría con el siguiente esquema: se despierta en mí una necesidad biológica, siento esa pulsión (soy consciente) que me impele a satisfacerla para rebajar la tensión interna desencadenada por ese deseo; en el momento que la satisfaga regreso a un estado de equilibrio biológico (homeóstasis). Por ejemplo, siento sed, que me produce además un malestar interno; la sensación de sed me impulsa a beber; al beber satisfago la sed y desaparece el malestar interno, dando paso a un cierto bienestar. ¿Qué sucede al satisfacer las pulsiones? Pues se es «freudianamente sano»…”.

“De igual manera acontece con la visión correcta, pero incompleta, de la Psicología Individual. Adler nos enseña un camino hacia la responsabilidad en nuestras conductas. Ahora bien, ¿por qué hemos actuado de esa manera? Esa pregunta, con estricto rigor, no podríamos dirigirla al sujeto sino a su instintividad (inconsciente) o a la «voluntad de poder»…El individuo sería capaz de reconocer una determinada conducta como propia. Sin embargo, ¿por qué ha actuado así? Porque se ha sentido dirigido e impelido por su instintividad o arrastrado por el poderío de su afán por hacerse valer («voluntad de poder»). En esta teoría el hombre únicamente puede considerar las conductas como accionadas en él, genetizadas en su interior, pero difícilmente se sentiría dueño o garante de su comportamiento, de sus deseos”.

“Según la doctrina del psicoanálisis, al hombre le pertenecen en exclusiva las pulsiones y los instintos, y las acciones que de ellos se deriven; se convierte, así, en un individuo a merced de los vaivenes biológicos o afectivos”.

“La vida se reduce a surcar los obscuros y abruptos mares de lo somático y a solventar con pericia las borrascas y encrucijadas de la vida social. No esconde dirección o sentido, o propósito. En conclusión, radicalizando el juicio con ánimo de ejemplarizar, al hombre sólo se le puede imputar la autoría de los hechos pero no el ser sujeto responsable de sus acciones, pues éstas serían el efecto de unas ingobernables pulsiones y de un soterrado afán por hacerse valer”.

“No consiste en ser consciente o responsable, sino en ser «consciente y responsable». La responsabilidad se ejerce sobre las acciones que caen bajo el dominio del sujeto; luego, el hombre, para ser responsable, ha de poder dominar los impulsos nacidos de la instintividad. En caso contrario, en estricto sentido, no sería un ser responsable porque se encontraría determinado por las oscuras y ocultas fuerzas de su biología. Ser responsable de los actos derivados de las pulsiones internas implica la capacidad de poder gobernarlos o regularlos. Ese dominio sobre las propias acciones es conocido y reconocido como la potencialidad de la libertad. De tal manera que la ecuación antropológica básica se formula de esta forma «ser hombre es ser libre y responsable»”.

Mientras que algunos animales poseen sólo instintos, y otros poseen instintos y afectos (como los animalitos domésticos), el hombre tiene además la necesidad de dar un sentido a su vida construyendo su propia personalidad. De ahí que Freud y Adler parecen cubrir satisfactoriamente la descripción de algunos de nuestros atributos compartidos con animales, mientras que Frankl cubre los atributos esencialmente humanos. José Benigno Freire agrega: “La realidad de la ecuación antropológica básica reclama, como ya insinuó Jung, una nueva estructura: la dimensión noológica. Lo noológico es lo espiritual como genuina dimensión humana, reino de la libertad. Para ser consciente y responsable en su conducta, ¡libre!, el hombre ha de tener una instancia que le permita encauzar y dirigir los instintos y los afectos que lógicamente emergen de su naturaleza psicosomática. Una dimensión que asuma y gobierne lo psicosomático. De lo dicho se desprende que, sin menoscabo o sin negar la dimensión biológica –Freud- o la dimensión afectiva –Adler- lo espiritual constituye la dimensión genuina del hombre, porque sólo desde ella se explica y confirma que su conducta no sea consecuencia directa e inmediata de sus pulsiones instintivas o de sus movimientos afectivos. Y que la conducta humana no es consecuencia directa e inmediata de las pulsiones instintivas y de los movimientos afectivos lo confirman…¡los hechos! Luego, la dimensión espiritual da razón cabal del comportamiento de los hombres en sus aspectos más humanos…”.

En relación a esa totalidad del hombre, Víktor Frankl escribió: “Por el hecho de que ser hombre esté centrado en una u otra persona determinada (como centro espiritual-existencial), por este mismo hecho, decimos, y sólo a partir de él el ser humano es también un ser integrado: sólo la persona espiritual viene a fundar la unidad y totalidad del ente humano. Y la funda como totalidad corpóreo-anímico-espiritual. Nunca podremos insistir demasiado en que esta triple totalidad es lo que constituye el hombre entero. Así pues, de ningún modo está justificado hablar del hombre, lo que sucede con harta frecuencia, como de una «totalidad corpóreo-anímica»: cuerpo y alma pueden muy bien formar una unidad, por ejemplo la unidad psicofísica, pero nunca jamás podría dicha unidad representar la totalidad humana. A esta totalidad, al hombre entero, pertenece también lo espiritual, y le pertenece incluso como lo más propio suyo. De aquí se desprende que mientras se hable únicamente de cuerpo y alma, ‘eo ipso’ no se está hablando de totalidad” (De “La presencia ignorada de Dios”-Editorial Herder SA-Barcelona 1986).

La crisis del hombre actual se debe a que mayoritariamente está guiado por sus instintos primarios de supervivencia y relega, no sólo sus atributos espirituales, sino incluso los afectivos. De ahí que estemos en presencia del hombre incompleto, o el hombre mutilado espiritualmente. Tal individuo se caracteriza por esperar que los demás respeten sus derechos sin apenas preocuparse por cumplir con sus deberes; por tratar de mejorar a los demás mientras apenas hace un pequeño esfuerzo por mejorar él mismo: por tratar de repartir “generosamente” las riquezas ajenas mientras niega aun lo mínimo de lo propio.

El hombre de la crisis culpa siempre a otros por sus males, o bien los justifica aduciendo haber tenido una mala influencia de pequeño o haber heredado algún gen que determina su conducta antisocial. En cierta forma, se apoya en la visión de Freud para liberarse de su responsabilidad. José Benigno Freire, esta vez ubicándose en la postura de Adler, escribió: “Así como en el animal la conducta se encuentra regulada y determinada por las fuerzas instintivas, en el hombre no sucede lo mismo, pues el hombre es capaz de desobedecer o incluso negar sus instintos, puede domarlos o subordinarlos a otros tipo de intereses. En efecto, si la conducta humana emanara de la intrepidez limpia de la biología, tal y como preconiza el profesor Freud, diseñaríamos un «homo natura» que, concediéndonos una licencia a la ironía académica, tendría un «natural muy brutico» y engendraría una sociedad caótica”.

“Por supuesto que el comportamiento nacido de la fuerza bruta del instinto ni es frecuente ni es reconocido como conducta humana. El hombre normal y corriente matiza la fuerza impulsiva del instinto, ya desde sus inicios, y disimula la intrepidez biológica con un velo afectivo para darle a la conducta un rostro humano”.

“¿Se imaginan ustedes una sociedad fundamentada en conductas de base instintiva…? ¿O las relaciones sociales como el resultado del paradigma funcional de satisfacer las personales necesidades instintivas? ¿Qué cada uno se exprese y se comporte como le pide el «natural»? ¡Caótico! ¡Peor que en la selva! Bien, pues esa necesidad de vivir en sociedad despierta en el hombre un sentimiento comunitario que reduplica el rostro humano de su conducta”.

“El sentimiento comunitario procede a la manera de filtro de la intrepidez y rigidez de lo biológico y frena los requerimientos instintivos personales cuando lesionan los intereses de las personas del entorno, actúa a modo de barrera de las pulsiones internas. Dicho de otra forma, el hombre pone como límite a la satisfacción de sus necesidades el que su conducta no lesione a los demás y nos permita vivir en sociedad”.

Sólo con ser conscientes de nuestros instintos no resolveremos nuestros problemas, ya que debemos, ante todo, ser conscientes de nuestros deberes y del sentido del universo y de la humanidad. Alfried Längle escribió: “Frankl contrapone el origen de la logoterapia al objetivo del psicoanálisis de Sigmund Freud. Mientras que en éste se trata de concienciar la impulsividad del inconsciente, en la logoterapia y en el análisis existencial lo que importa es la concientización de lo espiritual. Lo espiritual en el hombre se evidencia en la conciencia de la propia responsabilidad y en la capacidad para encontrar un sentido” (De “Víktor Frankl. Una biografía”-Editorial Herder SA-Barcelona 2000).

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