viernes, 17 de marzo de 2017

Hambre vs. alimentos transgénicos

La población mundial crece a razón de unos cien millones de habitantes por año (exceso de nacimientos sobre defunciones). Como la superficie disponible para la agricultura se mantiene invariable, o bien se reduce ante la necesidad de terrenos disponibles para nuevas viviendas, la única opción posible (hasta el momento) para evitar el hambre, implica recurrir a las nuevas tecnologías agro-alimenticias para lograr rendimientos por hectárea mucho mayores que los obtenidos por los métodos tradicionales.

Si se sigue con las técnicas tradicionales, se estaría optando por el hambre generalizado en importantes sectores de la población mundial. De ahí que, aun con ciertos riesgos, la elaboración de alimentos transgénicos aparece como la mejor alternativa. Quienes se oponen a dichas tecnologías promueven directa o indirectamente la concreción de una catástrofe alimenticia sin precedentes; por lo que se les sugiere proponer una mejor solución, en cuyo caso seguramente habrá de ser aceptada.

Los promotores del hambre están generalmente orientados por una actitud anti-empresarial y anti-capitalista, amparándose en un falso interés por la salud de la población y la conservación del medio ambiente. Suponen que el empresario es perverso por naturaleza. De ahí que todo Estado debería proteger al resto de la población de esa “clase social maligna”. De esta creencia surgen actitudes típicas, como la de quien afirma, sobre cualquier resultado económico, deportivo o político, que “está todo arreglado”, es decir, que los poderes ocultos de las multinacionales han determinado previamente el resultado de un mundial de fútbol, de una crisis o de un acto electoral (lo que en algunos casos puede ser cierto).

Otra expresión frecuente, asociada a todo acontecimiento, de cualquier índole, que tenga trascendencia pública, es que ha sido promovido en forma premeditada por el gobierno de turno (aliado a las empresas) para “desviar la atención” de la gente con la intención de evitar que piense por un tiempo en la situación económica y social. También se supone que los periodistas que no se oponen a las grandes empresas han sido previamente “comprados” con la nefasta finalidad de engañar al público, por lo que rechazan sistemáticamente todo lo que afirmen.

Esta postura pesimista predomina en quienes, además, se oponen a las tecnologías que promueven la elaboración de alimentos genéticamente modificados. Recientemente, un grupo numeroso de científicos manifestó su oposición a la labor de Greenpeace. Como no se puede decir que se trate de gente ignorante, seguramente se aducirá que tales científicos fueron “comprados”, o sobornados, por las empresas biotecnológicas. La carta abierta, firmada por más de 100 galardonados con el Premio Nobel, afirma: “Llamamos a Greenpeace que cese y desista en su campaña contra el arroz dorado específicamente, y a los cultivos y alimentos mejorados a través de la biotecnología en general”.

“Llamamos a los gobiernos del mundo a rechazar la campaña contra el arroz dorado específicamente, y a los cultivos y alimentos mejorados a través de la biotecnología en general; y a hacer todo lo posible para oponerse a las acciones de Greenpeace y acelerar el acceso de agricultores a todas las herramientas de la biología moderna, especialmente las semillas mejoradas a través de la biotecnología. La oposición basada en la emoción y el dogma en contradicción con los datos debe ser detenida”

“¿Cuántas personas pobres en el mundo deben morir antes de considerar esto como un «crimen contra la humanidad»?” (De www.chilebio.cl/?p=5366).

En la página web antes mencionada se escribe al respecto: “Los galardonados exigen específicamente que Greenpeace detenga sus ataques contra el arroz dorado, que ha sido genéticamente mejorado para producir betacaroteno, un precursor de la vitamina A, como una manera de prevenir millones de muertes y casos de ceguera cada año en los países pobres donde el arroz es el alimento básico (y carece de vitamina A). La deficiencia de esta vitamina causa ceguera en alrededor de 250.000 y 500.000 niños cada año, la mitad de los cuales muere dentro de los 12 meses, según la Organización Mundial de la Salud. Un estudio realizado por investigadores alemanes en 2014 estimó que la oposición activista a la liberación del arroz dorado ha dado como resultado la pérdida de 1,4 millones de años de vida sólo en la India”.

Una manera eficaz de divulgación científica fue empleada por Galileo Galilei, quien transmitía sus ideas al público mediante diálogos entre personajes representativos de las tendencias en pugna. En forma similar, Francisco García Olmedo ha elaborado el siguiente diálogo entre defensores y detractores de los alimentos genéticamente modificados, y que se transcribe parcialmente:

MODERADOR: ¿A quien beneficia la biotecnología vegetal?
Sr. GREENWOOD: Es evidente que se beneficiarán de esta tecnología las mismas empresas multinacionales químicas que han protagonizado medio siglo de destrucción del medio ambiente.
Dr. COTTON: Es cierto que las multinacionales químicas se están transformando en empresas biológicas para beneficiarse de las promesas de la tercera revolución verde. Están cambiando para seguir donde estaban, como lo hacen las multinacionales de otros sectores. La industria y el comercio se han internacionalizado en las últimas décadas. Los posibles inconvenientes y ventajas de este cambio merecen un debate distinto, pero en ese debate las plantas transgénicas representarían una mera anécdota.

Sr. GREENWOOD: A mí no me cabe duda de que estamos ante una iniciativa exclusiva del capital transnacional que, motivado sólo por el afán de lucro, monopolizará los beneficios. Los ciudadanos deben oponerse a esta iniciativa.
Dr. COTTON: Niego tajantemente que las multinacionales sean las únicas que se beneficiarán de la nueva tecnología. Si ésta no beneficia al agricultor, al medio ambiente y al consumidor no será posible que a la larga haya beneficios para nadie.

Sr. GREENWOOD: Pero el Dr. Cotton no puede negar que, en las últimas décadas, las industrias que representa inundaron el mundo de herbicidas, fungicidas y otras sustancias tóxicas, y que la agricultura intensiva causa la erosión del suelo y la contaminación del agua y del aire.
Dr. COTTON: Ha sido la demanda de alimentos y de otros productos de consumo por parte de una población creciente –y no la industria- la que ha causado el deterioro ambiental. La industria ha suministrado con urgencia la mejor tecnología disponible para hacer frente a esta demanda creciente y ha salvado del hambre a millones de personas, aunque se hayan producido algunos efectos perjudiciales.

Sr. GREENWOOD: Insisto en que nuestros cuerpos mismos se han contaminado y nuestra salud se ha deteriorado en consecuencia. Hasta el hambre ha aumentado en el mundo.
Dr. COTTON: Es falso por completo que haya aumentado el hambre o la enfermedad a escala global. La disponibilidad de alimentos y la esperanza de vida han aumentado en la mayoría de los países. El hambre y la enfermedad existen en el mundo actual, pero, como todos sabemos, se deben a causas complejas que trascienden a la ciencia, la tecnología y la producción agrícola.

Sr. GREENWOOD: Sin embargo, las plagas y las enfermedades han duplicado los daños a las cosechas.
Dr. COTTON: Los daños a las cosechas pueden haberse duplicado, pero sólo porque el volumen de éstas se ha triplicado o cuadruplicado.

Sr. GREENWOOD: Tengo entendido que los insectos y agentes patógenos se han hecho resistentes a los tratamientos.
Dr. COTTON: Las plagas y microbios patógenos se han ido haciendo resistentes a los agentes fitosanitarios usados para combatirlos –como los antibióticos usados en clínica han inducido resistencia en ciertos patógenos humanos-, pero este problema no ha impedido que los plaguicidas –como los antibióticos- hayan salvado millones de vidas antes de perder su eficacia y tener que ser reemplazados por otros nuevos.

Sr. GREENWOOD: Pero la contaminación ambiental es un problema sin resolver. Lo que ahora prometen es más de lo mismo. La producción y comercialización de cosechas transgénicas deben ser prohibidas aunque sólo sea por estas razones, que no son las únicas.
Dr. COTTON: Las soluciones a los problemas que se plantean en este coloquio, incluida la contaminación, hay que buscarlas en la obtención de plantas transgénicas que sean susceptibles de ser protegidas con tratamientos menos agresivos y en la prospección de nuevos productos fitosanitarios que sean biodegradables y que se requiera dosis menores.
Todo indica que hay que aumentar la producción por unidad de superficie –para alimentar a la población humana futura con un mínimo deterioro del medio ambiente- y que buena parte de las tecnologías necesarias para conseguirlo están todavía por inventar. En este contexto, oponerse a la utilización de plantas transgénicas es una actitud suicida. Creo que en Europa andan ustedes dando vueltas sobre sí mismos. En Norteamérica y en Asia no está ocurriendo lo mismo. Ustedes verán.

Sr. GREENWOOD: La gran industria, en complicidad con los científicos, va a exponer alegremente al ser humano y a las restantes especies de la biosfera a peligros innecesarios al liberar plantas modificadas en su constitución genética.
Dr. COTTON: Por lo que a mí respecta, tengo que rechazar la acusación de irresponsabilidad. Mis colegas y yo no somos ni más alegres ni más tristes que otros grupos sociales y tenemos el mismo interés que otros seres humanos en dejar el mejor mundo posible a nuestra descendencia.

Sr. GREENWOOD: Tomemos casos concretos…En primer lugar el caso de la soja resistente al herbicida glifosfato. Además de contener genes de petunia, de una bacteria y de un virus vegetal, contendrá residuos de glifosfato (Roundup), permitirá incrementar el uso indiscriminado de un herbicida tóxico y causará nuevas alergia. En cuanto al maíz resistente…….
Dr. COTTON: Usted acaba de hacer una caricatura tendenciosa de ambos casos. El glifosfato se ha venido usando con gran intensidad durante décadas porque es un herbicida muy eficaz, y precisamente porque es inocuo para el hombre y los animales, y porque es biodegradable. Es un herbicida muy compatible con el medio ambiente y yo le reto a que me documente algún incidente de toxicidad o de daño que se le pueda imputar. De hecho, está autorizado incluso para desecar cosechas antes de la recolección.
A pesar de su inocuidad, según las normas en vigor, sólo se tolera un nivel muy bajo de residuo en el producto recolectado, sea éste transgénico o no. A este respecto, esta norma basta para la soja transgénica. (De “La Tercera revolución verde”-Editorial Debate SA-Madrid 1998)