sábado, 4 de febrero de 2017

Religión vs. irreligión del porvenir

Desde una postura optimista, muchos sostienen que la religión del futuro implicará una universalización, previa unificación de todas las religiones con la ciencia, mientras que otros sostienen que el fenómeno religioso tiende indefectiblemente a desaparecer.

La religión surge de la elemental e inmediata idea del hombre que observa el mundo que le rodea y advierte que todo aquello no fue obra del hombre, atribuyendo el nombre de Dios al ente creador de todo lo existente. Posteriormente surgen hipótesis particulares acerca de los atributos de aquel creador desconocido y de la forma en que interviene en el mundo y participa en la vida cotidiana de los hombres. William James escribió: “No debe quedar duda alguna de que, en realidad, una vida religiosa tiende a hacer a la persona excepcional y excéntrica. No hablo, en absoluto, del creyente religioso corriente que observa las prácticas religiosas convencionales de su país, ya sea budista, cristiano o mahometano, porque su religión la hicieron los otros, le fue comunicada por tradición, definida en formas establecidas por imitación y conservada por la costumbre”.

“No me serviría para nada estudiar esta vida religiosa de segunda mano. Más bien hemos de buscar las experiencias originales que establecen el patrón para el caudal de sentimientos religiosos sugerido y de conducta resueltamente imitativa. Estas experiencias sólo las encontramos en individuos para los que la religión no se da como una costumbre sin vida, sino más bien como fiebre aguda. Sin embargo, esos individuos son «genios» en el aspecto religioso, y al igual que muchos otros que produjeron frutos tan eficaces como para ser conmemorados en las páginas de su biografía, estos genios religiosos frecuentemente mostraron síntomas de inestabilidad nerviosa”.

“Posiblemente, en mayor medida que otros tipos de genios, los líderes religiosos estuvieron sujetos a experiencias psíquicas anormales. Invariablemente fueron presos de una sensibilidad emocional exaltada; frecuentemente también tuvieron una vida interior desacorde y sufrieron de melancolía durante parte de su ministerio. No tienen medida y son propensos en general a obsesiones e ideas fijas. Con frecuencia entraron en éxtasis, oyeron voces, tuvieron visiones o presentaron todo tipo de peculiaridades clasificadas ordinariamente como patológicas. Más aún, fueron todas estas características patológicas de su vida las que contribuyeron a atribuirles autoridad e influencia religiosa” (De “Las variedades de la experiencia religiosa”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Buenos Aires 1994).

De todas las hipótesis propuestas, algunas serán más comunes que otras, lo que conducirá a establecer su institucionalización. Las nuevas generaciones encontrarán religiones ya establecidas por lo que les resultará más sencillo aceptarlas en lugar de establecer hipótesis nuevas. También surgirán innovadores que intentarán perfeccionar las religiones existentes. Jean-Marie Guyau escribió: “Una sociología mítica o mística, concebida como conteniendo el secreto de todas las cosas; tal es, en nuestra opinión, el fondo de todas las religiones. No es solamente el antropomorfismo, ni tampoco los animales y seres fantásticos, los que han jugado un papel importante en las religiones; éstas son una extensión universal e imaginativa de todas las relaciones, buenas o malas, que pueden existir entre las voluntades; de todas las relaciones sociales, de guerra o de paz, de odio o de amistad, de obediencia o de revuelta, de protección y de autoridad, de sumisión, de temor, de respeto, de sacrificio o de amor: la religión es un sociomorfismo universal”.

“La sociedad con los animales, la sociedad con los muertos, la sociedad con los espíritus, con los buenos y con los malos genios: la sociedad con las fuerzas de la naturaleza, con el principio supremo de la misma; no son más que formas diversas de esta sociología universal en la que las religiones han buscado la razón de las cosas, tanto de los hechos físicos, como el trueno, la tempestad, las enfermedades, la muerte, como las relaciones metafísicas –origen y destino- de las relaciones morales –virtudes, vicios, ley y sanción”.

“Por lo tanto, si tuviésemos que encerrar la doctrina de este libro en una definición necesariamente estrecha, diríamos que la religión es una explicación física, metafísica y moral de todas las cosas por analogía con la sociedad humana, bajo una forma imaginativa y simbólica. En pocas palabras, es una explicación sociológica universal, de forma mítica” (De “La irreligión del porvenir”-Editorial Tupac-Buenos Aires 1947).

A medida que progresa el conocimiento humano, las diversas creencias y mitos religiosos van siendo desplazados por observaciones y verificaciones, tales como las establecidas por la ciencia experimental. La tendencia futura implica un afianzamiento de la religión natural que se va haciendo indistinguible de las ciencias sociales. Mientras que tal fenómeno es interpretado por algunos como un afianzamiento y perfeccionamiento de la religión universal, otros lo ven como un inevitable avance de la irreligión del porvenir. Posiblemente sea el mismo fenómeno previsto, al cual se le dan denominaciones diferentes. Guyau agrega: “Toda religión positiva e histórica tiene tres elementos distintivos y esenciales: 1º) un ensayo de explicación mítica, y no científica, de los fenómenos naturales (acción divina, milagros, rogativas eficaces, etc.) o de los hechos históricos (encarnación de Jesucristo o de Buda, revelaciones, etc.); 2º) un sistema de dogmas, es decir de ideas simbólicas, de creencias imaginativas impuestas a la fe como verdades absolutas, aunque no sean susceptibles de ninguna demostración científica, ni de ninguna justificación filosófica; 3º) un culto y un sistema de ritos, es decir, de prácticas más o menos inmutables, miradas como si tuviesen una eficacia maravillosa sobre la marcha de las cosas, una virtud propiciadora”.

“Una religión sin mitos, sin dogmas, sin culto ni ritos, no es más que la religión natural, cosa algo bastarda, que viene a resolverse en hipótesis metafísicas. Por estos tres elementos diferenciales y verdaderamente orgánicos, la religión se distingue netamente de la filosofía. Así, en lugar de ser hoy, como lo fue antes, una filosofía y una ciencia popular, la religión dogmática y mítica tiende a ser un sistema de ideas antifilosóficas y anticientíficas”.

Guyau vivió en la segunda mitad del siglo XIX, cuando todavía no se había alcanzado el nivel de conocimientos que disponemos en la actualidad. De todas formas, advierte la tendencia, al menos en Occidente, por la que se conduce el proceso religioso. “Los elementos que distinguen la religión de la metafísica o de la moral y que la constituyen propiamente en religión positiva son, para nosotros, esencialmente caducos y transitorios. En este sentido, nosotros rechazaremos, pues, la religión del porvenir como rechazaríamos la alquimia del porvenir o la astrología del porvenir. Pero de aquí no se deduce que la irreligión o la a-religión –que es simplemente la negación de todo dogma, de toda autoridad tradicional y sobrenatural, de toda revelación, de todo milagro, de todo mito, de todo rito erigido en deber –sea sinónimo de impiedad, de desprecio hacia el fondo metafísico y moral de las antiguas creencias”.

“De ningún modo, ser irreligioso o a-religioso no es ser antirreligioso. Aun más, la irreligión del porvenir podrá conservar del sentimiento religioso lo que hay en él de más puro; de una parte la admiración del Cosmos y de las potencias infinitas que se manifiestan en él; de otra la investigación de un ideal, no solamente individual, sino social y hasta cósmico, que sobrepase la realidad actual”.

“Se puede afirmar que la verdadera «religión», si se prefiere conservar esta palabra, consiste en no tener ya una religión estrecha y supersticiosa. La ausencia de religión positiva y dogmática es, por otra parte, la forma misma hacia la cual tienden todas las religiones particulares. En efecto, estas se despojan poco a poco (salvo el catolicismo y el mahometanismo turco) de su carácter sagrado, de sus afirmaciones anticientíficas; renuncian, en fin, a la presión que ejercían por la tradición sobre la conciencia individual”.

“Los desarrollos de la religión y la civilización han sido siempre solidarios; así, pues, los desarrollos de la religión se han hecho siempre en el sentido de una mayor independencia de espíritu, de un dogmatismo menos literal y menos estrecho, de una especulación más libre. La irreligión, tal como nosotros la entendemos, puede ser considerada como un grado superior de la religión y de la misma civilización”.

En realidad, la idea del Reino de Dios, como proceso por el cual el hombre acepta, acata y se adapta a las leyes naturales que rigen todo lo existente, a través de la actitud cooperativa predominante del amor, parece haber ya definido la religión del porvenir, si bien el proceso de “enturbiamiento” producido por las formas propias de la religión institucionalizada, le ha quitado su significado y sus efectos. La enorme cantidad de santos que dispone la Iglesia Católica implica, para muchos, un retorno al antiguo politeísmo con los dioses especializados. En lugar de ser tomados como ejemplos éticos, se los ha reducido a simples amuletos de la buena suerte.

Si el hombre posee una actitud característica que orienta sus acciones y afectos bajo las dos tendencias principales de cooperación y competencia, lo único que se requiere saber es cuál de todas las actitudes posibles produce los mejores resultados en el individuo y, simultáneamente, en la sociedad. Una vez que encontramos tal actitud, no tiene mayor sentido disentir si esa información proviene de Dios a través de la religión revelada, o fue el descubrimiento personal de un profeta, o bien proviene de la filosofía o de las ciencias sociales. El mandamiento cristiano del amor al prójimo indica tal actitud óptima, que se puede verificar y observar en la sociedad, y que no debería ocultarse con dogmas, mitos y supersticiones.

Mientras que la religión de los hebreos, la que profesaba Cristo por tradición y a la cual pretende perfeccionar, consideraba a Dios como un ser invisible, del cual no debería el creyente formarse ninguna imagen, los seguidores de Cristo no encontraron mejor idea que suponer que Cristo era el Dios encarnado, procediendo como las religiones paganas de la Roma imperial en la que el emperador era considerado una deidad.

Aquellas esperanzas de universalización y unificación de las religiones no podrán verse realizadas por cuanto no es nada sencillo esperar que un judío, un musulmán, un budista o cualquier seguidor de otras creencias, se decida de una vez por todas a aceptar la divinidad de Cristo. Es más importante para muchos cristianos que se crea en tal cuestión en lugar de poder observar con esperanza y entusiasmo que los mandamientos cristianos comienzan a ser aceptados por tratarse de verdades elementales de contenido práctico.

Las cosas empezarán a mejorar en cuanto, para los religiosos, sea importante la humanidad, sus integrantes y su supervivencia. La religión debe estar al servicio de los miles de millones que la necesitan, y no para quienes están esperanzados, por ser una “minoría selecta”, en ir al cielo por creer en la divinidad de Cristo aunque no cumplan sus mandamientos e impidan que los cumplan los demás.