jueves, 19 de enero de 2017

La riqueza en pocas manos

En los países socialistas, la mayor concentración de riqueza está asociada a la poseída por quienes dirigen al Estado, mientras que, en los países capitalistas, tal concentración recae en el sector empresarial. Como el Estado nada produce, ya que tampoco sabe hacerlo, la concentración socialista resulta negativa para la sociedad. En cambio, la disponibilidad de capitales productivos en manos de los empresarios permite el crecimiento económico de la sociedad.

En cuestiones ideológicas, sin embargo, no hay razones que valgan, ya que la adhesión al socialismo y la animadversión hacia el sector empresarial surgen de cuestiones emocionales, que hacen que gran parte de la sociedad vea las cosas al revés, esto es, desea que exista un poder político improductivo que expropie gran parte de las riquezas que produce el sector empresarial y la reparta igualitariamente, lo que implica que el sector productivo tenderá a desaparecer. Este deseo socialista apunta hacia el caos y la destrucción de la sociedad, como ocurre actualmente en Venezuela.

Quienes promueven la destrucción de las sociedades capitalistas, aducen que un pequeño porcentaje, digamos un 1% de la población, posee la misma cantidad de riquezas que el 50% menos favorecido. Si tenemos en cuenta que, en general, los países muy pobres carecen de un plantel adecuado de empresarios, tal asimetría no se debe a la culpabilidad de los empresarios existentes, sino a los que no lo son; a quienes no saben, no pueden, o no quieren producir para ellos y para los demás, y que muchas veces ni siquiera son capaces de producir lo que ellos mismos consumen.

Veamos el caso de un país como la India, que todavía tiene mucha gente viviendo en la extrema pobreza. En dicho país han surgido empresas exitosas como Tata, fabricante de automotores. Si comparamos los efectos simultáneos de producir con éxito y lograr muchas ganancias, con los efectos de la pobreza extrema, se llega a la conclusión de que en la India existe una alarmante “desigualdad social”, y que una sola persona, el dueño de la empresa Tata, posee riquezas equivalentes a la de 60 millones de indios, por dar una cifra.

Desde el punto de vista de la ciencia económica, se dirá que el culpable de la desigualdad no es el empresario exitoso, ya que produce riquezas y da trabajo a mucha gente, sino que la culpa es de quienes no son empresarios, o de la sociedad, o del Estado, que impiden, o no favorecen, el surgimiento de empresarios.

Desde el punto de vista socialista, por el contrario, se propondrá solucionar la situación repartiendo las ganancias de la empresa, o bien confiscándola por parte del Estado, para repartir las acciones entre esos 60 millones de carenciados. Las ganancias anuales que dan dichas acciones, no serán luego reinvertidas, sino consumidas por los nuevos adjudicatarios. Luego, una empresa sin inversiones no podrá crecer ni mantenerse en un mercado competitivo. Pronto habrá de ser desplazada por otras empresas.

Un empresario sin ganancias, por otra parte, tendrá poca predisposición para seguir produciendo. Al perder la mayoría de las acciones, el dueño de la empresa no podrá seguir dirigiéndola según su criterio, por lo que las acciones de la empresa tenderán a perder pronto su valor y en poco tiempo habrá de cerrar sus puertas. La redistribución socialista tiende a empeorar las cosas.

El socialista no promueve la distribución de las riquezas para beneficiar a los pobres, sino para perjudicar a los ricos. Cada vez que Hugo Chávez daba la orden “¡Exprópiese!”, producía algarabía en el sector socialista junto con el avance simultáneo del deterioro de la economía venezolana. La actitud del socialista cambiará, posiblemente, cuando el amor a sus hijos sea mayor que el odio al sector empresarial. Debe renunciar al ideal soviético de derribar al capitalismo para reemplazarlo por el socialismo. Debe dejar de sabotear las economías nacionales y de promover el odio anti-empresarial engañando a la gente al manifestar que el empresario “se queda con la riqueza que le corresponde a la gente” cuando en realidad es el que la produce.

Se dice que la discriminación social, o de clase, es la única discriminación aceptada por la ley y por la gente. Ayn Rand escribió: “Si un pequeño grupo de hombres fuera siempre considerado culpable, en cualquier enfrentamiento con algún otro grupo sin considerar las cuestiones o circunstancias involucradas, ¿llamaría a eso acoso? Si a ese grupo se le obligara a pagar siempre por los pecados, errores, o fracasos de cualquier otro grupo, ¿llamaría a eso acoso? Si ese grupo tuviese que vivir bajo un silencioso régimen de terror, bajo leyes especiales, a las cuales todas las otras personas fueran inmunes, leyes que el acusado no puede comprender o definir con anticipación y que el acusador siempre puede interpretar de la manera que a él le guste, ¿llamaría a eso acoso? Si este grupo fuera penalizado, no por sus fallas, sino por sus virtudes, no por su incompetencia, sino por su habilidad, no por sus fracasos, sino por sus logros y mientras mayor el logro, mayor la penalidad, ¿llamaría a eso persecución?”.

“Si su respuesta es «sí», entonces pregúntese qué clase de injusticia monstruosa usted disculpa, soporta, o está perpetrando. Ese grupo es el de los empresarios estadounidenses”.

“La defensa de los derechos de las minorías hoy es aclamada, virtualmente por todos, como un elevado principio moral. Pero este principio, que prohíbe la discriminación, es aplicado por la mayoría de los intelectuales «socialdemócratas» de una manera discriminatoria; es aplicado sólo a las minorías raciales o religiosas. No es aplicado a esa minoría pequeña, explotada, denunciada, indefensa, que conforman los empresarios”.

“Empero todos los aspectos desagradables, brutales de injusticia hacia las minorías raciales y religiosas están siendo ejercidos hoy hacia los hombres de negocios. Por ejemplo, considere la maldad de condenar a ciertos hombres y absolver a otros, sin una audiencia, sin considerar los hechos. Los «progresistas» de hoy consideran a un empresario culpable en cualquier conflicto con un gremio, sin importar los hechos o los asuntos implicados y se jactan de que no atravesarán una línea de piquete «con razón o sin ella»”.

“Considere la maldad de juzgar a las personas con un doble estándar y de negar a algunos los derechos concedidos a otros. Los «socialdemócratas» de hoy reconocen el derecho de los trabajadores (la mayoría) a su subsistencia (sus sueldos) pero niegan el derecho de los empresarios (la minoría) a su subsistencia (sus ganancias). Si los trabajadores luchan por sueldos más altos, esto es aclamado como «ganancias sociales», si los hombres de negocios luchan por ganancias más altas, esto es condenado como «codicia egoísta»”.

“Si el nivel de vida de los trabajadores es bajo, los «socialdemócratas» culpan a los empresarios; pero si los hombres de negocios tratan de mejorar su eficiencia económica, para expandir sus mercados y ampliar los ingresos económicos de sus empresas, haciendo así posibles sueldos más altos y precios más bajos, los mismos «socialdemócratas» lo denuncian como «mercantilistas»”.

“Siempre, en cualquier época, en cualquier cultura, o sociedad, se encuentra el fenómeno del prejuicio, la injusticia, la persecución y el odio ciego irracional hacia alguna minoría, la búsqueda de la pandilla que tiene algo que ganar con esa persecución, la búsqueda de aquellos que tienen un interés oculto en la destrucción de estas particulares victimas del sacrificio. Invariablemente, encontrará que la minoría acosada cumple la función de chivo expiatorio de algún movimiento que no quiere que se divulgue la naturaleza de sus fines personales”.

“Todo movimiento que busca esclavizar a un país, toda dictadura o toda dictadura en potencia, necesita alguna minoría como chivo expiatorio, a la cual poder culpar por los problemas de la nación y usarla como justificación de sus propias demandas de poderes dictatoriales. En la Rusia Soviética, el chivo expiatorio fue la burguesía; en la Alemania Nazi, fueron los judíos, en Estados Unidos, son los empresarios”.

“El progreso industrial de Estados Unidos, en el breve periodo de un siglo y medio, ha adquirido el carácter de leyenda: nunca ha sido igualado en ninguna parte de la Tierra, en ningún periodo de la historia. Los hombres de negocios estadounidenses, como clase, han demostrado el máximo genio productivo y los logros más espectaculares nunca registrados en la historia económica de la humanidad. ¿Qué recompensa recibieron de nuestra cultura y sus intelectuales? La posición de un chivo expiatorio de las maldades de los burócratas” (De “Capitalismo. El ideal desconocido”-Grito Sagrado Editorial-Buenos Aires 2008).

El odio hacia el empresario, en la Argentina, llegó a tal punto que, en los años 70, la guerrilla pro-soviética asesinó a varios empresarios o directivos de empresas tales como Fiat y Peugeot. El odio todo lo puede, menos mejorar la producción. Impulsados por la fe en la validez de la “ley de Marx” (los empresarios son explotadores y los empleados están exentos de defectos), se inicia la verdadera “lucha de clases”. Tampoco debe caerse en el extremo de confiar en la “anti-ley de Marx” (los empresarios son virtuosos y los empleados son vagos). A estos extremos se llega como consecuencia de establecer descripciones en base a grupos o clases, en lugar de tomar como referencia al individuo. De ahí las ventajas de la psicología social sobre la sociología.

Todo parece indicar que el odio hacia el empresario surge del odio al éxito, es decir, de la natural e histórica envidia que carcome la vida íntima de muchos hombres. Ludwig von Mises escribió: “La búsqueda de víctima propiciatoria constituye la reacción propia de las gentes que viven bajo un orden social que retribuye al individuo según sus merecimientos, en tanto y en cuanto ha contribuido al bienestar de sus semejantes y donde cada uno es el artífice de su propia suerte”.

“Dentro de aquel orden, cualquiera, cuyas ambiciones no han sido plenamente satisfechas, se convierte en un resentido ante el éxito de quienes alcanzaron mejores posiciones. Los menos inteligentes traducen sus sentimientos en calumnias y difamaciones. Los más hábiles no recurren a la calumnia. Prefieren enmascarar su odio tras elucubraciones filosóficas y formular el ideario del anticapitalismo con miras a ahogar aquella voz interior denunciadora de que su fracaso sólo a ellos les es imputable. Mantienen su acusación contra el capitalismo tan fanáticamente, por cuanto se hallan convencidos de la falsedad de su crítica”.

“El sufrimiento provocado por la frustración de las propias ambiciones es consustancial a todo orden social basado en la igualdad ante la ley. En realidad no es la igualdad ante la ley lo que origina tal padecer, sino el hecho de que precisamente la igualdad ante le ley hace resaltar la desigualdad existente entre los hombres por lo que se refiere a su vigor intelectual, fuerza de voluntad y capacidad de trabajo” (De “La mentalidad anticapitalista”-Fundaciion Ignacio Villalonga-Valencia 1957).