domingo, 15 de enero de 2017

La religión y sus intermediarios

Las diversas religiones pueden clasificarse, desde el punto de vista de una posible verificación, en subjetivas y objetivas. Las religiones subjetivas son las establecidas por quienes describen el orden natural, incluidos los seres humanos, basados en la creencia de que han sido elegidos por el Dios Creador como intérpretes de su voluntad, ordenando luego a los demás hombres que hagan, sientan o piensen según el deseo de Dios manifestado a través del elegido.

También existen religiones objetivas en las cuales se toma como referencia las leyes naturales que rigen todo lo existente y que conforman el orden natural. En principio, lo que alguien observa, todos pueden observarlo. Este es el caso de la religión natural en cuyo ámbito se considera que toda religión surge del hombre, y no de Dios, resultando ser una religión sin intermediarios, ya que surge de hombres que orientan a los demás según la manera en que interpretan dicho orden.

Ninguna de las dos formas religiosas garantiza el acceso a la verdad, ya que en el primer caso pueden surgir varios intermediarios que predican distintas “voluntades” de Dios, estando alguno de ellos más cerca de compatibilizar su descripción con la voluntad implícita en el orden natural. La religión natural, por otra parte, tampoco garantiza que las descripciones realizadas sean las mejores, aun cuando sus resultados puedan ser accesibles a la mayoría.

Existe la posibilidad de considerar la existencia de una religión objetiva y universal si consideramos que el Dios personal, imaginado por los teístas, responde de igual manera en iguales circunstancias, es decir, que tiene una personalidad definida. También el orden natural se caracteriza por estar constituido por leyes naturales invariantes, en las que, a iguales causas les siguen iguales efectos, lo que implica responder de igual manera en iguales circunstancias.

La distorsión de la religión moral conduce a una forma religiosa semejante al paganismo, ya que se supone que Dios responde en función de los pedidos realizados por los hombres en lugar de “responder” en función de la actitud ética individual, que es el requisito básico exigido tanto por las religiones subjetivas como por las objetivas.

No siempre existe acuerdo sobre la naturaleza (humana o divina) de determinado intermediario, como en el caso de Cristo, ya que se aduce que, en realidad, no es un enviado de Dios sino que es el mismo Dios hecho hombre. Si tenemos en cuenta que Cristo adopta y acepta las “reglas del juego” de la religión judía, se advierte que en ella no aparece esa posibilidad, ya que las profecías del Antiguo Testamento no contemplan la posibilidad de que Dios se haga hombre, sino que contemplan la aparición de un hombre que interpretará de mejor forma la voluntad de Dios, o el espíritu implícito del orden natural. Recordemos que existe una prohibición en el Antiguo Testamento que ordena no establecer imagen alguna de Dios, lo que implica que Dios no es un hombre. Hugh J. Schonfield escribió: “Aun cuando en esta fase no es apropiado ocuparnos de la teología cristiana tal y como se desarrolló, podemos ver una gran improbabilidad a priori en la doctrina de la divinidad de Jesucristo, debido al hecho de que el cristianismo se inició como un movimiento judío. La doctrina es diametralmente opuesta al concepto judío de Dios, tal y como se concebía éste en la época en que vivió Jesús. Nadie que fuera judío y que estuviera de acuerdo con las escrituras hebreas, y que tratara de ser aceptado por los judíos, se presentaría a sí mismo mostrando una personalidad tan contradictoria”.

“Teniendo en cuenta que la doctrina terminó por ser agradable a las nociones paganas de la época, se puede inferir de un modo evidente que dicha doctrina fue el resultado de una intrusión de fuentes gentiles y no constituyó el núcleo fundamental de la misma. Comoquiera que a la doctrina según la cual Jesús era el Mesías se resistió el cuerpo principal de creyentes judíos, ese hecho tiende a confirmar que fue una doctrina extraña en su derivación, algo que ni el mismo Jesús podría haber aceptado y sostenido. El material de los Evangelios primitivos lo muestra ejerciendo el cuidado extremo de un judío devoto al guardar en nombre de Dios de toda profanación, representándolo como el único ser al que debía adorarse y que podía ser descrito como bueno”.

“Al principio, no hubo nada que sugiriera que estaba naciendo una religión nueva. Los cristianos, mejor conocidos para los judíos como nazarenos (Notsrim), aparecían como una secta judía más nacida a impulsos de la excitación espiritual de la época. Su rasgo característico era la convicción de que el Mesías se había revelado en la persona de Jesús de Galilea. Además de esto, tenía atributos, algunos característicos, otros similares a los de aquellos grupos que aseguraban ser los predestinados elegidos de Israel” (De “Jesús: ¿Mesías o Dios?”-Ediciones Martínez Roca SA-Barcelona 1987).

Si la idea de universalizar la creencia en el Dios-hombre todavía no ha dado los resultados esperados, ello no desanima a quienes intentan seguir perseverando en el intento suponiendo que alguna vez ello se logrará. Mientras tanto, la Iglesia Católica ni siquiera ha podido convencer a varios de sus predicadores de que, al menos, alcancen un nivel moral mínimo aceptable. Si no puede lograr un objetivo tan sencillo, no es de esperar que logre un objetivo mucho más difícil de alcanzar.

Baruch de Spinoza afirmaba que la religión establece normas sencillas para orientar a todo hombre, algo que contrasta con los diversos planteos teológicos, que son en realidad filosofías acerca de Dios, y que complican innecesariamente lo simple y lo concreto. Al respecto escribió: “Se demuestra que la Escritura no enseña sino cosas muy sencillas, ni busca otra cosa que la obediencia, y que, acerca de la naturaleza divina, tan sólo enseña aquello que los hombres pueden imitar practicando cierta forma de vida” (Del “Tratado teológico-político”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).

El cristianismo primitivo tiende a alcanzar su doctrina definitiva con la intervención de Pablo de Tarso, el ciudadano romano que camina un total estimado en unos 20.000 kilómetros llevando el mensaje de Cristo y también el suyo propio. Existen diferencias entre quienes conocieron a Cristo y escucharon sus palabras, y quienes, como Pablo, escucharon versiones indirectas de esas prédicas. Schonfield escribe al respecto: “Pablo aparece de un modo tan prominente en el Nuevo Testamento y sus escritos ocupan un espacio tan amplio que a menudo ha sido descrito como el verdadero fundador del cristianismo. Tal punto de vista es bastante justificado, pues la fe cristiana no existiría, tal y como la conocemos, de no haber sido por su contribución a su desarrollo”.

“No resulta fácil penetrar y exponer los ingredientes originales del cristianismo debido a que las actividades y enseñanzas de Pablo son tan abundantes en la historia bíblica del principio del cristianismo, que ensombrecen por completo e incluso casi excluyen la contribución aportada por los herederos directos de la doctrina de Jesús. El Nuevo Testamento, dominado por el material paulino, sólo nos ofrece unos vistazos breves y totalmente inadecuados del movimiento nazareno, que fue muy sustancial y al que pertenecieron los apóstoles nombrados por Jesús en vida”.

“El paulinismo entró en muchas cuestiones en abierto conflicto con el cristianismo primitivo y finalmente se salió con la suya gracias a su apelación a los gentiles, y a que las condiciones políticas dificultaron cada vez más a la Iglesia legítima el ejercer una influencia correctora efectiva. Al final, las relaciones quedaron trastocadas. La herejía paulina sirvió como base de la ortodoxia cristiana, y la Iglesia legítima fue puesta fuera de la ley por ser considerada herética”.

“No obstante, sería una injusticia para con Pablo suponer que él fue el único responsable del carácter adoptado por la teología cristiana tal y como llegó a ser formulada posteriormente. A pesar de todas sus asociaciones helenísticas, Pablo siguió siendo consistentemente un judío de tipo místico, que se impacientaba ante toda crítica de la doctrina que creía haber recibido por revelación divina, otorgada peculiarmente a él mismo. Un ocultista judío podría comprenderle mucho más fácilmente de lo que le comprendieron sus partidarios no judíos, que malinterpretaron elementos de su filosofía recóndita y llegaron a conclusiones extrañas a su significado e intención”.

Todo parece indicar que Pablo tenía la pretensión de ser él mismo el Mesías. Luego de una visión que lo convierte al cristianismo, después de oponerse tenazmente a la, entonces, nueva secta, reacomoda sus ideas para compatibilizar sus anhelos personales con el cristianismo. El citado autor agrega: “Su antagonismo violento y obsesivo contra los seguidores de Jesús surgió en buena medida de su propia creencia secreta de ser el Mesías destinado a «iluminar a las naciones». Los Hechos de los Apóstoles no clarifican la razón de su frenética oposición, pero la causa de la misma surge tras el análisis de toda la información disponible si se la relaciona con sus ideas farisaicas eclécticas”.

“Tras la experiencia psíquica de Pablo, debida quizá a un ataque epiléptico, como resultado de la cual aceptó a Jesús como el Mesías, se retiró al norte de Arabia para enfrentarse con sus problemas, y fue allí donde experimentó «un exceso de revelaciones». No se había equivocado en su creencia de juventud, en el sentido de ser un elegido para llevar el conocimiento de Dios a los gentiles. La voz que le había hablado le confirmó lo que él ya sabía en el fondo de su corazón. Ahora comprendió lo que le había ocurrido: había sido señalado por Dios como agente personal y representante del Mesías para llevar a cabo su poderosa obra en el mundo hasta que el propio Jesús regresara rodeado de gloria para inaugurar el reino de los justos sobre la Tierra”.

“En consecuencia, actuaría, viviría y hablaría siguiendo el mandato del Mesías celestial que era su maestro. Concebía su posición como la de un esclavo de plena confianza, que mantenía unas relaciones tan familiares con su amo, que gozaba tanto de su confianza que, en la práctica, era como su alter ego. Él era el eikon (imagen) del Mesías, del mismo modo que el Mesías era el eikon de Dios”.

“No fueron únicamente las enseñanzas y actividades de Pablo las que lo hicieron detestable ante los líderes cristianos, sino sobre todo la percepción de que él situaba sus revelaciones por encima de la autoridad de los líderes, y afirmaba una intimidad con la mentalidad de Jesús mucho mayor de la que sentían quienes le habían acompañado en la Tierra y habían estado cerca de él. No es de extrañar, por tanto, que fuera para ellos un advenedizo presuntuoso. Debido a que sus ideas eran tan contrarias a lo que ellos conocían de Jesús, les parecía una abominación que él se presentara como la encarnación de la voluntad del Mesías y se atreviera a instruirles como si el propio Jesús se tratara. Es posible que no comprendieran el secreto mesiánico de Pablo, pero se daban cuenta de que él se consideraba inspirado, de una forma única e independiente, así como percibían su fuerza persuasiva, su erudición mística y su superioridad cultural e intelectual”.