martes, 24 de enero de 2017

La desigualdad productiva

La desigualdad social, en una sociedad libre, es una consecuencia directa de una previa desigualdad productiva, que a su vez depende de las distintas aptitudes y aspiraciones económicas y sociales individuales. Aun cuando desde el Estado se les brinde iguales posibilidades para el futuro laboral, a través de una educación pública gratuita, algunos aprovecharán los medios que se les ofrecen mientras que otros los desaprovecharán perdiendo incluso su propio tiempo.

Podemos establecer una clasificación de las personas según sus aptitudes productivas:

a- Emprendedores: producen para ellos y para los demás.
b- Poco emprendedores: producen a lo sumo para ellos y para su familia.
c- Negligentes: producen menos de lo que consumen.

Casi siempre se habla de la desigualdad social o económica; desde le punto de vista liberal, tal desigualdad existe debido esencialmente a que los sectores negligentes poco o nada producen. Desde el punto de vista socialista, por el contrario, se supone que la desigualdad social es promovida por el sector de los emprendedores, y de ahí las críticas y ataques al sector empresarial, e incluso al sistema capitalista.

Si estamos de acuerdo en que la pobreza y la miseria no son situaciones agradables ni recomendables, resulta evidente que lo ideal es que existan muchos emprendedores y pocos negligentes. O al menos, la cantidad de emprendedores suficientes como para compensar los aportes deficitarios de los negligentes. Quienes se oponen y combaten al sector de los emprendedores, no buscan reducir la pobreza y la miseria, sino que tratan de derribarlos para ocupar su lugar y usurpar sus pertenencias para dominar luego al resto de la sociedad. Tal ha sido siempre el accionar de los promotores del socialismo.

Se critica muchas veces a quienes tienen “ambiciones materiales” ya que tales ambiciones los hacen producir mayor cantidad de riquezas que las necesarias para una vida normal. Tales críticas serían justificadas en sociedades en donde la mayoría produce al menos lo que consume. Sin embargo, en sociedades con muchos sectores negligentes, o poco aptos para la producción, combatir a los emprendedores implica tratar de favorecer la pobreza.

La promoción de la pobreza y de la ignorancia se la emplea con fines políticos, como es el de buscar el acceso al poder ante situaciones de crisis severas. Otras veces se promueve la pobreza teniendo presente la vida de San Francisco de Asís, para quien la pobreza extrema era considerada una virtud, ya que el hombre que se desprende de toda ambición material tiene el tiempo y la mente disponibles para establecer vínculos afectivos con los demás seres humanos.

En las sociedades actuales, si la mayoría adoptase una postura similar, y el medio de vida radique en la limosna que se ha de recibir de los demás, llegaríamos a una situación calamitosa en lugar de virtuosa. San Francisco adopta esa postura extrema para oponerse al ejemplo paterno; el de un industrial textil que explota laboralmente a sus obreros en una alocada búsqueda de ilimitadas ganancias monetarias. Quienes proponen una sociedad de mendicantes tratan de conducirnos a una sociedad negligente en la cual la miseria no tardará en reinar. “Entre todos los fabricantes de miseria, probablemente de los más perniciosos –y los mejor intencionados-, sean algunos miembros de la estructura religiosa católica. Y la razón de esta dañina potencialidad radica en la capacidad que tienen como maestros de jóvenes y como orientadores de la opinión pública”.

“Sostienen ideas equivocadas y las enarbolan con la pasión de quienes se creen poseedores de la verdad final. Son capaces de identificar correctamente los problemas, pero proponen modos contraproducentes de afrontarlos. No es una cuestión de maldad, sino de ignorancia”.

“Pablo VI consigna las tres fobias que, por razones morales, una y otra vez fustiga el catolicismo: la búsqueda del lucro, la competencia y la propiedad privada”.

“Sin el afán de lucro, sin la voluntad de sobresalir, las personas no consiguen prosperar. ¿Conocía Pablo VI lo que sucedía en las dictaduras comunistas, en las que se había demonizado el afán de lucro? ¿No sabía de esas muchedumbres impasibles, apáticamente marginadas de la actividad económica por la falta de motivaciones? ¿Sería cierto, como en 1905 escribió Max Weber, que las comunidades protestantes son más ricas que las católicas porque cultivan una ética de trabajo que no penaliza el afán de lucro, siempre que se mantenga dentro de los límites que marca la ley? Y si el «afán de lucro» forma parte de la ética del trabajo que impulsa la creación de riquezas, lo que se traduce en una formas más ricas de vida, ¿cómo aspirar lógicamente a los niveles de confort y prosperidad que caracterizan a las sociedades ricas si se renuncia al resorte psicológico que mejor la propicia?” (De “Fabricantes de miseria” de P. A. Mendoza, C. A. Montaner y Á. Vargas Llosa-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1998).

Si al anti-afán de riquezas, la anti-competencia económica y la anti-propiedad privada propiciadas desde las épocas de Pablo VI, le agregamos la adhesión de Francisco al relativismo moral y a la “ley de Marx” (todos los ricos son malos y todos los pobres son buenos), se advierte una casi total identificación de la Iglesia Católica con el marxismo-leninismo. De ahí la expresión del propio Francisco al afirmar que “son los marxistas los que piensan como cristianos”.

En realidad, el afán de lucro y la competencia se han mantenido en los sistemas comunistas, incluso bastante acentuados en las clases dirigentes y en los miembros del Partido Comunista, mientras se le prohibían los estímulos materiales a la clase trabajadora para eliminar tales afanes y posible competencia, algo que debería tener en cuenta el actual Papa socialista.

Si se considera pecaminoso el “afán de riquezas”, se limita la productividad de los emprendedores y se estimula la vagancia del negligente, quien la confunde con su “espiritualidad” al lograr apenas una pobre solvencia económica. Martín Krause escribió: “La motivación «espiritual» es la que logra alinear los objetivos de los miembros de la organización con los del emprendedor [en una empresa] por voluntad propia y sin que sea necesaria una remuneración material por ello. Para el emprendedor tiene la aparente ventaja de que no es «costosa», no hay que pagarla, aunque muchas veces se gasta no poco dinero para conseguirla. Además, tiene la desventaja de que no es fácil de obtener y menos aún de sostener”.

“Tal vez uno de los mejores ejemplos de este tipo de alineación sea el de Alexei G. Stajanov, un minero de la Unión Soviética. En agosto de 1935 el comisario político de la mina de carbón de Irminio Central, Konstantin Petrov, manifestó su preocupación porque no se estaban alcanzando las metas de producción establecidas en el Plan Quinquenal, y no era extraño que eso pudiera costarle una «transferencia» a Siberia. Stajanov bajó el 30 de agosto a la mina y en un turno de seis horas de trabajo extrajo el 10% de la producción diaria de carbón, 102 toneladas. A partir de allí se convirtió en el trabajador «modelo» de la Unión Soviética, el símbolo del «hombre nuevo» que entregaba todo de sí por la causa de la revolución”.

“Por cierto que el «hombre nuevo» duró poco como minero, ya que para trabajar de ejemplo, recorriendo y alentando a todos los trabajadores del país, fue nombrado «Jefe de Emulación Socialista del Trabajo» en el Comisariado Popular del Carbón y ya nunca más tuvo que bajar a una mina”.

“Stajanov quiso ser el arquetipo de este tipo de motivación, pero los mismos comunistas, con todo su afán y empeño por alcanzar una sociedad igualitaria, se dieron cuenta de que el espíritu del «hombre nuevo» iba en contra de la naturaleza humana. Pues al final del día, alguno de sus compañeros, ahora parte del movimiento de trabajadores estajanovistas, se habrá preguntado: ¿Vale la pena tanto esfuerzo cuando en definitiva me llevo la misma paga que antes y tampoco obtengo el reconocimiento y la fama de Alexei? ¿Acaso no me llevo lo mismo si trabajo como antes, esto es, a desgano?”.

“Uno de los grandes cambios introducidos en la Unión Soviética por Nikita Kruschev, en la década de 1950, fue el regreso a los incentivos materiales, tan resistidos porque generarían diferencias de ingresos relacionadas con la productividad de cada uno. Irónicamente, éstas abundaban entre los jerarcas estatales y partidarios (la llamada nomenklatura) y el resto de la población, ya que remuneración «material» no es solamente un sueldo, sino también tener acceso a las mejores viviendas, las mejores escuelas y otros privilegios”.

“En definitiva, sería interesante para el emprendedor si pudiera desatar y sostener una «fiebre» estajanovista entre sus colaboradores pues alcanzaría el máximo de ellos al mínimo costo; pero para sostener tal cosa sería necesario generar un «hombre nuevo» cuyas necesidades materiales no existiesen, con lo cual no sería humano” (De “Economía para emprendedores”-Aguilar-Buenos Aires 2004).

Si alguien construye 50 viviendas a lo largo de su vida, sólo podrá habitar una de ellas. El resto será vendido o alquilado beneficiando al resto de la sociedad. El socialista lo considerará un “egoísta” motivado por el “afán de riquezas” ya que genera “desigualdad social”. Por el contrario, quien tiene sólo “ambiciones espirituales”, a lo sumo construirá, o hará construir, su propia vivienda. Teniendo en cuenta los resultados logrados, el egoísta será este último, justamente por carecer de “afán de riquezas”.

El emprendedor, aquel que tiene iniciativa, es el principal artífice de la producción. Martín Krause escribió al respecto: “Quizás el economista más conocido por los emprendedores sea Joseph Schumpeter. En especial es famosa su frase sobre la «destrucción creativa» del emprendedor que genera nuevas industrias que van reemplazando a otras antiguas”.

“Schumpeter pensaba que el emprendedor rompía el equilibrio de la economía mediante su innovación creadora. En cambio, otro austriaco, Ludwig von Mises y su alumno, Israel Kirzner, entendieron que la acción del emprendedor tiende a equilibrar. La diferencia entre ambos puntos de vista tiene importancia para la economía. Schumpeter atribuía al emprendedor la generación de los ciclos económicos de auge y recesión, mientras que para Mises éstos se originan en las políticas monetarias de los bancos centrales”.

“Salvo en lo que se refiere a las causas de los ciclos económicos, podríamos decir que las visiones de Schumpeter y Kirzner son similares en cuanto atribuyen a la función del emprendedor esa capacidad de ver lo que otros no ven, de tener iniciativa y creatividad. Hay, sin embargo, una diferencia adicional: para Schumpeter, esa habilidad está restringida a muy pocos, a esos innovadores revolucionarios que cambian el panorama por completo, mientras que para Kirzner esa misma perspicacia estaría presente en todos, sólo que en distintas medidas”.