miércoles, 18 de enero de 2017

Enfermedad social y totalitarismo

De la misma manera en que pueden describirse las enfermedades del cuerpo como efectos favorecidos por la ausencia de defensas naturales suficientes, como es el caso de la anemia, las enfermedades sociales pueden describirse como efectos favorecidos por la ausencia de defensas morales suficientes, como es el caso de la anomia (ausencia de normas). Entre las consecuencias que siguen a la debilidad social pueden mencionarse “enfermedades sociales” como el caos y el totalitarismo.

Si bien esta sencilla analogía resulta fácil de comprender, los procesos sociales son bastante más complejos, aunque algo de cierto siempre se puede encontrar en esta analogía. Talcott Parsons escribió: “La característica general de la reacción típica del individuo frente a la anomia es la que suele definirse en términos psicológicos como estado de inseguridad. La personalidad no está organizada de una manera estable con relación a un sistema coherente de valores, objetivos y expectativas. Las actitudes propenden a vacilar entre la indecisión que paraliza la acción –y toda clase de escrúpulos e inhibiciones- y reacciones «predeterminadas» compulsivamente, que dotan a los objetivos y símbolos particulares de un exceso de odio, adhesión o entusiasmo que rebasa los límites de lo que es pertinente en esa situación dada”.

“La inseguridad generalizada se asocia generalmente a altos niveles de ansiedad y agresión, las cuales son, en un grado importante, «fluctuantes» en cuanto que no solamente brotan en una forma e intensidad apropiadas del miedo o de situaciones que provocan la ira, sino que pueden desplazarse a situaciones o símbolos remotamente relacionados con sus causas originarias” (Citado en “Pensamiento político moderno” de William Ebenstein-Taurus Ediciones SA-Madrid 1961).

Adolf Hitler describe el comportamiento de las masas carentes de orientación desplegando luego tácticas idóneas para gobernarlas: “La psicología de las multitudes no es sensible a lo débil ni a lo mediocre; se asemeja a la de la mujer, cuya emotividad obedece menos a razones de orden abstracto que a la tendencia instintiva hacia una fuerza que complemente su naturaleza, y de ahí que prefiera someterse al fuerte, mejor que dominar al débil. Del mismo modo, la masa se inclina más fácilmente hacia el que domina que hacia el que suplica, y se siente íntimamente más satisfecha con una doctrina intransigente que no admita paralelo que con el disfrute de una libertad que, por lo general, de poco le sirve… Lo que la masa quiere es el triunfo del más fuerte y la destrucción del débil o su incondicional sometimiento” (De “Mi lucha”, citado en “Pensamiento político moderno”).

Luego de hacer el diagnóstico de la situación, Hitler propone la forma de llegar a las masas para conducirlas según su criterio: “Toda propaganda ha de ser necesariamente popular y su nivel intelectual debe adaptarse a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a quienes va destinada. Por consiguiente, cuanto mayor sea la masa humana a la que se trata de llegar, más bajo habrá de ser su nivel puramente intelectual. Pero cuando se pretende extender su influencia a todo el pueblo, como sucede cuando hay que sostener una guerra, nunca será exagerada la prudencia para evitar que las formas de la propaganda sean excesivamente intelectuales”.

“Cuanto más modesto sea su lastre intelectual, cuanto más tenga en cuenta la emoción de las masas, tanto más efectiva será la propaganda. Y ésta es la mejor prueba de la fuerza de una campaña de propaganda, y no su éxito con unos cuantos eruditos o jóvenes estetas”.

“El arte de la propaganda reside en percatarse de las ideas emocionales de las masas y hallar, mediante una forma psicológicamente correcta, el modo de llegar a la atención y de ahí al corazón de las masas”.

“Una vez que hemos entendido la necesidad de que la propaganda se adapte a las grandes masas, podemos enunciar la siguiente regla: Es un error hacer una propaganda multilateral, como la instrucción científica, por ejemplo”.

“La receptividad de la gran masa es muy limitada, su facultad de comprensión es muy pequeña, pero es enorme su capacidad de olvido. Teniendo en cuenta estos hechos, toda propaganda eficaz debe concretarse en muy pocos puntos y saberlos explotar como convenga, hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de lo que se pretende hacerle comprender con un slogan. En el momento en que la propaganda sacrifique este principio y trate de ser múltiple, se debilitará su eficacia, porque la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Con ello disminuyen los resultados y acaban por ser enteramente nulos”.

En algunos países se ha prohibido la difusión de los escritos de Hitler con la intención de evitar el surgimiento de futuros tiranos. Aunque la difusión de los mismos también puede servir para que la sociedad genere “anticuerpos” para oponerse ante los primeros indicios de surgimiento de un líder populista o totalitario. Posiblemente ello habría permitido evitar el surgimiento del peronismo, del chavismo, del kirchnerismo y de otros movimientos de masas que han utilizado tácticas similares a las enunciadas por Hitler.

El líder nazi sugiere, además, la utilización de la mentira como táctica complementaria, que años antes pusieron en práctica Lenin y sus secuaces. Al respecto escribió: “Una mentira contiene siempre un cierto factor de credibilidad, puesto que la gran masa del pueblo, más que ser malvada conscientemente, tiende a dejarse corromper, y, debido a la simplicidad de su inteligencia, es más fácilmente victima de un engaño considerable que de una pequeña mentira. Todo el mundo miente en cosas sin importancia, pero se avergonzaría de mentiras demasiado grandes. Tal falsedad es inimaginable para la masa, que no piensa en la posibilidad de un descaro semejante en los demás; sí, aun cuando lleguen a conocer la verdad, dudarán y vacilarán y siempre creerán que hay algo de cierto en lo que se les dijo. Así, pues, siempre quedará algo de la mentira más descarada, hecho que conocen y explotan bien todos los virtuosos de la mentira y los grandes mixtificadores de este mundo”.

La idea directriz de los movimientos populistas y totalitarios es establecer la división de un pueblo en dos bandos antagónicos, lo que en la analogía anterior puede muy bien considerarse como un “cáncer social”. De ahí que los partidarios del líder sean considerados “amigos” mientras el resto serán los “enemigos”. Carl Schmitt escribió: “La distinción propiamente política es la distinción entre el amigo y el enemigo. Ella da a los actos y a los motivos humanos sentido político; a ella se refieren, en último término, todas las acciones y motivos políticos, y ella, hace posible una definición conceptual, una diferencia específica, un criterio”. “En cuanto este criterio no se deriva de ningún otro, representa, en lo político, lo mismo que la oposición relativamente autónoma del bien y el mal en la moral, lo bello y lo feo en la estética; lo útil y lo dañoso en la economía” (De “Pensamiento político moderno”).

Alexander Solyenitsin comentaba acerca la utilización de la mentira en la Unión Soviética. Ante una pregunta periodística acerca de cómo sus compatriotas podían prestarle apoyo, Solyenitsin respondió: “Con acciones físicas no, tan sólo: negándose a mentir, no participando personalmente en la mentira. Que cada uno deje de colaborar con la mentira en todos los sitios donde la vea; le obliguen a decirla, escribirla, citarla o firmarla, o sólo a votarla, o sólo a leerla. En nuestro país la mentira se ha convertido no sólo en categoría ética, sino también en un pilar del Estado. Al apartarnos de la mentira, realizamos un acto ético, no político, no enjuiciable penalmente, pero tendría una influencia inmediata en nuestra vida entera” (De “Memorias”-Librería Editorial Argos SA-Barcelona 1977).

El poder de la propaganda y la mentira es tan grande que incluso el terrorismo, principalmente el de izquierda, ha sido aceptado y apoyado por importantes sectores de la sociedad. El terrorista actúa como un torpe cirujano que empeora y hasta mata al paciente. Solyenitsin aduce que este proceso ya se había producido en su país en el siglo XIX, escribiendo al respecto: “Rusia ha realizado un salto histórico. Rusia, por su experiencia social, se ha colocado muy por delante del mundo entero. No quiero decir con esto que sea un país adelantado: al revés, es un país de esclavos. Pero la experiencia que hemos vivido, las vicisitudes que hemos atravesado, nos colocan en la extraña situación de poder contemplar todo lo que pasa actualmente en Occidente en nuestro propio pasado, y prever el futuro de Occidente en nuestra presente situación actual”.

“Todo cuanto ocurre aquí ya ha ocurrido en Rusia hace tiempo, hace muchos años. Es una perspectiva realmente de ciencia ficción: estamos viviendo los hechos que están ocurriendo en Occidente hoy, y sin embargo, recordamos que esto mismo ya nos pasó hace muchísimo tiempo a nosotros. En los años sesenta del siglo pasado [se refiere al XIX] el Emperador Alejandro II comenzó a llevar a cabo un vasto programa de reformas. Quería reorganizar paulatinamente a Rusia para implantar la libertad y el desarrollo. Pero un puñado de revolucionarios lanzó en 1861 una proclama en la que decían que querían reformas más radicales y más rápidas, que no podían ni querían esperar”.

“Temiendo que el bienestar general pudiera provenir del rey, y no de ellos, proclamaron el terror”.

“En 1861 Alejandro II abolió la servidumbre de los campesinos; en 1864 reorganizó completamente la administración de justicia, llevando a cabo la gran reforma judicial. Pues bien, los revolucionarios intensificaron sus actos terroristas. Hubo siete atentados contra el zar, le daban caza como a una fiera. Y al final, en el año 1881, lo mataron”.

“Y después de esto, empezaron a matar primeros ministros, ministros del Interior, gobernadores civiles, gobernantes en general. Así empezó una guerra entre los revolucionarios y los círculos dirigentes del gobierno. Toda la opinión liberal no se oponía a los revolucionarios, antes por el contrario, los alentaba: cualquier asesinato a un estadista, de un ministro, la entusiasmaba, suscitaba su aplauso. A los revolucionarios les ayudaban a esconderse, a escapar, los celebraban como si no fuesen culpables de nada en absoluto”.

“Repito, esto ocurría en nuestro país en el siglo XIX, hace cien años, y esto es lo que está ocurriendo en toda Europa, en el mundo entero, hoy. Hemos sido testigos el otoño pasado de cómo la opinión occidental se indignaba mucho más por cinco terroristas españoles que por el aniquilamiento de sesenta millones de víctimas soviéticas. Vemos hoy cómo la opinión progresista exige reformas inmediatas, a toda costa, saluda los actos terroristas y se alegra de ellos” (De “Alerta a Occidente”-Ediciones Acervo-Barcelona 1978).