sábado, 14 de enero de 2017

Condenados al éxito ¿o al fracaso?

En cierta oportunidad, un dirigente peronista afirmaba que los argentinos “estábamos condenados al éxito”. Posiblemente hacía referencia a la “herencia” que recibimos, materializada por el extenso suelo y sus riquezas naturales. Sin embargo, parece haber olvidado que esas riquezas deben ser previamente trabajadas y extraídas, y luego transformadas en capital productivo. Es un caso similar al de Venezuela; “condenada al éxito” por sus reservas de petróleo pero además “condenada al fracaso” por la mentalidad reinante en ese país. Juan Bautista Alberdi escribió: “Los pueblos de Sud América nos creemos ricos y gastamos como ricos lo ajeno y lo nuestro, sólo porque tenemos vastos territorios, dotados de clima y aptitudes capaces de servir al trabajo del hombre para producir la riqueza”.

“Esta simple cosa es todo lo que se oculta a nuestra vista: que la riqueza capaz de producirse no está producida, y que el suelo y el clima, que tomamos por riqueza, no son sino instrumentos para producir la riqueza en las manos del hombre, que es su productor inmediato, por la acción de estos dos procederes humanos: el trabajo y el ahorro o conservación y guarda de lo que el trabajo ha producido” (De “Estudios económicos”-Librería La Facultad-Buenos Aires 1927).

Mientras que el nivel de pobreza en Venezuela es estimado en un 70%, en la Argentina es del 30 al 35% de la población. Lo grave es que tales porcentajes van en aumento. Aun así, las ideas políticas y económicas vigentes en ambos casos son precisamente aquellas que promueven esa situación. Ante un medio natural favorable, el nivel de riqueza o de pobreza logrado es un efecto directo de la mentalidad reinante.

La mayor parte de los pobres en la Argentina recibe del Estado una ayuda social, por lo cual dejan de buscar un trabajo productivo por cuanto adaptan sus vidas a lo que reciben de la sociedad. De esa manera quedan marginados de ella por cuanto poco a poco se va les van incorporando los hábitos de la vagancia y de la habilidad para conseguir mejores ayudas de los políticos de turno. Desarrollan de esa manera la actitud dependiente del mendigo.

También existe un importante sector, marginado del proceso productivo, ya que poco o nada produce, y es el de los empleados públicos cuyos cargos fueron otorgados por los políticos bajo la condición de recibir a cambio un apoyo electoral en futuras elecciones. Cuando son pocos los que aportan al Estado y muchos los que viven del Estado, esa situación conduce a un nivel de pobreza creciente, siendo una mentalidad promovida por los sectores populistas y socialistas.

Si se hace una encuesta nacional respecto de los mayores temores que la gente tiene, se advertirá seguramente que el mayor temor está asociado a los sectores productivos (los empresarios, las multinacionales, etc.), mientras que la mayor adhesión estará destinada a los políticos que “defienden” al pueblo de tales “perversos” sectores. De ahí que, como era de esperar, los principales partidos políticos son esencialmente populistas, o socialdemócratas en el mejor de los casos, mientras que ni siquiera existe un partido liberal, ya que la palabra “neoliberalismo” es utilizada como un insulto que descalifica al que pretende hacer trabajar a los marginados sociales, ya sea porque reciben planes sociales estatales o porque viven holgadamente con los sueldos estatales recibidos por el pseudo-trabajo que desempeñan.

El problema de la pobreza y del derroche de recursos estatales, radica en que no se trata de una situación estable. Si lo fuera, podría esperarse que poco a poco la gente habrá de incorporarse al trabajo productivo. Por el contrario, resulta ser una situación inestable y progresiva, por cuanto el sector marginado del trabajo absorbe recursos del sector productivo tendiendo a anularlo. No sólo el deterioro social se debe al aumento de gente pobre e indigente, sino también a la simultánea disminución de la capacidad del sector productivo, imposibilitado cada vez más en sus actividades ante la presión tributaria creciente.

Entre las trampas ubicadas por políticos e “intelectuales” se destaca la tergiversación histórica que trata de ocultar los años en que el país llegó a estar 7mo en la economía mundial y, por el contrario, a exaltar los regímenes populistas o totalitarios. Martín Hary escribió: “Hay momentos en que la Historia, el destino de una Nación se encuentra en una encrucijada: uno de los caminos conduce a la superación, a la modernidad, el otro es la vuelta a viejos atavismos”.

“Con la Ley Saenz Peña de por medio, las elecciones de 1916 fueron una excelente oportunidad para entrar a una democracia plena”.

“La dirigencia en el poder tenía buenas posibilidades de liderar el proceso hacia un sistema de partidos alternantes. Pero ya de entrada con la muerte prematura de Pellegrini y Saenz Peña tuvieron los modernistas un duro golpe. Las esperanzas se centraron entonces en el partido Demócrata Progresista que Lisandro de la Torre había fundado en 1912, apoyado por socialistas y modernistas del roquismo, en tanto el ala conservador a tradicionalista del régimen, liderado por Marcelino Ugarte, gobernador de Buenos Aires, no los quiso apoyar”.

“En la vereda de enfrente estaba el partido de Leandro Alem, con Hipólito Yrigoyen de candidato por el radicalismo, sus ideas políticas no apuntaban a una modernidad democrática plural, muy por el contrario, su ideal era un hegemónico «movimientismo», estructurado sobre los restos del viejo caudillismo”.

“El pueblo en movimiento siguiendo a su «conductor» por la historia. Un pueblo que, como un todo, deposita completamente sus esperanzas y lealtades en ese conductor, suerte de mesías que encarna la Patria toda. Era una vuelta al pasado”.

“Viejos atavismos de autóctonos caudillajes, remozado sobre un romántico «Volksgeist» («espíritu del pueblo») que Yrigoyen había bebido del krausismo, (un casi desconocido pensador alemán)”.

“Yrigoyen dirá de sí mismo, en una suerte de autodeificación (lo cuenta Juan José Sebreli): «Yo vine al movimiento nacional con mi cerebro caldeado en la inoculación de un ensueño infinitamente superior e irreductible, y con mi alma inflamada hacia las justas y legítimas grandezas de mi Patria; y en ese santo y puro propósito, que he mantenido incólume, está toda la savia de mi vida…Tengo, por ser así, el alma intacta, tal como la Divina Providencia quiso forjarla al soplo de sus impolutas radiaciones…un gobierno no es más que una realidad tangible, mientras que mi apostolado es un pensamiento único, una espiritualidad que perdurará a través de los tiempos»”.

“Yrigoyen, que se iba forjando ese aura de santidad política, estaba autoconvencido de su tarea de caudillo «salvador», se sentía a sí mismo como el «ungido»” (De “La República que perdimos”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2010).

Con Yrigoyen se acentúa la tendencia del país a no ser gobernado por leyes, ya sean naturales, jurídicas o económicas, sino por las “sabias decisiones” del líder que encarna la voluntad popular. El peronismo aparece posteriormente como heredero del yrigoyenismo, aunque con efectos bastante más destructivos, hasta llegar al kirchnerismo, que eleva notablemente tanto el nivel de pobreza como el de empleos públicos, con el entusiasta apoyo de medio país. Arturo Jauretche escribió en 1942: “Para nosotros [los radicales] la democracia es el gobierno del pueblo, con o sin Parlamento, con o sin Jueces”.

Entre los gobiernos militares que se intercalaron, algunos quisieron imponer un fascismo similar al que imperaba en algunos países europeos antes de la Segunda Guerra Mundial. Otros debieron actuar para restaurar la democracia ante el asentamiento de gobiernos totalitarios, o bien de populismos caóticos, sin desviarse demasiado de las ideas populistas vigentes. Recordemos que un gobierno democrático es aquel que accede al gobierno y realiza su gestión en forma legítima, mientras que si accede en forma ilegítima o si su gestión es anticonstitucional, no deberían por ello considerarse “democráticos”. Martín Hary agrega: “Los grandes perdedores (que en décadas sucesivas sufrieron el desgaste y el embate de sucesivos movimientismos) fueron la democracia plural y las instituciones republicanas, que en aquella época sostenían los Partidos Demócrata Progresista y el Socialismo Democrático, aquellos que hubieran implementado la democracia moderna, de consensos, aquella soñada por Alberdi y los suyos, aquella que nunca llegó”.

“«El liderazgo carismático (del yrigoyenismo) no se avenía tampoco con la división republicana de poderes, implicaba necesariamente el predominio del poder central sobre el federal y del Ejecutivo sobre el Legislativo y el Judicial», prosigue Sebreli”. “La República estaba definitivamente perdida”.

Si en la Argentina se hiciera una encuesta en la cual se consultara al participante acerca de cuál alternativa preferiría para el país:

a- Optar por el modelo económico y social de la Alemania Oriental, la del Muro de Berlín.
b- Optar por el modelo económico y social de la Alemania Occidental, la del milagro alemán.

seguramente triunfaría la primera opción por ser la más “igualitaria”, porque todos padecen una misma situación social y económica, etc., (al menos teóricamente). Recordemos que la segunda alternativa, asociada a la Economía Social de Mercado, fue propuesta por Álvaro Alsogaray, desapareciendo con el tiempo, por incompatibilidad con las ideas dominantes, el partido por él fundado (UCD: Unión del Centro Democrático).

Todo parece indicar que lo del éxito y lo del fracaso es una cuestión de elección, y no de una “condena ejercida por fuerzas misteriosas”. Si la mayoría del pueblo argentino aspira decididamente al fracaso económico y social (socialismo, populismo, etc.) y rechaza de la misma forma el camino del éxito (liberalismo), ya está todo dicho, es decir, el país quedará condenado al fracaso por una decisión consciente y mayoritaria.

Desear el éxito no implica simplemente declamarlo, sino adoptar una actitud ética compatible con ese objetivo. Si no existen en cada individuo la fuerza anímica y la voluntad suficiente para promover la producción y el trabajo, siguiendo inmersos en el relativismo moral y la actitud generalizada de pretender vivir a costa del esfuerzo y trabajo ajenos, las posibilidades de éxito serán cada vez menores.