martes, 23 de mayo de 2017

Antiperonistas

El calificativo de antiperonista, atribuido a una persona, nos sugiere la idea de alguien orientado políticamente en forma negativa, por cuanto no estaría a favor de una causa sino en contra de alguna. De ahí que sea conveniente decir que se trata de una persona que está a favor de la democracia y que, como consecuencia, es antiperonista, anticomunista, antifascista, etc. En este caso, democrático sería un gobierno con acceso legítimo al poder y, sobretodo, con una gestión fiel a las leyes y a la moral elemental, ya que el peronismo cumplía ampliamente con la primera condición mientras que incumplía ampliamente con la segunda.

Si se nos pregunta por tres argentinos que hayan tenido trascendencia fuera del ámbito nacional (exceptuando deportistas, dictadores y terroristas), podríamos nombrar a Jorge Luis Borges, a Mario Bunge y a Bernardo Houssay. De la misma manera en que las principales figuras de la cultura italiana eran antifascistas y las principales figuras de la cultura alemana eran antinazis, no es de extrañar que los nombrados hayan sido antiperonistas. Mario Bunge escribió: “Para que un gobierno sea legítimo, debe cumplir dos condiciones: debe gozar de amplio apoyo popular y debe comportarse moralmente, o sea, trabajar al servicio del pueblo en lugar de servirse de él. Por ejemplo, los gobiernos peronistas gozaron de legitimidad política porque fueron libremente elegidos por grandes mayorías. Pero su legitimidad moral es dudosa, ya que hicieron tanto o más mal que bien. Por ejemplo, los dos primeros gobiernos peronistas ampliaron la legislación laboral, pero sometieron al movimiento obrero; dieron el voto a la mujer, pero la engañaron; construyeron edificios escolares, pero transformaron las escuelas en centros de adoctrinamiento partidario; abrieron mercados internacionales, pero inauguraron la inflación; aseguraron el libre sufragio, pero no la libertad de asociación ni de expresión; para colmo, minaron la débil cultura superior” (De “100 ideas”-Debolsillo-Buenos Aires 2009).

Bunge relata el caso de un adjunto de cátedra (al que denomina con el ficticio nombre de Troll), que tuvo un ascenso inesperado durante el gobierno peronista, dando una idea de cómo se hacían las cosas en esa época: “Todos los años Ramón G. Loyarte le encargaba a su adjunto que dictase la unidad más sencilla del programa: óptica geométrica, una teoría que había alcanzado su máximo desarrollo a finales del siglo XVII. Pese a que era simple al punto de ser aburrida, Troll no podía con ella: los estudiantes de física asistíamos a sus clases para divertirnos con sus perplejidades y sus burradas”.

“Nunca sospechamos que llegaría el día en que Troll, a expensas de su afiliación peronista, sería designado director del Instituto de Física de la Universidad Nacional de La Plata (rebautizada: Eva Perón). De la noche a la mañana, el minúsculo personaje se transformó en un energúmeno que gritaba a sus colegas y tomaba decisiones absurdas”.

“Afortunadamente, Troll carecía de la imaginación necesaria para hacer daños mayores. En esto le ganó de lejos su correligionario, un tal Bombel, que hizo una carrera meteórica en la Facultad de Ciencias de Buenos Aires. A pesar de carecer de antecedentes científicos, y aunque recitaba sus clases de memoria, este señor fue ascendido a profesor y luego designado decano. Y una vez munido de su autoridad decanal, robó cuanto instrumental pudo, incluso el que había estado atornillado al piso” (De “Provocaciones”-Edhasa-Buenos Aires 2011).

Generalmente se habla de la ayuda del peronismo hacia los pobres. Sin embargo, debe aclararse que favorecía a los pobres que se declaraban peronistas, mientras Perón daba órdenes de dejar cesantes a los empleados estatales no peronistas. Ante una pregunta periodística a Bunge acerca de si sufrió el sectarismo peronista, respondió: “Sí, lo sufrí porque el país perdió muchos investigadores. No tanto en física, pero sí en biología. Y porque no se veían perspectivas. Para poder conseguir trabajos se necesitaba certificado de buena conducta; segundo, afiliarse al partido peronista; y tercero, hacer aportes a la Fundación Eva Perón. Todos los meses cuando cobraba mi modesto sueldo de ayudante escribía una carta para que no se me descontara mi sueldo para la Fundación. Además, siempre me negué a afiliarme al partido y no conseguía certificado de buena conducta ni para poder sacar mi pasaporte” (De “Vistas y entrevistas”-Ediciones Siglo Veinte-Buenos Aires 1986).

En otra respuesta expresó: “Yo soy antiperonista por razones culturales. El peronismo contribuyó a destruir la incipiente cultura argentina. Persiguió, reprimió ideológicamente y trató de uniformar la sociedad. Quiso que la gente creyera obligatoriamente en la doctrina justicialista. El peronismo fue oscurantista”. “Oscurantista por poner la cultura en manos de ideólogos católicos fascistas”.

Acerca de la ruptura del peronismo con la Iglesia, Bunge respondió: “Una farsa. Pelea entre amigos. No olvide que el peronismo le entregó la universidad a profesores, rectores y sacerdotes preconciliares que eran declaradamente fascistas”.

“A mí me echaron de la Facultad de Ciencias a fines de 1952 porque no quise afiliarme al Partido Justicialista y me negué a contribuir a la Fundación Eva Perón”.

Mientras que el fascismo italiano fue un movimiento de la clase media, el peronismo fue un fascismo de la clase baja, cuyos integrantes adoptaron una postura de odio y rencor contra las clases media y alta. No fue una ideología dirigida al ciudadano democrático, sino al hombre masa que debía obedecer al líder, por lo que despertó en las clases medias y altas una actitud de miedo y de repugnancia, y no de “odio”, como pretenden hacer creer algunos ideólogos peronistas. Recordemos la frase de Friedrich Nietzsche: “No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior”.

Puede decirse que Perón degradó a sus seguidores porque les enseñó a odiar y a ser temidos, siendo constituida tal actitud negativa por la burla y la envidia. El dirigente Arturo Codovilla manifestaba: “El malón peronista con protección oficial y asesoramiento policial, que azotó al país, ha provocado rápidamente por su gravedad, la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la República y millones de protestas. Hoy la Nación en su conjunto tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia de ponerle fin”.

“Se ha visto otro espectáculo, el de las hordas de desclasados haciendo de vanguardia del presunto orden peronista. Los pequeños clanes con aspecto de murga que recorrieron la ciudad, no representan ninguna clase de la sociedad argentina. Era el malevaje reclutado por la policía y los funcionarios de la Secretaría de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población” (Citado en “Antiperonistas” de Luis Fernando Beraza-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2010).

Todo aquel que no aceptara al líder totalitario y al malevaje que lo secundaba, era declarado “enemigo”. Cuando finaliza la pesadilla del peronismo, el filósofo Francisco Romero expresaba: “Les escribo con la profunda emoción que pueden imaginar. Ayer, transmitido por una radio uruguaya, oímos por primera vez desde hace doce años, con su propio sentido, el Himno, que escuchamos todos los de la casa con enorme recogimiento y ganas de llorar; luego pusimos la bandera en la misma puerta de casa, tras mucho tiempo de tenerla encerrada”.

“Viva la libertad. Viva la Patria. La Argentina se reencuentra e inicia una etapa; todos los argentinos, salvo los delincuentes, deben sentirse hermanos en esta hora gloriosa” (Citado en “El pensamiento de Francisco Romero” de José L. Speroni-Editorial Edivérn-Buenos Aires 2001).

Varios intelectuales y políticos padecieron el encierro de la cárcel por el solo hecho de manifestarse contra Perón. Esto hace recordar el caso de Alexander Solyenitsin, que fue encarcelado por 8 años por escribir en una carta personal una crítica a Stalin. Durante el peronismo los encierros de los disidentes duraban desde unos días hasta algunos meses, bajo un similar espíritu totalitario. Luego de un atentado en la vía pública, el gobierno peronista intensifica la presión sobre los opositores. Luis F. Beraja escribió: “El gobierno agudizó los controles sobre los opositores y la represión a los mismos. Entre las víctimas estuvieron lógicamente varios escritores de la SADE, entre ellos Julio Aramburu, José Barreiro, Víctor Massuh, Carlos Manuel Muñiz, Norberto Rodríguez Bustamante y Francisco Romero, a los cuales se condujo a prisión. Otros hombres y mujeres importantes, como el escritor Enrique Banchs, la mismísima Victoria Ocampo y Vicente Fatone, siguieron el mismo camino”.

Para denigrar a Jorge Luis Borges, le otorgan un puesto poco adecuado para un escritor. Si uno le pregunta a un peronista por Borges, posiblemente dirá que “es el mejor escritor inglés en el idioma castellano” por cuanto no se le perdona que haya tenido una abuela inglesa y por pertenecer a una clase social “incorrecta”. Beraja escribe al respecto: “Por esos días, para sostenerse económicamente, trabajaba en un puesto de auxiliar en una modesta biblioteca municipal. Como dijimos, pertenecía a la aristocracia venida a menos. Con ese sueldito se mantenía. Como era y es lamentablemente un clásico de nuestro país, el gobierno recién instalado en el poder tomó revancha. Lo sacó de ese lugar lleno de libros y le dio un cargo de «Inspector de aves en los Mercados Municipales». Era una provocación y un insulto, además de un gran error político por parte del gobierno peronista”.

Luego de renunciar al nuevo cargo, Borges expresó: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad, más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez”.

Los gobiernos peronistas provocaron un gran retroceso cultural, económico y político. Luego sus partidarios exigían a los gobiernos no peronistas que arreglaran la situación. Como generalmente no lo lograban, volvían a votar por el partido generador del retroceso considerando que “al país sólo lo puede gobernar el peronismo”. Ya hemos alcanzado un 30% de nivel de pobreza por lo que sería oportuno tomarse en serio al peronismo para evitar la “venezuelización” del país, es decir, una nación con muchos recursos naturales pero sumida en una grave situación de pobreza y de violencia.

Si el peronismo fuese lo que los peronistas dicen que fue, sería un acontecimiento político-económico de gran trascendencia por cuanto se le podría informar a todo el mundo que, además del capitalismo, es posible llegar al desarrollo mediante un “fascismo de la clase baja (moralmente hablando)”. Sin embargo, lo que el peronismo logró es que el país se estancara y retrocediera respecto de la posición que ocupaba en relación a otros países, sumergiéndonos en pleno subdesarrollo.

domingo, 21 de mayo de 2017

Irracionalismo en la universidad

El alumno que ingresa a una facultad de humanidades se ilusiona con recibir conocimientos importantes en la rama de estudios que haya elegido. Sin embargo, a veces no advierte que lo que allí se enseña es una versión sofistica de subjetivismo y de relativismo cognitivo que poco o nada tiene que ver con el concepto de “universidad”, palabra que en cierta forma nos induce a creer que no sólo es un lugar en donde se imparte un conocimiento completo sobre gran parte de la realidad sino que también tendrá una validez universal. Algunos considerarán posteriormente que han sido estafados en sus esperanzas y otros se amoldarán a la mentalidad reinante, posiblemente engañados por el medio formativo en el que están insertos. Mario Bunge escribió: “Hasta mediados de la década de 1960, quien quisiera dedicarse al misticismo o al pensamiento marginal, al fraude intelectual o al antiintelectualismo, tenía que hacerlo fuera de las sagradas arboledas de la academia. Durante casi dos siglos antes de esa época, la universidad había sido una institución de aprendizaje superior, donde las personas cultivaban el intelecto, se dedicaban al debate racional, buscaban la verdad, la aplicaban o la enseñaban lo mejor que sabían”.

“De vez en cuando, se descubría algún traidor en uno de esos valores, pero inmediatamente se lo desactivaba por el ridículo o el ostracismo. Y acá o allá, algún profesor, una vez que tenía asegurado su puesto, se negaba a aprender nada nuevo y se convertía así, rápidamente, en obsoleto. Pero era rara la vez que un retraso era mayor de un par de décadas, solía conservar su capacidad para participar en un debate racional y para distinguir entre lo que es genuino conocimiento y el mero disparate, y no se le ocurría proclamar la superioridad de las tripas sobre el cerebro o del instinto sobre la razón, salvo que fuera un filósofo irracionalista, claro está”.

“Ahora ya no es así. Durante las tres décadas pasadas, aproximadamente, muchas universidades se han visto infiltradas, aunque no atrapadas, por los enemigos del rigor conceptual y de la evidencia empírica: los que proclaman que no hay una verdad objetiva (de ahí el «todo vale»); los que hacen pasar la opinión política como ciencia, y los que se dedican a una falsa erudición. No se trata de pensadores heterodoxos originales: simplemente ignoran e incluso desprecian por completo el pensamiento riguroso y la experimentación”.

“No son incomprendidos Galileos castigados por los poderes establecidos por proponer teorías o métodos atrevidos y nuevos. Por el contrario, hoy en día a muchos haraganes e impostores intelectuales se les ha dado empleos permanentes, se les ha permitido enseñar basura en nombre de la libertad de cátedra, y ven publicados sus escritos falsos, incluso carentes de sentido, en revistas académicas y editoriales universitarias de acrisolado prestigio. Más aún, muchos de ellos han adquirido poder suficiente para censurar la genuina erudición académica. Han introducido un caballo de Troya en la ciudadela académica con la intención de destruir la cultura superior desde dentro”.

“Los enemigos académicos de la propia «raison d'être» de la universidad, que no es otra cosa que la búsqueda y difusión de la verdad, pueden agruparse en dos bandos: los anticientíficos, que con frecuencia se llaman «posmodernos», y los seudocientíficos. Los primeros enseñan que no hay verdades universales ni objetivas, mientras que los seudocientíficos académicos introducen de contrabando conceptos borrosos, conjeturas extravagantes o incluso ideología como si fueran descubrimientos científicos. Ambas bandas actúan bajo la protección de la libertad de cátedra y a menudo también a costa del contribuyente. ¿Deben continuar utilizando estos privilegios, extraviando a incontables estudiantes y abusando de los fondos públicos para calumniar la búsqueda de la verdad, o deben ser expulsados del templo de la enseñanza superior?” (De “La relación entre la sociología y la filosofía”-Editorial EDAF SA-Madrid 2000).

Entre los “pecados” intelectuales de mayor peligrosidad encontramos el subjetivismo y el relativismo cognitivo, principios que se oponen a la existencia de una verdad objetiva, que ha de ser la finalidad a lograr, mientras nos conformamos con acercarnos paulatinamente hacia ella. El citado autor agrega: “En el curso de las últimas décadas han reaparecido en filosofía y en ciencias sociales dos antiguas tendencias que creíamos enterradas por la Revolución Científica del siglo XVII. Ellas son el subjetivismo y el relativismo. Según el primero, no hay hechos objetivos: nosotros mismos somos autores, individual o colectivamente, de todo cuanto ocurre. Todo sería subjetivo, cada cual o cada grupo tendría su propio mundo: no habría un mundo compartido por todos. Conforme al relativismo, tampoco hay verdades objetivas: lo que tú crees es tan cierto como lo que yo creo. Todo sería relativo, todo daría igual, todo valdría”.

“En general, casi todos los científicos admiten, explícita o tácitamente, que las teorías y sus constituyentes son construidas, pero sólo los subjetivistas sostienen que también los hechos mismos son construidos”. “Si los hechos y las teorías fuesen lo mismo, no podríamos utilizar ningún hecho para poner a prueba las teorías, y ninguna teoría serviría para guiar la búsqueda de nuevos hechos. Puesto que los auténticos científicos ponen a prueba sus teorías contrastándolas con los hechos a que ellas se refieren, y a menudo las usan para explorar la realidad, es falso que no haya diferencias entre hechos y teorías”.

“Está de moda declararse «constructivista», o sea, sostener que los hechos sociales e incluso naturales son «construcciones sociales». Por ejemplo, se habla de la «construcción social de la realidad»…..Semejante subjetivismo colectivista es muy cómodo porque, en lugar de estudiar los hechos mismos y las ideas que animan a los actores sociales o a los intelectuales, uno puede limitarse a estudiar textos o inscripciones. Siguiendo a Heidegger, Derrida ha llegado a afirmar que nada existe fuera de algún texto. El significado y el valor de verdad de las afirmaciones (datos e hipótesis) contenidos en dichos textos no les interesan a estas gentes. (Me resisto a llamarlos filósofos, porque el auténtico filósofo procura expresarse con claridad y buscar la verdad)”.

“Los constructivistas han reemplazado el concepto de descubrimiento por el de construcción social. Colón y Vasco da Gama, Faraday y Cajal, y todos los demás infelices que creían haber descubierto algo importante habrían sido víctimas de engaños: no hicieron sino participar de alguna «construcción social». La vieja fórmula de Schopenhauer, «El mundo es mi representación», no ha variado mucho. Ahora es «El mundo es nuestra construcción»”.

“Los relativistas no creen en la verdad, y por ello no debe extrañar que no la busquen. Sin embargo, creen en sus propios dogmas, sin advertir la paradoja del relativismo: si el relativismo es verdadero, entonces es falso, ya que no es sino un producto efímero de un grupo social transitorio. Siendo así, ¿por qué habríamos de aceptarlo el lector y yo, si pertenecemos a una tribu diferente de la de los relativistas?” (De “Elogio de la curiosidad”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1998).

El oscurantismo de las humanidades comienza con Kant cuando sostiene que la ciencia y la razón son ineficaces para describir el comportamiento del hombre. Luego aparece la dialéctica hegeliana con su extraña lucha de los opuestos. Finalmente surge el posmodernismo como la meta final de la irracionalidad (suponiendo que en el futuro no ha de aparecer algo peor). Mario Bunge escribió: “El posmodernismo es la última ola del romanticismo. Está de moda en parte porque las ilusiones y promesas de mi generación no han sido cumplidas, y en parte porque es la puerta ancha. En efecto, la flojera es más fácil que el rigor, y la inacción es más fácil que la acción. Además, el irracionalismo es favorecido por las fuerzas más reaccionarias, las que medran con la ignorancia y la falta de voluntad para atacar los problemas sociales de manera racional y realista. Como dijera Isaac Asimos, es mucho más fácil y menos peligroso condenar la ciencia y la técnica que rebelarse contra el orden social: lo primero sólo exige ignorancia y no pone en peligro la libertad personal ni, aun menos, la vida” (De “Sistemas sociales y Filosofía”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1995).

Da la impresión con que sólo describir actitudes irracionales uno comienza a poner los pies en el mundo de las perturbaciones mentales. Cuando el ciudadano común queda desconcertado por las aplicaciones políticas de las elucubraciones de algunos intelectuales, debe advertir que se trata de personas irracionales por elección, con fuerte formación en el subjetivismo y en el relativismo, y que se oponen firmemente tanto al sentido común como a la ciencia experimental.

Herbert Marcuse, junto a otros filósofos de la Escuela de Frankfurt, advierte que tales intelectuales, junto al delincuente urbano, pueden muy bien colaborar en la destrucción de la sociedad capitalista para promover la instauración del socialismo. Stephen R. C. Hicks escribió: “La primera tarea del revolucionario es ponerse a buscar a esos individuos y esas energías en los márgenes de la sociedad: el paria, el desordenado y el prohibido, cualquier persona y cualquier cosa que la estructura de poder del capitalismo aún no ha tenido éxito de mercantilizar y dominar por completo. Todos esos elementos marginados y desechados serán «irracionales», «inmorales» y hasta «criminales», especialmente según la definición capitalista, pero eso es precisamente lo que el revolucionario necesita”.

“Dada la omnipresente dominación del capitalismo, la vanguardia revolucionaria puede venir sólo de esos marginados intelectuales, especialmente entre los estudiantes más jóvenes, los que son capaces de «vincular la liberación con la disolución de la percepción ordinaria y ordenada» y que, por lo tanto, pueden ver la realidad de la opresión a través de la apariencia de paz,….como para conmocionar la estructura de poder capitalista, de modo que revele su verdadera naturaleza, y así destronar y desplazar el sistema, dejando el camino abierto para una renovación de la humanidad a través del socialismo”.

“El reinado de Marcuse, como el filósofo preeminente de la nueva izquierda, señaló un fuerte viraje hacia la irracionalidad y la violencia entre los izquierdistas más jóvenes. «Marx, Marcuse, Mao» se convirtieron en la nueva Trinidad y el eslogan bajo el cual reunirse. Como fue proclamado en una bandera de estudiantes involucrados en el cierre de la Universidad de Roma: «Marx es el profeta, Marcuse es su intérprete y Mao es la espada»”.

“Si uno es enemigo «académico» del capitalismo, entonces sus armas y sus tácticas no son las del político, el activista, el revolucionario o el terrorista. Las únicas armas posibles de los académicos son las palabras. Y si la epistemología de uno sostiene que las palabras no guardan relación con la verdad o con la realidad, y que no son de ningún modo cognitivas, entonces en la batalla contra el capitalismo las palabras sólo pueden ser un arma «retórica». La epistemología posmoderna se integrará con la política posmoderna” (De “Explicando el posmodernismo, la crisis del socialismo”-Barbarroja Lib-Buenos Aires 2014).

sábado, 20 de mayo de 2017

Psicología del novelista

Resulta poco sensato extender a todo un sector de la sociedad lo que hemos advertido en uno solo de sus miembros, siendo esta generalización fácil un hábito inconsciente y frecuente. Sin embargo, es posible detectar algunos atributos predominantes en cada sector especializado laboral o intelectualmente, dentro del amplio espectro de las acciones humanas. Uno de esos atributos es la extroversión del novelista, quien, al igual que el periodista que desea compartir los últimos sucesos, pretende compartir con el público un sinnúmero de detalles que ha observado entre la gente y que ha condensado en una novela. Manuel Gálvez escribió: “Por lo menos durante la época de mayor empuje creador, el novelista es un extravertido. Tiene mucho del hombre de acción. Leopoldo Alas, crítico y novelista, dice: «Tal vez un gran novelista es un grande hombre, que si fuera más varonil sería un grande hombre de acción». Se interesa por todo –la gente, las cosas, la política, las anécdotas, las virtudes, los vicios-, porque todo es humano y es para él materia novelable. Mientras el poeta vive solo con su alma, el novelista vive rodeado de toda la humanidad. O la lleva dentro. «Su obra entera», dice Brunetière de Balzac, «y comprendidas en ella las partes que no pudo realizar, está presente, toda junta, en su espíritu». El introvertido, no pudiendo salir de sí, ni, por consiguiente, penetrar en las almas y comprenderlas, jamás, ni aun con mucho talento será un verdadero novelista”.

“Como vive en otras almas, en las cosas, en los ambientes más diversos, no suele ser hombre de mucha vida interior. La permanente exigencia de objetivación, la constante búsqueda del hecho y el arduo trabajo de ordenar los materiales, no son compatibles con el exagerado autoanálisis, ni con el ensimismamiento de la vida sobrenatural. Pero, «como primer aprendizaje», según ha dicho Jacques de Lacretelle, el novelista, para comprender a los seres, debe «buscarse, mirarse, conocerse». Mas no puede andar por el mundo metido en sí. Su alma «es espejo», dice Stendhal, «que se pasea a lo largo del camino». Sí, es un espejo en el que se reflejan las cosas, los sucesos, los diálogos, los rostros. Nada ve, oye o siente, que no lo incorpore a su archivo. No por cálculo, sino por imperativo de su vocación, y, generalmente, sin advertirlo. La vida del novelista es un destino”.

“Pero no se olvida por completo de sí. También se autoanaliza un poco. No lo hace por vivir interiormente, sino como espectador de su vida y de su psiquis. Si se analiza –salvo que tenga motivaciones religiosas o de mejoramiento moral-, es porque se sabe interesante y como materia novelable, al igual que cualquiera otra persona” (De “El novelista y las novelas”-Ediciones Dictio-Buenos Aires 1980).

Quienes encuentran en los ensayos una manera fructífera de invertir su tiempo, ya que en ellos encuentran siempre algo nuevo para incorporar a su caudal de conocimientos, miran con desconfianza a las novelas por cuanto siempre está presente la incertidumbre acerca de si algo es cierto o si es una ficción creada por el autor. Mario Vargas Llosa escribe al respecto: “Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía «era verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el blanco”.

“Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”. “En efecto, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es” (De “La verdad de las mentiras”-Alfaguara SA de Ediciones-Buenos Aires 2005).

Entre los méritos de un autor se encuentra la posibilidad de que sus ficciones sean compatibles con la naturaleza humana. De la misma manera en que Leonardo da Vinci realizaba estudios anatómicos para perfeccionar su labor de pintor, el escritor de novelas profundiza el conocimiento psicológico de las personas para conformar una ficción realista y de esa forma resulta ser un creador de situaciones posibles, que nunca antes han existido. Vargas Llosa agrega: “Porque no es la anécdota lo que decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse al lenguaje, al ser contados, los hechos sufren una profunda modificación. El hecho real –la sangrienta batalla en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé- es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo son innumerables. Al elegir unos y descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otra mil posibilidades o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que describe se convierte en lo descrito”.

“¿Me refiero solo al caso del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que sin duda pertenezco, cuyas novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a través de su propia vivencia de la realidad? Parecería, en efecto, que para el novelista de linaje fantástico, el que describe mundos irreconocibles y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y la ficción. En verdad, sí se plantea, aunque de otra manera. La «irrealidad» de la literatura fantástica se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría, es decir, representación de realidades, de experiencias que sí pueden identificarse en la vida. Lo importante es esto: no es el carácter «realista» o «fantástico» de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad y mentira en la ficción”.

El conocimiento del comportamiento humano ha sido llevado adelante principalmente por los literatos, antes que por los psicólogos. Gordon W. Allport escribió: “Los psicólogos salieron tarde a la escena. Podría decirse que comenzaron con dos milenios de retraso. La obra de los psicólogos fue hecha por otros, que la hicieron espléndidamente. Con sus antecedentes escasos y recientes, los psicólogos parecen intrusos presuntuosos. Y eso es lo que opinan de ellos muchos eruditos. Stephan Zweig, por ejemplo, hablando de Proust, Amiel, Flaubert y otros grandes maestros de la descripción, dice: «Escritores como éstos son gigantes de la observación y la literatura, mientras que en la psicología el campo de la personalidad está en manos de hombres inferiores, meras moscas, que tienen el ancla segura de un marco científico para ubicar sus insignificantes trivialidades y sus pequeñas herejías»”.

“Es verdad que junto a los gigantes de la literatura, los psicólogos, que se dedican a presentar y explicar la personalidad, parecen ineficaces y a veces un poco tontos. Sólo un pedante puede preferir la árida colección que ofrece la psicología acerca de la vida mental del individuo, a los gloriosos e inolvidables retratos de los novelistas, dramaturgos y biógrafos talentosos. El artista de las letras crea sus relatos; el psicólogo no hace más que recopilar los de él. En un caso emerge una unidad, consecuente consigo misma a pesar de sus sutiles variaciones. En el otro caso se va acumulando un pesado conjunto de datos deshilvanados”.

“Un crítico hizo una observación áspera. Cuando la psicología habla de personalidad humana, expresó, no dice más de lo que siempre dijo la literatura, sólo que lo hace con menos arte”. “Los métodos de la literatura son los del arte; los métodos de la psicología son los de la ciencia” (De “¿Qué es la personalidad?”-Siglo Veinte-Buenos Aires 1981).

Ante la necesidad de volcar al papel gran parte de sus emociones, el escritor puede incurrir en fallas de estilo. Manuel Gálvez escribe al respecto: “Rodeado por los seres de su invención y urgido por la comezón de crear y trabajar, no se detiene a escribir en prosa perfecta, ni a fraguar bellas frases, salvo en momentos oportunos. Las bellas frases le nacen espontáneamente, y por eso Flaubert se asombraba de que los grandes novelistas no supieran escribir. La labor de mandarín de las letras no puede realizarla quien va creando una humanidad o evocando y construyendo ambientes, cuando no épocas”.

“Ninguno de los grandes de la novela –Stedhal, Balzac, Dickens, Dostoievski, Galdós, Zola, Castello Branco, Romain Rolland- fue artífice de la prosa. Los seres que el gran novelista está engendrando quieren nacer pronto; y como lo humano es lo esencial, el autor tiene que expresarse sin oropeles. «Balzac no escribe mal», dice Brunetière, «sino cuando se aplica a escribir bien». Ciertos autores de prosa artística –Barrès, D'Annuncio, Gabriel Miró- no son grandes novelistas, aunque sean escritores de alta jerarquía. Pirandello ha escrito: «La preocupación de la forma…Los antiguos no la tenían y erraban menos. Nosotros tenemos la continua preocupación del error ¡y adiós espontaneidad, adiós viveza!»”.

En cuanto a si el novelista nace o se hace, como en todas las actividades humanas, sólo puede saberse luego de que una persona intentó y alcanzó el éxito o logró el fracaso, por lo que no saber de antemano si se tiene un don, o no se lo tiene, abre las puertas a todos para que intenten realizar sus anhelos y proyectos. Gálvez escribió: “Se nace con el don de hacer novelas. Con talento, y sin ese don, se puede, a fuerza de paciencia, escribir una novela estimable en algún aspecto, pero que no será novela porque carecerá de vida. Es el caso de Ferrero y de Santayana. Al auténtico novelista no le demanda esfuerzo la composición. Suele, antes de empezar, ver su novela íntegramente, con todos sus capítulos, o casi todos, con los momentos esenciales en su sitio y hasta con el número de páginas que tendrá impresa. Crease o no, a mí me ha sucedido eso muchas veces. Más aún; cierta novela que mucho estimo fue comenzada sin idea de lo que ocurriría y teniendo imaginado sólo el protagonista masculino; el femenino, del que nada había pensado, se me impuso luego, surgido, con extraña espontaneidad, de mi subconsciente. Algo análogo le sucedió a Huxley. Hablando de «Contrapunto», dijo: «Al principio, jamás tuve idea clara»”.

“Son múltiples los dones del novelista: la capacidad para desdoblarse y para imaginar sentimientos y pensamientos de otros seres; el sentido de la continuidad, que no es necesario al poeta; una gran memoria, que le permita recordar, aun después de largos años, formas, colores, sensaciones, frases oídas y hasta conversaciones más o menos enteras; una intuición extraordinaria –que es en lo que reside la genialidad, el don creador- mediante la cual adivina, poco menos que instantáneamente, el alma de un ser humano o el espíritu de una época o relaciones ocultas entre los seres o entre los seres y las cosas; y una visión de totalidad que le permite abarcar vastos panoramas humanos y aun el pasado y el porvenir”.

jueves, 18 de mayo de 2017

Opositores, revolucionarios y disidentes

La búsqueda del poder político y de la alternancia en el gobierno hace que en los sistemas democráticos surjan los opositores, quienes también participan del gobierno a través de sus diputados y senadores. También surgen los revolucionarios, que pretenden destruir el sistema democrático para instaurar el totalitarismo, y que muchas veces se presentan disfrazados de adherentes a la democracia. En caso de que accedan al poder e instauren alguna variante de socialismo, promoverán el surgimiento de los disidentes, quienes pretenderán restaurar la democracia perdida.

El revolucionario, con mucha habilidad para embaucar a los desprevenidos, promueve la instauración de un sistema carcelario en donde la libertad queda limitada a quienes ejercerán el gobierno, siendo sus aparentes intenciones “liberar” al pueblo de los enemigos, reales o imaginarios. Entre los disfraces y roles políticos más frecuentes del revolucionario aparecen el del liberador carismático, el del liberador nihilista, del marxista-leninista, del economista y del intelectual. Todas estas variantes han sido descriptas por Víctor Massuh y se mencionan a continuación:

a) “El liberador carismático: Es aquel que arraiga en el magma emocional de grandes multitudes. Esta es su fuerza: entenderse con la versión muchedumbrizada del pueblo más que con el pueblo mismo. No es un hombre del común sino el habilidoso manipulador de grandes masas. Ellas creen en sus virtudes milagrosas, en que él conoce un atajo que permite eludir el camino lento del esfuerzo organizado que recorrieron otros pueblos. Más que un dirigente, es un ser semidivino, un gobernante providencial, un mago. La adhesión política que suscita confunde fervores de calidades diversas, tanto nobles como bastardos: los que despiertan un símbolo religioso, un pugilista de éxito, un héroe musical o deportivo, una madre buena y santa, un macho enérgico y perdonavidas que, aunque no muy letrado, tiene una picardía que lo sabe todo”.
“El liberador carismático es un autócrata que puede resultar electo por abrumadora mayoría de votos. Con todo, su fe no es democrática porque no convierte a sus seguidores en ciudadanos sino en rebaño. No alcanza a formar una clase dirigente porque su personalismo asume los roles principales. Su partido es un conglomerado apenas unificado por la obsecuencia y la emoción de una mística ordinaria. Es un pésimo educador: no forma hombres libres sino esclavos, seguidores apasionados y ciegos. Su doctrina es un confuso populismo voluntarista que se expresa en pensamientos ocasionales y una ingeniosa versatilidad pragmática. La pobreza de sus contenidos doctrinarios resulta agobiante a través del recitado de sus seguidores, discípulos y legatarios, tanto leales como infieles, ortodoxos como heterodoxos”.

b) “El liberador nihilista: Hace de la negación enconada la fuente de su poder. Liberar es golpear en todas las formas posibles contra el orden establecido: se lo cambia mediante un rechazo global y no por correcciones parciales. Cree en la virtud transfiguradora de la sangre y el fuego, piensa que las hogueras de la Revolución tienen un poder purificador y genesiaco; barriendo con la burguesía y el imperialismo, engendrarán «un nuevo cielo y una nueva Tierra». El liberador nihilista está imbuido de una ideología apocalíptica. Cree en la violencia como única «partera de la historia» y por ello hace del manejo de las armas su prédica cotidiana”.
“No conoce otra política que la militancia bélica de la guerrilla o el atentado terrorista. Sabe solamente golpear, atacar, estar contra algo, con furia heroica o suicida. Es un asceta de la destrucción y se maneja lúcidamente en la noche de la clandestinidad, del escondite a la luz del día. No sabe qué hacer con la luz del día, ni con la persuasión de los otros. Se mueve en los intersticios de una sociedad pecaminosa a la que odia y niega, pero de cuyos jugos se alimenta y a la que desprecia totalmente. No sabe dar vida, ni qué hacer con la vida. Poseído por un impulso fanático, sabe que la muerte es una deidad poderosa en un mundo enfermo, y él ha decidido asumirla con el entusiasmo de un ángel exterminador”.

c) “El liberador marxista-leninista: Ha tomado el poder envilecido por un tiranuelo y lo acompañó la simpatía de toda América. Su triunfo fue una saludable algarabía juvenil que presagiaba el reino del pluralismo y la libertad. Pero el liberador tenía otros planes: adopta el marxismo-leninismo como doctrina del Estado, instaura el partido único, la prensa uniforme y el gobierno unipersonal. Estatiza la economía; transita los caminos del socialismo pero sólo alcanza a socializar el hambre, la privación y la pérdida de la libertad. En nombre de la paz levanta un ejército poderoso y desproporcionado con las medidas de su pequeño país. La tierra alegre y musical se convierte en una cárcel. La algarabía revolucionaria concluye en la instauración del régimen militar más estable y prolongado de América Latina”.
“Al pueblo le faltará alimentos y viviendas, pero no discursos que el liberador castrense pronunciará por largas horas ante una plaza colmada de estribillos. Pero hay algo que lo singulariza sobre todas las cosas; su generosa preocupación por liberar otros países. Esta es su obsesión, su misión sagrada, su única coherencia: la casa ajena. Aconseja copiosamente a los mandatarios extranjeros sobre lo que deben hacer en sus propias tierras; mejor aún si completa estos consejos con el envío de expedicionarios. Su ideal es contar con un ejército interminable disperso por el mundo, liberando incansablemente. Se diría que esta vocación por lo ajeno acaso enmascare una verdadera desaprensión por la propia casa sumida en el atraso y la pobreza. Tan hábil para entrar de modo subrepticio en países distantes y pontificar sobre lo que les conviene, por las buenas o por las malas, pero tan inhábil en el propio país: no sabe qué hacer con una economía que al cabo de dos décadas sigue a los tumbos y se obstina en no adecuarse a sus recetas razonables”.

d) “El economista liberador: Actúa en el seno de las más variadas estructuras políticas, pero es fiel a su credo: el Estado no sólo debe regular las actividades económicas sino convertirse en productor de bienes y servicios públicos. Es el cruzado del Estado-empresario. Liberar, para él, es estatizar, nacionalizar, poner funcionarios públicos al frente de empresas que en número creciente pasarán a depender del poder político. Lo que cuenta es que ellas pertenezcan a la Nación, controladas por una elite de funcionarios animados de una pasión vernácula. Este solo hecho lo llena de orgullo y de autoafirmación nacional. Que las empresas resulten deficitarias y presten un pésimo servicio, que la elite no resulte movida por la pasión esperada es un detalle menor que no atempera su entusiasmo. Si las cosas andan mal es porque no se ha ido más lejos aun, porque no se ha «profundizado» más la liberación”.
“Dilapida el poco dinero de que dispone para nacionalizar empresas extranjeras que brindan algún servicio, en lugar de emplearlo para crear otras nuevas y necesarias. Se enciende de santa ira ante las empresas multinacionales que limitan el poder de decisión nacional. Está hipersensibilizado ante el imperialismo y quiere vigilar cada movimiento de sus posesiones en el propio suelo. Elabora alambicadas reglamentaciones para controlar inversiones foráneas que no se producen justamente en razón de su excesivo celo vernáculo. La escasez, el desabastecimiento y el atraso tecnológico que este celo provoca serán empleados para acusar a esas compañías multinacionales que no vienen porque prefieren dirigir su voracidad hacia otros mercados. En fin, venga o no venga a nuestras tierras, el culpable será siempre el imperialismo. Más que obedecer a la pragmática de las cosas necesarias, el economista liberador es leal a un principio. Es un principista consecuente que no cede hasta que no esté paralizado todo el aparato productivo del país”.

e) “El liberador intelectual: Si es filósofo piensa más en la liberación que en la filosofía, y a esta última la concibe más como una praxis que como una teoría. Se empeña más en la propuesta de una cultura americana que en la cultura misma. En el trabajo de la inteligencia le interesan más los aspectos adjetivos que sustantivos. Por lo general está imbuido en un sentimiento antieuropeo, aun cuando se haya formado a través de una prolongada estadía en ese continente. La conceptuación que emplea para enunciar una cultura autóctona es de factura francesa, inglesa o germánica. Practica un antinorteamericanismo desdeñoso pero pasa largos periodos enseñando en universidades de ese país”.
“Si propone una literatura, un pensamiento o un arte genuinamente americanos, su propuesta confunde el destino de América con el destino personal: por lo general esa cultura liberada comienza con la propia obra. Más que entroncada en una tradición, ella sería una creación «ex nihilo». Cuando por desgracia todo el pasado cultural es de dependencia, la liberación comienza con mi época, con mi generación, conmigo. El trabajo de las generaciones pasadas, pese a su buena voluntad, está signada por la dominación: trabajaron bobamente para un amo secreto cuyo rostro él sí conoce. El intelectual liberador es el eje de un turno histórico auroral y único; no compartirlo es perder el tren de la historia, enfrentar su sentido y comprometerse con un proyecto cultural en declinación y retirada” (De “Ideología de la Liberación” en Escritos de Filosofía-Academia Nacional de Ciencias-Buenos Aires-Julio-Diciembre 1978).

Una vez que los “liberadores” llegan al poder, instalando sus sistemas totalitarios, surgen los disidentes, que son representativos de un pueblo al que todavía no le llegan los beneficios de la “liberación”. Por lo general, la palabra disidente se asocia a Alexander Solyenitsin y a Andrei Sajarov, y a otros científicos e intelectuales soviéticos que se atrevieron a enfrentar al Estado todopoderoso instalado en la ex URSS. Son personajes admirados por su valentía y patriotismo por cuanto arriesgaron sus vidas en la lucha que emprendieron a favor de la verdad y la libertad. Se única protección fue el reconocimiento público tanto en su país como en el exterior, por lo cual las autoridades totalitarias se cuidaban de no atentar contra sus vidas por cuanto en tal caso el régimen sufriría un enorme desprestigio que seria un obstáculo para continuar con la propaganda orientada por sus ambiciones expansionistas.

Otros disidentes menos conocidos terminaron sus vidas en un campo de trabajos forzados o en un hospital psiquiátrico ya que las autoridades aducían alguna perturbación mental no poseída. Mario Ferzetti escribió: “Una penalidad peculiar consiste en declarar al disidente «insano». Ello permite que el régimen disponga de un opositor sin proceso por un periodo indefinido. La persona declarada «insana» a menudo es encarcelada en la misma celda junto con criminales realmente peligrosos e insanos; de ser recalcitrante, será tratado con drogas deprimentes o con otra «terapia» punitiva” (De “La voz de los valientes”-Editorial Intercontinental-Buenos Aires 1971).

En la Venezuela actual, el “liberador” Nicolás Maduro vuelca todo su odio en los “disidentes” que luchan por alimentos y por sus necesidades básicas no satisfechas, mientras se los acusa de colaboracionistas del imperialismo yanqui. Lo grave del caso es el apoyo explícito y tácito que tal personaje nefasto recibe de la mayor parte de la izquierda política.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Iglesia vs. Capitalismo

En todo ámbito social encontramos adeptos tanto al socialismo como al capitalismo, por lo que no resulta extraño que en la propia Iglesia haya habido Papas que aceptaban el capitalismo y rechazaban el socialismo, como también a la inversa. En la época actual predomina en la jerarquía eclesiástica la postura socialista ya que, para quienes poco conocen la realidad, lo que ha fracasado en el mundo no es el socialismo, sino el capitalismo (a pesar de que la gran mayoría de los países ha optado por este último).

El atractivo del socialismo se debe a la semejanza existente entre una sociedad colectivista y un convento, ya que en ambos casos no existe la propiedad privada, o individual, empleándose los bienes materiales como un vínculo entre los seres humanos, que habría de agregarse al vínculo afectivo entre los mismos. Mientras que ambas sociedades son voluntarias, no surgen inconvenientes. Sin embargo, los serios conflictos comienzan cuando a todo ciudadano se le obliga a hacer una vida monástica y a ceder sus pertenencias para establecerla.

En realidad, los vínculos materiales no unen a las personas, sino que las atan. Bajo un sistema socialista, todo individuo forma parte de su establecimiento de trabajo y el futuro de su vida depende totalmente de las decisiones de los jerarcas que lo dirigen. La libertad social se logra cuando en una sociedad hay “muchos dueños”, mientras que en el socialismo existe “un solo dueño”: el Estado. Sin embargo, desde el sector socialista se dice que el Estado es de todos, aunque sus “dueños” no puedan decidir qué hacer con su “propiedad fraccional”, por lo cual resulta que, en realidad, nadie es dueño de nada.

La mentalidad anticapitalista de algunos sectores de la Iglesia se debe esencialmente a algunas prohibiciones morales enunciadas en la Edad Media y a la imperdonable acción de los mercaderes que favorecieron el fin de la sociedad medieval y del poder absoluto de la Iglesia. Como uno de los fundamentos del capitalismo es el ahorro, ya que implica la formación de capital, se lo asoció a uno de los siete pecados capitales propuestos por la Iglesia (el segundo en importancia): la avaricia. El capitalismo fue considerado como un sistema pecaminoso. Raymond Mortimer escribió: “La soberbia, la avaricia, la gula, la lujuria, la pereza, la envidia, la ira: he aquí los pecados considerados mortales por Santo Tomás de Aquino y, desde él en adelante, por todos los eclesiásticos occidentales”. “Mucho hemos andado desde el siglo XIII, cuando Santo Tomás se explayaba sobre el horrible poder de los Siete Pecados Capitales, e incluso desde el XIX, en que se infundía en los niños el horror al pecado apenas éstos sabían andar” (De “Los siete pecados capitales”-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1964).

La actitud de la Iglesia medieval se identifica con el pensamiento marxista, ya que, para ambos, es “pecado” comprar y vender, buscar ganancias, prestar dinero y acumular capital monetario. Incluso al mercader se lo consideraba miembro de una clase social inferior, es decir, de la misma forma en que el marxista considera al burgués, que es esencialmente el comerciante. Jacques Le Goff escribió: “Con frecuencia se ha pretendido que la actitud de la Iglesia respecto del mercader medieval lo obstaculizó en su actividad profesional y lo rebajó en el medio social. Condenado por ella en el ejercicio mismo de su oficio, habría sido una especie de paria de la sociedad medieval, dominada por la influencia cristiana”.

“De hecho, algunos textos célebres parecen poner en el índice al mercader. Una frase famosa extraída de una adición al decreto de Graciano, monumento del derecho canónico del siglo XII, lo resume: «Homo mercator nunquam aut vix potest Deo placere» (El mercader no puede complacer a Dios…o muy difícilmente). Los documentos eclesiásticos –manuales de confesión, estatutos sinodales, repertorios de casos de conciencia- que dan listas de profesiones prohibidas; «illicita negocia», o de oficios deshonrosos; «inhonesta mercimonia», casi siempre incluyen al comercio. Reproducen una frase de una decretal del papa San León el Grande –a veces atribuida a Gregorio el Grande- según la cual «es difícil no pecar cuando se hace profesión de comprar y vender». Santo Tomás de Aquino subrayará que «el comercio, considerado en sí mismo tiene cierto carácter vergonzoso»”.

“¿Cuáles son los motivos de esta condenación? En primer lugar, la misma finalidad del comercio: el deseo de ganancias, la sed de dinero, el «lucrum». Santo Tomás declara que el comercio «es censurado en justa ley porque en sí mismo satisface la apetencia de lucro que, lejos de conocer límite, se extiende hasta el infinito»” (De “Mercaderes y banqueros en la Edad Media”-EUDEBA-Buenos Aires 1975).

También se consideraba pecado prestar dinero para cobrar un interés; recordemos que bajo el socialismo no existe el comercio, el mercado y mucho menos los bancos, ya que la visión era esencialmente coincidente con la de la Iglesia medieval. Le Goff agrega: “Precisando más: el mercader y el banquero se ven arrastrados por su oficio a realizar acciones condenadas por la Iglesia, operaciones ilícitas, la mayoría de las cuales entran en la denominación de usura”. “En efecto, la Iglesia entiende por usura todo trato que comporte el pago de un interés. De ahí que se halle prohibido el crédito, base del gran comercio y de la banca. En virtud de esta definición, prácticamente todo mercader-banquero es un usurero”.

Mientras que el marxista considera al trabajo como único factor creador de riqueza, la Iglesia medieval condena a los préstamos con interés por no ser considerados un trabajo. “Los autores eclesiásticos alegan también cierta cantidad de motivos basados en la moral natural. Dos son particularmente interesantes. En primer lugar, el que presta no realiza un verdadero trabajo, no crea ni transforma una materia, un objeto; explota el trabajo de otros, el trabajo del deudor. Ahora bien, la Iglesia, cuya doctrina se ha formado en el medio rural y artesanal judío, sólo reconoce a ese trabajo creador como fuente legítima de ganancia y de riqueza. Tanto más cuanto la ascensión en Occidente de las clases urbanas entre los siglos X y XIII vuelve a poner en el primer plano social a trabajadores en este sentido tradicional, comprendiendo entre ellos a los primeros mercaderes cristianos errantes”.

Mientras que el hábito del ahorro es considerado actualmente como una virtud, por cuanto permite la formación de capital productivo, siendo el dinero el medio que favorece tal acumulación, los socialistas consideran dicho hábito como una acción egoísta por cuanto sólo ven como lícita la formación de capital por parte del Estado, y no esa forma individual.

Incluso hay quienes afirman que el dinero es algo diabólico y que por ello debería suprimirse. Esta actitud promueve simultáneamente la destrucción del capitalismo y la consolidación del socialismo por cuanto, sin dinero, volveríamos a las épocas del trueque, imposibilitándose gran parte de los intercambios comerciales. Además, impediría la acumulación de ahorros y la formación de capital productivo a nivel individual. Luego, como los sistemas socialistas no necesitan del dinero por cuanto la distribución de mercaderías se realiza mediante el uso de tarjetas de racionamiento (al igual que en los conventos, en los regimientos y en las cárceles) prescindiendo del dinero, suponen que tal supresión es una forma de orientarnos hacia el socialismo. Todo indica que la Iglesia actual propone remedios económicos ineficaces para los problemas morales, olvidando que la religión debe ofrecer otro tipo de soluciones distinto al ofrecido por los economistas.

La Iglesia medieval, sin embargo, advirtió que los resultados prácticos del comercio eran beneficiosos para la sociedad, por lo cual tiende a revertir sus opiniones al respecto. Ya en la Edad media había gente razonable que revertía sus creencias si no eran compatibles con la realidad; algo bastante difícil de observar en la actualidad en el sector de la izquierda política que no se atreve a poner en duda la validez de los postulados de Marx. Le Goff escribe al respecto: “Impotente en la práctica, la Iglesia se avino a una teoría muy tolerante, admitió poco a poco derogaciones y justificó excepciones cada vez más numerosas e importantes. El estudio de las razones de esas dispensas, obra de la elaboración jurídica de canonistas y teólogos del siglo XIII, resulta particularmente interesante porque demuestra como la Iglesia hizo aceptar ideológicamente la posición conquistada por el mercader en la sociedad medieval en el plano económico y político”.

“En efecto, la noción de que los mercaderes eran útiles y necesarios fue lo que coronó la evolución de la doctrina de la Iglesia y les valió a ellos el derecho de ciudadanía definitivo en la sociedad cristiana medieval. Desde muy pronto se puso en evidencia la utilidad de los mercaderes que, al ir a buscar a países lejanos mercancías necesarias o agradables, géneros y objetos que no se hallaban en Occidente, y venderlas en las ferias, suministraban a las diversas clases de la sociedad lo que éstas necesitaban”.

Incluso Santo Tomás de Aquino acepta finalmente la legitimidad del lucro escribiendo: “Si el comercio se ejerce en vista de la utilidad pública, si la finalidad es que no falten en el país las cosas necesarias a la existencia, el lucro, en lugar de ser considerado como finalidad, es solo exigido como remuneración del trabajo”.

Resulta muy difícil distinguir entre “remuneración del trabajo” o “finalidad”, siendo lo más importante los efectos sociales que produce la búsqueda del lucro, ya que son indistinguibles las acciones de quien sólo busca una justa remuneración de aquellas de quien busca sólo sus ganancias, por lo que el sistema capitalista se adapta no sólo a las personas de elevada moral sino también al individuo normal con bastante dosis de egoísmo. De ahí que es muy distinto decir que el capitalismo requiere, para ser efectivo, del egoísmo de los individuos a decir que puede funcionar aceptablemente a pesar del egoísmo de las personas.

Los sectores de la Iglesia que denigran al capitalismo y promueven el socialismo, deberían al menos leer algo sobre los resultados concretos que se logró con la aplicación de ambos sistemas. Jacques Paternot y Gabriel Veraldi escribieron: “No obstante, nuestro Señor, tan perfectamente inmerso en la realidad, previno: «Al árbol se lo juzga por sus frutos». ¿Sería demasiado pedir a nuestros sacerdotes que sigan dicho precepto evangélico? Cuando en los países subdesarrollados se reemplaza a Somoza por Ortega, al emperador por el líder revolucionario, los latifundios por los koljoses, la venalidad por la corrupción, la oligarquía por la Nomenklatura, la explotación por la expoliación, lo ineficaz por lo inoperante, la producción de pan no aumenta, al contrario. ¿Es pedir demasiado que el socialismo sea juzgado por sus frutos tangibles?” (De “¿Está Dios contra la economía?”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1991).

Es oportuno señalar que la ciencia experimental ha logrado exitosos resultados precisamente por tener presentes los “frutos” de toda elaboración teórica, y no solamente la estructura lógica de una descripción, mientras que el pensamiento basado tanto en la fe ciega como en el razonamiento no vinculado a la experiencia, sólo puede conducirnos hacia una profundización de los males que aquejan a la sociedad.

martes, 16 de mayo de 2017

Breve historia del liberalismo en la Argentina

A pesar de que las mejores épocas de la Argentina estuvieron asociadas a gobiernos de orientación liberal, y que las peores estuvieron asociadas al totalitarismo y al populismo, no existe, a nivel nacional, un partido político de tendencia liberal. Si alguien tuviese la intención de formar nuevamente un partido con esa orientación, sería conveniente que lo considerara como una prolongación de otros existentes en el pasado, adoptando algunas de sus ideas y aprovechando las experiencias previas.
Se menciona a continuación, parcialmente, un artículo publicado en la Revista “Todo es Historia” Nº 192-Buenos Aires-Mayo de 1983.

EL NEOLIBERALISMO

Por Jorge Luis Ossona

Síntesis histórica de las fuerzas liberales en la Argentina

En 1850, después de más de treinta años de guerras civiles, la Argentina pudo organizarse de acuerdo a una Constitución cuyo principal ideólogo, Juan Bautista Alberdi, le dio una inspiración netamente liberal, basada en el modelo norteamericano. Organizado el país, se estableció un proyecto cuyo primer postulado era la transformación de la Argentina en un Estado Moderno. En unos pocos años, nuestro país venció al desierto y se convirtió en una nación pujante. La clase dirigente que ejecutó esta realización era conservadora y oligárquica en lo político, pero decididamente liberal en lo económico.

El radicalismo, que gobernó al país entre 1916 y 1930, si bien significó la incorporación de los nuevos sectores sociales a la vida política nacional, no modificó la política económica liberal del régimen conservador. Pero los grandes cambios vividos por el mundo tras la crisis de 1930, habrían de trastocar este sistema que había funcionado exitosamente desde Caseros. La restauración conservadora, ocurrida tras la revolución de 1930, introdujo un dirigismo orientado a rehabilitar la economía agro-exportadora, cuya consecuencia indirecta fue la aparición de una industria estimulada por la limitación de las importaciones. Ni el radicalismo, ni el conservadorismo dejaron de ser liberales en economía, pero su liberalismo se aparecía ahora condicionado por las circunstancias internacionales.

El peronismo surgido tras la revolución de 1943, que gobernará al país hasta 1955, fue un movimiento decididamente antiliberal, intervencionista y estatizante. El radicalismo, por su parte, pese a su oposición al justicialismo gobernante, adoptó muchos de sus postulados dirigistas a partir del llamado “Programa de Avellaneda”.

Mientras tanto, después de la Segunda Guerra Mundial, apareció en Europa un neoliberalismo, cuya exitosa aplicación permitió la reconstrucción de países desvastados por el conflicto bélico. Esta corriente estuvo representada por un grupo de pensadores reunidos en la Sociedad Mont Pelerin y en el Instituto de la Economía Social de Mercado, entre los que se destacaban Ludwig von Mises, Ludwig Ehrard, von Hayek y Jacques Rueff, entre otros. En la Argentina, estas teorías no tuvieron resonancia hasta después de la caída del régimen peronista. Precisamente entonces, en el gobierno del general Aramburu surgieron dos tendencias: una encabezada por los ministros Elizón García y Álvaro Alsogaray, y la otra por el doctor Raúl Prebisch. La primera era de corte neoliberal, la segunda otorgaba al Estado un papel de manifiesta intervención en la economía. La preponderancia de esta última en el gabinete Nacional, motivó el alejamiento del ingeniero Alsogaray como ministro de Industria.

Este capitán-ingeniero retirado de la Aviación Militar, se convertiría a partir de entonces, en el adalid del neoliberalismo argentino. Ni bien renunció a su cargo, fundó en 1956 el Movimiento Cívico Independiente, junto con otros dirigentes de diversa extracción. Esta agrupación no fue concebida como un partido político hasta 1957, en ocasión de los comicios para elegir convencionales constituyentes, transformándose así, en Partido Cívico Independiente.

El Partido Demócrata, la fuerza conservadora liberal, ya debilitada desde los años 40, se disolvió precisamente por aquella época, volviendo a dispersarse en grupos provinciales sin consistencia en el orden nacional. Marginado el conservadorismo, el nuevo partido pretendió cumplir el papel de representante de la tendencia política y económica neoliberal que había quedado vacante. En las elecciones nacionales de 1958, proclamó la fórmula Juan Bautista Peña-Ana Zaeferer de Goyeneche. Alsogaray no fue candidato, en virtud de un compromiso de honor según el cual todos aquellos que habían pertenecido al gobierno de la Revolución Libertadora, no iban a presentar candidaturas. En aquella oportunidad triunfó el candidato de la UCRI, doctor Arturo Frondizi. El Partido Cívico Independiente (PCI) obtuvo sólo 39.157 votos.

A poco de instalarse en el gobierno, el Presidente Frondizi debió afrontar frecuentes planteos militares. Un año más tarde, tuvo que cambiar su política económica desarrollista por una liberal, nombrando como ministro de Hacienda al ingeniero Alsogaray. Respecto de ello, existen dos interpretaciones: los liberales entienden que el desarrollismo había arrojado resultados tan deplorables que Frondizi debió recurrir a ellos; los desarrollistas, por el contrario, entienden que el gran prestigio de Alsogaray en vastos sectores militares condujo al presidente a nombrarlo como ministro, de manera de evitar un inminente golpe de Estado.

El PCI, si bien no se disolvió, cambió de denominación llamándose desde 1959, Partido de la Reconstrucción Nacional. En los comicios de 1963 no presentó candidaturas presidenciales; sin embargo, Alsogaray fue candidato a diputado nacional, tras haberse desempeñado nuevamente como ministro de Economía del Presidente José María Guido.

Cuando el gobierno radical de Arturo Illia fue derrocado en 1966, el ingeniero Alsogaray prestó su apoyo inmediato al régimen militar, aunque no había propiciado el golpe de Estado. El gobierno de Onganía lo nombró embajador en los EEUU, pero sus discrepancias cada vez mayores en materia económica con el ministro Adalbert Krieger Vasena, lo llevaron a renunciar en 1969.

En 1970, Alsogaray volvió a recrear su partido, aunque ahora bajo el nombre de Partido Nacionalista Liberal. Procuró atraer a varios grupúsculos emparentados con estas ideas liberales, que habían surgido en aquellos años. Poco después, todos ellos convergieron en una alianza que adoptó el nombre de Nueva Fuerza. Esta agrupación emprendió una vasta campaña publicitaria, aun antes de que el gobierno de Lanusse fijara el calendario electoral. Poco después manifestó propósitos más ambiciosos en el campo político. Hacia 1972, las fuerzas conservadoras habían fracasado en reconstituir la Federación Nacional de Partidos de Centro; Nueva Fuerza podía llegar entonces a convertirse en el polo capaz de aglutinar a todos esos nucleamientos dispersos en todo el país…Sin embargo, las alianzas organizadas en torno a Francisco Manrique y el brigadier Ezequiel Martínez, compitieron con Nueva Fuerza (NF) en ese sentido, logrando mayores adhesiones.

En los comicios de marzo de 1973, la fórmula presidencial de Nueva Fuerza, Julio Chamizo-Raúl Ondarts, sólo logró 234.188 votos, es decir, el 1,97% del electorado. Luego, NF no pudo prolongar su existencia. Es que este tipo de partido tiene un problema fundamental; giran en torno a la figura de un dirigente notable, y terminan convirtiéndose en personalistas. En razón de esto, se produjo inmediatamente después una crisis que significó el golpe de gracia de la agrupación. Sus dos concejales electos por la Capital Federal, Carlos Ure y Marcelo Gey, cuando fueron a tomar posesión de sus respectivas bancas, declararon que a partir de ese momento representaban al Partido Demócrata, con lo cual NF, ya debilitada por numerosas divisiones, se dispersó totalmente. Alsogaray volvió entonces a liderar solamente su reducido Partido Nacionalista Liberal. Su figura recobró relieve es las postrimerías del gobierno de Isabel Perón, debido al cumplimiento de sus predicciones y a la claridad y coherencia de sus planteos.

Cuando el actual régimen militar [1983] aún no había iniciado la apertura electoral, un grupo de intelectuales encabezados por el doctor Alberto Benegas Lynch y el ingeniero Alsogaray fundaron el Encuentro Nacional Republicano (ENR). Esta agrupación no fue concebida como un partido político sino más bien como un foro de difusión de las ideas liberales y republicanas. Básicamente, sostienen el principio de que la Constitución de 1853 no sólo hay que cumplirla en su forma, sino también en su fondo y este fondo es liberal. Cuestionan así temas como la jurisprudencia de la Corte Suprema que, según ellos, distorsiona aspectos de la Constitución, hasta el crecimiento excesivo del Estado que, según esta perspectiva, es inconstitucional. Sostienen que la Constitución no sólo marca la organización del Estado sino también una concepción de cómo actuar en otros aspectos que, en el plano de la economía, no es otra cosa que una política económica liberal. A partir de esta interpretación han pretendido difundir la idea de que se debe nuclear –y ellos desde afuera promoviendo ese nucleamiento- una fuerza liberal, ausente desde 1916, que tome esta interpretación de la Constitución y la lleve adelante.

A partir del levantamiento de la veda política y sancionada la Ley Orgánica de los Partidos Políticos, adoptaron la siguiente estrategia: no formar un partido sino más bien un “polo de atracción” que reuniera a todo el espectro de centro-derecha, para formar un único partido que tenga esas ideas, y que aglutine a conservadores, liberales, independientes, etc. Alsogaray no estuvo de acuerdo con esta metodología. El sostenía que había que constituir inmediatamente un partido político con esas vertientes. Como el ENR no le aceptó el esquema, sin dejar de formar parte de sus filas –desde el momento que no era un partido- fundó la Unión Republicana que, como Nueva Fuerza, en sus comienzos, fue el resultado de la fusión de varias fuerzas menores…No obstante, meses más tarde, un partido cordobés de extracción nacionalista poco conocido reclamó ante la Justicia Electoral ese nombre, atribuyéndose su autoría. La Unión Republicana cambió entonces su denominación por la de “Unión del Centro Democrático”, que conserva hasta el día de hoy.

Bases programáticas de la Unión del Centro Democrático

El 10 de Agosto de 1982, este partido emitió un documento denominado “Bases Doctrinarias y Principios Rectores” sobre los cuales se funda la Unión Republicana, que define su ideología en los siguientes puntos:

1- El Estado actual del país es consecuencia del predominio, durante un largo periodo de más de treinta años, de las tendencias anti-liberales y antirrepublicanas que forjaron el sistema estatista, dirigista e inflacionario que, con ligeras variantes, rigió desde 1943-1945 hasta la fecha. Este sistema es contrario a la Constitución Nacional; hizo retrogadar al país del séptimo u octavo lugar que ocupaba en el mundo en 1945, al cuadragésimo o quincuagésimo que ocupa ahora; desató una inmensa corrupción en todos los órdenes, provocó la destrucción de grandes valores espirituales y materiales que constituían el acervo de la Nación y, finalmente, condujo a la crisis presente que es, sin duda, la mayor de este siglo en la Argentina.

2- Se funda para luchar contra ese sistema y restaurar los principios republicanos y liberales establecidos principalmente en la primera parte de la Constitución Nacional.

3- En diametral oposición a la filosofía colectivista, que antepone el Estado al individuo, sostiene la dignidad de la persona humana como esencial y fundamental, y considera como derechos naturales del hombre la libertad y la propiedad…

4- Reducir a su mínima expresión y, en la medida de lo posible, abolir totalmente el “Estado comerciante”, el “Estado industrial”, o el “Estado empresario”. Esas funciones no son propias del Estado que concibe la Constitución, sino que incumben a los particulares. Para ello es necesario:
. Transferir a la actividad privada…los organismos estatales que cumplen esas funciones.
. Cuando esa transferencia no sea posible por tratarse de empresas antieconómicas, liquidarlas sin más trámite…
. Estas transferencias no significarán desocupación, ni “costo social” alguno. Por el contrario, al pasar las empresas a manos de particulares que saben administrarlas y que pueden aportar capitales, se desarrollarán en mucho mayor escala, creando nuevas y mejor remuneradas fuentes de trabajo.
. Eliminar las innumerables regulaciones, reglamentaciones y prohibiciones burocráticas que hoy traban, perturban y hasta paralizan la libre manifestación de la iniciativa y energías individuales. Para ello se requiere:
. Terminar con los monopolios estatales y paraestatales (también con los privados, según se señala más adelante).
. Abrir a los argentinos y también a los extranjeros que quieran venir a trabajar en el país en las condiciones que la Constitución establece, el campo de las grandes actividades que hoy les está vedado (petróleo, gas, energía eléctrica, energía atómica, explotación del carbón, teléfonos y otros medios de comunicación, ferrocarriles, transporte aéreo y muchos otros)…
. Especialmente y específicamente terminar con las manipulaciones administrativo-tecnocráticas de la moneda y de los mercados cambiario y financiero, que conducen siempre a la inflación y al envilecimiento del signo monetario. Para ello, es indispensable una reforma profunda de las leyes, reglas y normas que rigen el funcionamiento y facultades del Banco Central.

5- Suprimir los déficits estatales que, en última instancia, se financian emitiendo moneda espúrea, lo cual es incompatible con un sistema republicano, liberal y democrático…
Pero no basta con suprimir los déficits; es indispensable reducir, como se ha dicho, el tamaño del Estado y su “peso” sobre la economía. Un Estado desproporcionadamente grande, aun cuando no tenga déficit, es sofocante y paralizante, y atenta contra la salud económica del país que lo soporta y contra las libertades.
Dotar al país de una verdadera moneda, fuerte y estable, que conserve su poder adquisitivo y sirva como reserva de valor. La estabilidad monetaria debe ser considerada como uno de los derechos inalienables de los ciudadanos. Sólo ella permite ahorrar y hace posible elevar los salarios reales y mejorar la situación de los trabajadores. La inflación es el peor de los males. Una acción decidida y firme en el sentido señalado en los puntos anteriores, permitirá desmantelar el sistema estatista, dirigista e inflacionario vigente y reemplazarlo por un verdadero sistema donde impere la libertad en todos los órdenes, incluso en el económico.
Cabe aquí una aclaración fundamental. La economía de mercado moderna, a diferencia de algunas de las versiones de la economía libre del pasado, no rechaza la intervención del Estado en la economía sino que, por el contrario, la considera esencial en un punto: la preservación del mercado. El Estado debe actuar a través de “intervenciones conformes”, para combatir los monopolios, oligopolios y demás fórmulas restrictivas de la competencia, sean éstas oficiales o privadas. Nunca debe hacerlo por medio de “intervenciones conformes”, entre las cuales, los controles de precios y salarios son las más representativas, que interfieren y distorsionan el mercado….

6- La acción anteriormente descripta en el campo económico-social, está indisolublemente asociada a otra, tanto o más importante y permanente: la de organizar un Estado fuerte que atienda con eficiencia a sus responsabilidades propias, es decir, la justicia, la defensa nacional, la seguridad de sus habitantes, la salud pública, una educación básica que garantice la igualdad de oportunidades, el establecimiento de condiciones adecuadas para que la cultura y la investigación científica se desarrollen tanto como sea posible, la solidaria contribución de los trabajadores activos a los pasivos y la asistencia social a los desamparados, la conservación de la naturaleza y la mejora del medio ambiente…

7- Un Estado liberado de responsabilidades empresarias y descargado de las exigencias económicas que éstas plantean, podrá centrar su acción en las vitales tareas descriptas en el párrafo anterior, y contar con los recursos necesarios para llevarlos al más alto grado de eficiencia…

8- Debemos mantener relaciones diplomáticas y comerciales con todos los países del mundo, cualquiera sea la ideología de sus gobiernos, pero al mismo tiempo, debemos identificarnos claramente con aquéllos donde se respeten efectivamente las libertades individuales y demás valores de la cultura de Occidente.

9- Organizaciones intermedias. Entidades gremiales y empresarias: Las organizaciones de esta clase que tengan por fin la defensa de intereses lícitos de sus integrantes, son útiles para la conformación de una adecuada estructura social. En ese sentido, las entidades gremiales y empresarias, y los sindicatos de trabajadores dependientes, juegan un papel importante en las sociedades modernas. Esas organizaciones deben, a su vez, ser libres, estando sujetas solamente a la legislación general y a un mínimo de reglas y normas “ad hoc”, establecidas por el Estado, que de manera alguna coarten esa libertad. Inversamente, está vedado a dichas entidades ejercer coacción sobre los individuos, las demás organizaciones y el Estado mismo, procurando forzar la obtención de ventajas sectoriales. Tampoco deben gozar de privilegios y tratamientos o fueros especiales.

10- Los postulados de la Unión Republicana llevan naturalmente a concordar con la Doctrina Social de la Iglesia.

Toda la concepción económica descripta anteriormente se denomina “Economía social del mercado” y es precisamente la que fue aplicada en los países de Europa Occidental devastados por la guerra. Los llamados “milagros económicos” fueron el resultado de su implementación.

domingo, 14 de mayo de 2017

Consecuencias inevitables del totalitarismo

Se dice que un individuo, un grupo o una institución, tienen poder, cuando pueden influir de alguna manera en el resto de la sociedad. Tal influencia puede ser negativa o bien puede ser la acción normal de quienes tienen alguna función social determinada. En toda sociedad existirá una división de poderes en conflicto, ya que por lo general existirá una superposición de las áreas asignadas a cada uno. Entre los principales poderes podemos mencionar el político, el económico, militar, judicial, religioso, medios de comunicación, sindical, ideológico, etc.

En cuanto al vínculo que debe predominar entre los diversos poderes, existen dos posiciones bien diferenciadas, siendo el liberalismo el que propone una máxima división de poderes para evitar monopolios que puedan conducir a tiranías y, posteriormente, a catástrofes sociales. En el otro extremo están las tendencias socialistas que buscan unificar todo poder en el Estado, por lo que no resulta extraño que los mayores genocidios hayan procedido de tales sistemas, como han sido los casos de Mao-Tse-Tung en China, Lenin y Stalin en la URSS y Hitler (nacional socialismo) en Alemania.

Se habla siempre de que debe buscarse una sociedad sin lucha de clases sociales hasta poder llegar a una clase social única. Sin embargo, si a ese resultado se ha de llegar eliminando a la clase social incorrecta, o esclavizándola en campos de concentración, poco eficaz ha de ser la solución. Max Eastman escribió: “Otro error de los socialistas fue imaginar que puede haber una paz fraternal en una sociedad libre, un arreglo, esto es, de todos los intereses en pugna, de todas las luchas de casta y de clase. Eso podría ocurrir en el cielo, pero en la Tierra los hombres se dividirán siempre en grupos con intereses antagónicos. A medida que la civilización avance quizás se dividirán en mayor cantidad de grupos, pero no menos agudamente opuestos. La tarea del idealista social no es tratar de suprimir estos grupos, o de reconciliarlos, sino mantenerlos en estado de equilibrio, nunca permitir que ninguno prepondere sobre los demás. Nuestras libertades dependen del éxito de este esfuerzo. Solamente donde cada grupo poderoso necesita libertad para sí mismo, compitiendo con los demás, puede ser libre el conjunto de la sociedad. Libertad es el nombre de la arena donde luchan las varias fuerzas sociales”.

“Los libertarios solían decir que «el amor a la libertad es el más fuerte de los motivos políticos», pero acontecimientos recientes nos han demostrado la extravagancia de esta opinión. El «instinto de rebaño» y el anhelo de una autoridad paternal son a menudo igualmente fuertes. En verdad la tendencia de los hombres a unirse en bandas comandadas por un jefe y someterse a su voluntad es, de todos los rasgos políticos, el mejor atestiguado por la historia. Ha sido tan espantosamente ejemplificado en los tiempos modernos, que sólo un sonámbulo podría ignorarlo al tratar de construir, o defender, una sociedad libre. Su primer propósito debe ser asegurarse de que ningún bando o grupo –ni el proletario, ni los capitalistas, ni los terratenientes, ni los banqueros, ni el ejército, ni la Iglesia, ni el gobierno mismo- tenga poder exclusivo” (De “Reflexiones sobre el fracaso del socialismo”-Ediciones La Reja-Buenos Aires 1957).

Puede decirse que el totalitarismo pleno implica que todos los poderes sociales dependen del Estado, o son absorbidos por el Estado. También existen totalitarismos parciales, que son los denominados populismos, existiendo una transición gradual que va desde la total división de poderes (democracia plena) a su total unificación en el Estado (totalitarismo pleno).

Las democracias comienzan a desvirtuarse cuando los votantes “votan a ganador”, es decir, cuando mayoritariamente se vota por un partido de manera que se forme una mayoría legislativa absoluta permitiendo su absorción por parte del poder Ejecutivo. El próximo paso es presionar a los jueces hasta dominar al poder Judicial para que los gobernantes dispongan del amparo suficiente para quedar cubiertos ante futuros actos ilegales o de corrupción.

Por lo general se considera como sistema democrático al que permite el acceso de políticos al gobierno por medio de una elección. Pero la legitimidad en el acceso al poder no garantiza la legitimidad de la gestión, siendo el mismo caso del automovilista que tiene el permiso que lo habilita a conducir aunque ello no garantice que luego ha de respetar las señales o los reglamentos que exige la conducción.

Uno de los casos de totalitarismo pseudo-democrático fue el peronismo. Este tipo de movimiento político se considera dueño del Estado de la misma manera en que un inquilino olvida que la transferencia de los derechos de propiedad sobre una vivienda será restringida y limitada en el tiempo. Marcelo A. Moreno escribió: “La burocracia peronista no era tan pacificadora: consolidando su poder, supo construir el único experimento totalitario en la historia argentina. Ni siquiera la sangrienta dictadura de Videla pudo lograr que no ser adicto al régimen pusiera en peligro al ciudadano. Los empleados públicos debían estar afiliados al partido peronista, empezando por los maestros. Los libros de la escuela primaria enseñaban a leer con textos y efigies de Perón y Evita, que muchas veces se confundían o reemplazaban a las figuras paternas”.

“La «doctrina» peronista, como en el comunismo de Castro, se enseñaba desde los primeros grados. Como también en la Cuba comunista, la España de Franco o el sistema de Saddam Hussein, comenzaron a actuar los «jefes de manzana», responsables políticos ante el partido y la policía de los movimientos de los vecinos, encargados de delatar a los que no cumplieran, o lo hicieran con tibieza, los preceptos del régimen. Los retratos de Perón y Evita, desde luego, pululaban y estaban presentes en todos los organismos públicos”.

“La prensa libre, ahogada, perseguida dejó de existir. Desde luego, Perón comandará el proceso. Como Ibérico Saint-Jean, años después, odia a los tibios: «El que se desentiende –dice ya en 1947-, egoísta, de hacer su parte es tan enemigo como el que trabaja en contra. La inactividad, culpable siempre, del indeciso y del inactivo, es la base de todos los fracasos colectivos. En esta lucha nadie puede faltar porque defendemos lo de todos: la Patria». Sí, primero que todo la Patria, la fe primera: «Ningún argentino de bien -1950- puede negar su coincidencia con los principios básicos de nuestra doctrina sin renegar primero de la dignidad de ser argentino»”.

“Es simple, el que no es peronista no es argentino. De ahí que, hacia 1952 relativiza: «No sólo es necesario consultar a los representantes del pueblo, porque esa representación es muy relativa. Algunas veces los pueblos están mal representados porque ellos tampoco tienen contralor sobre sus representantes. Entonces hay que oír la voz auténtica del pueblo en sus propias organizaciones, y por eso necesitamos que el pueblo esté organizado»”.

“Y también amenaza: «Les recuerdo (1948) a los señores ministros la obligación en que se encuentran de sanear las oficinas a su cargo, eliminando de las mismas a los empleados ineptos y a los que voluntariamente o involuntariamente realicen una obra contraria a las normas de la revolución». Para que quede bien claro: «Se lo deja cesante o se lo exonera por la simple causa de ser un hombre que no comparte las ideas del gobierno: eso es suficiente»” (De “Contra los argentinos”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2002).

La identificación de Gobierno-Partido-Patria-Estado es típica de los gobiernos totalitarios. Imre Nagy, gobernante comunista en la Hungría de los 50, advertía los inconvenientes de esta unión (por lo que luego fue destituido): “La dirección inescrupulosa y antipartidaria del Partido ha traído consigo una violación de los principios fundamentales de la Democracia Popular en lo concerniente a las relaciones entre el Partido y el Estado y entre el Estado y las masas…El error reside en que el Partido ha dominado excesivamente al Estado y a las fuerzas económicas del país; y en que el Partido, no sólo ha fijado los reglamentos y las decisiones, sino que también ha puesto en ejecución las medidas propuestas”.

“El partido no se adapta, ni en su estructura orgánica, ni en su funcionamiento, su conjunto o su carácter social, a la atención de las funciones del Estado, ni es ésta tampoco su misión. Sin embargo, ha interferido excesivamente en la ejecución de las tareas estatales, violando con ello la independencia de los órganos estatales, paralizando sus actividades, y desacreditando su reputación…A todo esto debe agregarse el hecho de que el Camarada Rákosi concentraba en su persona todos los poderes del país; era Primer Secretario del Partido y Presidente del Consejo de Ministros (Premier) y tomó bajo su autoridad inmediata la Autoridad de Seguridad del Estado (ASE)”.

“El Camarada Rákosi ha cometido graves errores, tanto en la dirección del Partido y del Estado como en la labor de la ASE, errores que encierran graves peligros…Podemos afirmar que el gobierno era en realidad un gobierno de sombras, que aprobaba las resoluciones ya aprobadas del Partido y que la autoridad y la responsabilidad de los ministros era también muy limitada…Tales órganos y métodos gubernamentales no son los más idóneos para garantizar absolutamente la legalidad en todos los aspectos de la vida estatal y económica. Es aquí donde yacen los males más serios de nuestra vida estatal, las raíces de la violación de la legalidad socialista que, en último análisis, derivan de una separación de las masas” (De “Contradicciones del comunismo”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1958).

Los regimenes totalitarios surgen de personajes psicológicamente anormales, que finalmente son los que orientan a los pueblos hacia una decadencia profunda, ya que poseen gran capacidad de convencimiento (algo típico en los psicópatas). Marcelo A. Moreno escribe sobre Perón: “Y esta faceta del líder acaso dibuje su rostro más patético: ya no el del seductor, el manipulador, el gran simulador, sino el del chanta argentino, el ignorante mandaparte, el fabulador de vuelo bajo, melancólico personaje que cubre bajo una alfombra de mentiras sus falencias de formación, de cultura, de pensamiento. Pero que hace lo imposible por quedar bien parado, por lo cual lo que no sabe lo inventa. Todo para demostrar su supuesta superioridad, su comprensión y manejo de la situación. Pero la alfombra evidencia desgaste, roturas, fallas; el polvo que por allí asoma aparece con la vergüenza de lo que se quiere esconder” (De “Contra los argentinos”).

El caso más asombroso de manipulación mental se estableció bajo el estalinismo cuando los jerarcas eran obligados a confesar por acciones o crímenes no cometidos, sometiéndose casi voluntariamente por cuanto estaban convencidos de la insignificancia de sus vidas ante las “elevadas finalidades” del socialismo, por lo cual es fácil imaginar la nula valoración que asignaban a la vida de los opositores. El citado autor escribe al respecto: “No resulta irrelevante este último elemento de la candorosa carta de Shatskin al jefe supremo de sus torturadores, porque explica con elocuencia la increíble pasividad demostrada por miles y miles de comunistas combativos víctimas de Stalin: revolucionarios convencidos, creían hasta ante el pelotón de fusilamiento, que su propia eliminación, aún sabiéndola injusta, respondía a una «necesidad histórica» dictaminada por el Partido omnipresente. Y aun en la tortura o en el exterminio de sus familiares y amigos, se negaban a ver en la monstruosa conducta de Stalin otro interés que el más sublime, el del Partido, por el cual se podían disimular estas mínimas, acaso indispensables injusticias” (De “El mal y los malditos de la historia”-Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1994).

jueves, 11 de mayo de 2017

La infalibilidad papal

Los enormes progresos logrados por la ciencia experimental se deben esencialmente a que consiste en un proceso por el cual se corrigen los errores y se adopta una postura en la que nunca se asegura haber llegado a la verdad final, ya que sólo puede asegurarse que una hipótesis verificada “no es errónea”, dejando abierta la posibilidad de que aparezca una hipótesis mejor o que se descubra algún fenómeno natural desconocido que ponga en duda su veracidad. Se rige, además, por el principio “democrático” por el cual lo que alguien puede observar y verificar, todos pueden hacerlo.

Esta actitud exitosa contrasta notablemente con la postura de los ideólogos totalitarios que aseguran ser poseedores exclusivos de la verdad, y de ahí que prohíben todo tipo de disidencia. La soberbia del líder totalitario puede sintetizarse en una expresión de Benito Mussolini: “El Duce nunca se equivoca”.

Al surgir en el siglo XIX el dogma de la Iglesia Católica (no bíblico) acerca de la supuesta infalibilidad papal respecto de cuestiones de la fe y las costumbres, por estar asistidos por el espíritu Santo, se advirtió que se trataba de una postura similar a la de los líderes totalitarios y alejada de la actitud del científico experimental. Robert Grosche escribió: “Cuando en el año 1870 se definió la infalibilidad del Papa, la Iglesia tomó a un nivel superior la misma decisión por la que hoy se inclina: a favor de la autoridad y en contra de la discusión, a favor del Papa y en contra de la soberanía del Concilio, a favor del caudillo y en contra del Parlamento”.

Por otra parte, Hans Küng escribió: “Hace tiempo que la antigua infalibilidad de quienes gobernaban por la gracia de Dios, de los reyes, emperadores y zares, ha dejado de ser un problema. Y la más reciente infalibilidad de quienes gobiernan apoyados en su propio poder, de autócratas y dictadores –Duce, Führer, Caudillo, secretario general- se ha vuelto quebradiza después de la Segunda Guerra Mundial, después de Auschwitz, del archipiélago Gulag, de la democratización de España y del inicio de la desmaoización en China”.

“Sólo queda la cuestión de la infalibilidad de los partidos que «siempre tienen razón», y de sus representantes actuales, que se continúa manteniendo como antes reprimida y en silencio, recurriendo a todos los métodos opresivos y represivos –desde Moscú hasta La Habana- ¿Y qué pasa entonces –replican muchos- con la infalibilidad de las Iglesias que «siempre tienen razón»? ¿Con la infalibilidad de sus representantes pasados o actuales, que invocan la autoridad del Espíritu Santo? Si se hace abstracción de todas las diferencias restantes, algo al menos ha quedado en claro: resulta ya imposible, después del Concilio Vaticano II, limitarse a reprimir dentro de la Iglesia Católica la cuestión que plantea esta infalibilidad” (Del Prólogo de “Cómo llegó el Papa a ser infalible” de August Bernhard Hasler-Editorial Planeta SA-Barcelona 1980).

Si suponemos cierta tal infalibilidad, se detiene en la Iglesia todo progreso por cuanto ningún Papa puede contradecir a otro anterior, limitándose a confirmar lo que antes se dijo. Justamente, si se indaga en el pasado, se podrá advertir que no hubo coincidencias entre los diversos Papas, por lo que, al menos antes de 1870, tal infalibilidad no funcionaba. Cuando la misma idea fue propuesta durante el siglo XIII, fue rechazada por el Papa de entonces. August Bernhard Hasler escribió al respecto: “En el año 1279, Nicolás III se decidió en la disputa sobre la pobreza a favor de los franciscanos, declarando que la renuncia en comunidad a los bienes constituía un posible camino de salvación. Un año después Petrus Olivi intentó convertir en irrevocable esta decisión papal, afirmando que el Papa era para todos los católicos la norma infalible en cuestiones de fe y de costumbres”.

“Unos cuarenta años después, el Papa Juan XXII tomó una decisión distinta en la cuestión de la pobreza. Los franciscanos invocaron entonces las declaraciones contrarias e «irrevocables» de su predecesor, Nicolás III. Sin embargo, Juan XXII no quiso saber nada de su propia infalibilidad. Consideró que era una limitación inaudita de sus derechos soberanos, y en la bula «Qui quorundam», en 1324, condenó la doctrina franciscana de la infalibilidad pontificia como obra del diablo”.

“Por grotesca que pueda parecernos hoy la protesta papal, era muy cierto que la infalibilidad significaba en todo caso una limitación del poder de cada Papa, que a partir de entonces quedaba atado por las declaraciones infalibles de sus predecesores. De momento, los obispos de Roma perdieron todo interés por esta doctrina, y su discusión dio marcha atrás durante siglos”.

En otra circunstancia, cuando tres Papas se disputaban el poder, algunos pensaron que el Concilio habría de ser el infalible. “El pontificado tenía motivos muy distintos de preocupación. Numerosos cismas sacudían la unidad de la Cristiandad occidental. Unos Papas se enfrentaban con otros Papas. El mismo pontificado ignoraba qué salida encontrar a esta situación imposible. La salvación llegó con el Concilio General convocado por el emperador alemán en Constanza (1414-1418). Los tres Papas que litigaban y se excomulgaban mutuamente fueron depuestos; el Concilio eligió un nuevo Papa. ¿Es de extrañar que el Papado cayera en descrédito? ¿Qué muchos hicieran valer de nuevo al Concilio como autoridad suprema de la Iglesia? Pronto surgió la idea de que la instancia infalible residía en el Concilio”.

“De este modo se hace visible a fines de la Edad Media la tendencia a buscar una instancia infalible –sea ésta un Papa o bien un Concilio- que preste su apoyo al gran sistema religioso. Se ha perdido la primitiva fuerza religiosa, y, sin embargo, todo el edificio de la sociedad continúa descansando sobre los cimientos de la religión. Detrás de la fachada totalmente intacta reinan la duda y la inseguridad. Aparecen en la Filosofía y en la Teología fenómenos de disolución. La búsqueda de la infalibilidad aparece, pues, como un intento desesperado por recuperar la seguridad perdida”.

El dogma de infalibilidad no es otra cosa que un intento de desplazar como instancia superior a la propia ley natural, o ley de Dios. Al aceptarse la infalibilidad humana, se convierte a todos los católicos en súbditos de la Iglesia en lugar de ser considerados librepensadores que tienen como límite sólo a la ley natural. La Iglesia cambia su función de divulgadora del cristianismo considerándose una representante del mismo con poder de decisión propia y a veces independiente de la Biblia.

La misión esencial de todo predicador cristiano implica lograr que el hombre trate de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, pasando a un lugar secundario las creencias u otros aspectos menos significativos. Hasler agrega: “La idea de que el mismo Jesús guiaba a la Iglesia mediante su espíritu dejó paso al concepto de que Jesús encomendaba a sus discípulos la misión de apóstoles, de representantes suyos, y confiándoles de este modo la dirección de la Iglesia. Los discípulos, a su vez, ya no se legitimaban por lo que predicaban, sino por la misión que habían recibido de Jesús. De este modo se desplazó el criterio sobre la doctrina correcta, pasando del contenido a la misión válida”.

Se logra de esta manera el reemplazo de lo que Cristo dijo a los hombres por lo que los sacerdotes dicen sobre Cristo. Se ha llegado así a la indignante situación en que miles de niños en los EEUU, Irlanda y otros países, han sido abusados por los “predicadores” que conocen perfectamente la Doctrina de la Iglesia pero que han olvidado los prioritarios mandamientos que Cristo estableció. A ello se les suman algunas congregaciones que promueven el odio y la violencia entre sectores promoviendo el marxismo-leninismo bajo un disfraz cristiano.

Como todos los hombres cometemos errores, ya que es parte de nuestra naturaleza avanzar mediante “prueba y error” en el proceso de adaptación al orden natural, y al suponer que quienes están asistidos por el Espíritu santo quedan exentos de esta ley general, los errores deberán ser atribuidos entonces al Espíritu santo por “no asesorar al Papa en forma correcta”. La no derogación posterior del dogma mencionado implicó además su aceptación y su adhesión. “Pablo VI renunció a su tiara, y sus dos sucesores, Juan Pablo I y Juan Pablo II, al trono y a la corona. Sin embargo, los Papas han mantenido su pretensión de infalibilidad y con ello su posición de poder. Lo que se buscaba era precisamente el poder cuando, en el año 1870, se atribuyó al Papa la imposibilidad de errar en materia de fe y costumbres, adjudicándose de este modo una autoridad inmediata sobre toda la Iglesia”.

La existencia de un supuesto asesoramiento del más allá, como también los sucesivos mensajes que los iluminados reciben desde lo alto, parecen indicar que existiría una actualización permanente del mensaje bíblico que no pudo ser expresado plenamente en su momento. Para tales creyentes resulta necesario “algo más” que los mandamientos de Cristo, como si tratar de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias no fuera una tarea enorme, difícil de llevar a cabo, y que lleva toda una vida poder acercarse, y toda la vida de la Iglesia poder convencer a la gente acerca de las ventajas de su cumplimiento.

El mandamiento del amor al prójimo es tan fácil de entender como difícil de poner en práctica, de ahí la renuncia de muchos teólogos, que “se aburren” con lo simple y lo cotidiano, y buscan “lo profundo y lo complejo” revistiendo de misterios y haciendo inaccesible al hombre común la directiva cristiana que le ha de posibilitar su orientación en la vida.

Si se fracasa con la misión evangelizadora, debe dejarse a otras instituciones que cumplan una mejor tarea orientadora. Mientras tanto, debe buscarse en las palabras evangélicas, y en su atractivo magnetismo, la inspiración para que el hombre se imponga a sí mismo una tarea de mejoramiento individual. Todo intento de buscar instancias superadoras que llegan desde arriba implica un tácito rechazo de lo que se supone insuficiente o carente de un eficaz poder de convencimiento. Se olvida que la actitud del amor es la que realmente soluciona todos los conflictos y problemas humanos; de ahí que su difícil acatamiento explica porqué el hombre y la sociedad permanecen en un estado de decadencia a pesar de haber logrado un progreso evidente en muchas áreas del conocimiento.

La única solución infalible es aquella por la cual todo individuo se decide, al menos, a intentar compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. Aun cuando lo consiga sólo parcialmente, el hecho de buscar tal objetivo indica que ha logrado orientar su vida por el camino correcto.

martes, 9 de mayo de 2017

La colonización europea en América

Las distintas interpretaciones de la historia se deben a las diversas valoraciones subjetivas que los historiadores atribuyen a los mismos hechos, además de las inevitables deformaciones que sufren con el paso del tiempo. A las limitaciones propias de la investigación histórica se les agrega la tergiversación consciente de los hechos, ya que los políticos inescrupulosos falsifican la historia buscando legitimar sus nefastos objetivos. Miguel de Cervantes escribió: “El poeta puede contar o cantar las cosas no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna” (De “Don Quijote”).

También la historia de la colonización europea en el continente americano sufre tales vicisitudes, ya que a la historia de España, por ejemplo, los historiadores españoles la sobredimensionan en sus virtudes, mientras que, los historiadores ingleses, la sobredimensionan en sus defectos. Si bien nos queda la posibilidad de asociar cierta coherencia lógica, o su ausencia, para vislumbrar la veracidad o falsedad de los comportamientos descritos, resulta que muchas veces los comportamientos reales escapan a toda lógica, por lo que siempre tendremos cierta dosis de incertidumbre respecto de la historia.

Algunos autores comparan el descubrimiento de América con la irrupción del cristianismo, como acontecimientos que influyen de manera importante en la Europa de sus respectivas épocas. Germán Arciniegas escribió: “En la historia de Occidente hay una aventura llamada América. La más grande aventura después del Cristianismo. Cuando América entra en la escena, la Tierra –plana y pequeña- se hace redonda y grande; los hombres comienzan a pensar y a vivir de otra manera; el mundo se hace –todo el mundo-nuevo. Surge –al menos como posibilidad- la sociedad democrática. Europa encuentra hacia dónde desplazarse” (De “El revés de la historia”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1985).

Los mapas del siglo XV, que representaban una tierra plana, estaban constituidos por un círculo sobre el cual se ubicaban tres zonas que formaban una T. La zona superior al trazo horizontal de la T correspondía a Oriente (Asia). El trazo vertical de la T correspondía al Mar Mediterráneo, con Europa a la izquierda y África a la derecha. Daniel J. Boorstin escribió: “La forma común de todas estas caricaturas ha hecho que fuesen denominadas «mapas ruedas» o «mapas T-O». Toda la parte habitable de la Tierra era representada como un plato circular (una O), dividido por una corriente de agua en forma de T. El este era ubicado en la parte de arriba, y esto era lo que se quería decir cuando se hablaba de «orientar» un mapa. En la parte superior de la T estaba el continente asiático; abajo, a la izquierda de la vertical, se encontraba Europa y, a la derecha, África. El Mediterráneo era la línea que separaba a Europa de África; la línea horizontal que separa a Europa y África de Asia era el Danubio y el Nilo, de quienes se suponía que corrían en una sola línea. Y todo estaba rodeado por el «mar océano»” (De “Los descubridores”-Crítica-Barcelona 1986).

Estos mapas medievales tenían una significación religiosa, ya que los tres continentes mencionados provendrían de poblaciones constituidas por los descendientes de los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Además, el punto común de los trazos de la T correspondía a Jerusalén, considerada el centro del mundo.

Europa, en ese entonces, afrontaba problemas económicos por cuanto el comercio con el Asia estaba dificultado por la interrupción de la principal vía marítima, ya que el Mediterráneo estaba invadido y dominado por los musulmanes. Además, la Iglesia trataba de compensar la cantidad de adeptos que se iban del catolicismo al protestantismo. Es por ello que los Reyes Católicos de España apoyan a quien traía escrito en su nombre la misión religiosa que debía cumplir: Palomo (Colombo) llevador de Cristo (Cristoforo).

La colonización de América, por parte de los españoles, significó también trasladar al nuevo mundo las formas políticas imperantes en España tanto como sus hábitos poco afines al trabajo manual. Mario Lazo escribió: “La influencia más indeleble de la cultura árabe en la civilización española fue de índole política. Tanto en lo civil como en lo religioso, los califas ejercían una soberanía absoluta, y el pueblo llegó a considerarlos como individuos omniscientes y omnipotentes. Cuando finalmente los musulmanes fueron derrotados y expulsados del territorio peninsular por los cristianos, aquel generalizado concepto «mesiánico» del califato resultó aplicado a la persona de los reyes. Los súbditos de éstos, condicionados mentalmente por el ejercicio secular de la dominación de los califas, respetaban esa autoridad absoluta y confiaban en ella, con una profunda fe, para la solución de todos sus problemas”.

“Los judíos fueron expulsados en 1492 y, después de poco más de un siglo, igual suerte correrían los moriscos. Dado que, de hecho, el ejercicio de la mayor parte de los oficios y profesiones, así como el de las más diversas actividades gubernamentales, científicas, intelectuales y mercantiles, se hallaban dominados por estos individuos prácticos e inteligentes, el efecto de los edictos de expulsión en la vida económica y cultural de la Península resultó desastroso. El retroceso general que sufrió la nación hispana se agudizó aún más por la tendencia de los autóctonos –que se tenían más por cristianos que por españoles- a considerarse muy superiores a los judíos y a los moros, y a despreciar los oficios y ocupaciones de éstos. Como resultado de este proceso decayeron el comercio y la artesanía, arruinándose muchas de las espléndidas vegas moriscas del Levante y Andalucía”.

“Imbuidos de la importancia de la pureza racial («limpieza de sangre»), los españoles se mostraban renuentes a acometer toda labor que antes hubieran realizado los miembros de las clases sociales desterradas. Con excepción de las faenas agrícolas necesarias para la subsistencia, los castellanos consideraban el trabajo manual como una actividad indigna de ellos y, por lo tanto, sus medios de asegurarse el pan resultaron limitados. Podían abrazar el sacerdocio, incorporarse al ejército y empuñar las armas en defensa del soberano, o bien trasponer la inmensidad del océano e ir en pos del vellocino de oro a las recién descubiertas tierras del Nuevo Mundo. En nombre de la pureza racial, el español se transformó en un fanático del cristianismo, más católico que los mismos papas semipaganos, hecho éste que, a su vez, explica los fenómenos de la Inquisición y la Contrarreforma” (De “Daga en el corazón”-Minerva Books Ltd.-Barcelona 1972).

La colonización del Centro y del Sur americanos, por los españoles, tuvo características muy distintas a la colonización del Norte, por europeos mayoritariamente protestantes. El citado autor agrega: “La legendaria trinidad del conquistador eran «la gloria, el oro y Nuestro Señor». Era el caballero de la fe depurada, pero no se sentía inclinado a llevar a cabo un esfuerzo metódico, asiduo y constante. Poseía escasas dotes políticas y limitada experiencia administrativa, e irrumpió en el escenario americano animado de un espíritu de aventura y carente de la compañía de sus mujeres. Aquellos mozos viriles mezclaron su sangre a la de las indígenas, generando así a los mestizos. Posteriormente, al traerse los primeros esclavos negros de la Península y del continente africano, los españoles mezclaron su sangre a la de aquellos, generando así los primeros mulatos”.

“En contraposición a este hecho, los colonos de Norteamérica llegaron al Nuevo Mundo desde el país de la Reforma, acompañados de sus familias. No se mezclaron con los aborígenes, a quienes engañaron, envilecieron y estuvieron a punto de exterminar. Posteriormente, cuando los colonos importaron esclavos africanos, tampoco se mezclaron manifiestamente con éstos. Esta es una de las razones que explican el porqué se enfrentan hoy día a problemas raciales de tan grave envergadura, en tanto que Hispanoamérica se halla virtualmente exenta de la intolerancia y las tensiones raciales”.

“Si bien es cierto que en las escuelas, institutos y universidades norteamericanos se enseña que la colonización de Hispanoamérica por los españoles y portugueses fue una empresa brutal, cruel y despiadada, es justo señalar el hecho de que muchos historiadores imparciales convienen en que, por el contrario, el colonizador inglés, que envileció, engañó y virtualmente exterminó al aborigen, se mostró mucho más incivilizado que los conquistadores hispanos y lusitanos. La misma Inquisición española, fue, de hecho, menos cruel que las cortes inquisitoriales inglesas de los siglos XVI y XVII…Muchos historiadores españoles han visto en los intentos de denigración de la empresa de Indias elementos constitutivos de la campaña general de difamación contra España y sus instituciones llevada a cabo por los enemigos del antiguo poderío español. «El valor moral de la conquista de América, la evangelización y la implantación en aquellas latitudes de una cultura cristiana –afirma uno de estos historiadores- rebaten por sí mismas cualquier tentativa de mermar la grandiosidad a la empresa de Indias»”.

Mario Lazo destaca que la herencia histórica de la colonización determina en cierta forma las costumbres e ideas dominantes en América, y que debemos ser conscientes de esa herencia para poder superarla con el transcurrir del tiempo, resultando mucho más beneficioso que culpar a los países exitosos por las limitaciones que nos hemos impuesto, o que heredamos, y que ni siquiera intentamos superar. “El conquistador y el colonizador de Hispanoamérica llegaron al Nuevo Mundo animados de la ambición de enriquecerse rápidamente. La previsión no era una de las características del español de aquellos tiempos. El colonizador castellano utilizó a los indios, y luego a los negros, para ejecutar las faenas que él tenía por indignas de su condición. Como resultado de ello, hasta fechas recientes la mayoría de los jóvenes hispanoamericanos elegían cursar estudios universitarios que les permitieran doctorarse en los campos de las letras y las humanidades. Existe en Hispanoamérica cierto déficit de ingenieros y técnicos, más, sin embargo, hay legiones de abogados, muchos de los cuales permanecen ociosos”.

“Fieles a la tradición milenaria de sus antepasados, que recurrían a los califas y a los reyes en busca de jefatura, los hispanoamericanos admiran y aspiran a ser dirigidos por personajes políticos enérgicos y decididos. Fruto de esta situación ha sido el caudillo, que genera la adhesión de sus partidarios, no tanto por la índole de sus ideas como por el irresistible influjo de su personalidad. Ni que decir tiene que este estado de cosas ha constituido un impedimento en el desarrollo del espíritu cívico, pero hay que tener en cuenta que el concepto de caudillismo se halla profundamente enraizado en la historia. Habrá de desparecer, aunque el proceso será lento, sumamente lento”.

Tanto en el caso de los individuos como en el de los pueblos, la pereza mental favorece el determinismo impuesto por la herencia genética o por la herencia cultural, ya que la mente es esencialmente un órgano de adaptación que nos permite decidir nuestro destino liberándonos de un falso fatalismo prefijado de antemano.