viernes, 23 de junio de 2017

La época del fascismo

Las décadas del 20 y del 30, del siglo pasado, constituyen la época de gestación y apogeo del fascismo, debilitándose en los 40 ante la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Al igual que el comunismo, surge como una postura política y económica que pretende reemplazar al liberalismo, es decir, a la democracia política y a la democracia económica (mercado). Ambos totalitarismos, fascismo y comunismo (incluido el nazismo como una forma de fascismo), luchan entre sí para sustituir a la democracia y al capitalismo, al que culpan por la Primera Guerra Mundial cuando fueron los nacionalismos los principales causantes de esa contienda. El comercio internacional, propuesto por el liberalismo, tiende a evitar las guerras.

Los sistemas políticos y económicos propuestos deben ser puestos en práctica para observar sus efectos, si bien es posible, para el conocedor del comportamiento humano, prever sus resultados antes de aplicarlos a la sociedad. Cuando fracasan, sus adeptos dirán que “estuvo mal aplicado” o que “el hombre no está preparado mentalmente” para aceptarlo, cuando en realidad se trata de propuestas que implican la esclavitud mental y física de quienes las han de soportar, ya que resultan incompatibles con nuestra naturaleza humana. Incluso la propuesta liberal requiere de un nivel moral básico y adecuado para que pueda tener éxito. De lo contrario, llegaríamos a la conclusión de que el sistema político y el económico habrán de lograr, con su aplicación, el renacimiento espiritual del hombre, relegando los políticos y los economistas la importancia tanto de la religión como de la filosofía y el resto de las ciencias sociales.

Ambos candidatos a reemplazar al liberalismo, comunismo y fascismo, se oponen al individualismo promoviendo el colectivismo, dirigiéndose al hombre-masa antes que al individuo pensante, intentado reemplazar las metas y objetivos individuales por metas y objetivos colectivos. En ambos casos, el Estado (o quienes lo dirigen) se inmiscuyen en la vida individual y familiar de los integrantes de la sociedad, restringiendo libertades personales, ya que el hombre-masa sólo debe obedecer directivas del Estado. Carlos Ibarguren, un adherente al fascismo, escribió: “Las fuerzas motrices de estas dos corrientes son las revoluciones rusa e italiana, respectivamente, a las que se ha agregado ahora la alemana. Los matices intermedios entre esas dos grandes corrientes resultan híbridos y van borrándose. Ambas procuran un cambio fundamental en las instituciones; ambas transforman al Estado en el que implantan un poder fuerte, ambas son anti-individualistas; en las dos los intereses sociales priman y gobiernan sobre los particulares” (De “La inquietud de esta hora”-Librería y Editorial La Facultad-Buenos Aires 1934).

Puede decirse que el fascismo y el comunismo “se ponen de moda” en la mayor parte de los países occidentales, llegando el fascismo a predominar entre la clase dirigente política y militar argentina. La mayor parte de los nacionalistas profesan el catolicismo, incluso la Iglesia da muestras de aceptación del fascismo, pudiendo establecerse la siguiente relación:

Nacionalismo argentino = Fascismo + catolicismo

El peronismo implica una continuidad en esa línea ideológica hasta que sus extralimitaciones generan el rechazo de varios de los sectores que lo apoyaban. Carlos Ibarguren agrega: “El individualismo predominante del siglo XIX desaparece y está siendo reemplazado por el grupo; la persona por la masa, la célula por el grupo coordinado, la acción aislada por la colectiva, el interés de cada uno por el del conjunto solidario en el terreno político, económico y en las nuevas concepciones filosóficas. Es la hora de las masas organizadas”.

“Otro de los fenómenos predominantes en la hora actual es la destrucción de los mitos proclamados por la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad. La libertad en el viejo concepto individualista y romántico desaparece tras la disciplina mantenedora del grupo. La igualdad del mito liberal es reemplazada no por el privilegio, sino por la jerarquía indispensable a la organización colectiva. La fraternidad y la lírica expresión de ternura utópica son sustituidas por el arrebato combativo de la generación hija de la guerra. Al juego tranquilo y a los vaivenes incruentos de los intereses y de las tendencias políticas de la era pacífica y liberal anterior a la guerra ha sucedido el violento choque de combate y la acción directa de las masas. Los partidos políticos se van debilitando al empuje de columnas cívicas militarizadas”.

“El concepto del Estado estático, simple guardián de la libertad y del orden, de vidas y de haciendas de los individuos, se transforma en el eje sostenedor, regulador y animador de la sociedad entera, en la síntesis de la vida de la nación en todas sus fases”.

“Todos estos hechos indiscutibles que sólo pueden ser negados por los ciegos o los ignorantes, cuya realidad vemos, palpamos y sufrimos, nos muestran la bancarrota del individualismo, tanto en la economía capitalista, como en la política basada en el sufragio personal y universal”.

El fascismo reemplaza, como medio de representación de los ciudadanos, a los partidos políticos, colocando en su lugar al sindicato. Luego se integra en una corporación que responde a las directivas del Estado, que ha de ser dirigido por el partido único: el fascista. “El sindicato es la célula primaria. La corporación es la reunión de los sindicatos patronales y obreros de una misma actividad o profesión en un organismo disciplinado y solidario. Arriba de las corporaciones está el Estado que las vincula en el cuadro de la unidad nacional y coordina la actividad intercorporativa para el bienestar general, así como la corporación regula la actividad intersindical para el bien de la profesión”.

“El fascismo considera a patrones y obreros como absolutamente iguales, y las corporaciones profesionales legalmente reconocidas aseguran la paridad jurídica entre empleados y empleadores, mantienen la disciplina y la producción del trabajo y aseguran su perfeccionamiento”.

“La corporación compuesta de los sindicatos patronales y obreros fija en los contratos colectivos las condiciones del trabajo. Las huelgas y el «lock-out» se han suprimido. La magistratura del trabajo es el tribunal que juzga, resuelve y arregla conforme a un procedimiento simple las cuestiones emergentes de los contratos colectivos”.

En Francia también aparecen proyectos fascistas, como el propuesto por François Le Grix en 1934:

1- Confiar el destino de Francia a hombres nuevos, fuera de los miembros de los partidos, de los comités y de los políticos profesionales. El parlamentarismo es el enemigo que debe ser combatido.
2- Reconstruir una Francia no sobre los principios de una falsa ideología desmentida por un siglo de fracasos, sino sobre las bases históricas de nuestras tradiciones: la familia, la profesión, la corporación como células sociales, y la región como célula administrativa.
3- La representación nacional no debe emanar de un sufragio cuantitativo, no diferenciado, irresponsable, sino de un sufragio cualitativo y que sea altamente responsable. La representación no debe ser de sectas políticas decoradas con el nombre de partidos, sino de intereses profesionales y corporativos.
4- El sufragio cívico se ejercerá dentro del cuadro de profesión. De tal manera cada uno participa en la gestión de los negocios de su profesión y de los intereses públicos.
5- Ni «estatismo», ni socialismo. Un Estado fuerte y una armonía social que borre la lucha de clases y asegure la colaboración del patrón con el obrero en el bien de la profesión. Nada de proletariado. Un pueblo jerarquizado en un ordenado trabajo. Repudio del capitalismo de especulación, anónimo, internacional y antinacional que es un instrumento de agio, de fraude y de acaparamiento y que enmascara a una plutocracia. Fomentar el capital de empresa fruto del trabajo y del ahorro.
6- Repudio del individualismo anárquico y restauración de la persona humana en sus derechos dentro de los deberes para con la Nación (De “La inquietud de esta hora”).

Tanto en el fascismo como en el comunismo, la identificación del Estado con el partido gobernante, deja desprotegida totalmente a todo posible opositor. De ahí que resulta imprescindible, no sólo conocer el plan original, sino los resultados que produce. Juan Roque Edwards escribió: “Cuando los fascistas lograron el poder no sólo procedieron de inmediato a desembarazarse de sus programas, sino que se dedicaron especialmente a la destrucción de quienes se le oponían y a hacer tabla rasa de todas las organizaciones que en lo porvenir pudieran significar un obstáculo para su propósito”.

“Sin una sola excepción fundaron el Estado de un solo partido cuyo rasgo más sobresaliente ha sido la compenetración de ese partido con el Estado. De ahí que toda oposición al fascismo se convirtiera en alzamiento contra el Estado, con la consecuencia de que más o menos prontamente los aspectos de la vida nacional –política, cultura, economía, sociedad- quedaron supeditados a la única y exclusiva manutención del poder en manos del partido”.

“Por supuesto que esto trajo implícito el derrocamiento instantáneo de las normas constitucionales que el sistema democrático representativo estableció desde los albores de la Revolución Francesa. Y ello trajo aparejado una rotunda negación a la premisa de que el individuo es un fin en sí mismo, con derechos inherentes…El individuo en el Estado fascista se convirtió, pues, en medio para los fines del Estado”.

“El incremento del poder estatal creció así en forma ilimitada. El Estado era, de acuerdo a tales normas, la expresión sin réplica de todo propósito nacional. Y teniendo en cuenta que para cuanto significara algo esencial, el Estado no era sino el propio Partido fascista, la sujeción del individuo a dicho partido fue la razón misma de ser de la revolución fascista”.

“La orientación política tanto externa como interna partió de ahí. En lo interno llevó a extremos increíbles su intervención para evitar disensiones que tarde o temprano pudiesen aminorar su poder, ofreciendo de paso a la multitud ciertas compensaciones por la supresión lisa y llana de cuanto hasta entonces habían constituido las instituciones básicas del Estado”.

“En lo exterior basta enunciar el hecho de que el fascismo fuera alimentado por la defraudación, más íntimas ambiciones nacionales, para que se explique sobradamente el que su política no pudiera ser sino detonante y agresiva. Al procurar la gloria de empresas en el extranjero desviaba la atención colectiva de los problemas interiores. Pero la búsqueda de tal gloria, su logro total, obligaba al incremento armamentista, y ese incremento se tradujo en algo así como una forma de obras públicas que tuvo como hecho fehaciente el aminoramiento de la desocupación”.

“Al crear trabajo el fascismo se envanecía de su triunfo en el orden económico. Pero es lo cierto que toda gloria requiere algo tangible en qué basarse. Y en consecuencia al fascismo le llegó a ser inevitable no sólo la necesidad de amenazar sino también la de desplazarse hacia el objeto propuesto. ¿Cómo lograrlo? Pues eligiendo un contrincante lo suficientemente débil como para obligarlo a ceder rápidamente, o en el caso de que se resistiera, como para que los azares de la guerra resultaran fáciles y breves…” (De “Harold J. Laski y el gobierno del hombre del pueblo”-Editorial Tor SRL-Buenos Aires 1946).

martes, 20 de junio de 2017

Patriotas y traidores

Se considera al patriotismo como una virtud por cuanto implica, dentro del ámbito de la moral social, el predominio de una actitud cooperativa, mientras que la traición, como grave defecto, implica acciones voluntarias contra la nación o contra la sociedad a las que se pertenece. Entre ambos extremos encontramos posturas indiferentes, o falta de patriotismo, que tienden a producir serios inconvenientes en la comunidad. José Ingenieros escribió: “La nación es la patria de la vida civil. Su horizonte es más amplio que el geográfico del terruño, sin coincidir forzosamente con el político, propio del Estado. Supone comunidad de origen, parentesco racial, ensamblamiento histórico, semejanza de costumbres y de creencias, unidad de idioma, sujeción a un mismo gobierno. Nada de ello basta, sin embargo. Es indispensable que los pueblos regidos por las mismas instituciones se sientan unidos por fuerzas morales que nacen de la comunidad en la vida civil” (De “Las fuerzas morales”-Ediciones Meridion-Buenos Aires 1955).

Generalmente se confunde patriotismo con nacionalismo, de la misma manera en que se confunde amor propio con egoísmo. Un nacionalista, que dice amar sólo a su nación y muy poco, o nada, a otras naciones, puede ser patriota o puede no serlo, ya que lo importante no son las declamaciones, sino las acciones con sus efectos concretos. Así, un personaje nefasto como Adolf Hitler, dejó un saldo negativo para Alemania y para Europa, a pesar de repetir que realizaba sus acciones para engrandecerlas.

En la mayor parte de los países existen patriotas y traidores. Los franceses daban muestras de gran patriotismo cuando muchos de ellos partieron de la Argentina, sin que fueran convocados, para luchar a favor de su patria en épocas de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cuando los nazis ocupan Francia, no todos luchan contra el invasor sino que algunos, como el Mariscal Pétain, rechaza ese accionar, posiblemente con la intención de salvar vidas humanas ante un diagnóstico pesimista respecto de los posibles resultados de una resistencia combativa. Alain Decaux escribió: “El general de Gaulle nunca le había perdonado al Mariscal Pétain el armisticio de 1940. Para el jefe de la Francia libre, se había cometido allí un crimen sin expiación posible. ¿La política de Vichy? Reprobaba casi todos los episodios. Pero todo eso, en su fuero interno, pasaba a segundo plano. Según explicaba siempre, «Para mí, la falta capital de Pétain y de su gobierno fue haber concluido con el enemigo, en nombre de Francia, el presunto ‘armisticio’. Verdad es que, en la fecha en que se firmó, la batalla de la metrópoli indiscutiblemente se había perdido….Pero haber retirado de la guerra el imperio indemne, la flota sin mengua, la aviación en gran parte intacta, las tropas de África y del Levante sin haber perdido un solo soldado…; haber traicionado nuestras alianzas; y por sobre todo, haber sometido al Estado a la discreción del Reich, eso es lo que debería condenarse, de tal manera que Francia quedara libre de la deshonra»” (De “La Historia secreta de la Historia”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).

Algo similar ocurre con el empresario Louis Renault, “colaboracionista” de los nazis, que prefiere fabricar vehículos para el ejército invasor con tal de no ver destruidas sus fábricas, algo que ocurrió indefectiblemente al ser bombardeadas luego por los ingleses. El citado autor escribe al respecto: “El 18 de agosto de 1944 comienzan en París los combates por la Liberación. El 19, Louis Renault abandona su departamento…El 20 ya no aguanta más: parte a Billancourt, que los alemanes han abandonado, Louis quiere contemplar la fábrica finalmente liberada. Su fábrica”.

“El 22, ‘L’Humanité’, que ha vuelto a aparecer, lo ataca directamente: «Renault se dedica desde 1940 a fabricar en beneficio del enemigo. Los dirigentes de la fábrica Renault deberán pagar por los soldados de las Naciones Unidas que han muerto, por culpa de su voluntarioso empeño en equipar al enemigo; deberá pagar por los centenares de inocentes muertos en los bombardeos que su traición había hecho inevitables; deberá pagar por los obreros entregados a los verdugos»” (De “Destinos fabulosos”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1989).

No debería decirse que Pétain y Renault fueron traidores a su patria por cuanto su colaboracionismo con los nazis no tuvo como objetivo beneficiar al invasor, sino solamente tratar de proteger vidas, industrias y puestos de trabajo, si bien sus decisiones pueden haber provocado resultados similares a los que habría provocado un adherente a los nazis. Tal es así, que en una encuesta realizada en 1944 en Francia, en la cual se preguntaba a los participantes si Pétain debería ser castigado, por la negativa hubo un 58%, por la afirmativa un 32% y el 10% no opinó. Pétain fue condenado a muerte mientras que Renault murió en la cárcel en circunstancias poco claras, presumiéndose que falleció por los efectos de una golpiza.

Distinto es el caso de los partidarios marxistas para quienes su patria fue la Unión Soviética y no tenían inconvenientes en atentar contra su propio país, o promover su destrucción, con tal de que se instalara el socialismo. Cipriano Reyes fue un gremialista que conocía el accionar de los comunistas, reprochándoles tal tipo de conducta. Pedro Santos Martínez escribió: “Establecido en Berisso hacia 1940, entró en el frigorífico Armour. Retomó la lucha gremial, formando el sindicato. Allí tropezó con los comunistas. Para Reyes, los comunistas no eran de esta tierra, porque no la sienten con intuición y lealtad criollas. Giraban al ritmo de la política exterior del Gobierno soviético. Sus huelgas eran políticas y la miseria obrera era un pretexto de agitación cuando así convenía a la línea política de Moscú. No quiso saber nada con ellos. Su gremio se encontraba absorbido por una lucha continua contra los comunistas. Las escaramuzas no sólo eran verbales, sino también de lucha abierta a muerte en todos los lugares. Los comunistas atentaron contra la vida de Reyes dentro del frigorífico. Planearon que un enorme guinche cayera sobre él en el momento preciso, una voz amiga gritó: «¡Cuidado!». Cipriano atinó a moverse. El guinche cayó a su lado, y así salvó la vida” (De “La Nueva Argentina”-Ediciones La Bastilla-Buenos Aires 1976).

Cipriano Reyes fue convencido por Perón a unirse a sus filas. Sin embargo, luego de un tiempo advierte que los fines del tirano eran principalmente políticos, ya que apuntaban a favorecer sólo a los trabajadores peronistas, por lo cual se aleja del movimiento. Debe haber sido un gremialista auténtico, ya que su obra consistía en lograr mejoras laborales para los trabajadores, siendo encarcelado, por directivas de Perón, por un periodo total de unos siete años. “Cipriano Reyes acaudillaba las columnas obreras que desde todos los lugares se dirigían hacia la plaza de Mayo para rescatar a Perón. Creían que de esa manera estaban librando una lucha contra la injusticia capitalista en la cual aparecía Perón como símbolo de esos afanes. Cipriano fue, pues, el gran protagonista del 17 de octubre de 1945”.

“En Berisso combatió contra los comunistas y contra las empresas; en el Congreso, contra Perón. Todo era demasiado para un solo hombre. En julio de 1947 sufrió un atentado del que resultó ileso”.

Los comunistas tuvieron a la Unión Soviética como su verdadera patria y como centro de su religión atea. En forma semejante a los musulmanes, intentaban hacer un viaje a su patria adoptiva por lo menos una vez en la vida. Es oportuno destacar que no es malo tener dos patrias, en lugar de una, como es el caso de los inmigrantes que nunca olvidan su patria de origen. El inconveniente radica en que los marxistas aman a su patria adoptiva mientras simultáneamente conspiran contra su patria de origen; lo que constituye esencialmente una traición. Víctor José Llaver, quien viajó a la URSS con un grupo de argentinos, escribió: “Del grupo de treinta y dos viajeros por lo menos las dos terceras partes eran marxistas, muchos miembros del Partido Comunista Argentino. Ni qué decir que, para ellos, el viaje a «la Patria Socialista» constituía lo que para un mahometano la peregrinación a La Meca. Su ánimo, el fervor y el entusiasmo permanentemente resultaban envidiables, no obstante que en ocasiones ese estado de excitación era reemplazado abruptamente por un estado opuesto depresivo cuando la observación de algo negativo resultaba inocultable e inexcusable ante los no comunistas como testigos” (De “La URSS hoy”-Editorial Plus Ultra-Buenos Aires 1989).

Como la URSS tenía planes expansivos para establecer su imperio a nivel mundial, sus adherentes se convierten en traidores en sus lugares de nacimiento, como ocurrió con Montoneros y el ERP. Los miles de atentados, bombas, asesinatos, secuestros extorsivos y asaltos perpetrados muestran claramente sus intentos de destruir totalmente a su nación de origen para ver cumplido el sueño expansionista de la “Patria Socialista”. Carlton J. H. Hayes escribió: “El imperialismo soviético no era exclusivamente la expresión del nacionalismo ruso, sino un interesante reconocimiento del nacionalismo de otros pueblos. Esto atraía especialmente a pueblos «atrasados», tanto de Asia como de África, que habían estado sometidos a las potencias coloniales de Europa occidental. La infiltración comunista fue creciendo también por toda América Latina y ejerció una influencia cada vez mayor, aparentando ser un movimiento nacionalista popular y llevando a cabo una inescrupulosa campaña en contra del «imperialismo y la explotación de los yanquis». Este fue el lema que Fidel Castro esgrimió para establecer un régimen revolucionario en Cuba y para iniciar su coqueteo con la Unión Soviética” (De “El nacionalismo, una religión”-UTEHA-México 1966).

En similitud al pacto Hitler-Stalin, con Hitler traicionando sus propias promesas, se establece el pacto entre el nazi-fascista Perón con los marxistas-leninistas Montoneros, con Perón traicionando sus propias promesas una vez que los utilizó como apoyo involuntario para sus propias ambiciones personales. Toda la violencia destructiva de los años 70, tuvo el apoyo de Perón, por lo cual siguió siendo el traidor a la patria que siempre fue. Así como Hitler rompió el pacto con Stalin invadiendo la URSS, Perón rompe el pacto con Montoneros dando posteriormente la orden presidencial de exterminio.

Cuando una nación tiene como héroes nacionales a traidores que promovieron su destrucción material y humana, necesariamente ha de transitar por caminos decadentes, ya sea porque la pudrición contagiada desde esos “héroes” afectó a la población o bien porque la pudrición enquistada en la población no le permite elegir otros gobernantes que no hayan sido traidores a la patria.

Todo individuo tiene el derecho a elegir la ciudadanía que desee y a renunciar a la que naturalmente posee, aunque por ello no tiene el derecho a colaborar con algún imperialismo extranjero en la destrucción de su propio lugar de origen, tal como ocurre con la izquierda política. En el caso argentino, puede decirse que ya hemos padecido varios gobiernos, bien intencionados, con gente incapaz, que no nos hace falta ninguna ayuda de extranjeros ni de traidores locales para autodestruirnos en una forma efectiva.

domingo, 18 de junio de 2017

Permitido lo no prohibido vs. Prohibido lo no permitido

La postura liberal se distingue de las posturas totalitarias en muchos aspectos, y no sólo en lo económico y en lo político. Tal divergencia surge de la opinión respecto de cómo está hecho el mundo; bajo las siguientes dos posibilidades: a) Está bien hecho, en el sentido de que el hombre puede adaptarse plenamente asegurando su felicidad y su supervivencia, siendo “culpable” por el sufrimiento existente, y b) Está mal hecho porque es una trampa que impide que el hombre logre sus objetivos, por lo que la humanidad no debería orientarse por las leyes naturales que lo rigen, sino que deberá ser guiada por hombres que han sido capaces de desenmascarar dicha trampa.

Como ejemplo de postura optimista, puede mencionarse el comentario bíblico asociado al Génesis en el cual, luego de cada acto creativo, se añade: “Y vio Dios que era bueno”. Como ejemplo de postura pesimista, puede citarse un texto de Platón, uno de los primeros ideólogos del totalitarismo: “De todos los principios, el más importante es que nadie, ya sea hombre o mujer, debe carecer de un jefe. Tampoco ha de acostumbrarse el espíritu de nadie a permitirse obrar siguiendo su propia iniciativa, ya sea en el trabajo o en el placer. Lejos de ello, así en la guerra como en la paz, todo ciudadano habrá de fijar la vista en su jefe, siguiéndolo fielmente, y aun en los asuntos más triviales deberá mantenerse bajo su mando. Así, por ejemplo, deberá levantarse, moverse, lavarse, o comer…sólo si se le ha ordenado hacerlo. En una palabra: deberá enseñarle a su alma, por medio del hábito largamente practicado, a no soñar nunca actuar con independencia, y a tornarse totalmente incapaz de ello” (Citado en “La sociedad abierta y sus enemigos” de Karl R. Popper-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1992).

Si existe una ley natural invariante que rige todo lo existente, sin que nada que excluido del orden natural, sólo nos queda la posibilidad de adaptarnos de la mejor manera a ese orden, si bien primeramente debemos describir las leyes que lo conforman, como lo hace la ciencia experimental. Tanto si el universo está “bien hecho” como si está “mal hecho”, el camino es el mismo. Si en muchos aspectos es el orden natural una trampa, deberemos tratar de eludirla, pero nunca resulta conveniente someterse a la voluntad y al gobierno de otros hombres por cuanto nadie es capaz de disponer de toda la información acerca de cómo funciona dicho orden. R. M. MacIver escribió: “Indudablemente, hay leyes de la sociedad como las hay de toda naturaleza animada o inanimada. Donde no hay leyes, no hay realidad ni universo, y donde falta el conocimiento de las leyes, no hay experiencia ni comprensión del universo. No existe caos en el mundo, pues las formas de la ley penetran por doquier, y el caos de nuestra experiencia se transforma en orden, según el grado del conocimiento. A medida que avanzamos en el proceso de conocer, vemos que todas las cosas se relacionan y que el mundo está cruzado de identidades y reciprocidades; que todo lo particular se transforma, en sus aspectos, a un principio válido para otros particulares. Tales principios son las leyes” (De “Comunidad”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1944).

Si existen leyes naturales invariantes, que rigen todo lo existente, debemos aceptar su mandato, siendo ésta la idea básica de la Biblia, por cuanto la sugerencia de aceptar el gobierno de Dios, denominado como el Reino de Dios, no es otra cosa que nuestro acatamiento a la ley natural, que es precisamente la ley de Dios. Esta idea no ha prosperado como se esperaba porque muchos predicadores suponen que un Dios con atributos humanos comunica a algunos hombres sus deseos, por lo que éstos se confunden con los deseos y las ideas propias. Thomas Hobbes describía tal situación afirmando “que Dios nos habla en sueños no es lo mismo que soñar con que Dios nos habla”.

La tendencia bíblica, que se opone a todo gobierno del hombre sobre el hombre, implica “permitir todo lo que no esté prohibido”, en oposición a la sugerencia establecida por Platón, que “prohíbe todo lo que no esté permitido” por el gobierno humano. Lo que prohíbe la Biblia está comprendido en los mandamientos de Moisés; no matar, no robar, no mentir, etc. La síntesis ética que nos asegura la libertad individual, si ha de ser respetada por la mayoría, la constituye el mandamiento de Cristo por el cual nos sugiere compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, que implícitamente abarca las prohibiciones de Moisés.

Es oportuno mencionar que el liberalismo es la tendencia filosófica que se identifica con la postura básica de la religión judeocristiana, ya que la libertad propuesta es, justamente, la no dependencia respecto del mando de otros hombres. Friedrich Hayek escribió: “Esta obra hace referencia a aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo. Tal estado lo describiremos a lo largo de nuestra publicación como estado de libertad”.

“El estado de virtud del cual un hombre no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros se distingue a menudo como libertad «individual» o «personal»”. “La expresión que el tiempo ha consagrado para describir esta libertad es, por tanto, «independencia frente a la voluntad arbitraria de un tercero»” (De “Los fundamentos de la libertad”).

La libertad política como la libertad económica, que constituyen la esencia de la democracia, resultan compatibles con el cristianismo; de ahí que la civilización occidental tiene como atributo principal su adhesión al cristianismo, a la democracia política y a la democracia económica (mercado), produciéndose graves perturbaciones sociales cuando los países occidentales dejan de lado alguno de estos principios, como ha sido el surgimiento o aceptación de los totalitarismos políticos o teocráticos.

El gobierno del hombre sobre el hombre, a través del Estado totalitario, surge también de la mente de Thomas Hobbes ante la necesidad de proteger al individuo del caos existente ante el alejamiento de la sociedad respecto de los mandamientos bíblicos, suponiendo la intrínseca maldad del hombre. Ignacio Iturralde Blanco escribió: “¿Cómo abordar la filosofía de Thomas Hobbes? ¿Cómo enfrentarse a su elevada figura, aquella que, mientras que algunos la consideran propia de un ángel, una gran mayoría abomina por haber ayudado a justificar la tiranía y el poder más absolutista? ¿Cuál era su verdadera intención al imaginar y describir un estado presocial como una situación de guerra sin cuartel, en la que los hombres convierten la vida en un espectáculo vil y esperpéntico? ¿Por qué puso tanto empeño en convencernos de que el poder soberano, sin cortapisas, es bueno por definición, y de que nuestra obligación es obedecer en todo al gigante Leviatán, el Estado, por encima de todas las cosas”.

“Tal vez le resulte chocante al lector que una de las claves que da respuesta a muchas de estas preguntas sea la búsqueda de la paz y el mantenimiento del orden social. No en balde el principal objetivo de la filosofía política de Hobbes fue intentar convencer a los súbditos de las ventajas que tenía obedecer al soberano, y así evitar la guerra civil que se avecinaba en Inglaterra. Además, si nos atrevemos aquí a nombrarlo como príncipe de la paz no es por su bravura, sino por todo lo contrario. Como él mismo no tuvo ningún pudor en reconocer, la mayoría de los actos que emprendió a lo largo de su vida partieron de un rasgo de su carácter mucho más común que la valentía: «la gran pasión de mi vida fue el miedo». De hecho, este mismo sentimiento –al que jocosamente consideraba su hermano gemelo- se constituiría en la piedra angular de su ciencia política sobre la que erige toda una sofisticada teoría de la autoridad suprema” (De “Hobbes”-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).

Hobbes considera que un mal gobierno es mejor que la ausencia de gobierno, por lo cual puede justificarse cierto totalitarismo en situaciones caóticas circunstanciales, siendo injustificado como tendencia u objetivo ideal a lograr en el futuro. Mientras que supone que en la mayoría de los hombres predomina la maldad sobre la bondad, otros autores suponen que la maldad y la bondad están distribuidas, no a nivel de los individuos, sino a nivel de las clases sociales o de las razas. Así, para justificar el totalitarismo, Marx supone que la maldad no es generalizada, sino que hay clases sociales buenas y clases malas, mientras que Hitler supone que hay razas buenas y razas malas. Como ambas clases y ambas razas pueden coexistir en un mismo país o en una misma sociedad, promovieron, mediante sus desafortunadas teorías, las mayores catástrofes sociales que recuerda la historia.

Para fortalecer sus respectivas teorías, los marxistas se encargan de difamar y mentir sobre la clase social burguesa, mientras que excluyen de todo defecto a la clase proletaria. En forma semejante, los nazis se encargaban de difamar y mentir sobre las razas supuestamente “inferiores”, mientras exaltaban las virtudes, ciertas o no, de la raza “superior”. En la actualidad se combate arduamente la discriminación racial, pero no así la discriminación social, o de clases, que, por el contrario, se la admira por ser el camino previo al advenimiento del socialismo.

En una sociedad democrática, en la que está todo permitido, menos matar, robar y otras acciones perjudiciales para los demás, existe un castigo para quienes cometen tales actos. Se intenta lograr, de esa manera, encauzarlos por el camino de la moral natural. Sin embargo, quienes promueven la destrucción de la sociedad democrática (destrucción del capitalismo), buscando instaurar la sociedad totalitaria, aducen que tanto el crimen como el robo se deben a que el asesino o el ladrón “fueron previamente marginados por una sociedad regida por un sistema injusto” y que sus actos delictivos constituyen una “justa venganza” ante el resto. Mientras que, desde el punto de vista democrático, el asesino o el ladrón son culpables por sus actos, para el marxista-leninista los culpables son sus víctimas. De esta visión surge el abolicionismo penal.

Mediante las leyes penales (alejadas de la moral natural), establecidas bajo el criterio del positivismo jurídico, se tiende a minimizar las penas a los delincuentes favoreciendo de esa manera el robo y el crimen. Aducen que el castigo por los actos delictivos no mejoran al delincuente, a lo que debe agregarse que los premios ante ese accionar tampoco lo mejoran, sino que lo estimulan, como fácilmente puede comprobarse en el caso de los delincuentes que recuperan la libertad rápidamente volviendo a reincidir en sus fechorías.

Una vez establecida la sociedad totalitaria, las leyes morales de origen biológico, que son justamente las de la moral bíblica (interpretadas generalmente como provenientes de una revelación), son reemplazadas por leyes dictadas por quienes dirigen el Estado totalitario, estando orientadas a prohibir todo aquello que no ha sido previamente permitido, como ocurrió en la Alemania nazi y en la Rusia comunista. Si bien en la actualidad son pocos los países con regímenes totalitarios vigentes, son muchos los que están en “vías del totalitarismo” (mientras que, hasta hace unos años, estaban en “vías de desarrollo”).

jueves, 15 de junio de 2017

Origen biológico vs. Origen cultural de la ética

El debate entre absolutismo y relativismo moral puede establecerse también como un debate entre un origen biológico de la ética y uno puramente cultural. En el primer caso indicaría que existe una moral objetiva, de validez universal, mientras que en el segundo caso implicaría la posibilidad de que fuese un conjunto de normas derivadas de convenciones subjetivas. Joachim Bauer escribió: “La empatía como «fundamento» de la moral: La investigación de los sistemas morales es relativamente reciente. Una de sus tareas consiste en estudiar científicamente las conductas humanas en situaciones moralmente relevantes, análogas a las de la vida cotidiana. Se pueden sacar también conclusiones interesantes reproduciendo los procesos de acompañamiento neurobiológicos cuando, por ejemplo, una persona tiene que tomar una decisión moralmente relevante”.

“Que la moral es una competencia humana natural con anclaje biológico es algo que ya vio Charles Darwin. Éste calificó de «instinto básico» la capacidad y propensión del hombre a empatizar con los demás. En su opinión, esta capacidad natural del hombre es el fundamento mismo («foundation-stone») de la moral. La moral y los sistemas morales no son, por tanto, la causa sino la consecuencia de la capacidad humana para colaborar y empatizar. Así pues, y por lo que a su origen se refiere, no son constructos ideados por intelectuales o religiosos fanáticos (aun cuando éstos abunden entre zelotes y apóstoles de la moral), sino un fundamento natural y por tanto perteneciente al mundo real”.

En cuanto al significado de la empatía, Robert A. Baron y Donn Byrne escribieron: “Empatía: capacidad de respuesta al estado afectivo de otra persona con una reacción emocional correspondiente que se asemeja a cualquier emoción que experimenta el otro individuo. Por ejemplo, una persona empática percibe que otra es infeliz y como consecuencia experimenta infelicidad”.

“El hecho de mostrar tensión emocional en respuesta de la tensión emocional de otros se ha llegado a observar en niños de tan sólo doce meses de edad e incluso también en monos y simios. Los seres humanos difieren tremendamente en empatía, desde los que se preocupan profundamente de todo malestar experimentado por otros, hasta los individuos sociopáticos que se muestran totalmente indiferentes ante el estado emocional de los que les rodean, sin que esto les pueda afectar”.

“Además del sentimiento de malestar personal ante el malestar del otro, el individuo empático tiene otras tres características que lo definen. Una es el sentimiento de simpatía: sentir una afectuosa preocupación por las necesidades de otro. Otra es la toma de perspectiva: son capaces de meterse en la piel de otro. Finalmente presentan una mayor fantasía: sentir empatía ante un personaje de ficción, representada por conductas tales como llorar en una película triste” (De “psicología Social”-Prentice Hall Iberia-Madrid 1998).

Si interpretamos el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, la base de la ética cristiana, como “compartirás las penas y las alegrías de los demás como propias”, observamos un origen biológico por no ser otra cosa que el mencionado proceso psicológico de la empatía. Incluso se advierte que no hace falta algo tan complicado como la revelación para conocer y describir un proceso elemental y accesible a la observación. El cristianismo sugiere una ética objetiva, de validez universal, por cuanto tiene un origen biológico, descartando el relativismo moral.

La ética cristiana pierde efectividad en cuanto tal mandamiento admite interpretaciones diversas por las cuales es adaptado a las conductas individuales en lugar de proceder a la inversa, esto es, adaptar las conductas al mandamiento. Incluso se llega al extremo de que las creencias en sí mismas generan una supuesta “elevada espiritualidad” que le ha de permitir al creyente cometer algunas contravenciones que se les deberían perdonar por dicha supuesta “elevación”. Joachim Bauer escribió: “Las personas que se proclaman explícitamente seguidoras de un sistema moral suelen tender a considerar la profesión de fe como una especie de «activo en su cuenta particular», como una especie de «licencia» para comportarse en lo sucesivo de manera inmoral”.

“Quien quiera que las personas tengan un comportamiento moralmente aceptable ha de procurar que tengan también pocas ocasiones de sentirse moralmente buenas. Paradójicamente, las personas que más parecen comportarse de manera moralmente aceptable suelen ser las que más tienen presente la miseria ética de la existencia” (De “La violencia cotidiana y global”-Plataforma Editorial-Barcelona 2013).

Por lo general, se supone que el hombre es malo por naturaleza y que esa deficiencia puede ser corregida mediante reglas morales derivadas de éticas con fundamento exclusivamente cultural. Sin embargo, todo parece indicar que en el hombre existe tanto la tendencia hacia la cooperación como a la competencia, mientras que las éticas propuestas tienden generalmente a favorecer la cooperación ya existente en nuestra naturaleza humana. Jeremy Rifkin escribió: “Los descubrimientos recientes en el ámbito de las neurociencias y en el del desarrollo infantil nos obligan a cuestionar la creencia, tan arraigada, según la cual los seres humanos son agresivos, materialistas, utilitaristas y egoístas por naturaleza. Ahora, por el contrario, empezamos a darnos cuenta de que somos una especie fundamentalmente empática, y ello tiene unas implicancias profundas y de largo alcance para la sociedad” (De “La civilización empática”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2010).

Quienes suponen que el hombre es malo por naturaleza, son los que sostienen que es necesario dirigirlos desde el Estado restringiéndoles la mayor parte de sus libertades individuales, tal como lo sugieren las ideologías totalitarias. Si alguien inquiere acerca de quienes están exentos de defectos y plenos de sabiduría para desempeñar desde el Estado esa misión “caritativa” hacia los hombres imperfectos, surgirá seguramente un marxista-leninista debido a su supuesta “supremacía ética”, para justificar tal desempeño. Como, por lo general, los socialistas “exentos de defectos” tienen muy poca paciencia, se producen las grandes catástrofes sociales como las ocurridas en la URSS, China comunista y otros países.

En realidad, los comunistas son defensores de su propio absolutismo moral, a la vez que consideran la validez del relativismo moral como una táctica empleada para desvirtuar otras éticas rivales. Incluso llegan al extremo de considerar a la empatía cristiana como una maniobra de las clases dominantes para explotar más fácilmente al proletariado. Intentan, además, reemplazar el amor al prójimo por el altruismo socialista. Por este medio, al tener el individuo que sacrificarse laboralmente por los demás (concretamente a favor del Estado), perjudicándose materialmente para lograr cierta satisfacción personal, se advierte una situación poco atractiva que ha de durar muy poco tiempo; algo absurdo si se considera que los intercambios que se establecen en el mercado tienden a beneficiar a ambas partes simultáneamente, sin necesidad de que alguien deba sacrificarse por los demás.

La propuesta del relativismo moral tiende a destruir el orden social por cuanto, si el bien y el mal son conceptos puramente convencionales y subjetivos, no valdría la pena buscar el bien y rechazar el mal. Ello implica una desorientación en cada individuo. Antonio Fornés escribió: “¿Tenemos clara nuestra escala de valores y nuestro código de comportamiento? Y mucho más importante todavía, ¿basándonos en qué certezas somos capaces de establecer nuestro presunto orden moral?”.

“Probablemente, la dificultad para contestar a esta última pregunta en la mayoría de nosotros es una de las causas subyacentes al avance del relativismo, es decir, de la teoría de que todos los posicionamientos morales son respetables y admisibles, pero…esta posición en realidad no parece acabar con los problemas pues, de un lado, no nos aclara qué camino ético personal hemos de tomar, ¿debemos dejarnos llevar simplemente por la tradición o la moda? De otro, las teorías relativistas acaban abogando por una ética de mínimos que debe ser aceptada por todos, lo que dicho desde una postura relativista no deja de ser una contradicción, además ¿cómo se fundamenta esta imposición de un mínimo común denominador ético?”.

La ausencia de un fundamento objetivo de la ética fue planteada por Protágoras, quien afirmaba que “El hombre es la medida de todas las cosas”. Fornés agrega al respecto: “El sabio griego nos propone al hombre como juez único y personal de todos sus actos. En una línea de pensamiento que pese a tener más de dos mil años resulta muy actual, afirma que la moral no es más que una decisión cultural alejada de cualquier valor absoluto, que la ética carece de cualquier fundamentación, es decir, de cualquier posibilidad de dar una razón última, incontestable, a nuestros actos” (De “Las preguntas son respuestas”-Plataforma Editorial-Barcelona 2009).

Víktor Frankl sostiene que el principal conflicto psicológico de nuestra época es la ausencia de un sentido de la vida; conflicto que no existía en el pasado por cuanto la religión le brindaba a cada individuo respuestas al respecto, con una orientación ética definida, como un objetivo concreto que debería lograr. “El relativismo no responde personalmente a la gran pregunta de qué debo hacer, pues si todas las posiciones son iguales, ¿cuál es la que elijo? Además plantea otro problema, si debemos admitir la pluralidad de propuestas, pues no hay ninguna mejor que otra, planteamientos éticos como los que aboguen por la desigualdad racial, por sistemas antidemocráticos, o por el integrismo religioso deberán ser admitidos, ¿deberemos, por tanto, tolerar al intolerante?” (“Las preguntas son respuestas”).

Todo indica que debemos orientarnos en lo posible por las conclusiones de las ciencias sociales verdaderas, por cuanto existen pseudo-ciencias que pretenden lograr reconocimientos como si fuesen ciencia experimental seria, sin ser factible la posibilidad de verificar sus conclusiones, y muchas veces sin que esas conclusiones tengan una mínima coherencia lógica.

Si el hombre tiene como atributo cierta actitud característica, por la cual responde de forma semejante en iguales circunstancias (al menos durante una etapa de su vida), sólo queda la posibilidad de elegir la actitud cooperativa por la cual hemos de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, no tanto como objetivo concreto sino como tendencia u orientación.

Si, desde la psicología, se describe el fenómeno de la empatía como principal atributo que disponemos para consolidar el vínculo social, corroborado por la neurociencia a través del descubrimiento de las neuronas espejo, y coincidente con la ética propuesta por el cristianismo, el problema está resuelto. En realidad está resuelta una parte del problema, por cuanto no resulta nada sencillo divulgar este conocimiento hasta que sea aceptado mayoritariamente por los integrantes de la sociedad. El “vehículo” que ha de llevar esa información, por la cual se identifica religión y ciencia experimental, ha de ser la religión natural.

martes, 13 de junio de 2017

Perturbaciones psicológicas producidas por los regimenes totalitarios

Son dos los sectores afectados por las ideologías y prácticas totalitarias; en primer lugar lo serán los adeptos y en segundo lugar sus víctimas u opositores. Los primeros desarrollarán actitudes de soberbia y desprecio antes sus dominados por cuanto los totalitarismos son equivalentes a imperialismos internos, o en una misma sociedad, mientras que los imperialismos propiamente dichos implican el dominio de un país sobre otro.

Los adeptos al régimen totalitario menosprecian la moral aceptada por la sociedad, e incluso valoran los actos violentos e ilegales de los integrantes de tal movimiento, ya que, por estar dirigidos contra la sociedad que no les ha dado el lugar que creen merecer, tienden a justificarlos. Hannah Arendt escribió: “Los futuros dirigentes totalitarios comienzan usualmente sus carreras jactándose de sus delitos pasados y perfilando sus delitos futuros. Los nazis «estaban convencidos de que en nuestro tiempo el hacer el mal posee una morbosa fuerza de atracción». Las afirmaciones bolcheviques, dentro y fuera de Rusia, de que no reconocían a las normas morales ordinarias se convirtieron en eje de la propaganda comunista, y la experiencia ha demostrado una y otra vez que el valor de la propaganda de hechos canallescos y el desprecio general de las normas morales es independiente del simple interés propio, supuestamente el más poderoso factor psicológico de la política”.

“No es nada nueva la atracción que para la mentalidad del populacho supone el mal y el delito. Ha sido siempre cierto que el populacho acogerá satisfecho los «hechos de violencia con la siguiente observación admirativa: serán malos, pero son muy hábiles». El factor inquietante en el éxito del totalitarismo es más bien el verdadero altruismo de sus seguidores: puede ser comprensible que un nazi o un bolchevique no se sientan flaquear en sus convicciones por los delitos contra las personas que no pertenecen al movimiento o que incluso sean hostiles a éste; pero el hecho sorprendente es que no es probable que ni uno ni otro se conmuevan cuando el monstruo comienza a devorar a sus propios hijos…” (De “Los orígenes del totalitarismo”-Aguilar-Buenos Aires 2010).

En la Argentina, los partidarios del líder totalitario Juan D. Perón adoptaban una actitud que podía sintetizarse en la expresión: “Criminal o ladrón, queremos a Perón”. Ese “amor” por el líder provenía, no tanto por haberles dado un sentido a sus vidas, sino por haberles dado un motivo para dirigir el odio y el resentimiento social que llevaban dentro, además de haberles otorgado medios materiales de subsistencia alejados del trabajo honesto y productivo. Incluso en la actualidad, luego de haberse confirmado que el kirchnerismo no fue tanto un movimiento político como una organización delictiva, poco o nada ha variado el porcentaje de seguidores, por lo que tal movimiento posee varios atributos que lo acercan más a un totalitarismo que a un populismo, si bien no existe una línea definida entre ambos.

Cuando se habla de la dictadura de Perón, no faltan quienes rechazan tal designación por cuanto se sostiene que “fue electo por la mayoría de los votos”. Tal legitimidad de acceso al poder no se discute, lo que en realidad se discute es la legitimidad de los actos llevados a cabo desde su gobierno. También Hitler subió al poder mediante los votos mayoritarios del pueblo, si bien su régimen mostró ser totalitario y opresivo tanto para Alemania como para Europa. La citada autora escribió: “La elevación de Hitler al poder fue legal en términos de Gobierno de la mayoría. Esta fue, desde luego «la primera gran revolución de la Historia realizada mediante la aplicación del código formal legal existente en el momento de la conquista del poder» (Hans Frank)”. “Se ha señalado frecuentemente que los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas”.

Perón es admirado por su habilidad política por seguidores y opositores. En realidad fue un imitador de Hitler y de Mussolini que aseguró el subdesarrollo argentino por muchos años. No tiene mucho sentido admirar a alguien por ser eficaz en una tarea embaucadora y destructiva; más bien debemos reservar los elogios para quienes muestran habilidad en tareas constructivas. Fiel a sus colegas totalitarios, Perón favoreció el encubrimiento y huida de varios criminales de guerra nazi cobijándolos en la Argentina. Alberto Sarramone escribió: “A partir de 1946, nuevamente comienzan a llegar a la Argentina alemanes que ya no tenían lugar en Alemania. Esta vez se trataba de dirigentes nacionalsocialistas de distintas jerarquías y profesionales alemanes comprometidos con el Tercer Reich. El Gobierno de Perón los mandó a buscar, montó una organización especial para traerlos y les dio albergue en universidades, la función pública y en empresas, y se creó una organización especial para ubicar a los ahora jerarcas y burócratas nazis en Argentina. Con la caída de Perón en 1955, muchos emigraron hacia otros países…Pero además durante su Gobierno vinieron más de veinte mil alemanes, austriacos y Volksdeuchche de otros países de Europa central y oriental cantidad que incluía una proporción mayor de individuos con niveles diferentes de afinidades con el nazismo”.

“Lo cierto es que no fueron ni los nazis ni sus socios europeos los organizadores y sustentadores de esta organización que seguiremos llamando Odessa [por una novela de Frederick Forsyth], aunque ese nombre es una mera ficción del novelista. Todo indica que la figura clave de esta organización no era otra que el Presidente argentino Juan Domingo Perón, en connivencia con la Iglesia Católica desde el Vaticano, y algunos funcionarios de ciertos Estados europeos” (De “Alemanes en la Argentina”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2011).

Mientras que en la Alemania nazi se denigraba a los opositores obligándolos a hacer el saludo partidario, recibiendo alguna forma de castigo por no hacerlo, durante la dictadura peronista fue obligatorio llevar luto por la muerte de Eva Perón como también fue obligatorio, para los empleados públicos, afiliarse al partido Justicialista bajo amenazas de ser despedidos en caso de no hacerlo. Bruno Bettelheim escribió: “Mientras que en las dictaduras del pasado un oponente podía sobrevivir dentro del sistema manteniendo una considerable independencia de pensamiento y con frecuencia, hasta cierto punto, de acción, lo cual le permitía conservar el respeto de sí mismo, en el moderno estado totalitario no es posible conservar ese respeto de sí y vivir en oposición interna al sistema. Todo anticonformista moderno se enfrenta a un dilema: exponerse como enemigo del gobierno, ser víctima de la persecución del mismo y, la mayoría de las veces, resultar destruido; o fingir externamente que cree en algo que por dentro rechaza y desprecia por completo”.

“La consecuencia de esto es que a la fuerza el súbdito de una sociedad totalitaria llega a engañarse a sí mismo, a buscar excusas y subterfugios. Y al hacerlo pierde precisamente el respeto de sí mismo que trata de mantener, un respeto de sí mismo que necesita desesperadamente para conservar su sentimiento de autonomía. Un ejemplo de ello lo tenemos en el saludo hitleriano, que fue introducido deliberadamente para que dondequiera que se encontrasen las personas –en lugares de reunión públicos y privados como restaurantes, vagones de tren, oficinas o fábricas y por la calle- resultara fácil reconocer a los que se aferraban a las viejas formas «democráticas» de saludar a los amigos. Para los seguidores de Hitler saludar de aquella manera muchas veces al día era expresar su autoafirmación, su poder. Cada vez que un súbdito leal lo practicaba, su ego resultaba fortalecido”.

“Para el oponente al régimen el saludo producía exactamente el efecto contrario. Cada vez que tenía que saludar a alguien en público vivía una experiencia que convulsionaba su ego y debilitaba su integración. De haber sido sólo su superego el que se oponía al saludo, le habría resultado más fácil; pero la exigencia del saludo escindía su ego justamente por la mitad”

“Así el oponente del régimen totalitario, que necesitaba un ego fuerte para poder sobrevivir en una sociedad hostil y aferrarse a sus convicciones pese al continuo y despiadado bombardeo de los medios de comunicación con sus mensajes encaminados a invalidar todo aquello en lo que creía, se encontraba en situaciones que desintegraban su ego al obligarlo a luchar en dos frentes opuestos: para afirmar el deseo de libertad y para protegerse a sí mismo de ser destruido por el Estado por oponerse a las exigencias del mismo” (De “Educación y vida moderna”-Editorial Crítica-Barcelona 1981).

Ante el esfuerzo cotidiano y permanente de tener que vivir bajo la lucha constante contra la presión ideológica del medio y las propias convicciones opositoras, muchos terminaban renunciando a la oposición interior y aceptando la ideología exterior. “Y esto el individuo se veía obligado a hacerlo por el hecho de tener que saludar muchas veces cada día, no sólo ante todos los funcionarios –maestros, policías, carteros, etc.- sino también al reunirse con sus amigos más íntimos. Pese a que el individuo creyera que el amigo pensaba igual que él –cosa de que raramente se podía estar seguro-, las otras personas que le veían saludando en forma distinta a la hitleriana podían denunciarlo y con frecuencia así lo hacían”.

“Negarse a saludar resultaba aún más difícil porque uno no sólo ponía en peligro su propia vida, sino también la de la otra persona, toda vez que era obligatorio denunciar ante las autoridades todos los casos en que no se saludase de aquella manera. Así, pues, varias veces al día el antinazi tenía que escoger entre convertirse en un mártir, y al mismo tiempo poner a prueba el valor y las convicciones de la otra persona, o perder el respeto de sí mismo”.

Otro de los métodos utilizados por los peronistas r inspirado en los nazis, es la promoción de la delación, por lo que los antiperonistas debían hablar en voz baja ante la presencia de algún posible partidario del dictador. “En la mayoría de los casos el oponente del sistema no encontraba respiro ni siquiera en el seno de su propia familia. Eran muy raras las familias formadas en su totalidad por elementos no nazis. Los niños eran especialmente susceptibles al adoctrinamiento en la escuela, las juventudes hitlerianas, etc. los engatusaban para que espiasen a sus padres y los denunciaran a las autoridades. No fueron muchos los niños que así lo hicieron. Pero los niños cuyos padres eran antinazis se encontraban en un verdadero aprieto al tener que decidir entre la lealtad a sus padres y las obligaciones para con el Estado, el cual les había inculcado la idea de que tenían el deber de denunciar a las personas desleales. Estos conflictos de lealtades son un tormento para los niños y les mueven a odiar a quienes les han metido semejante dilema psicológico”.

El totalitarismo es la peor enfermedad de la sociedad por cuanto destruye todo vínculo existente entre sus integrantes, pasando a ser un conjunto de individuos aislados y temerosos de los demás.

lunes, 12 de junio de 2017

Los inicios de la decadencia económica y una posible solución

Por Álvaro C. Alsogaray

En toda sociedad debe existir un orden porque la naturaleza humana no acepta la anarquía; para estructurarlo hay que tener en cuenta cuatro aspectos fundamentales que son el jurídico, el económico, la organización política del Estado y el social. Esto cuatro órdenes que he mencionado sin darle a uno más jerarquía o importancia que a otro, son los que, a través de sus interrelaciones conforman un orden global. Por razones de afinidad de la manera de pensar del ser humano hay correspondencia entre los cuatro, lo que significa que a un orden jurídico determinado, le corresponde otro afín en el campo económico, social y de organización política estatal. Esto permite diferenciar ciertas líneas de pensamiento que, de lo contrario, no se podrían definir porque si los órdenes se pudieran mezclar sería muy difícil concebir una idea coherente de cómo puede funcionar una sociedad.

Una de las interrelaciones que conviene examinar con mayor precisión, porque es la que se presenta con mayores discrepancias en la realidad actual, es la que existe entre los sistemas políticos y económicos. Para la Argentina y el mundo se presentan tres posibilidades. La primera se puede definir como una sociedad colectivista con economía centralmente planificada. Una variante, contrapuesta, es una sociedad libre con economía de mercado verdadera. A propósito agrego la palabra verdadera porque entre nosotros debería bastar la concepción de economía de mercado, pero luego de la distorsión que se ha hecho en los últimos años del concepto, es necesario ese refuerzo explicativo. Una tercera posibilidad son las sociedades intermedias o, más exactamente, las que pueden ser calificadas de híbridas. En éstas las economías son dirigidas en mayor o menor grado por el Estado en forma directa, o por una intervención indirecta a través de empresas estatales y juntas reguladoras. Para que no queden dudas sobre estas posibilidades se pueden citar ejemplos.

Una sociedad colectivista con economía centralmente planificada es la que rige en la Unión Soviética y los países socialistas. El colectivismo también abarca al nacional socialismo y en nuestro país al peronismo de la primera hora, es decir de 1945 a 1955. Una sociedad liberal con economía de mercado verdadera es la de EEUU y algunos países europeos. La tercera variante, dijimos, son las sociedades intermedias, con economía intervenida por el Estado y con constituciones liberales; es decir, son socialistas en economía y tratan de ser liberales en política. A esta corriente de pensamiento pertenece la mayoría de los partidos políticos de la Argentina y el peronismo de la segunda hora. Quiero aclarar que ese cambio de nacional socialismo a un sistema híbrido, del peronismo, se debió a que no tenía fuerzas para volver a imponer el nacional socialismo. Con ese cambio se confundió con uno de los tantos partidos políticos intermedios y por eso pudo llegar a un acuerdo con los supuestos partidos democráticos. Estas tres formas de concebir la sociedad y la economía dentro de la sociedad constituyen opciones para el mundo entero y, por supuesto, también para la Argentina.

En las últimas cuatro décadas [escrito en 1981] los procesos se dieron de la siguiente manera: de 1945 a 1955 hemos tenido economía colectivista de corte nacional socialista; de 1955 a 1973 vivimos sociedades intermedias con una mayor o menor intervención estatal en la economía, según el gobernante de turno, y ese periodo incluye a mis dos breves experiencias ministeriales de 1959 a 1961 y los seis meses de 1962, durante los cuales traté de revertir el proceso para llevarlo hacia una economía de mercado verdadera con algún resultado positivo; en tan poco tiempo no logré cambiar la tendencia. De 1955 a 1973 fueron periodos de gobiernos bastante indefinidos, sin personalidad social e histórica, con economías intervenidas.

Todo hacía suponer que el periodo de 1973 a 1976 significaría un regreso al nacional socialismo, pero no se concretó porque Perón ya no tenía fuerzas para ser otra vez un dictador, y porque murió a mitad de camino. En este periodo, el peronismo de la segunda hora no se diferenció mayormente del radicalismo o del desarrollismo, y la prueba es que se confunde políticamente con esas tendencias por medio de alianzas; ello fue posible porque en el fondo pensaban de la misma manera.

El periodo de 1976 a la fecha es muy complejo y resulta bastante difícil de definir; es complejo para el gran público porque el programa económico que se anunció fue el de una economía de mercado, pero en los hechos concretos la instrumentación fue dirigista. En realidad se utilizaron las apariencias de una economía de mercado para hacer una experiencia que yo llamo para-liberal. A lo largo de estos últimos cinco años la economía fue dirigida e intervenida por medios más sutiles o más refinados, pero equivalentes en el fondo a los de cualquier otra época estatizante. Por consiguiente no hemos resuelto el problema, sino que hemos seguido viviendo en una sociedad intermedia con economía dirigida e intervenida.

Llegamos al momento actual con una economía para-liberal, que el 24 de marzo de 1976 se presentó como liberal, contó con el apoyo explícito de todos y con condiciones excepcionales: grandes créditos del exterior, cuatro grandes cosechas. No hubo obstrucciones sindicales ni políticas. Durante décadas el país no gozó de una situación tan excepcional; sin embargo, los resultados no pueden ser calificados de satisfactorios porque hay una sensación generalizada de frustración, porque no se cumplió con la promesa de llevar adelante una economía que corrigiera los errores de los últimos treinta años. El hombre común se siente totalmente confundido; además, en la medida que siga creyendo que se aplicó una economía de mercado verdadera, cada vez va a entender menos. Hay que hacer un gran esfuerzo para explicar que los principios fundamentales del liberalismo o de la economía de mercado no se aplicaron, y que hubo una economía para-liberal. O dicho en otras palabras, todavía no hemos vivido en una economía de mercado verdadera.

La gran constante de la economía argentina durante los últimos treinta años es la mezcla de dirigismo e inflación. Estas economías intermedias, basadas en el cáncer social de la inflación, provocan destrucción moral y perturbación social y corroen la sociedad. En cuanto a la sociedad liberal con economía de mercado hay que advertir que, generalmente, no es deseada a priori por el público y los gobernantes, porque impone disciplinas financieras y monetarias. Cuando existen estas disciplinas y se logra tener una moneda estable, las aventuras, la vida fácil y el despilfarro no son posibles.

La República está viviendo una profunda crisis que, a mi juicio, tiene un principio visible con la caída del Banco de Intercambio Regional, no por la importancia del Banco, sino porque en ese momento comenzó a derrumbarse todo el sistema. Esto significa que el reajuste que no se hizo a partir de marzo de 1976, que quedó latente, ya comenzó a producirse, y que a esta altura de los acontecimientos nadie lo puede evitar. Se va a producir tarde y en forma desordenada, con un costo superior al que hubiera demandado si la economía se hubiera encauzado en la senda del liberalismo verdadero. Los procedimientos intermedios o híbridos están agotados y no quedan artificios para que sobrevivan. Debemos 30.000 millones de dólares, que implican un servicio por intereses únicamente de 4.500 millones por año, el presupuesto en pesos es inmanejable y las empresas del Estado deben no menos de 10.000 millones de dólares. Se están agotando la paciencia y las divisas. Esto, en síntesis, es lo que nos pasa.

Es conveniente aclarar que los juicios vertidos no intentan hacer acusaciones personales o juicios de valor sobre las personas, porque estoy convencido de que los funcionarios que actuaron tuvieron las mejores intenciones del mundo y que son competentes. Mis observaciones o críticas son sobre las políticas y los hechos concretos que han surgido de esas políticas. Coincido con que la coyuntura de marzo de 1976 fue una de las peores del país. Existía una herencia desastrosa, ya que teníamos la subversión por un lado y por el otro el más grande desorden económico y financiero con la tasa de inflación más alta del mundo. Fue la peor herencia de muchas décadas. Pero también destaqué que con un gobierno de orden, las expectativas cambiaron dramáticamente en pocas semanas y el país pudo encaminarse, mientras la delincuencia subversiva era desarmada. Quedaba entonces la tarea de restablecer el orden económico y financiero, y el control de la inflación.

Se vivió una expectativa favorable por la acción del 24 de marzo y se abrió una extraordinaria posibilidad de encauzar la economía que, a mi juicio, fue desaprovechada. El público creyó en una etapa de orden a partir del 24 de marzo, y creyó que se iba a implementar una política de economía de mercado cuando se le anunció el programa del 2 de abril, y allí nacieron las expectativas favorables. No fue por la puesta en marcha de una política basada en el enfoque monetario del balance de pagos y la fijación de la paridad cambiaria. Se trataba de una coyuntura realmente favorable, tan favorable que yo no me acuerdo de otra tan espléndida, a pesar de que reconozco y recuerdo muy bien que el punto de partida fue calamitoso. El respaldo político del equipo económico fue extraordinario y entonces, si juntamos ese respaldo político y la coyuntura favorable después de 1976, y luego analizamos los resultados a cinco años del proceso, no creo que podamos estar satisfechos. El 24 de marzo de 1976 los militares tuvieron que optar por economía libre o dirigista y se inclinaron por la primera, pero se llevó adelante una economía para-liberal.

El punto de partida de la discrepancia fue que aparecieron dos enfoques. Uno dijo que la inflación era muy grave, que era la oportunidad de terminar con ese cáncer, que ello debía tener un costo y que en el camino tenían que quedar algunos desocupados por la recesión. El otro enfoque también señaló la necesidad de luchar contra la inflación, pero argumentó que ese proceso se podía hacer lentamente, paso a paso, gradualmente, sin recesión ni desocupados. Ante la divergencia en la instrumentación los militares se inclinaron por la segunda y algún día habrá que aclarar para que quede en la historia, si la impusieron o fue propuesta por el equipo económico. Yo creo que los militares no impusieron esa condición, sino que fue propuesta. En uno de los discursos del ministro Martínez de Hoz está escrito que había logrado parar la inflación sin desempleo por no haberse atado a ninguna doctrina, por proceder pragmáticamente y no aceptar ninguna etiqueta, sobre todo la de liberal.

Yo no he dicho, por otra parte, que el peso de la deuda signifique que ya no podemos manejar el sector externo, sino que reflexiono sobre la magnitud del crecimiento y que implica un servicio, en intereses solamente, de 4.500 millones de dólares al año, que equivalen al 50% de las exportaciones anuales del país. Esto significa que en los años que tenemos por delante debemos hacer un gran esfuerzo en materia de exportaciones nada más que para pagar intereses. Para el resto de la economía nos van a quedar muy pocas divisas, porque también hay que ser realistas y tener conciencia de que no podemos tener cosechas record todos los años.

Pero existe otro problema que consiste en cómo parar el crecimiento de la deuda. Hay situaciones muy difíciles, como la de YPF, que tiene una deuda superior a 5.000 millones de dólares y no puede endeudarse más. Pero si queremos que YPF no aumente su nivel de endeudamiento, habrá que darle más recursos a través de las retenciones o el precio de los combustibles. Esta empresa sustituyó el ingreso verdadero a través de la venta de sus productos por un endeudamiento creciente. El interrogante es cuándo aparecerá el límite. Si se le aumenta la retención, ello significa menos ingresos para la Tesorería y un mayor déficit; si se aumentan los precios para mejorar las finanzas, el impacto sobre la población será muy grande.

El efecto maligno que ha tenido el crecimiento del endeudamiento, tanto externo como interno, es que ha sido como un antifaz para disimular el mal manejo de la economía. Y con todos los proyectos que están lanzados no veo cómo podemos parar el grado de endeudamiento. En cuanto a la elección de la tablita como instrumento económico, por supuesto que no creo que fue hecha para provocar una catástrofe, ni tampoco para reprimir artificialmente la inflación. Fue hecha con la idea de que al establecer pautas para el propio gobierno, éste las debía cumplir junto con el manejo que se hacía de los salarios, y con la aplicación de la Resolución 6, la actividad privada debía converger hacia esas pautas. Eso podía ser cierto si se eliminaba la inflación interna. Pero, lamentablemente, se siguió emitiendo una gran cantidad de dinero por el déficit del presupuesto, y para evitar la caída en cascada de bancos y empresas, lo que provocó, a su vez, una gran presión inflacionaria interna.

No se podía llevar adelante este programa con un crecimiento de los recursos monetarios del 200 por ciento anual. De allí es que surgió la expresión de inflación reprimida: inflación porque se creaba dinero con una tasa fabulosamente grande, y reprimida porque, mediante el artificio del tipo de cambio prefijado, no se exteriorizaba en alzas de precio en la mayoría de los precios comerciables internacionalmente. El artificio afectaba a todo el sector agropecuario y a toda la industria nacional expuesta a la competencia internacional. Además el gobierno permitió que las empresas del Estado aumentaran sus tarifas por encima de sus propias pautas. A través de la tablita se le pusieron precios máximos a los productos y a través de la creación monetaria se impulsaba la inflación. Tarde o temprano todo empresario debía quedar atrapado en esta pinza que lo llevaría a la quiebra. Esto, creo yo, era previsible.

Escribí un artículo que titulé “Se cierne la tormenta”, donde dije que eran previsibles tres consecuencias. Primera, quebrantos en la estructura productiva agropecuaria y en la industrial que está sujeta a la competencia internacional; segunda, crisis en el balance de pagos; tercera, inestabilidad financiera. Las tres previsiones se cumplieron y están a la vista. Está mal centrar todas las críticas en la tablita porque la culpa la tiene la inflación y el mecanismo de alimentación de la inflación. El gobierno hizo inflación a través de la creación espuria de moneda y puso la tablita como un remedio. Me parece absurdo el método de crear una enfermedad para buscar un mal remedio, y para colmo después de tener que discutir sobre el remedio.

Se puede discutir sobre la teoría del enfoque monetario del balance de pagos, como todas las teorías que existen, pero no se la puede aplicar para luchar contra la inflación mientras simultáneamente el gobierno crea inflación. En Chile se la aplica y con éxito, precisamente porque el gobierno no crea inflación a través del déficit de Tesorería; en Chile no existe déficit y el gobierno no se ve obligado entonces a crear artificialmente grandes masas de dinero espurio. No hay déficit de presupuesto, no hay déficit de las empresas del Estado y porque el Estado no da los avales para que los privados se embarquen en extrañas aventuras.

Lo lamentable es que no todo termina en un proceso de inflación interna, sino que una parte del exceso de divisas termina canalizándose hacia la compra de moneda externa. Entonces volvemos a crear una enfermedad y buscamos un mal remedio: para evitar la compra de dólares se montó un mecanismo de tasas de interés en términos reales que fueron y siguen siendo las más altas del mundo para que el público deposite en pesos. Otra vez el absurdo. Y así llegamos al peor de los mundos: inflación en alza, pérdida de reservas de divisas, las tasas de interés más altas del mundo, recesión y desempleo. En estos momentos, si bajamos las tasas de interés, nos quedamos sin empresas. Esto hay que pensarlo antes de aplicar una teoría.

Nosotros sufrimos un nacional socialismo trasnochado, cuando ya había fracasado en Europa. Eso sí, tuvimos una circunstancia especial que fue un dictador especial que se llamó Perón; en Alemania se llamó Hitler y en Italia Mussolini. Pero hay que agregar que cuando nuestro trasnochado nacional socialismo cayó, las llamadas fuerzas democráticas de la Argentina no tuvieron capacidad de respuesta. Esas llamadas fuerzas democráticas, en lugar de denunciar lo que había pasado y condenarlo, en 1958 se hizo una alianza de Perón y Frondizi que rehabilitó el nacional socialismo y éste pasó a ser un partido más. La reacción de los partidos políticos de Alemania e Italia fue muy diferente con relación al nazismo y fascismo. Al rehabilitarse el nacional socialismo en la Argentina, los partidos políticos creen que el éxito del peronismo residía en lo que había propuesto en materia de estatismo y dirigismo económico, y lo imitaron. No se dieron cuenta que el éxito de Perón fue Perón mismo en un país virgen para esa clase de aventuras.

Coincido con Mora y Araujo en que el país puede incorporar la economía de mercado. Algunas encuestas dicen que un 70% de las personas apoya una economía liberal, pero sucede que está confundida en lo que hace a la política global, porque hemos tenido un fracaso de la clase dirigente. Y creo que ese fracaso fue total en los últimos cinco años, tanto por parte de los gobernantes como de los empresarios. Este fracaso no es “de los otros” sino “de nosotros”. Hay un fracaso de la clase dirigente, que no estuvo a la altura de los acontecimientos que se desarrollaron. Hoy creo que el pueblo argentino está preparado para apoyar un proceso de desestatización y la puesta en marcha de una economía más libre, pero falta convicción y decisión en la clase dirigente.

Con respecto al enfoque del general López Aufranc sobre si los problemas están en la naturaleza de las personas o en la naturaleza de los sistemas, creo que es una disyuntiva difícil de resolver, como el problema del huevo y la gallina. Creo que hay una interrelación. La naturaleza de la gente lleva a un sistema, y recíprocamente la gente se comporta como dice el sistema. Creo que se puede actuar sobre el sistema para construir uno mejor y que entonces éste actúe sobre el comportamiento de la gente. Si se acepta que todo reside en la naturaleza de las personas, no se puede hacer nada. Si uno propone en cambio que se puede cambiar el sistema, por lo menos tiene la esperanza para intentar modificar lo que considera que anda mal.

También quiero recordar que no sólo los latinos tienen defectos. Hubo una época, la del nazismo, en que los alemanes eran totalitarios, autocráticos y corruptos y varias cosas más. Y después de 1948 pasaron a ser democráticos y a tener una economía fuerte. ¿Ese cambio se produjo porque son sajones? No. Porque tuvieron la inteligencia de cambiar el sistema. Si la Argentina cambia el sistema volverá a progresar. Hay que cambiar este sistema por el cual la gente tira el dinero, y el gobierno despilfarra. El sistema es el que empujó a la gente, en medio de un conflicto que conducía a una guerra, a viajar al exterior a comprar televisor cromático. Con nuestra población, que es un dato, el sistema tiene mucha importancia.

El sistema es el que traza normas de conducta ya que hubo una época en que el ahorro se transformaba en inversión productiva; luego el ahorro se canalizaba hacia la compra de un departamento o un terreno; ahora se especula con certificados de depósitos y bonos externos. Y básicamente la gente es la misma. Pero el comportamiento ha sido muy distinto según el sistema. El sistema crea moneda y para conservarla en el país el sistema hace pagar la tasa de interés más alta del mundo. En estos momentos existe el equivalente a 18.000 millones de dólares colocados a menos de 30 días en bancos y financieras, lo que significa que todos los días los argentinos deciden qué hacer con 700 millones de dólares de certificados que vencen. Este es un mecanismo explosivo creado por el sistema. Ojalá no explote.

Cuando se habla del papel del empresario, hay que empezar por reconocer que existen dos tipos de empresarios. Están los que son altamente proteccionistas, partidarios de la intervención del Estado, y están los otros, los dispuestos a afrontar la competencia y la lucha por la eficiencia. Antes de preguntarnos qué pueden hacer los empresarios, es preciso que los empresarios aclaren su posición. Porque esta disyuntiva lleva a aclarar, en definitiva, qué clase de sociedad se busca. Los empresarios para mí se han unido una sola vez, cuando se trató de terminar con un régimen nefasto, pero tenían un objetivo, el de terminar con ese régimen. Después, la diversidad de ideas que partieron del sector lleva a pensar que existen principios de un lado y principios del otro lado.

En el aspecto, diríamos técnico, el empresario defiende sus intereses sectoriales lícitos en las cámaras. Ahora bien, cuando el empresario puede desdoblarse, y mira por encima del interés sectorial, el interés general, más que como empresario está pensando como político. En algunos países, por ejemplo México y Francia, el patronato reúne a los empresarios en este último plano; así, puede que alguno de ellos tenga que actuar contra los intereses del sector que representa, porque esos intereses, en ese momento, no coinciden con el interés general.

Hay escasez de capitales y de inversiones. Existe un razonable nivel de ahorro, pero retenido artificialmente por medio de la tasa de interés más alta del mundo. Por otra parte el ahorro no está bien canalizado hacia las inversiones productivas, sino que gira constantemente en una ruleta financiera. Es cierto que tenemos petróleo, gas natural, alimentos, que no tenemos conflictos religiosos, ni raciales o políticos, pero precisamente por estas características es que debemos seguir investigando por qué la Argentina no consigue despegar. Yo insisto en que la causa hay que buscarla en un sistema que hay que cambiar totalmente.

Estamos viviendo una crisis profunda y tenemos que asumir la necesidad de un necesario reajuste en lo económico. Pero en términos más globales, lo que nos va a ocurrir de ahora en adelante depende de cuál será el camino elegido, sobreponiéndonos a la coyuntura. Tenemos que tener conciencia de que los caminos híbridos están agotados y no hay artificios para seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades. Se aproxima el momento de tener que hacer una gran elección: el sistema colectivista con economía planificada, o de una vez por todas ir a una política racional de economía de mercado con libertades individuales. Creo que esta definición se tiene que producir en muy corto plazo, y pienso que el país se va a inclinar por un sistema liberal con economía de mercado verdadera.

(Fragmentos de la entrevista grupal de la Revista Mercado titulada “¿Qué nos está pasando?” y publicada el 27/8/1981)
(Citada en “La máquina de impedir” de Emilio Perina-Editorial Historia Contemporánea-Buenos Aires 1981)

domingo, 11 de junio de 2017

Ajuste del economista vs. Derroche del político

Por lo general, utilizamos las palabras “economía” y “economizar”, en un contexto hogareño, para significar un uso racional del dinero y así evitar la posibilidad del derroche o de los gastos superfluos. Cuando uno de los integrantes de un matrimonio gasta en exceso, debería ser controlado por su cónyuge ahorrativo; si ambos son gastadores podrán terminar en la pobreza, mientras que si ambos son ahorrativos, podrán alcanzar cierto nivel de riqueza. Para lograr esto último, los gastos nunca deben superar a los ingresos, evitando adquirir créditos para eludir así los gastos adicionales de la financiación.

En la macroeconomía encontramos situaciones similares, ya que las decisiones económicas son adoptadas por una especie de “matrimonio” existente entre economistas y políticos. Mientras que los economistas, que están identificados con su profesión, tienden a ser ahorrativos y a gastar sólo en lo esencial, los políticos son gastadores en exceso, especialmente por el hecho de que reparten “generosamente” el dinero ajeno y es el recaudado por el Estado mediante impuestos. También existen economistas derrochadores y políticos ahorrativos, aunque parecieran ser una minoría.

Cuando los gastos del Estado superan a los ingresos, se dice que existe un déficit fiscal, el cual se intenta corregir de dos maneras posibles: a) Reduciendo los gastos, b) Emitiendo dinero o pidiendo préstamos. La reducción de los gastos (el ajuste de los economistas) tiende a establecer una economía sana, que ha de poder crecer en el futuro. La emisión monetaria (que produce inflación), o la toma de préstamos, tienden a acentuar el déficit y el deterioro económico.

La inexistencia de déficit no resulta indicativa de una saludable economía, por cuanto no es lo mismo recaudar en impuestos el 20% del PBI y gastar ese 20% en el Estado, que recaudar el 50% del PBI y gastar ese 50% en el Estado. Si bien algunos países europeos, con poca población y poca corrupción, logran aceptables economías nacionales con niveles altos de recaudación y gastos, en países con moderada o alta corrupción esos gastos irán a parar mayoritariamente a los patrimonios particulares de políticos, sindicalistas y empresarios amigos, ya que el Estado brinda contraprestaciones de baja calidad y eficiencia. Ello llevará al deterioro económico en el mediano y el largo plazo (con corrupción moderada), y en el corto plazo cuando la corrupción es alta.

Una vez que el socialismo mostró su ineficacia, la mentalidad favorable al mismo no cambió en la forma esperada, por lo que persistió la actitud anticapitalista. De ahí que se mantuvo la preferencia por el Estado benefactor y la socialdemocracia. Mientras que el socialismo establecía la expropiación y nacionalización de los medios de producción, la socialdemocracia establece la expropiación parcial de las ganancias obtenidas por esos medios productivos. Este nuevo intento socializador del trabajo ajeno, tampoco ha dado buenos resultados debido esencialmente al desaliento de los productores y a la promoción de la vagancia en los receptores de lo ajeno. David A. Stockman escribió: “Para que el Estado pueda redistribuir la riqueza, antes la sociedad tiene que producirla. Si se debilitan demasiado los incentivos y el ánimo de la fracción más emprendedora de la ciudadanía, las carencias económicas resultantes harán imposible bajo toda circunstancia la justicia social”.

“Satisfacer la necesidad de incentivos y compensaciones del empresario es tan importante para la buena sociedad como satisfacer las demandas de justicia de los pobres. Lo uno no puede darse sin lo otro, que es en realidad su condición previa” (De “El triunfo de la política”-Ediciones Grijalbo SA-Barcelona 1987).

Algunos intentos, en los EEUU, por desarmar el creciente Estado de bienestar, no dieron los resultados esperados debido a que, siendo sencillo reducir los impuestos, no lo fue tanto la reducción de gastos excesivos, como los subsidios a distintos sectores de la economía y de la sociedad, tal como ocurrió bajo el gobierno de Ronald Reagan. La reducción de gastos en armamentos hubiese sido una mejor solución; sin embargo, en plena guerra fría no les pareció aconsejable un desarme unilateral parcial.

Al proponer los economistas de Reagan una reducción importante de los impuestos a los productores, y al no acompañarlos los políticos en el Congreso con una similar baja en los gastos, se produjo un déficit presupuestario importante, por lo que fue considerada tal gestión como un fracaso; es decir, un fracaso en cuanto a sus intenciones de sanear la economía, mientras que pocas veces se habla de “fracaso” cuando los socialdemócratas producen los deterioros económicos. “La Revolución de Reagan empezó en 1980, a comienzos de la campaña presidencial con un acuerdo: el congresista Jack Kemp, miembro de un pequeño grupo de ideólogos de la «economía de la oferta», aceptaba respaldar a Ronald Reagan para la nominación presidencial siempre y cuando éste se comprometiera con la revolucionaria agenda de reformas económicas de dicho grupo. Era un programa que propugnaba audaces recortes de impuestos y drásticas reducciones en el gasto público y los programas de la Administración, dejando intactos los gastos militares”.

“Sin embargo, pese a la fuerza del mandato concedido al presidente Reagan por el voto popular, ese programa tropezó con dificultades cada vez mayores. Incluso los miembros del Congreso favorables en principio a la reducción del gasto empezaron a desertar cuando las medidas propuestas chocaron con las enérgicas demandas de su propio electorado” (De “El triunfo de la política”).

David A. Stockman, uno de los economistas que asesoraron a Reagan, describe la situación de esa época: “Después del New Deal, la divisoria entre Estado y sociedad cayó como las murallas de Jericó. Los grupos de intereses usurparon su autoridad y los empleos del poder estatal ya no eran definidos por la Constitución, sino por cualesquiera reivindicaciones que los grupos organizados de intereses lograran imponer al sistema. El Congreso abandonaba su función legislativa y recurría a habilitaciones tipo decreto-ley: vastas y mal definidas delegaciones de autoridad a favor del presidente, de la burocracia y de los organismos encargados de desarrollar luego los reglamentos, a cuyo arbitrio quedaba, pues, la definición de cualesquiera políticas públicas que por cualesquiera razones se juzgase conveniente por parte de cualesquiera grupos del electorado. De este modo, la facultad de hacer la política era traspasada del Gobierno central a una plétora de mini-Gobiernos, formados por otros tantos «triángulos de hierro»: la burocracia, el cliente, y la correspondiente subcomisión del Congreso”.

“El Estado soberano degeneraba en bazar abierto, saqueados sus recursos fiscales y legales por los grupos organizados de intereses gracias al juego del caciquismo político, el regateo y el intercambio de favores. El Gobierno dejaba de ser responsable ante el pueblo, porque los instrumentos de gobierno estaban embargados para servir mejor a los intereses particulares de los gremios y cofradías de la era moderna: las cámaras de comercio, los sindicatos, las asociaciones profesionales y demás intereses organizados. En la época en que yo releía su libro [“El fin del liberalismo”], Theodore Lowi llamaba a este fenómeno «el liberalismo de los grupos de intereses», pero al cabo de pocos años acabó por llamarlo «la Segunda República»”.

“Ahí estaba, en efecto, la formulación conceptual que revelaba el verdadero fondo de las cosas. La fuerza del Derecho había sido reemplazada por el derecho de la fuerza. La política pública no era una empresa elevada, ni siquiera una causa ideológica, sino simplemente una ensalada de reivindicaciones parroquiales proferidas por intereses privados que desfilaban disfrazados de administradores públicos. La mayor parte del inmenso edificio de la Administración estadounidense estaba inválido, maloliente y ruinoso. Sus proyectos y sus iniciativas no respondían a principios superiores de un idealismo ampliamente entendido, ni siquiera a un humanitarismo sentimental, no. Eran, sencillamente, los desechos, las basuras de la flagrante promiscuidad política, el botín y el expolio del latrocinio organizado y perpetrado en los templos profanados de la República”.

Algunas estimaciones indican que, en los EEUU, de cada dólar destinado a la ayuda a los pobres, sólo les llegan 30 centavos, quedando el resto por el camino para beneficio de los burócratas que se encargan de la repartición. También resultó ineficaz la ayuda a los desocupados. William E. Simon escribió: “Otra importante suma del presupuesto federal dedicada a bienestar social…estaba dedicada al fondo de desempleados, es decir, a las personas capacitadas que temporalmente están sin trabajo, y que se supone reciben la subvención para poder sostenerse mientras se dedican a buscar una ocupación. El número a que llegaban estas personas, en 1976, era irregularmente alto debido a la recesión, pero había otros motivos dignos de señalarse. Este beneficio se ha transformado en la mina de oro de los desaprensivos, ya que un estudio realizado durante el peor momento de la recesión demostró que cerca de la mitad de las personas que habían quedado sin trabajo, no se empeñaban en conseguir otro sino que vivían del fondo de desempleo”.

“En ese año la CBS-TV presentó una sorprendente película documental en la que se mostraba cómo Florida estaba llena de gente feliz, perteneciente a la clase media, que empleaba sus asignaciones en concepto de fondo de desempleo para pasar agradables vacaciones, en un clima subtropical. En verdad, durante años, el desempleo se ha transformado en un modo de vida para un significativo número de personas que trabajan solamente el tiempo necesario para calificarse y recibir el pago del fondo de desempleo, una vez que quedan sin trabajo, y que repiten la maniobra una y otra vez” (De “La hora de la verdad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1980).

La imperiosa necesidad de combatir la “desigualdad social” ha hecho que la mayor parte de los políticos busquen nuevas formas para repartir lo producido por otros, aunque nunca de lo propio. Por el contrario, pocos son los que tratan de economizar recursos para mejorar la situación económica de todos. Simon agrega: “El igualitarismo es el principal sistema de valores de nuestra «elite» urbana, y no es coincidencia el hecho de que igualitarismo y despotismo estén ligados entre sí. Históricamente siempre lo han estado. Hitler, Stalin y Mao ofrecieron a su pueblo una sociedad igualitaria para descubrir, algo tarde, que algunos siempre serían «más iguales que los otros». Aquel notable observador francés de las costumbres norteamericanas que vivió en el siglo pasado [se refiere al XIX], Alexis de Tocqueville, escribió en su obra «La democracia en América»: «La principal, o quizá la única, condición requerida para lograr la centralización del poder supremo en una comunidad democrática es amar la igualdad o creer que se la ama. Así, la ciencia del despotismo, que alguna vez fue tan complejo, ha sido simplificada y reducida a un solo principio»”.

viernes, 9 de junio de 2017

El individualismo liberal

El individualismo, propuesto por el liberalismo, consiste en la potenciación de los atributos personales que favorecen la independencia respecto de los demás seres humanos. Se busca de esa forma una condición de igualdad, ya que toda dependencia entre seres humanos implica alguna forma de desigualdad. Como la búsqueda de la potenciación mencionada no es un objetivo por todos buscado, aparece la desigualdad entre el apto para la producción y el menos apto, situación que se debe esencialmente a la negligencia de éste último. El individualismo liberal, por lo tanto, implica la búsqueda de la libertad individual.

No todo individualismo propuesto apunta hacia una mentalidad favorable a la cooperación, ya que algunos pensadores suponen que la sociedad debe ser un conjunto de hombres desconectados del resto, por lo que Friedrich Hayek distingue un individualismo verdadero de uno falso, escribiendo al respecto: “Es necesario insistir en que el verdadero individualismo afirma el valor de la familia, de todos los simples esfuerzos de la pequeña comunidad y del grupo; cree en la autonomía local y en las asociaciones voluntarias, y funda su hipótesis en el argumento de que mucho para lo cual se invoca la acción coercitiva del Estado, puede realizarse mejor a través de la colaboración voluntaria”.

“Imposible hallar mayor contraste con lo dicho que el falso individualismo, dispuesto a disolver todos estos grupos más pequeños en átomos sin otra cohesión que las normas impuestas por el Estado, y que trata de hacer obligatorios todos los lazos sociales, en vez de usar al gobierno principalmente para la protección del individuo contra la asunción de poderes coercitivos por los grupos menores”.

“El hombre, en una sociedad compleja, no puede elegir sino entre ajustarse según deben parecerle, a las fuerzas ciegas del proceso social, u obedecer las órdenes de un superior. Mientras sólo conoce la inflexible disciplina del mercado, puede pensar preferible la dirección por parte de algún otro cerebro humano inteligente; pero cuando lo prueba, descubre pronto que lo anterior le deja cuando menos alguna posibilidad de elección, mientras lo último no le deja ninguna, y es mejor poder elegir entre varias alternativas desagradables que ser obligado a conformarse con una”.

“El verdadero individualismo…empezó su desarrollo moderno con John Locke, y particularmente con Bernard Mandeville y David Hume, y alcanzó sus dimensiones completas por primera vez en las obras de Josiah Tucker, Adam Ferguson y Adam Smith y en la del gran contemporáneo de aquéllos, Edmund Burke, el hombre a quien Adam Smith describió como la única persona que pensaba exactamente como él en asuntos económicos, sin que hubiera existido ninguna comunicación previa entre los dos”.

“En el siglo XIX la encuentro perfectamente representada en las obras de sus más grandes historiadores y filósofos políticos: Alexis de Tocqueville y Lord Acton. Estos dos autores, en mi opinión, han desarrollado más exitosamente que cualquier otro escritor lo mejor que había en la filosofía política de los filósofos escoceses y los Whigs ingleses; mientras que los economistas clásicos del siglo XIX, o al menos los Benthamitas o los radicales filósofos entre ellos, cayeron cada vez más bajo la influencia de otra clase de individualismo de diferente origen”.

“Esta segunda línea de pensamiento completamente diferente, también conocida como individualismo, está representada principalmente por escritores franceses y de otras nacionalidades europeas, un hecho debido al papel dominante que el racionalismo cartesiano juega en su composición. Los principales representantes son los enciclopedistas, Rousseau y los fisiócratas…este individualismo racionalista siempre tiende a evolucionar hacia su contrario, es decir, al socialismo o colectivismo”. (De “Individualismo: Verdadero y Falso”-Centro de Estudios Sobre la Libertad-Buenos Aires 1968).

Una de las costumbres observadas en gente adinerada de los EEUU, consiste en que, aun disponiendo de suficientes medios económicos, poca ayuda les da a sus hijos adolescentes con la esperanza de que aprendan desde edad temprana a ganarse la vida mediante el trabajo. Esto contrasta notablemente con la desidia de sectores de menores recursos que se desinteresan por el futuro de sus hijos y no los orientan debidamente en ese sentido. Puede decirse que tanto los aptos como los menos aptos para la producción, son artífices de su propio éxito o de su propio fracaso.

Recordemos el caso de los judíos, quienes, rechazados en muchos lugares, debieron emigrar dejando sus pertenencias materiales mientras llevaban encima todo lo que podían; entre ello lo más valioso: sus conocimientos y su instrucción. De ahí que sea una costumbre o tradición arraigada en ese pueblo, el potenciar sus aptitudes laborales y culturales.

La búsqueda del individualismo, en el sentido indicado, se opone a todo tipo de colectivismo, ya que, en este caso, en lugar de preparar a los jóvenes a ser independientes laboralmente, se pretende que reciban del Estado lo que éste le quite a los aptos para que no sufran las consecuencias de la desigualdad que han sabido gestar.

Por lo general se critica la búsqueda del individualismo liberal como una forma extrema de egoísmo, sin tenerse en cuenta que la potenciación de los atributos laborales no descarta ni impide la cooperación con el resto de la sociedad. Justamente, tener la capacidad de no necesitar de la ayuda de los demás es una forma de no incomodarlos, mientras que el verdadero egoísmo es el de quienes no se capacitan para ganarse la vida por si mismos, por lo que mucho menos dispondrán de la voluntad de ayudar a los demás. Quienes desistieron de la siembra exigen que el Estado reparta luego equitativamente la cosecha.

El individualismo liberal, como se dijo, apunta a la libertad personal respecto de las demás personas. No a una independencia económica total, ya que ello es imposible, sino a la mayor independencia posible, ya que ese es el camino para establecer una verdadera igualdad social que se ha de dar junto a la verdadera libertad social. Friedrich Hayek escribió: “Esta obra hace referencia a aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo. Tal estado lo describiremos a lo largo de nuestra publicación como estado de libertad”.

“Como esta palabra también ha sido usada para describir muchas otras circunstancias de la vida, no sería oportuno comenzar preguntando lo que realmente significa. Parece mejor aclarar primero la condición que queremos significar cuando la utilizamos, y considerar los restantes significados únicamente con vistas a definir más certeramente lo que hemos aceptado”.

“El estado de virtud del cual un hombre no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros se distingue a menudo como libertad «individual» o «personal»”. “La expresión que el tiempo ha consagrado para describir esta libertad es, por tanto, «independencia frente a la voluntad arbitraria de un tercero»” (De “Los fundamentos de la libertad”).

Es oportuno advertir que el significado que Hayek da a la libertad implica una negación (libertad = no coacción), escribiendo al respecto: “Se objeta a menudo que nuestro concepto de libertad es meramente negativo. Ello resulta verdad en el sentido de que la paz también es un concepto negativo o de que la seguridad o la tranquilidad o la ausencia de cualquier impedimento o mal son negativos. La libertad pertenece a esta clase de conceptos, ya que define la ausencia de un particular obstáculo: la coacción que deriva de la voluntad de otros hombres. La libertad únicamente se convierte en positiva a través del uso que de ella hacemos. No nos asegura oportunidades especiales, pero deja a nuestro arbitrio decidir el uso que haremos de las circunstancias en que nos encontramos”.

“Ahora bien, aunque los usos de la libertad son muchos, la libertad es una. Las libertades únicamente aparecen cuando la libertad falta, y son los especiales privilegios y exenciones que grupos e individuos pueden adquirir mientras el resto permanece más o menos esclavizado. Históricamente, el camino de la libertad ha conducido al logro de especiales libertades. Ahora bien, todo aquello que permite hacer cosas específicas no es libertad, a pesar de designarlo como «una libertad»; en tanto que la libertad es compatible con la no permisión para hacer cosas específicas, se carece de ella si uno necesita permiso para llevar a cabo la mayor parte de cuanto puede hacer. La diferencia entre libertad y libertades es la que existe entre una condición de virtud de la cual se permite todo lo que no está prohibido por las reglas generales y otra en la que se prohíbe todo lo que no está explícitamente permitido”.

Con el avance de la ciencia y la tecnología, la sociedad industrial se ha ido transformando en la sociedad del conocimiento. Mientras que en aquélla primaba el capital monetario como factor de la producción, en la segunda lo es el capital humano, que cada uno construye según sus ambiciones de libertad e independencia laboral respecto de los demás. Peter Drucker escribió: “El recurso real que controla todo, el «factor de producción» absolutamente decisivo, ha dejado de ser el capital, o el suelo o la mano de obra; ahora es el saber. En lugar de capitalistas y proletarios, las clases de la sociedad poscapitalista son los trabajadores del saber y los trabajadores de los servicios”.

“La nueva sociedad, que ya está aquí, es una sociedad poscapitalista. Con certeza utilizará el mercado libre como único mecanismo de integración económica comprobado; no será una «sociedad anticapitalista», ni siquiera será una «sociedad acapitalista»; las instituciones del capitalismo sobrevivirán, aunque algunas, por ejemplo los bancos, representen un papel bastante diferente; pero el centro de gravedad en la sociedad poscapitalista, su estructura, su dinámica social y económica, sus clases y sus problemas sociales serán diferentes de aquellos que dominaron los últimos doscientos cincuenta años y definieron las cuestiones alrededor de las cuales cristalizaron partidos políticos, grupos sociales, sistemas de valores sociales y compromisos personales y políticos”.

“El recurso económico básico, el «medio de producción», para utilizar el término de los economistas, ya no es el capital ni los recursos naturales (el «suelo» de los economistas) ni la «mano de obra». Es y será el saber. Las actividades principales en la creación de riqueza no serán ni la asignación de capital para usos productivos, ni la «mano de obra», los dos polos de la teoría económica en los siglos XIX y XX, fuera ésta clásica, marxista, keynesiana o neoclásica; ahora el valor se crea mediante la «productividad» y la «innovación», ambas aplicaciones del saber al trabajo” (De “La sociedad poscapitalista”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1993).

Los pensadores liberales de los siglos XVIII y XIX, posiblemente no se imaginaron que el individualismo liberal habría de ser el orientador principal de las generaciones venideras que constituirían la sociedad del conocimiento y de los servicios, por cuanto el avance científico y tecnológico habrá permitido reemplazar la mayor parte de las tareas físicas y rutinarias.