martes, 27 de diciembre de 2016

Política y discriminación

Por lo general, se supone que la competencia política entre diversos sectores se debe a cuestiones ideológicas, tal como la orientación económica que debería adoptar la sociedad. Sin embargo, gran parte de las ideas sostenidas son en realidad justificativos que encubren diversos estados emocionales, o pasiones, subyacentes a los comportamientos individuales. Cuando existen contradicciones entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, resulta evidente el empleo encubridor de las palabras. Romain Rolland escribió: “El mundo es movido hoy por una masa enorme de emociones. Ellas penetran en la política de los pueblos mucho más que las ideas (los intereses están comprendidos bajo esta última acepción) o, más exactamente, las ideas sólo sirven de pretexto –a menudo, ilusorio y, asimismo, a veces, mentido- a las emociones desencadenadas hasta el paroxismo. Se ha visto en la Gran Guerra de 1914, en la cual el delirio emotivo se sirvió de ideas como un arma, falseándolas y esgrimiéndolas contra su sentido real, así como contra los intereses reales” (Citado en “Radiografía del odio” de Enrique Salgado-Ediciones Guadarrama SA-Madrid 1969).

Enrique Salgado comenta al respecto: “Parecido comentario puede hacerse sobre las pasiones. Sin embargo, para la mayoría resulta confuso el concepto de la emoción y la pasión. Probablemente tal discordancia entre lo sentido y lo pensado constituye una prueba del predominio de la vida afectiva sobre la intelectual”.

Luego del fallecimiento de Fidel Castro, ejecutor y promotor de miles de asesinatos contra la “burguesía”, se advirtió una serie de adhesiones que avalaban su acción política violenta, lo que no puede interpretarse de otra forma que no sea la de una adhesión en contra de los integrantes de una clase social odiada por sus seguidores y admiradores. En este caso, no puede hablarse de una “coincidencia de ideas”, sino de una “coincidencia de odios” orientados hacia un sector social determinado. Por el contrario, puede hablarse de “coincidencia de ideas” cuando se piensa en forma similar a quien propone algún medio para mejorar la sociedad.

Otro caso de “odios compartidos” es el de quienes detestan todo lo que sea norteamericano; desprecio que se hace extensivo incluso a personas que comparten sus propios puntos de vista. Ello se debe a que en los EEUU existen posturas políticas en conflicto, como en todas partes, es decir, también en ese país se establece el casi universal antagonismo entre liberales y socialistas (liberales según la denominación utilizada en Europa y Latinoamérica). Luego, el odio indiscriminado hacia todos los habitantes de EEUU no surge por una cuestión ideológica, sino que implica un simple odio generalizado que no distingue entre coincidentes y opositores al pensamiento propio.

Cuando accede al gobierno Barack Obama, se creía que su origen no europeo le habría de facilitar, en el exterior, mayor aceptación que a otros presidentes. Sin embargo, el núcleo duro de la discriminación de nacionalidad mantuvo su postura excluyente. Quienes piensan y hablan en base a clases sociales o en base a grupos étnicos, y no en base a individuos particulares, casi siempre caen en alguna forma de discriminación, ya que pocas veces se da el caso en que todos los integrantes de un grupo poseen las características típicas o dominantes del mismo.

Friedrich Nietzsche manifestaba que “nunca se odia al inferior, sino al igual o al superior”. De ahí que el odio a los EEUU es un odio al éxito (real o imaginario) surgido en quienes, por alguna razón, se sienten inferiores. Incluso llegan a odiar al capitalismo como si tal sistema económico fuese una invención norteamericana. Luego, como los alimentos transgénicos surgen de empresas privadas (al menos en Occidente), adhieren al ecologismo para disimular su oposición a toda empresa capitalista. Ignoran que el “mérito” principal de EEUU consiste en haber adoptado un sistema económico que funciona bien, a pesar de un importante porcentaje de su población que pretende limitarlo o incluso suplantarlo.

La discriminación hacia todo lo relacionado a EEUU hace que muchos culpen a ese país del subdesarrollado de otros, considerados “dominados económica y culturalmente” por el imperialismo yanqui, ya que es “invadido” con productos de marcas tales como Ford, Chevrolet o Microsoft. De ahí que apoyan enfáticamente, y con cierta admiración, a los países que supieron “liberarse” de las empresas invasoras y del sistema capitalista, como es el caso de Venezuela. El fanatismo asociado a quien odia intensamente, no les permite advertir los nefastos efectos que un tirano socialista produce en una nación.

Nicolás Maduro, el “liberador de Venezuela”, ha establecido una política discriminatoria hacia cierta clase social (la burguesía) y también hacia cierto sector por su origen étnico (los gringos), los cuales, bajo una aparente igualdad social, actualmente padecen de las mismas carencias que en otras épocas afectaban sólo al sector más pobre.

Una tiranía de tipo totalitario puede considerarse como un “imperialismo interno” en el cual el sector gobernante domina al sector rival. Este proceso resulta similar al establecido entre una nación imperialista y sus colonias. Mientras los imperialistas, externos o internos, tratan de mantener y acentuar su dominio, el sector dominado trata de liberarse en un clima de violencia latente o incluso efectiva.

Los tiranos afirman constituir y representar a la patria, aduciendo un nacionalismo que excluye al sector considerado como “enemigo del pueblo y de la patria”. Sus partidarios creen que en realidad se trata de un nacionalismo verdadero. Aldous Huxley escribió al respecto: “Una de las causas principales de la guerra es el nacionalismo y el nacionalismo es inmensamente popular porque satisface psíquicamente a los individuos nacionalistas. Todo nacionalismo es una religión idólatra en que la divinidad es el Estado personificado, representado, a su vez, en muchos casos, por un rey o un dictador más o menos endiosado”.

“Cualquier hombre que crea con bastante fuerza en la idolatría nacionalista local puede hallar en su fe un antídoto hasta contra el más agudo de los complejos de inferioridad. Los dictadores alimentan las llamas de la vanidad nacional, y siegan su recompensa en la gratitud de millones de personas, para quienes el convencimiento de que participan en la gloria de la nación divina los alivia de las sensaciones que los corroen y que nacen de su propia pobreza, su poca importancia social, o su insignificancia”.

“La propia estimación tiene por completo el desprecio de los demás. La vanidad y el orgullo engendran el desprecio y el odio. Pero el desprecio y el odio son emociones excitantes, emociones que «estimulan» a la gente. Los fieles de una idolatría nacional gozan sólo con sentir el «estímulo» del odio o del desprecio por los fieles de otras idolatrías. Pagan esas emociones a precio de tener que prepararse para guerras que el odio y el desprecio hacen casi inevitables”.

“En circunstancias normales, la mayor parte de los hombres y de las mujeres se conducen en forma tolerable. Esto significa que tienen que contener a menudo sus impulsos antisociales. Satisfacen sustitutivamente estos impulsos, en los films y en las crónicas que se refieren a los gansters, piratas, estafadores, nobles descarados y otras cosas parecidas”.

“Sumisos con sus esposas, cariñosos con sus hijos, corteses con sus vecinos, la honradez misma en sus ocupaciones, los buenos ciudadanos sienten un estremecimiento de placer cuando el país «emprende una política fuerte», «enaltece su prestigio», «obtiene una victoria diplomática», «agranda su territorio» o, dicho en otras palabras, cuando engaña, desafía, hace trampas o roba”.

“La nación es una divinidad extraña. Impone deberes difíciles y exige los mayores sacrificios y se la quiere por esto y porque los seres humanos tienen hambre y sed de rectitud. Pero también se la quiere, porque sirve de desahogo a los elementos más bajos de la naturaleza humana, y porque los hombres y las mujeres gustan de poder encontrar una excusa a sus sentimientos de orgullo y de odio, y porque ansían gustar, aunque sea de segunda mano, los placeres de la criminalidad” (De “El fin y los medios”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2000).

Cuando la prédica intensiva y permanente del odio llega a un punto culminante, se busca el exterminio de la clase social o la etnia difamada, tal como ocurrió en países gobernados por nazis y por marxistas-leninistas. Vicente Massot escribió: “Entre 1945 y 1965, poco más o menos, la violencia política no fue una manifestación ideológica cuya legitimidad descansara en el hecho de obrar como «partera de la historia». Cuando, años después, a caballo del marxismo, la idea de que todo se resolvería con la destrucción del enemigo se enancó en formaciones guerrilleras que asaltaron el Estado, comenzó una segunda guerra civil, en la que el otro no fue considerado como un adversario. Ni siquiera como un enemigo. Pasó a ser un criminal. El choque, pues, entre las organizaciones subversivas, de un lado, y las Fuerzas Armadas y de seguridad y sus aliados civiles, del otro, no consintió sobrevivientes. La naturaleza del conflicto radicó en que ambos bandos podían recurrir a cualquier medio para aniquilar al contrario” (De “Matar y morir”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2011).

Durante el alfonsinismo y el menemismo no se hizo distingo entre el grupo que inició el conflicto y el que defendió la integridad nacional, por lo que fueron exonerados ambos bandos en la búsqueda de la superación de una etapa trágica para el país. Sin embargo, buscando algún rédito político, no faltó quien se decidiera hacer resurgir viejos odios para culpar sólo a uno de los bandos, el nacional, para excluir de toda culpa al sector que intentó la destrucción de la nación como etapa previa a la instauración del socialismo. El citado autor agrega: “Cuando los desencuentros no habían cesado, ni mucho menos, aunque el tema parecía interesarle solo a una pocas minorías, con el advenimiento de Néstor Kirchner al poder una política a contramano de cuanto habían iniciado Raúl Alfonsin y Carlos Menem se puso en marcha reavivando odios y prometiendo revanchas. Las heridas lacerantes que dejaran los años 70 del siglo pasado se reabrieron tres décadas después sin que nadie sepa, a ciencia cierta, si alguna vez sanarán. Derogadas las leyes votadas durante la gestión alfonsinista y anulados los indultos decretados por el riojano, volvieron a resonar los ecos de unos tiempos ominosos. La violencia atada a credos socialistas y convicciones contrarrevolucionarias se había apagado, pero los rencores seguían vigentes”.

Las decisiones políticas y económicas que se adoptan en la actualidad en la Argentina, no tienen una recepción social que tenga en cuenta los efectos que han de ocasionar, sino que se aceptan o se rechazan según el origen social o partidario del que las propone. El antagonismo entre sectores se mantiene vigente.