sábado, 24 de diciembre de 2016

Moral y felicidad

En la mayoría de las ramas de la ciencia, encontramos una parte teórica y una parte práctica. Así, en cuestiones asociadas al comportamiento humano, disponemos de una parte teórica, la ética, y de una parte práctica; la moral. Las diversas éticas propuestas, surgidas de la religión, de la filosofía o de las ciencias sociales, generarán distintas adhesiones entre la gente, por lo cual el nivel moral de una persona ha de ser la medida del acatamiento dispuesto hacia determinada ética propuesta. De todas las éticas posibles, habrá alguna que más se acerca a la ética natural, que ha de ser la que optimiza el grado de felicidad logrado. Diana Cohen Agrest escribió: “El sentido común suele identificar la ética con la moral, y a menudo espontáneamente usamos (y usaremos) uno u otro término indistintamente. Pero si aspiramos a cierta precisión conceptual, deberíamos advertir que la moral se suele caracterizar como el conjunto de normas y conductas predominantes en una sociedad dada”.

“En cierto sentido, nos es impuesta: así como miramos cierto programa de TV o escuchamos cierta radio porque todos lo miran, porque todos la escuchan…así nuestras creencias sobre lo que es digno de aprobación o, por el contrario, de censura, a menudo corren detrás de lo que los otros aceptan o desaprueban. Así pues, a veces creemos comportarnos moralmente, cuando en verdad sólo nos dejamos llevar por la corriente, sin adoptar una posición auténticamente elegida, y nos encaminamos hacia una progresiva alienación, hacia una despersonalización donde nos conducimos por imitación y hacemos aquello que, según pensamos, los demás esperan de nosotros”.

“En contrapartida, la ética es la reflexión sobre el conjunto de conductas y normas imperantes en la sociedad y, por extensión, es la reflexión sobre cómo conducir nuestra vida. En palabras más comprensibles: mientras la ética es la teoría sobre el hecho moral, en cambio la moral alude al hecho moral mismo. Si se suele recurrir a la palabra «ética» es, precisamente, porque desde el momento que es auténticamente elegida, la ética es expresión de nuestra capacidad de deliberar y decidir, finalmente, de acuerdo con nuestros valores más personales. Por añadidura, es un compromiso asumido frente a nosotros mismos, e implica ocuparnos de cómo deberíamos vivir y de qué deberíamos hacer” (De “Inteligencia ética para la vida cotidiana”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2006).

En las diversas ramas de la ciencia no existe, aparentemente, una secuencia causal única por la cual la experimentación sigue a la teoría, o a la inversa. De ahí que es interesante preguntarse si existe una situación similar entre la ética y la moral, en el sentido considerado. Por ejemplo, las ondas electromagnéticas aparecen en los cálculos de James Clerk Maxwell con algunos años de anticipación a la verificación experimental por parte de Heinrich Hertz; la teoría se adelanta a la experimentación. En cambio, la máquina de vapor de James Watt aparece varios años antes de que surgiera la termodinámica de Sadi Carnot y otros; la aplicación tecnología se adelanta a la teoría.

Hubo un aspecto, sin embargo, no mencionado, y es el hecho de que Maxwell fundamenta su teoría en leyes anteriores, verificadas experimentalmente, como las de Gauss, Ampere y Faraday, por lo que en realidad la física puede considerarse como una ciencia en que se alternan los avances teóricos y los experimentales, siendo el primer eslabón de la cadena la observación experimental.

Volviendo a las cuestiones relativas al comportamiento humano, es posible afirmar que primeramente existen las costumbres, cuyos efectos son advertidos por los “teóricos”, quienes sugieren alguna manera de optimizar tales comportamientos que tienen como objetivo la supervivencia y la felicidad.

Los hombres primitivos, como los actuales, manifestaron actitudes cooperativas como también competitivas, observando que las primeras favorecían a todos mientras que las últimas los perjudicaban. De estos comportamientos observados surgen con el tiempo los mandamientos bíblicos, que esencialmente coinciden con las normas morales sugeridas por otras religiones o por otras filosofías. Se llega por ese camino al mandamiento del amor al prójimo, por el cual se sugiere compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, siendo la mejor aproximación a la ética natural objetiva, ya que tendremos la predisposición a beneficiar al resto de las personas y a no perjudicarlas.

Los mandamientos de Cristo aparecen “escondidos” en alguna parte del Antiguo Testamento, por lo que su mérito teórico consistió en advertir su importancia colocándolos como sugerencias (o mandatos) de la mayor generalidad, ya que relegaban a un lugar secundario, abarcándolos, a los mandamientos de Moisés, es decir, no sólo su cumplimiento impide hacer el mal, sino que permite hacer el bien.

La evolución cultural de la humanidad se ha ido estableciendo mediante prueba y error en forma semejante a cómo se fue estableciendo la evolución biológica. Las “pruebas” son las diversas conductas del hombre que son observadas para detectar posibles “errores” respecto de las principales finalidades de la acción humana; felicidad y supervivencia. La idea de beneficio simultáneo, que se deriva de la actitud cooperativa, resulta ser también la base moral de los intercambios establecidos en un mercado, es decir, resulta ser el requisito previo y necesario para el funcionamiento óptimo de la denominada “economía de mercado”. Esta es otra situación en donde se advierte la generalidad de los mandamientos cristianos.

No todos los teóricos están de acuerdo en que la secuencia mencionada es la que ha permitido la evolución cultural del hombre, sino que uno de ellos, mediante un “giro copernicano”, ha supuesto que la ética se establece primeramente formulando principios para ser puestos en práctica posteriormente, priorizando el cumplimiento de un deber antes que alcanzar objetivos, como la felicidad y la supervivencia, siendo Immanuel Kant la figura más representativa de esta tendencia.

Las acciones humanas dependen de la confluencia armónica de los afectos con el razonamiento. Así, para la adhesión a la ética cristiana se debe acentuar la actitud del amor sobre el odio, el egoísmo (indiferencia activa) y la negligencia (indiferencia pasiva). Mediante el razonamiento dirigido sobre cada uno de nosotros mismos (introspección), permitimos que la razón oriente nuestros afectos, constituyendo la mayor dificultad poder “amar al prójimo como a uno mismo”. Kant, por el contrario, sugiere que el mérito implica cierta disciplina por la cual se cumple con un deber previamente establecido. Joan Solé escribió: “Según Kant, el ser humano pertenece simultáneamente a un mundo sensible y a un mundo inteligible. En el primero está sometido a las leyes de una causalidad externa, y a las presiones de los apetitos, las pasiones y el azar; en el segundo es un ser racional y libre, se rige por una voluntad buena y es capaz de promulgar e imponerse a sí mismo máximas y principios morales universales. Una acción moral consiste en aplicar en el mundo sensible las máximas y los principios creados por la libertad y la racionalidad en el mundo inteligible. El acatamiento y cumplimiento por la voluntad de las máximas y principios universales promulgados por la razón constituyen la dignidad del ser humano”.

“La razón en su uso práctico es la fuente de la moralidad. Ya no vale actuar a instancias de un código de mandamientos religiosos que se aplica acríticamente, por fe o por costumbre; ya no vale identificar un objetivo exterior (felicidad, logros) al que el ser humano adapte y dirija sus juicios y acciones. Kant se separa pues de toda la filosofía que ha buscado el fundamento de la moral en la naturaleza humana o en alguna de sus características, o en algún aspecto de la vida o la sociedad humanas; se independiza también por completo de la moral de fundamento religioso o teológico”.

“Ni mucho menos todos los filósofos están de acuerdo con Kant en que la razón sea capaz de dictarnos nuestros fines; piensan, en cambio, que estos sólo pueden derivarse de las pasiones, y que el papel de la razón queda reducido a determinar los medios más adecuados para alcanzar unos fines que no se han elegido libre y racionalmente. Según estos pensadores escépticos, y según casi todos los seres humanos no filósofos, la facultad de querer o desear no es racional. Kant sí lo cree, y lo defiende con todos sus recursos intelectuales” (De “Kant”-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).

Pero la razón, para Kant, no es aquel proceso mental que nos permite reproducir la realidad manteniendo sus atributos y su orden, sino algo distinto. Stephen R. C. Hicks escribió: “Kant fue la ruptura decisiva con la Ilustración y el primer paso importante hacia el Posmodernismo. A diferencia de la concepción iluminista de la razón, sostenía que es la mente y no la realidad la que establece las condiciones para el conocimiento; y que la realidad se ajusta a la razón y no al revés. En la historia de la filosofía, Kant marca un desplazamiento fundamental de la objetividad a la subjetividad como patrón”.

“¡Espera un minuto!, podría responder un defensor de Kant. Difícilmente Kant se hubiera opuesto a la razón. Después de todo, estaba a favor de la coherencia racional y creía en los principios universales. Entonces, ¿qué hay de opuesto a la razón en ellos? La respuesta es que una conexión con la realidad es más fundamental para la razón que la coherencia y la universalidad. Un pensador que llega a la conclusión de que la razón, teóricamente, no puede conocer la realidad, no es, fundamentalmente, un defensor de la razón. Que Kant estuviese a favor de la coherencia y la universalidad tiene poca importancia y, en última instancia, es intrascendente. La coherencia sin conexión con la realidad es un juego basado en reglas subjetivas. Si las reglas del juego no tienen nada que ver con la realidad, entonces ¿por qué debería todo el mundo jugar según las mismas reglas? Éstas eran precisamente las implicancias que los posmodernistas eventualmente iban a utilizar” (De “Explicando el Posmodernismo, la crisis del socialismo”-Barbarroja Ediciones-Buenos Aires 2014).

Al disociar la razón de la realidad y la moral de la felicidad, Kant parece haber construido un laberinto sin salida en el cual se divierten los filósofos al recorrerlo de atrás para adelante y de adelante para atrás. Sin embargo, el hombre requiere respuestas concretas para su vida cotidiana, que surjan de visiones cercanas a la realidad, dejando los razonamientos establecidos “con ambos pies firmemente apoyados en el aire” para la literatura y la ficción en lugar de distraer la atención intentando instalarse en el ámbito de la ética.

Si la moralidad ha de depender del acatamiento, por parte de los hombres, a principios surgidos de la mente de otro hombre, sin tener en cuenta los efectos concretos que sus acciones han de ocasionar, nos encontramos cerca de un sistema totalitario en el que el líder indica lo que es el bien y lo que es el mal, quién debe considerarse amigo y quién enemigo, quién debe vivir y quién debe morir.