sábado, 3 de diciembre de 2016

La muerte de Dios

Si un docente ha de explicar algún concepto surgido de la religión o de la filosofía, se encontrará muchas veces con que debe primeramente interpretar alguna simbología utilizada por la fuente original. Como toda simbología es esencialmente subjetiva, debe tratar de encontrar su esencia objetiva que le permita insertarlo conceptualmente dentro de la realidad. A partir de ahí podrá transmitirlo con cierta seguridad. Este es el caso de “la muerte de Dios”, que tiene diversos significados según su origen y también según las interpretaciones que se le puedan dar.

Cuando un ser humano abandona este mundo, no tenemos certeza de la posible continuidad de su vida en otra parte. Sin embargo, podrá seguir existiendo indirectamente ya que seguirá influyendo en los demás al permanecer en la memoria y en los pensamientos de sus familiares y amigos. Algo similar podemos decir de Dios; no tenemos certeza de que exista un Director del Universo, como lo denominaba Adam Smith, separado de las leyes naturales y del orden natural, mientras que sí podemos asegurar que la idea de Dios permanece, o no, en los diversos pensamientos humanos.

Así como el hombre, que no es recordado por nadie, tiene un fin concreto en esta tierra, la muerte de Dios entre los hombres implica que la idea de Dios no sobrevive en las mentes individuales. De ahí que no sea tan importante creer en que el “Dios vivo” esté en alguna parte observando nuestros actos, o bien se piense que no existe algo distinto de las leyes naturales, mientras la idea de Dios sea importante en nuestra vida y en nuestros pensamientos. De ahí la expresión de Cristo: “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Regnum Dei intra vos est).

Desde este punto de vista, ateo es aquella persona para quien Dios no existe en sus pensamientos; situación que no necesariamente lo llevará a cometer actos incompatibles con la ética natural, mientras que quienes piensan en Dios no necesariamente acatan las leyes morales, siendo éste el caso del pagano que se acuerda de Dios cada vez que tiene alguna necesidad personal.

Baruch de Spinoza identifica a Dios con el orden natural, predominando en su mente y en su vida tal idea. De ahí que resulta absurda la calificación de “ateo” que muchas veces se le asoció. Por el contrario, quienes viven de la religión, y no para la religión, pueden tener a Dios presente en sus palabras, pero no en sus acciones.

Ante una expresión tal como: “Dios murió en la mente de los hombres”, puede surgir cierta preocupación si ello implica que la mayor parte de los hombres vive alejado del orden moral elemental. Sin embargo, para pensadores como Friedrich Nietzsche, tal expresión ha de ser asociada a algo positivo. Frederich Copleston escribió: “En ‘La gaya ciencia’ Nietzsche subraya que «el acontecimiento más importante de la época actual –que Dios ha muerto, que la fe en el dios cristiano ha sido imposible de mantener-ya empieza a disipar las primeras nubes sobre Europa. Al fin el horizonte se presenta libre ante nosotros, a pesar de no ser brillante, al fin el mar, nuestro mar, se abre. Quizá nunca se haya abierto así un mar». En otras palabras, el declive de la creencia en Dios abre el camino a las energías creadoras del hombre, a su desarrollo total; el Dios cristiano, con sus mandatos, con sus prohibiciones, queda a un lado del camino; y los ojos del hombre no estarán más vueltos hacia un mundo irreal y sobrenatural, hacia el otro mundo, sino hacia éste”.

“Tal punto de vista lleva claramente implícita la idea de que el concepto de Dios es hostil a la vida. Y es, precisamente, éste el empeño de Nietzsche, empeño que él expresa con una vehemencia cada vez mayor. «El concepto de Dios –dice en ‘El crepúsculo de los ídolos’- ha sido hasta ahora la objeción mayor contra la existencia». Y en ‘El Anticristo’ leemos que «con Dios se declara la guerra a la vida, a la naturaleza y a la voluntad de vivir. Dios es la fórmula de toda calumnia contra este mundo y de toda mentira respecto al más allá». Es innecesario multiplicar otras citas. Nietzsche llega a aceptar que la religión, en alguna de sus fases, ha expresado la voluntad de vivir o, más bien, la de poder; pero su actitud general es que la fe en Dios, especialmente en el de la religión cristiana, es hostil a la vida, y que cuando expresa la voluntad de poder, tal voluntad es la de los tipos inferiores de hombre” (De “Nietzsche”-Planeta-De Agostini SA-Madrid 2004).

El siglo XX fue la época en que surgen los principales promotores de la muerte de Dios en la mente de los hombres, como es el caso del mencionado Nietzsche, y también de Karl Marx y Sigmund Freud. Algunos autores incluso parecen “apostar” a favor de esa muerte promoviendo teologías de la muerte de Dios. Jeffrey W. Robbins escribió al respecto: “En medio de este contexto cultural, el movimiento de la muerte de Dios surge como una voz simpatética: habla de un mundo en el que Dios, a través del acto de la kenosis, se ha vaciado completamente a sí mismo. Admite que la idea de Dios ya no es más que una proyección humana y clama por la responsabilidad del hombre. Apunta al hecho de que la religión ha sido tanto el problema como la solución de la conflictividad humana”.

“Esta teología radical de la muerte de Dios, por tanto, representa una voz crítica y profética en medio de una cultura y una fe en crisis, que se aparta de las antiguas certezas y comodidades religiosas, y se enfrenta a una sensibilidad religiosa transformada. Es más, quizá sea la teología más representativa de una fe cristiana que asoma a la nueva realidad cultural desde su cobijo, a la sombra de la cristiandad. La ironía es que, adoptando una cultura que se ha mostrado cada vez más hostil con la religión, la teología de la muerte de Dios no solamente ayuda a preparar el terreno para la posmodernidad, con su crítica del Dios moral y metafísico de la ontoteología, sino que también prepara las condiciones para la recuperación de una nueva fe bíblica que dé énfasis no al poder y la gloria de Dios, sino a su sufrimiento y a su amor: pasamos del ser de Dios a la historia del ser de Dios con los pobres, los hambrientos y los marginados” (De “Después de la muerte de Dios” de Gianni Vattimo y John D. Caputo-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2010).

Entre las causas del alejamiento mental del hombre respecto de Dios, encontramos el simple reemplazo por otras ideas y por la información necesaria para la ardua lucha cotidiana por la vida. Mientras que en otras épocas se reservaba el día domingo, “el día del Señor”, para la meditación religiosa, en la actualidad se lo utiliza esencialmente como un día de descanso o diversión.

Otra causa importante de alejamiento es la imposibilidad práctica de utilizar la idea de Dios para establecer pensamientos lógicos por cuanto a tal idea se la ha revestido de cierta incoherencias lógicas que impiden su utilización cotidiana. Por ejemplo, si ocurre un accidente y mueren 99 personas mientras que sólo una se salva, se dirá que ocurrió un milagro, ya que Dios intervino para salvarlo. De ahí que surja la pregunta acerca de por qué el “Dios Padre” no salvó a ninguna de las 99 víctimas pudiendo hacerlo fácilmente cambiando alguna condición inicial previa al accidente.

De situaciones como la mencionada se extrae que Dios no interviene en los acontecimientos humanos y que sólo actúa a través de las leyes naturales invariantes. Sin embargo, para mantener la creencia en las intervenciones de Dios, se aduce que, con la muerte de esas 99 personas, que Dios pudo evitar, se “pone a prueba” la adhesión o creencia de sus familiares respecto a Dios, por lo cual no seríamos hijos de Dios sino una especie de insectos cuya vida terrenal de poco vale.

La idea de Dios, como realizador de las leyes naturales, no se podrá eliminar fácilmente por cuanto nace con cada niño. La idea de que el mundo en el que vivimos no es obra del hombre, y que existe un Creador, o bien que es el propio orden natural con sus leyes invariantes, resulta ser una visión de la realidad que difícilmente se podrá anular. Es por ello que no debemos caer en la absurda pretensión de promover la muerte de Dios, sino de facilitar la visión científica de la realidad por la cual admitimos en forma inmediata que todo lo existente, incluido el hombre, está regido por leyes invariantes a las cuales nos debemos adaptar. Este proceso de adaptación al orden natural es el que brinda a la humanidad el sentido de su existencia.

Ante la situación por la cual resulta importante revivir la idea de Dios, se proponen las tres distintas alternativas:

1- Desde una postura conservadora se trata de mantener y afianzar la postura teísta mediante la cual se sostiene que Dios interviene en el mundo interrumpiendo circunstancialmente las leyes naturales.
2- Desde posturas asociadas a las teologías progresistas, se trata de reemplazar la religión cristiana mediante alguna forma disimulada de marxismo-leninismo, como es el caso de la Teología de la Liberación.
3- Desde una postura deísta (religión natural) se busca identificar la religión cristiana con la ciencia experimental reforzando la ética cristiana mostrando su compatibilidad con la ética natural.

En los años 70, Cornelio Fabro advertía el avance de las nuevas teologías que “generosamente” se ofrecían para desplazar a los Evangelios como la base de las prédicas surgidas desde la Iglesia. Al respecto escribió: “La Iglesia se encuentra sin duda en una situación de emergencia. Cuando nos encontramos en una situación de emergencia…deben utilizarse medios insólitos; por tanto, los católicos responsables deben emplear medios insólitos. En los casos en los que la guía de la Iglesia se dejase convencer por los progresistas, por clamorosa debilidad o vileza, a decisiones y leyes dañinas, según mi consciente juicio, no se debe esperar obediencia de nosotros. Cuando se protege el ingreso de la destrucción dentro de la Iglesia, la oposición no sólo está permitida, sino que es un sagrado deber” (De “La aventura de la teología progresista”-EUNSA-Pamplona 1976).

La universalidad de la religión sólo podrá lograrse a través del vínculo común a todos los hombres del presente, del pasado y del futuro, la ley natural que rige en todos y en cada uno de los lugares y rincones del universo. Marco Tulio Cicerón escribió al respecto: “El universo entero ha sido sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios Todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a si mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo padecer los castigos más crueles aunque escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.