miércoles, 28 de diciembre de 2016

Fortaleza vs. debilidad del cristiano

Mientras que los adeptos al cristianismo sostienen que las prédicas evangélicas tienden a dotarlos de una fortaleza espiritual considerable, sus detractores aducen, por el contrario, que se trata de una religión que debilita sus personalidades individuales para dejarlas a merced de quienes pretenden dominarlas. De ahí que Karl Marx haya calificado a la religión como “el opio de los pueblos”; lo que adormece para hacer daño, es decir, un invento de las clases dominantes para explotar laboralmente a las masas con mayor facilidad.

Si tenemos en cuenta la actitud que adopta una madre respecto de sus hijos, cuando cumple sus funciones plenamente, se observa que adquiere una gran fuerza espiritual ante la evidencia o la posibilidad de que algo malo pudiese ocurrirle a alguno de sus hijos. Al compartir, amplificándolas, sus penas y alegrías, de manera de vivir en función de sus hijos, trabajará y luchará por ellos con la mayor predisposición y fortaleza que uno pueda imaginar.

Si bien esta predisposición y motivación, que surge del amor, surge en los seres humanos sin necesidad de profesar el cristianismo, las prédicas cristianas tienden a promover en todo individuo una actitud cooperativa para ser adoptada ante todas las personas, y no sólo respecto de sus familiares. En lugar de adoptar una postura débil u obsecuente, el cristiano será un permanente luchador contra las adversidades y las injusticias que cotidianamente se producen en toda sociedad.

La fortaleza de las personas radica esencialmente en la adopción de un sentido pleno de la vida, siendo tal sentido impuesto por el orden natural que reclama de cada uno de nosotros adaptarnos a sus leyes como un precio que nos impone para alcanzar nuestra felicidad individual y nuestra supervivencia colectiva. La actitud ética promovida por el cristianismo resulta por ello enteramente compatible con los requerimientos del proceso de adaptación cultural al orden natural.

Mahatma Gandhi realiza su eficaz acción liberadora de la India aduciendo estar motivado por la fuerza espiritual extraída de dos fuentes principales: la verdad y la no violencia. Justamente, el amor y la verdad son los objetivos afectivos y cognitivos esenciales promovidos por el cristianismo, de donde se advierte una cercana semejanza. Por el contrario, quienes piensan que el amor y la verdad son muestras de “debilidad”, tienden a promover el odio y la mentira, tal el caso del marxismo-leninismo cuyos nefastos resultados son por todos conocidos. Gandhi escribió: “No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Toda mi obra consiste en haber experimentado con ambas en una escala tan vasta como me fue posible. Al hacerlo, me he equivocado algunas veces y he aprendido de mis errores. La vida y sus problemas se han convertido así, para mí, en sucesivos experimentos en la práctica de la verdad y la no violencia…” (De “Mahatma Gandhi. Pensamientos escogidos” de R. Attenborough-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).

Por lo general, se piensa que una personalidad fuerte, capaz de influenciar a los demás con su sola presencia, constituye la única posibilidad de orientar a la sociedad por el buen camino, y que una personalidad no violenta, o débil, que no impone temor alguno, no ha de servir para tal objetivo. Sin embargo, la fuerza espiritual que algunos hombres adquieren poco tiene que ver con sus atributos personales previos, ya que el amor y la verdad son capaces de transformar a cualquier persona para hacerla influyente y positiva para la sociedad.

Se puede hacer una comparación o analogía con la fuerza física. Así, supongamos que se tiene como objetivo hacer oscilar un péndulo voluminoso. La persona con bastante fortaleza física necesitará aplicar una gran fuerza durante un tiempo breve para lograr su cometido. La persona con poca fortaleza, por el contrario, deberá aplicar sucesivos golpes, con una frecuencia similar a la de oscilación del péndulo, durante un tiempo prolongado, para lograr el mismo resultado. Ello indica que aun las personalidades “débiles”, con las motivaciones adecuadas, tendrán la posibilidad de “mover montañas”. Gandhi escribió: “El bien viaja a paso de tortuga. Aquellos que quieren hacer el bien no son egoístas ni están urgidos, ellos saben que inocular el bien en los demás requiere largo tiempo”.

El principal antagonista del cristianismo, en el ámbito filosófico, fue Friedrich Nietzsche, quien escribió: “¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de la potencia, la voluntad de la potencia, la potencia en sí. ¿Qué es lo malo? Todo aquello cuyas raíces residen en la debilidad”.

“¡Qué los débiles y los fracasados perezcan!, primer principio de nuestro amor a los hombres. Y que se les ayude a morir. ¿Hay algo más perjudicial que cualquier vicio? Sí; la compasión que experimenta el hombre de acción hacia los débiles y los idiotas: el cristianismo”.

“El cristianismo no puede tener disculpa. Es inútil, pues, que se pretenda poetizarlo. Ha hecho la guerra a muerte a ese tipo superior de hombre, ha proscrito todos los instintos fundamentales de ese tipo de hombres y ha destilado de esos instintos el mal y lo malo; el hombre fuerte ha sido siempre considerado como un tipo reprobable. El cristianismo se ha puesto del lado de todo lo débil, de todo lo bajo, de todo lo fracasado, formando un ideal que se opone a los instintos de conservación de la vida fuerte, y que ha echado a perder la razón aun de las naturalezas intelectualmente más fuertes, enseñando que los valores superiores de la inteligencia no son más que pecados, extravíos y tentaciones. El ejemplo más lamentable de ello es Pascal, que creía en la perversión de su razón por efecto del pecado original, siendo así que lo que la había pervertido era precisamente el cristianismo” (De “El anticristo”-Edicomunicación SA-Barcelona 1997).

Entre los seguidores de Marx (Lenin y Stalin, principalmente) surgen los ejecutores de los asesinatos de millones de seres humanos, mientras que, entre los seguidores de Nietzsche (Mussolini y, principalmente, Hitler) surge otro de los responsables de las grandes catástrofes humanas del siglo XX. Por otra parte, la “debilidad” de Gandhi permitió liberar a su país del dominio británico utilizando métodos civilizados.

El cristianismo promueve el autogobierno personal, de manera de impedir que los “hombres fuertes” gobiernen a los demás. Tal autogobierno coincide con el gobierno de Dios sobre el hombre a través de las leyes naturales. Gandhi escribió al respecto: “Poder político significa capacidad para regular la vida de la nación a través de los representantes nacionales. Si la vida de la nación se vuelve tan perfecta como para regirse a sí misma, la representación se vuelve innecesaria. Surge entonces un estado de anarquía ilustrada, en que cada uno es su propio soberano. Cada uno se gobierna a sí mismo de manera que jamás es un estorbo para el prójimo. En ese estado ideal, no existe el poder político, porque no existe el Estado. Pero el ideal no se da jamás en la vida real. De ahí la clásica aseveración de Thoreau que dice: «El gobierno mejor es el que gobierna menos»”.

Entre las causas que han desvirtuado al cristianismo, está la confusión de actitudes, como el sensiblerismo y la lástima, al ser interpretadas como si fueran el amor. “Con la palabra sensiblerismo podemos designar a todo aquello que se parezca al amor, pero que lo desvirtúe. Es por ello que cuando se menciona la palabra amor, se mira a quien la pronuncia como si estuviera fuera de la realidad. Muchas veces esto es por culpa de aquellos que fingen y que toman al amor como a una moda que queda bien adoptar, o como algo propio del teatro. El amor no se muestra a los demás, sino se lo siente y se lo hace sentir. El sensiblerismo es un síntoma de debilidad y tiene el inconveniente de hacer aparecer al amor como una postura débil. Esto se debe a que se confunde a ambos”.

“Sentir lástima no significa amar, ya que el amor se siente cuando existe una actitud igualitaria. En cambio, sentir lástima es como mirar de más a menos. Se siente lástima cuando no se puede amar a una persona que sufre. No poder amarla significa no poder compartir su sufrimiento. Por ello, pocas veces se escucha decir que alguien siente lástima por un hijo” (De “Una opinión sobre el mundo” de P. Zigrino-Mendoza 1978).

En las sociedades actuales se advierte un egoísmo sobredimensionado, ya que no se siente el mínimo respeto por las demás personas, ni por su dignidad ni por su propiedad. No se respeta ningún pacto, ni siquiera la institución del matrimonio. El hombre ha dejado de ser un individuo con alma y conciencia moral para transformarse en un animal de placer y diversión gobernado por sus órganos sexuales. Son ilustrativos los casos que aparecen en el programa televisivo “Caso Cerrado”, en donde se muestran conflictos que escapan a la imaginación de la persona más pesimista. Si bien en otras épocas ha habido crisis morales profundas, no debe caerse en el extremo de generalizar la situación estableciendo que el “hombre es egoísta por naturaleza”, por lo cual sólo bajo un sistema totalitario se lo puede conducir por el buen camino. Adam Phillips y Barbara Taylor escriben: “En 1741, el filósofo escocés David Hume, enfrentado a una escuela filosófica que proclamaba el egoísmo ineludible de la humanidad, perdió la paciencia. Una persona tan necia como para negar la existencia de la bondad –dijo Hume- era sencillamente una persona que había perdido el contacto con la realidad emocional: «ha olvidado los movimientos de su corazón». ¿Cómo es posible que la gente haya acabado por olvidar la bondad y los intensos placeres que procura?”.

“La conducta bondadosa se observa con recelo; las manifestaciones públicas de bondad se desdeñan por moralistas y sentimentales. «Esta es la naturaleza humana», decimos del comportamiento egoísta, ¿qué más podemos esperar? La bondad se ve como un tema de portada de revista o bien como falta de nervio. Los iconos populares de la bondad –la princesa Diana, Nelson Mandela, la madre Teresa de Calcuta- o bien se adoran como si fueran santos o bien se denuncian alegremente llamándoles hipócritas que sólo cultivan sus intereses” (De “Elogio de la bondad”-Duomo Ediciones-Barcelona 2010).

La evolución biológica ha formado, a lo largo del tiempo, nuestra naturaleza humana. Existe en cada uno de nosotros la posibilidad de adoptar la actitud del amor al poder compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. También tenemos la posibilidad de odiar o de ser egoístas. Depende de cada uno de nosotros de que una de esas actitudes predomine sobre las restantes. La elección de la actitud que genera mayor felicidad no implica debilidad alguna, sino, por el contrario, resulta ser la consecuencia de haber sabido adaptarnos al orden natural reconociendo el espíritu de sus leyes. Las leyes naturales que nos rigen, subyacen como un imperativo que nos presiona para que alcancemos la felicidad y establezcamos definitivamente el camino que nos permita alcanzar, como humanidad, nuestra supervivencia.