jueves, 29 de diciembre de 2016

Estímulos morales y económicos

Por lo general, se aduce que la producción capitalista se establece solamente en base al estímulo económico del dinero y las ganancias, suponiendo inexistente todo tipo de estímulo social o moral. Sin embargo, teniendo presente que el intercambio básico se establece cuando existe un beneficio simultáneo entre las partes actuantes, ambos protagonistas estarán satisfechos, no sólo por el beneficio personal obtenido, sino por haber beneficiado de alguna manera a otra persona.

Si un panadero puede proveer de pan a muchas personas, cotidianamente, es consciente de lo necesaria que resulta su actividad y debe sentir cierto orgullo al poder contribuir con su trabajo al sostenimiento económico de la sociedad. Luego, en todas las actividades productivas, podemos encontrar gente que siente orgullo por poder ser útil a la sociedad. La excepción a lo mencionado, la constituye el parásito social y también el delincuente, ya que no realizan aportes a la sociedad mientras reciben de ella los medios necesarios para su supervivencia.

En la visión marxista del capitalismo, por el contrario, se supone que el sistema capitalista se basa en acciones similares a las del parásito y el delincuente, ya que suponen inexistente el intercambio que beneficia a ambas partes. Así como uno puede pasarse toda la vida sin haber visto algún milagro, también puede pasarse toda la vida contemplando intercambios voluntarios en los cuales ambas partes se benefician, negando la apreciación marxista. Por supuesto; casi nadie está exento de haber sido, alguna vez, víctima de un estafador.

Puede decirse que el socialismo surge de la necesidad de corregir los defectos “observados” en el sistema capitalista, creando la intermediación del Estado para evitar que el fuerte se aproveche del débil en cada intercambio comercial, y para fundamentar una economía de los estímulos morales dejando de lado todo estímulo económico o material. Luego, si los resultados económicos no son los esperados, se aduce que se ha ganado en “igualdad” y en “justicia”.

Jean-Françoise Revel escribió: “La civilización capitalista, con sus componentes políticos y culturales, es objeto del aborrecimiento de los ideólogos socialistas y de todos los que, sin militar expresamente a favor de la versión totalitaria del socialismo, consideran demostrados sus principales postulados. En último análisis se condenan los valores, y no los fracasos prácticos de un sistema de producción. La manifestación de este origen moral reside por otra parte en lo siguiente: que la condenación se manifiesta con tanta virulencia en caso de éxito como de fracaso del sistema: los años de abundancia, la sociedad de consumo, el «aburguesamiento de la clase obrera» son objeto del mismo desprecio escéptico y la misma reprobación asqueada de las caídas, las crisis, la desocupación, la inflación. Los frutos pueden estar maduros y colmados de jugo, o aparecer secos y en escaso número, siempre se los tacha de ponzoñosos” (De “La tentación totalitaria”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1976).

Mientras el productor capitalista tiene la doble motivación, económica y moral, al cooperar cotidianamente con la sociedad, el Estado socialista prohíbe el estímulo económico para afianzar solamente el moral. De ahí que no sea de extrañar que la producción socialista sea inferior a la capitalista. Jorge Edwards escribió: “A partir de la intervención en Angola, el poder cubano decidió olvidarse un poco de la eficacia económica y pasar a la ofensiva política y militar. «Seremos malos para producir, pero para pelear sí que somos buenos». La frase del Comandante en Jefe [Fidel Castro], en la noche del 7 de diciembre de 1970, continúa resonando en mis oídos después de todos estos años” (De “Persona non grata”-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1982).

Los estímulos económicos que caracterizan al capitalismo, son considerados por los socialistas como un sacrilegio social, no porque sean malos en sí, sino porque son aplicados en dicho sistema. Jorge Edwards, diplomático chileno que cumplía funciones en Cuba, menciona como “S” a su interlocutor cubano para mantenerlo en el anonimato, en una conversación acerca de los estímulos materiales y morales: “Me parece casi imposible que ellos salgan de las dificultades económicas –baja productividad, ausentismo, etc.-, sin crear alguna clase de estímulo material. S., mi interlocutor, intelectual hijo de burgueses, salta como si le hubieran puesto banderillas. El proceso que viven las democracias populares en Europa Oriental conduce directamente a la «alienación» capitalista. S. ha tenido amplia oportunidad de comprobarlo en Checoslovaquia, en Polonia, en Hungría. Ahí se crea una auténtica sociedad de consumo, con todo lo que aquello significa: sometimiento al trabajo a través de la lucha por obtener más bienes, aparición de necesidades falsas que la economía de mercado necesita estimular y renovar constantemente, etcétera”.

“Según S., alejarse del sistema de estímulos exclusivamente morales, principio central de la Revolución Cubana, sería apartarse de la Revolución misma. No valdría la pena haber luchado por eso. Pueden y deben distribuirse bienes de consumo, pero no al que tiene más dinero para comprarlos. Ni siquiera al que trabajó mejor. Las prioridades se fijan en función de ciertas necesidades: enfermedad, por ejemplo, número de hijos”.

“No veo clara la situación del campesino que sólo gana dinero a cambio de su trabajo; papel que guardará en sus gavetas o en una caja de zapatos y que no le servirá para comprar nada. ¿Vale la pena levantarse a las cinco de la mañana y labrar la tierra hasta entrada la noche para recibir sólo papel? El bienestar colectivo, la construcción del socialismo, son para ese campesino, aunque crea en ellos, ideales demasiado abstractos; como los espejismos, retroceden mientras él continúa su penosa y árida caminata”.

“El ausentismo de ese campesino, su éxodo a La Habana, donde vagará como un fantasma, en medio de calles destruidas y almacenes vacíos, o su falta de entusiasmo y de rendimiento en el trabajo, se han transformado ahora en un grave lastre económico y político. La ley de vagos y el empadronamiento de la población (uso obligatorio, según entiendo, de tarjetas de identidad), pretenden combatir el mal. Son remedios de tipo represivo, reflejos de una etapa que por desgracia es clásica en la historia de las Revoluciones: la del Comité de Salud Pública”.

En el sistema capitalista predomina la libertad de acción y de elección; quien mayor capacidad productiva posea, mayor nivel de vida podrá lograr. De ahí que no exista igualdad económica, aunque exista movilidad social. A nadie se le cierran las puertas para el ascenso social ni tampoco existen privilegios para el descenso de quienes poco o nada producen. Bajo un sistema socialista, al buscar la igualdad material sin contemplar los méritos laborales o productivos, se reduce el nivel de vida general y las “correcciones” que impone luego el Estado llevan a la pérdida de la libertad. Jean-Françoise Revel escribió: “Acentuar la igualdad provocando la caída de la producción en realidad es muy fácil. Pero si este procedimiento muy difundido y calurosamente aclamado promueve la uniformidad por la vía de la escasez, no puede afirmarse que resuelve el problema de la explotación. Pues la ganancia del empresario en el marco de la empresa no es la única forma de explotación del hombre por el hombre, de obtención de plusvalía, para atenernos a la fraseología marxista”.

“La empresa actúa bajo la vigilancia del Estado, los sindicatos y la prensa. Toda la historia de la legislación laboral demuestra que la arbitrariedad de la dirección no ha cesado de disminuir. En cambio, los trabajadores no tienen medios para combatir la explotación totalitaria”.

“Tenemos aquí, en efecto, otra forma de explotación del hombre por el hombre, la explotación que promueve un dictador cuando inflige a un pueblo entero una escasez crónica de alimentos, fruto de la aplicación forzosa de una pretendida «reforma agraria», determinada en la abstracción burocrática, mediante la aplicación de teorías no probadas e inverificables –el caso no sólo de Stalin, sino también de Kruschev”.

“Interpretemos con absoluto rigor las siguientes informaciones; supongamos, por una parte, que un tercio de la población activa de la Unión Soviética trabaja en la agricultura, y produce una cantidad de alimentos muy inferior a las necesidades de unos 242 millones de habitantes, y por otra, que el 4% de la población activa norteamericana, empleado en la agricultura, produce una cantidad de alimentos muy superior a las necesidades de unos 210 millones de ciudadanos, al extremo de que suministra excedentes exportables a todo el mundo; de todo lo cual resulta, en buena lógica socialista, que de estos dos grupos de trabajadores agrícolas el segundo sufre una explotación de inconcebible ferocidad. (¡Imagínense el «ritmo»!), y en cambio el primero en general está liberado de la explotación”. “Y que nadie nos hable de los «puntos de partida» desiguales. Sin duda, fueron desiguales: en 1900 la agricultura norteamericana era menos poderosa que la agricultura rusa”.

En la Argentina, la principal explotación laboral no es la del empresario sobre el trabajador, sino la del empleado estatal hacia el resto de la población. Como ejemplo podemos mencionar la empresa estatal de trolebuses, de Mendoza, en la que un tercio de sus empleados aparece como personal jerárquico o delegado sindical. Luego de la privatización efectuada, se advierte que sólo es necesaria la tercera parte de los empleados. De ahí que el excedente pasará a “trabajar” en alguna otra repartición estatal. Mientras tanto, el resto de la población seguirá trabajando y produciendo para alimentar vagos y parásitos que reciben elevados sueldos. En todo el país sobran entre 1,5 y 2 millones de estos personajes, por lo que el subdesarrollo tiende a acentuarse ya que “en la Argentina solidaria nadie es tan inhumano” como para dejar sin trabajo a tanta “pobre gente”, pero nadie se hace problema por el que carece de lo básico a pesar de tener que trabajar todos los días en forma intensa.

Mientras se siga atacando al sistema capitalista como el culpable de todos los males y se acepte el saqueo cotidiano establecido por políticos, gremialistas y empleados públicos que han usurpado el Estado para explotar laboralmente al sector productivo, las cosas no podrán mejorar. Se critica severamente al que produce pero comete el grave pecado de tener “ambiciones egoístas”, mientras se mira como víctima al que poco o nada produce y consume más y mejor de aquello que producen los demás.