viernes, 16 de diciembre de 2016

Elites y masas

Existen ciertas semejanzas entre la evolución biológica y la evolución cultural; como lo es la existencia de saltos adaptativos. Mientras que en el proceso de la evolución biológica, la mutación genética puede conducir a una mejora adaptativa, previa selección entre varias mutaciones que podrían propagarse hereditariamente, en el proceso de la evolución cultural aparece la innovación propuesta por algún hombre que puede conducir a una mejora social, previa selección entre varias alternativas.

Desde este punto de vista, puede describirse la sociedad en base a la existencia de dos tipos de comportamientos; el de quienes tratan de superarse y el de quienes no hacen ningún esfuerzo por mejorar. Los primeros, que por lo general son minoría, constituirán una elite; los segundos serán parte de la masa. Por ello, las sociedades que promueven la igualdad de resultados antes que de oportunidades, desalientan la formación de elites a la vez que promueven la masificación de la población, constituyendo sociedades estancadas, ya que poco o nada aportan al acerbo cultural de la humanidad.

Como ejemplo de innovación cultural pueden mencionarse los Evangelios, ya que, tanto Cristo como sus seguidores, constituyeron una elite por cuanto promovieron un cambio social que benefició a todos. En una época como la actual, en la que predomina la violencia familiar y social, es necesario tener presente la innovación propuesta hace ya dos mil años, aunque se fue perdiendo con el tiempo en algunas sociedades. Riane Eisler escribió: “Aquí [en el Nuevo Testamento] encontramos que la piedra angular de la ideología dominante, el modelo de especie masculino-superior/femenino-inferior, con escasas excepciones, brilla por su ausencia. En su lugar, estos manuscritos están impregnados por el mensaje de igualdad espiritual de Jesús”.

“Aun más notables –y penetrándolo todo- son las enseñanzas de Jesús diciéndonos que debemos elevar las «virtudes femeninas» desde una posición secundaria o de apoyo a una posición eminente y central. No debemos ser violentos sino poner la otra mejilla; debemos hacer a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hicieran, debemos amar a nuestro prójimo e incluso a nuestros enemigos. En lugar de las «virtudes masculinas» de rudeza, agresividad y dominación, debemos valorar sobre todo la responsabilidad mutua, la compasión, la dulzura y el amor”.

“Cuando contemplamos de cerca, no sólo lo que Jesús enseñó sino cómo fue difundido su mensaje, una y otra vez descubrimos que él estaba predicando el Evangelio de un modelo solidario de sociedad. Rechazaba el dogma según el cual los hombres de alta alcurnia –en la época de Jesús, los sacerdotes, los nobles, los ricos y los reyes- fueran los favoritos de Dios. Se mezclaba libremente con las mujeres, rechazando así en forma abierta las normas de supremacía masculina de su tiempo. Y en agudo contraste con las opiniones de sabios cristianos posteriores, quienes realmente dudaban si la mujer tiene o no un alma inmortal, Jesús no predicó el mensaje dominador fundamental (que las mujeres son espiritualmente inferiores a los hombres)” (De “El cáliz y la espada”-Cuatro Vientos Editorial-Santiago de Chile 1990).

Aun cuando en una sociedad se promueva la formación de elites y se abandone la mentalidad de masas, existirán dos posturas diferentes respecto del cambio social. Por una parte están los conservadores, que se oponen a todo cambio, y los innovadores, que siempre proponen alguna mejora. Como el cambio social puede producir tanto mejoras como empeoramiento de las cosas, el sector conservador, tradicional de por sí, tiende a proteger las que en el pasado fueron innovaciones culturales y pasaron el veredicto del tiempo, intentando “proteger” a la sociedad de las innovaciones que pudieran resultar perniciosas. En su afán protector, pueden incluso oponerse a cambios que con el tiempo podrán resultar favorables.

En diversas épocas surge cierto antagonismo entre quienes promueven la formación de elites, lo que implica desigualdad social, y quienes promueven la igualdad social y la masificación, dejando de lado la igualdad en el sentido cristiano. Floreal González escribió: “Esta concepción del individuo es precisamente una de las grandes conquistas de la filosofía cristiana –que dio su tono a lo que se ha dado en llamar civilización occidental- y es lo que da la jerarquía de persona al individuo de la especie humana”. “Existen individuos que están diferenciados, e individuos que no lo están. Los primeros constituyen las elites. Y los segundos constituyen las masas. O mejor dicho: de los primeros extraemos el concepto de elite; de los segundos extraemos el concepto de masa”.

“En síntesis: las elites son los individuos diferenciados. Los que tienen conciencia de su desigualdad íntima con todos y cada uno de los demás individuos que componen la humanidad. O los que actúan como desiguales –porque lo son- aunque no hayan reflexionado nunca sobre ello; aunque no lo sepan, o aunque no lo crean. Son los individuos que se destacan, los que pasan al frente. Por eso se identifican, en cierto modo, elite y nobleza. Porque «nobleza» viene de noble, y éste del latín nobilis, que es una contracción de noscibilis, que quiere decir –simplemente- conocido. Del verbo noscere, o sea, conocer”.

“En cambio las masas son los individuos no diferenciados. Los que se sienten identificados con el gran número. Los que se creen iguales a los demás. Los que tienen los mismos gustos, las mismas ideas y las mismas necesidades que todos los demás. Decimos que se sienten, y que se creen, porque a pesar de ese sentimiento y de esa creencia, no son iguales. Pero al estar convencidos de lo contrario, actúan como si fueran iguales. Y dan origen así al tipo de hombre masificado, del cual extraemos el concepto de masa” (De “Ideas sobre la libertad”-Centro de Estudios Sobre la Libertad Nº 26-Buenos Aires Set/1969).

En las sociedades democráticas, existen varias formas de elites, constituidas precisamente por las personas destacadas en los distintos ámbitos de la acción social. En las sociedades que apuntan al colectivismo, por el contrario, existe una elite totalmente diferenciada del resto, en donde el mérito tiende a ser reemplazado por la obediencia. El citado autor agrega: “La verdad es que hay tantas clases de masas –y tantas clases de elites- como categorías en las cuales pueden ser clasificados los seres humanos”. “No todas las elites, ni todas las masas, están formadas por las mismas personas. Este es el punto importante y casi siempre olvidado”.

“Para un editor de libros, por ejemplo, la masa está formada por los lectores de literatura barata. Y si el doctor Christian Barnard, pongamos por caso, leyera por la noche novelitas de cowboys, sería como lector un hombre de la masa, aunque fuese el mejor cirujano del mundo e integrase como médico la elite de los hombres de ciencia”. “Es decir, que todos somos masa, y todos somos elite, al mismo tiempo. O mejor dicho: podemos ser elite, si nos lo proponemos. En aquellas materias en que cultivamos nuestro espíritu, y de esa manera nos diferenciamos de los demás, llegaremos a ser elite. En las que no, continuaremos unidos a la masa viscosa, pegajosa y amorfa”.

“En cambio en el sistema totalitario, donde no existe la libertad, ni la propiedad que se deriva de la libertad, ni la justicia que es el reconocimiento de la propiedad, ni la paz que es el fruto de la justicia, ni el derecho que es la organización de la libertad, basada en la justicia, ni el orden que es un subproducto del derecho, en el sistema totalitario –repito- siempre habrá una sola elite, y una sola masa; la elite será el partido gobernante, y la masa seremos todos los demás”.

De todas las elites posibles, algunas son más influyentes que otras, como es el caso de los intelectuales. En este caso, sin embargo, se observan comportamientos un tanto desconcertantes por cuanto proponen y apoyan innovaciones culturales que no tienen en cuenta los miles de millones de años de evolución biológica para concluir con que “no existe la naturaleza humana”. Tampoco tienen en cuenta las costumbres y tradiciones dominantes por cuanto, aducen, cada niño nace con una mente en blanco sobre la cual se podrá establecer una programación educativa que determinará su personalidad y su futuro. Solomon E. Asch escribió: “Darwin también imprimió al pensamiento sobre los valores humanos una determinada orientación, que ha dejado su sello en la teoría psicológica. Sostuvo que los valores son impulsos hereditarios, y que los dictados del bien y del mal están enraizados en los instintos sociales y particularmente en los vínculos que unen a los padres con sus hijos” (Citado en “La metamorfosis del hombre-masa” de Juan Cuatrecasas-Ediciones Camps-Buenos Aires 1967).

Quienes proponen el relativismo moral, cognitivo y cultural desconocen los procesos evolutivos sosteniendo que son ellos los mejores conocedores de lo que es el ser humano y de lo que debería ser. De ahí que se oponen principalmente a la civilización occidental, desconociendo los atributos positivos heredados en el proceso de la evolución cultural, incluso tomándolos como referencia para destruirlos.

Es por ello que el socialismo ha sido el fruto de una mentalidad destructiva que ha retrasado a algunos pueblos conduciéndolos a etapas evolutivas ya superadas, sin realizar aportes culturales significativos que puedan servir a los demás en el futuro, sino dejando solamente enseñanzas de lo que no debería hacerse.

Toda innovación cultural debe ser compatible con nuestra naturaleza humana; la que surgió de la evolución biológica. Incluso se ha llegado al extremo de pretender que, por medio de encuestas y elecciones, la mayoría masificada decida mantener, o bien abolir, algunos derechos y algunos deberes, que no han surgido de la sociedad sino que aparecen como consecuencia de la evolución biológica. Floreal González agrega: “Como dijo el juez Sutherland, de la Suprema Corte de EEUU: «El individuo tiene tres derechos, igualmente sagrados, frente a toda interferencia arbitraria, del gobierno o de otras personas: el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la propiedad. Esos tres derechos se hallan tan entrelazados que prácticamente constituyen uno solo. Dar a un hombre su vida, pero negarle su libertad, es privarlo de todo lo que hace la vida digna de ser vivida. Darle la libertad, pero quitarle la propiedad, que es el fruto y el símbolo de su libertad, es seguir manteniéndolo en la esclavitud»”.

“Ahora bien: estos derechos no pueden ser sometidos a votación, porque el individuo no los ha recibido de la sociedad, y por consecuencia no tiene por qué exponerlos a la decisión de los demás. y fue precisamente la misma Suprema Corte de Justicia de EEUU la que expresó magistralmente este concepto, en su famoso pronunciamiento «Board versus Barnett», del año 1943: «El derecho de cada uno a la vida, a la libertad y a la propiedad; la libertad de palabra, de prensa, de trabajo y de reunión; y otros derechos fundamentales, no pueden ser sometidos a votación, no pueden depender del resultado de una elección. El verdadero propósito de la ‘Declaraciion de los Derechos’ fue sustraer ciertas cuestiones de las vicisitudes de la controversia política, para colocarlos más allá del alcance de la mayoría»”.