lunes, 12 de septiembre de 2016

La creatividad del científico

No existe un método general para la creación científica, como tampoco para cualquier tipo de creación, sino que existen condiciones personales y sociales favorables. Para promover la creatividad científica, sólo resta estimular el cumplimiento de tales condiciones, ya que es lo único que resulta accesible a nuestras decisiones.

Indagando en la historia de la ciencia, se puede vislumbrar el conjunto de atributos que ha de tener el “científico ideal”, para poder tomarlo como referencia. Por ejemplo, varios de los más destacados investigadores se han caracterizado por mostrar una amplia vocación que cubre un amplio espectro del conocimiento. Sin embargo, no todos los científicos destacados comparten ese atributo, ya que varios de ellos mostraron un gran interés por un tema en especial y bastante menos por los demás. De ahí que nuestro “científico ideal” ha de tener una gran curiosidad y necesidad de conocimientos variados, aunque no será una condición imprescindible para la innovación científica.

Erwin Schrödinger fue uno de los investigadores que se aproximó bastante al ideal mencionado. Linda Wessels escribió: “En las ciencias, las actividades de Schrödinger iban mucho más allá de la teoría cuántica. Durante toda su carrera laboró en mecánica estadística y en relatividad y cosmología. Sus contribuciones a estas áreas abarcaron desde artículos técnicos de investigación hasta vívidos repasos introductorios. A fines de la cuarta década del siglo y comienzos de la siguiente, bregó por desarrollar una teoría del campo unificada; a fines de esta última década llegó incluso a pensar que lo había conseguido”.

“Tuvo asimismo una influencia decisiva sobre las ciencias biológicas. En el citado decenio, su librito «¿Qué es la vida?» llamó la tensión de muchos físicos hacia la posibilidad de aplicar la moderna teoría atómica y molecular a la genética e inspiró a varios de ellos a emprender investigaciones en el campo de la biología molecular”.

“Los intereses y las capacidades de Schrödinger se extendían también a actividades no científicas. Estaba dotado para las lenguas. Aparte de su alemán natal, hablaba inglés, francés y español, y leía y escribía en estas cuatro lenguas, más dos antiguas, griego y latín. Traducía poesía griega e inglesa y escribía asimismo poesía suya tanto en inglés como en alemán. En 1949 publicó un volumen de poesía que contenía algunas de sus creaciones propias, así como traducciones”.

“Sus papeles privados y algunos de sus escritos populares revelan un prolongado interés en cuestiones de metafísica, epistemología y ética. Estos trabajos muestran también que el holismo del misticismo oriental cautivó su imaginación filosófica desde temprano y persistió como tema importante en sus escritos, hasta la muerte. En cuestiones de arte, Schrödinger era ante todo un espectador. Educado en la Viena de fin de siglo, era un asiduo concurrente al teatro. Tejer en telar era para él la salida artística activa. Su dominio de este oficio es evidente en los ejemplos de su labor que aún conserva la familia” (De “Resortes de la creatividad científica” de Rutherford Aris y otros-Fondo de Cultura Económica SA-México 1989).

La preparación mental del científico es esencial, y ella consiste en el largo proceso de aprendizaje de los diversos temas de interés, o bien del tema que ya ha elegido para especializarse. En su memoria se irán grabando los conocimientos adquiridos mediante el ejercicio reiterado de “prueba y error”, por cuanto cada nuevo tema que se nos presenta, nos exige establecer una especie de “hipótesis” que se pondrá a prueba luego, cuando se presente la oportunidad de rendir un examen, o bien hacer una autoevaluación.

Cada nuevo conocimiento podrá ser aprendido en función de la información que previamente hemos guardado en nuestra memoria. Finalmente, se nos podrá presentar la ocasión en la que advertiremos una especie de “laguna” en el caudal de conocimientos disponibles por parte de la comunidad científica, por lo que, nuevamente, propondremos una hipótesis; esta vez para salvar tal ausencia y, en caso de ser acertada, habremos realizado un descubrimiento científico. Tal proceso innovador no difiere, esencialmente, del proceso de aprendizaje previo.

El descubrimiento, o la innovación, surgen de la misma curiosidad que motivó el aprendizaje previo, si bien existen estímulos adicionales al vislumbrar la posibilidad de establecer algo nunca antes realizado. Erwin Schrödinger define la situación de la siguiente forma: “La cuestión…no es tanto ver lo que nadie ha visto todavía, sino pensar lo que aún nadie ha pensado acerca de lo que todo el mundo ve”.

Todos vemos el movimiento de la Luna y la caída de manzanas, pero sólo a Newton se le ocurrió que la fuerza con que la Tierra atrae a la Luna es la misma que la que atrae a las manzanas. Al confiar en la hipótesis propuesta, extrayendo todas las consecuencias posibles, pudo llegar a establecer la Ley de la Gravitación universal.

También en el caso del descubrimiento de la evolución por selección natural, aparece cierta asociación entre lo que ocurría en las sociedades humanas como en las especies animales y vegetales. Silvano Arieti escribió: “En 1838, Darwin leyó el libro escrito por Malthus 40 años antes (Essay on the Principle of Populations). Malthus había aventurado la idea de que las optimistas ideas de Rousseau acerca de la humanidad eran falsas, porque 1) la tendencia natural de la población es a aumentar con mayor rapidez que los medios de subsistencia; y 2) este rápido aumento resulta en una lucha por la existencia”.

“Darwin, abstrayéndose de todas las observaciones que había hecho en las islas Galápagos, tuvo la visión de que la competencia reproductiva entre miembros de la misma especie es similar a la competencia malthusiana descubierta en la sociedad humana. De este modo, principios formulados en relación con la sociedad humana fueron aplicados por Darwin a la vida orgánica general” (De “La creatividad”-Fondo de Cultura Económica SA-México 1993).

Mientras que cada uno de nosotros puede, en forma consciente, elegir los temas de estudio, aquello que irá quedando guardado en la memoria ha de escapar un tanto a nuestro control. Luego, cada vez que establecemos un razonamiento consciente, van aflorando los recuerdos que desde largo tiempo atrás llevamos en la memoria. Hasta que llega el momento en que surge, en forma más o menos espontánea, la idea nueva, o la innovación tan esperada. Arieti escribió: “Uno de los objetivos de los estudiosos de la creatividad científica ha sido recobrar las diversas fases del pensamiento que conducen al acto creador. Los relatos personales hechos por grandes hombres de ciencia son particularmente valiosos, pero sólo un bajísimo porcentaje de ellos nos ha dado esta información. Uno que sí lo hizo fue el fisiólogo Helmholtz (1896), quien reconoció tres etapas de su obra creadora: 1) una investigación inicial, llevada hasta que fue imposible llegar más lejos; 2) un periodo de descanso y recuperación, y 3) el surgimiento de una solución súbita e inesperada”.

Por su parte, el físico Paul Dirac escribió: “Quisiera mencionar el hecho de que generalmente alcancé mis mejores ideas, no cuando las perseguía activamente, sino cuando me encontraba en un estado de relajamiento. El profesor Bethe nos contó cómo se le ocurrían ideas sobre los trenes y que aun antes de terminar el día a menudo las tenía elaboradas. A mí no me pasaba eso. Solía dar largas caminatas solitarias los domingos, durante las cuales me ponía a pasar revista de la situación actual en un espíritu de ocio. Esas ocasiones frecuentemente resultaron fructíferas, aun cuando (o quizás a causa de ello) la finalidad principal del paseo era relajarme y no investigar” (De “La unificación de las fuerzas fundamentales” de Abdus Salam-Editorial Gedisa SA-Barcelona 1991).

Todo parece indicar que la creatividad científica presenta alguna similitud con el físico-culturismo, ya que, se dice, el músculo crece, no cuando trabaja, sino cuando descansa. De ahí que se recomienda realizar una jornada intensa, sin llegar a un estado de extenuación, para descansar al otro día.

En cuanto a la creatividad en matemáticas, Henri Poincaré dio indicios del proceso, que no difiere demasiado de los antes mencionados. Al respecto escribió: “¿Qué es, de hecho, la invención matemática? No consiste en hacer nuevas combinaciones con entes matemáticos ya existentes. Esto podría hacerlo cualquiera, pero las combinaciones que así se podrían formas serían infinitas y muchas de ellas carecerían de interés. Inventar consiste precisamente en no construir combinaciones inútiles y en construirlas útiles, que no son más que una ínfima minoría. Inventar es discriminar, es escoger”.

Poincaré sugiere, para el siguiente relato, no darle mayor importancia a los términos estrictamente matemáticos: “Desde hacía quince días, me esforzaba en demostrar que no podía existir ninguna función análoga a las que después he llamado funciones fuchsianas; entonces era bastante ignorante; todos los días me sentaba ante mi mesa de trabajo, donde pasaba una hora o dos ensayando gran número de combinaciones y no llegaba a ningún resultado. Una noche tomé café negro, contrariamente a mi costumbre, y no pude dormir: las ideas me surgían en tropel; las sentía como si se embistieran hasta que dos de ellas se juntaron, por decirlo así, para formar una combinación estable. Por la mañana había establecido la existencia de una clase de funciones fuchsianas, las que derivan de la serie hipergeométrica; no tuve más que redactar los resultados, lo que sólo me llevó algunas horas”.

Más adelante: “Por esa época dejé Caen, donde habitaba entonces, para tomar parte de una excursión geológica organizada por la escuela de minas. Las peripecias del viaje me hicieron olvidar mis trabajos matemáticos. Cuando llegamos a Coutances, subimos a un ómnibus para realizar no sé qué paseo. En el momento en que ponía el pie en el estribo, me vino la idea, sin que nada de mis pensamientos anteriores pareciera haberme preparado para ello, de que las transformaciones que había utilizado para definir las funciones fuchsianas eran idénticas a las de la geometría no euclideana….”

“…fui a pasar algunos días al borde del mar, donde me dedicaba a pensar en cosas muy distintas. Un día, cuando me paseaba por el acantilado, me vino la idea, siempre con los mismos caracteres de brevedad, de brusquedad y de certidumbre inmediata, de que las transformaciones aritméticas de las formas cuadráticas ternarias indefinidas eran iguales a las de la geometría no euclideana”.

Más adelante: “Después de esto partí hacia Mont-Valérien, donde tenía que hacer mi servicio militar; por tanto, tuve preocupaciones muy diferentes. Un día, al atravesar la calle, se me apareció de golpe la solución de la dificultad que me había detenido. No intenté profundizar en ella inmediatamente y sólo después de mi trabajo reanudé la cuestión. Poseía todos los elementos, no tenía más que juntarlos y ordenarlos. Así pues, redacté mi memoria definitiva de golpe y sin ninguna dificultad” (De “El mundo de las Matemáticas” (Tomo 5) de James R. Newman-Ediciones Grijalbo SA-Barcelona 1976).

¡A pensar y a pasear, entonces!