martes, 27 de septiembre de 2016

Eliminación de la pobreza vs. eliminación de la desigualdad

Existen opiniones divergentes, que podrán resolverse, ya que provienen de dos visiones distintas de la misma realidad, como es el caso de dos observadores que opinan sobre un paisaje de montaña, uno viajando en un sentido y el otro en sentido opuesto. Aun cuando pasen por el mismo lugar, los paisajes observados serán distintos, pero la causa de la divergencia podrá advertirse finalmente.

Otro caso distinto es el de dos observadores que gozan o padecen una misma situación, respondiendo de maneras muy diferentes, en cuyo caso el acuerdo entre ambos resultará casi imposible. Este es el caso de dos personas, poseedora cada una de ellas de una vivienda, y que, de pronto, ven surgir en el vecindario algunas viviendas nuevas, de mejor calidad y de mayor costo que la propia. Uno de ellos pensará: “Me gusta la situación, ya que es conveniente que se construyan lindas viviendas en el barrio por cuanto mi propia casa se valorizará bastante más de lo que valía antes”. El otro, en cambio, pensará: “Ahora mi vivienda es una de las peores del barrio; mi status social habrá descendido bastante”.

El primer vecino, que ve la situación en forma positiva, posee una escala de valores no económica, ya que prioritariamente considera los valores morales e intelectuales de las personas y no se sentirá disminuido por la nueva situación. El segundo vecino, por el contrario, posee una escala de valores económica, o materialista, y por ello vive comparándose con los demás según los niveles económicos de cada uno. Mira en menos a quienes tienen menos dinero que él y siente envidia por aquellos que lo superan.

Una situación similar ocurre en el plano laboral. Así, el empleado agradecido tiende a reconocer en su empleador a alguien que le permitió resolver su problema económico y laboral. En cambio, otro empleado, en una situación similar, no ve en su empleador otra cosa que alguien “superior” que lo explota laboralmente, estando siempre disconforme con la dependencia laboral. El primero mencionado es el que prioriza la eliminación de la pobreza, mientras que el segundo prioriza la eliminación de la desigualdad social, o económica.

Estas mismas actitudes se trasladan al nivel macroeconómico. El primer vecino contempla el proceso de la globalización como un medio eficaz para combatir la pobreza, mientras que el segundo vecino lo contempla como un medio favorecedor de la desigualdad social. Daniel Cohen escribió: “El mundo se enriquece a un ritmo nunca antes conocido. India y China, los países más poblados del planeta, crecen cada año a tasas extravagantes del 7 al 10 % anuales. Ciudades como Hong Kong y Singapur, que fueron depósitos del imperio británico, son ahora más ricas que su antiguo amo, Inglaterra. El mundo en su conjunto ha penetrado irremediablemente en un fenómeno que se asemeja a los «treinta años gloriosos» que conocimos después de la Segunda Guerra Mundial” (De “Riqueza del mundo, pobreza de las naciones”-Fondo de Cultura Económica de Argentina SA-Buenos Aires 1998).

Si bien el citado autor ve algunos aspectos negativos en el actual proceso de la globalización, retendremos lo positivo, que es lo que recibe varias críticas por parte de los igualitaristas. Uno de tales aspectos radica en que, mientras que países de gran crecimiento, como China e India, adoptaron la economía de mercado, muchos de los países europeos se estancaron al persistir con sistemas de tipo socialdemócrata, que apuntan hacia la vigencia del Estado benefactor. De ahí que el mundo se enriquezca, mientras varios países tienden a empobrecerse.

Aun cuando la economía de mercado permita sacar de la pobreza a centenares de millones de chinos e indios, se le sigue asociando cierta “perversidad intrínseca” por cuanto crea “desigualdad social”. Desde el liberalismo se promueve a tal tipo de economía por ser el que mejores resultados produce, si bien se puede no estar de acuerdo con los excesos que siempre se cometen. Viviane Forrester, que ve todo negativo, escribió: “Día a día asistimos al fiasco del ultraliberalismo. Cada día, este sistema ideológico basado en el dogma (o el fantasma) de una autorregulación de la llamada economía de mercado demuestra su incapacidad para autodirigirse, controlar lo que provoca, dominar los fenómenos que desencadena. A tal punto que sus iniciativas, tan crueles para el conjunto de la población, se vuelven en su contra por un efecto bumerán, y al mismo tiempo el sistema se muestra impotente para restablecer un mínimo de orden en aquello que insiste en imponer” (De “Una extrema dictadura”-Fondo de Cultura Económica de Argentina SA-Buenos Aires 2000).

Puede decirse que, tanto el mercado, como Internet, y como todo aquello que el hombre descubre o inventa, puede utilizarse tanto para lo bueno como para lo malo. De ahí que no deba acusarse al sistema económico por los usos indebidos que se le dé por parte de empresas o consorcios globales. Tal sistema ha dado muy buenos resultados cuando existe una aceptable adaptación a sus reglas. Por algo ha sido adoptado, aunque no plenamente, por la mayoría de los países, mientras que tan sólo Corea del Norte, Cuba y Venezuela mantienen en vigencia al ineficaz socialismo, que parece ser el ideal de la citada autora, ya que ataca, no sólo a la falta de adaptación al sistema, sino al propio sistema autorregulado.

Que un sistema económico sea autorregulado, no implica que vaya a funcionar bien en forma independiente a las acciones y decisiones establecidas por Estado, empresarios y consumidores. Justamente, se desestabiliza cuando existen perturbaciones indeseables ejercidas por tales actores económicos. Lo que se aconseja, para que funcione en forma óptima, es que tales actores cumplan con las funciones requeridas por el sistema. Así, el Estado debe ofrecer una infraestructura y un marco legal que favorezca la inversión y la producción. Los empresarios deben producir en un marco de competencia sectorial mientras el resto debe trabajar y consumir con un criterio de cooperación. Estas condiciones no son fáciles de cumplir, de ahí que existan pocas economías de mercado similares a las que exige el sistema y promueve el liberalismo. En realidad, es una propuesta que intenta imponer una dirección hacia la cual se debería apuntar.

Puede hacerse una analogía entre el mercado autorregulado y un sistema vial. El Estado construye una carretera y coloca señalizaciones adecuadas. Los vehículos la transitan respetando sus reglas y si alguien intenta transgredirlas, tanto los demás automovilistas como los agentes de tránsito, presionarán al infractor para encauzarlo hacia la conducta requerida. El sistema será “autorregulado” cuando exista un estricto respeto de las reglas impuestas sin que haya necesidad de que haya una multitud de agentes de tránsito controlando la situación.

Si alguien comete alguna infracción, posiblemente habrá víctimas inocentes. Aunque el sistema estuvo bien diseñado, no pudo prever ni evitar el siniestro, ya que la culpa fue del conductor que actuó en forma egoísta e irresponsable. Lo mismo ocurre con el mercado, siendo eficiente cuando se respetan sus reglas. El “sistema ideal”, que permite que todos vivan bien, que no haya pobreza, y que seamos todos felices, en forma independiente de lo que la mayoría haga o deje de hacer, todavía no se ha inventado.

Si la economía de un país anda mal, se piensa generalmente que todo se debe a que el ministro de economía no es apto para la gestión (lo que a veces puede ser cierto). Se olvida que un país, aún con el mejor ministro, sólo podrá orientar el comportamiento económico hacia un efectivo funcionamiento, mientras que la inversión y el trabajo productivo dependen principalmente de los actores del sistema económico. Entre las principales virtudes de un ministro de economía, estará la poco común y valorada de “dejar hacer”.

La desigual distribución de la riqueza es un concepto que no tiene en cuenta la desigual capacidad de creación de la riqueza. No es lo mismo el caso de un empresario que tiene toda su fortuna invertida en bienes de producción al de alguien que, por medios ajenos al trabajo y a la inversión, dispone de bienes materiales que utiliza generalmente en forma egoísta y derrochadora.

Viviane Forrester menciona en su libro, como ejemplos negativos, a la discriminación racial en EEUU, a la de Sudáfrica, a los fascismos, etc., pero nada dice de las desastrosas consecuencias de poner en práctica las sugerencias de sus tácitos y admirados Marx-Lenin-Stalin-Mao. Las cien millones de víctimas del socialismo, como los centenares de millones de chinos e indios liberados de la pobreza, parecen ser para la autora “pequeños detalles” que ni siquiera deben comentarse.

En estos momentos, en lugar de seguir perdiendo el tiempo en defender lo indefendible y de atacar lo inatacable, resulta mejor concentrarse en tratar de mejorar las sociedades con sus economías respectivas. Ralph Miliband hizo un resumen de esta actitud, si bien no la comparte por cuando aún tiene ilusiones de revivir alguna forma de socialismo: “A la luz de esta evolución, y a pesar de todas las limitaciones ¿es razonable intentar la sustitución del capitalismo por un sistema totalmente diferente? ¿No es mucho más sensato presionar en favor de más reformas dentro del sistema actual y alcanzar así un capitalismo con un rostro más humano? Si el socialismo se entiende en realidad como una perspectiva lejana, o como una comprobada ilusión, ¿por qué no concentrarse en luchar por que tales avances puedan realizarse, y olvidar una idea, una visión, una utopía que hoy está ampliamente desacreditada?; ¿y no es posible, incluso probable, que estos avances con el tiempo ayuden a transformar el capitalismo en la dirección deseada? Más generalmente, ¿no estamos ahora en un notable momento de la historia en el que el capitalismo ha cambiado tanto, y con ello han cambiado así las perspectivas y las expectativas de la gente, que la idea de una alternativa socialista es una excentricidad cada vez más irrelevante?” (De “Socialismo para una época de escepticismo”-Editorial Sistema-Madrid 1997).

Existe la tendencia a culpar al proceso de la globalización económica por todos los problemas existentes en los diversos países. Daniel Cohen escribió: “Los términos empleados para describir el comercio con los países pobres –deslocalización, competencia «desleal»,…- suenan correctos no por la realidad que supuestamente describen, sino, simplemente, porque convienen a la nueva realidad interna del capitalismo. En efecto, ha sido bajo el peso de sus propias transformaciones que el capitalismo se ha «abierto» brutalmente. Unidades de producción más pequeñas y homogéneas, un mayor recurso a la subcontratación, una nueva tendencia a la «profesionalización de las tareas» que rechaza de plano a los trabajadores menos especializados…todas estas tendencias deben poco a la globalización”.

“Las transformaciones que están ocurriendo hoy se observan, pues, en cualquier oficio, sector, cualquiera sea la tarea, estén en contacto o no con la economía mundial. Son el resultado de dos evoluciones mayores: la revolución informática y la masificación de la enseñanza, por lo general, totalmente independientes del comercio con los países pobres, aún hoy muy escaso”.