martes, 20 de septiembre de 2016

El trabajo como deber y como derecho

Las acciones humanas son motivadas principalmente por la fuerza anímica personal que puede asociarse a la obligación moral. La obligación moral es la que surge de la actitud del amor, ya sea hacia uno mismo, hacia sus familiares, o hacia el resto de las personas (la patria o la humanidad). Al compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, el individuo cooperador estará motivado para tratar de evitar el sufrimiento ajeno como también para tratar de favorecer la alegría ajena.

En caso de disminuir el interés por uno mismo y por los demás, el individuo intentará refugiarse en el vicio para alejarse mentalmente de la desdichada vida que padece. Alfonso López Quintás escribió: “El gran pensador italoalemán Romano Guardini me dijo en una ocasión: «Usted no puede figurarse en qué situación encontré a los jóvenes alemanes de la posguerra. Se hallaban totalmente desmoralizados y desvalidos. Su ideal se reducía a encerrarse en las cervecerías, espesar el aire con el humo del tabaco, embriagarse de cerveza y jugar a las cartas»” (De “El arte de pensar con rigor y vivir de forma creativa”-Madrid 1993).

Además de la fuerza anímica mencionada, se deberá disponer de un ambiente de libertad que le permita a todo individuo realizar sus actividades. De lo contrario, aún cuando persistan las motivaciones para la acción, deberá luchar arduamente (a veces sin éxito) para vencer los escollos puestos por otros hombres en su camino; pudiendo sintetizarse la idea de la siguiente forma:

Acción humana = Obligación moral + Libertad

La actividad laboral, como una parte importante de la acción humana, requerirá también de una previa y suficiente obligación moral. La acción laboral se verá favorecida por un ambiente de libertad mientras que se verá limitada por cuestiones anímicas personales y por la existencia de prohibiciones establecidas en el ámbito social en donde vive.

Los mandamientos bíblicos buscan fortalecer las obligaciones morales ampliando la cantidad de personas vinculadas afectivamente, ya que el amor ha de ser el vínculo que ha de permitir establecer una sociedad verdaderamente humana. Además, la idea del Reino de Dios implica que debemos regirnos por las leyes naturales antes que por otros hombres, de donde surge la idea de libertad.

Este esquema tiende a ser incompatible con el socialismo, ya que, al proponer éste la confiscación de los medios de producción, todo individuo tendrá una obligación legal de trabajar. El vínculo de unión respecto de otros seres humanos ya no serán los afectos, sino el trabajo en esos medios, y su producción. Vladimir Bukovsky escribió: “Su teoría [la del socialismo] asombra por su incoherencia: por una parte no dejan de criticar el consumismo, el materialismo y los intereses creados; por otra, es precisamente este aspecto de la vida el que más los emociona, es precisamente en el consumismo donde pretenden establecer la igualdad. ¿Acaso creen que si se da a todos una ración igual de pan, en el acto se convierten en hermanos? A los hombres los hacen hermanos los sufrimientos y esperanzas compartidos, la ayuda y el respeto mutuos, el reconocimiento de la personalidad del otro”.

“¿Pueden ser hermanos los que cuentan celosamente los ingresos de los demás, los que no apartan su envidiosa mirada de cada bocado engullido por el vecino? No, yo no quisiera tener por hermano a un socialista” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).

Cuando realizamos una actividad elegida libremente, podemos realizarla con entusiasmo, mientras que si esa misma actividad nos viene impuesta por una autoridad gubernamental, la predisposición ya no será la misma. El socialismo no sólo restringe las motivaciones sino que las limita al reducir la libertad laboral, ya que incluso no podrá cada individuo vincularse laboralmente con quienes desee sino con quienes autorice la autoridad. El citado autor agrega: “El socialismo es una idea que ahora está en el candelero, pero que carece de sentido. Simplemente, la gente tiene el antojo de llamar con este nombre a todo lo bueno e inasequible. Incluso se ha llegado a decir que los primeros cristianos también fueron socialistas. ¿Cómo no, si estuvieron luchando por la igualdad?”.

“El parecido, en este caso, es puramente superficial: porque los cristianos proponían repartir lo que tenían ellos mismos y voluntariamente, mientras los socialistas tienen sus miras puestas en lo que tienen los otros y quieren obtenerlo por fuerza. Para hacer donaciones voluntarias, no hace falta ningún socialismo. Podría prescindirse por completo de la burocracia y el mundo sería mucho mejor”.

El diagrama anterior, aplicado al socialismo, resulta así:

Acción socialista = Obligación legal + Libertad nula

Debido a la situación emergente, de tipo carcelario, no resulta extraño que en la URSS el alcoholismo haya adquirido niveles importantes. Andrei Sajarov escribió: “El remate del cuadro social de la colectividad soviética corresponde al abatimiento, la corrupción y el trágico alcoholismo de grandes masas de la población, incluidos mujeres y jóvenes. El consumo de alcohol por habitante es tres veces superior al de la Rusia zarista” (De “Mi país y el Mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).

La libertad necesaria para el cumplimiento de las obligaciones morales constituye un derecho natural que debe respetarse. Es por ello que el trabajo, en las sociedades democráticas, resulta ser un derecho natural. Por el contrario, trabajar en forma independiente (fuera del Estado) bajo el socialismo, era considerado un delito, ya que el individuo no se había unido al resto de la sociedad a través del trabajo, aun cuando fuera productivo en sus tareas. Bukovsky escribió al respecto: “Apenas un hombre intenta levantarse sobre sus pies, conquistar su independencia, todo se vuelve contra él. El monstruo de mil cabezas –el Estado- inmediatamente se pone a perseguirlo como si fuera un criminal, lo roba a cada paso y no vuelve a estar tranquilo hasta que la dependencia está restablecida”.

En resumen: en las sociedades democráticas, el trabajo es una obligación moral y un derecho natural, mientras que en el socialismo es un deber legal y deja de ser un derecho. El símbolo de la hoz y el martillo, la unión de la agricultura con la industria, en lugar de representar al trabajo como vínculo de unión entre los hombres, representa más bien las cadenas que los “unen” al Estado.

Mientras que, durante las últimas etapas del socialismo soviético, pocos creían en la ideología marxista-leninista, en muchos ámbitos intelectuales, especialmente en aquellos en que sus integrantes no se han molestado en averiguar cómo resultó el socialismo real, sigue teniendo vigencia. Resulta asombroso que todavía haya seguidores de algo tan absurdo aún en la teoría. Incluso Marx creía haber descubierto el sistema que habría de adoptar la humanidad en el futuro. P.B. Medawar y J.S. Medawar escribieron: “El hecho de incluir un artículo sobre el historicismo se justifica más aún por la afirmación que hizo Friedrich Engels en su discurso frente a la tumba de Karl Marx: «Así como Darwin descubrió la ley de la evolución en la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley de la evolución en la historia humana»”.

“Marx, según se recordará, dedujo la ley como consecuencia del principio de la lucha de clases, que afirmaba que el estado de las clases trabajadoras inevitablemente debía desmejorar de un año a otro. No podría haber estado más equivocado, pues esta previsión falló tanto…que representó la misma antítesis de la verdad, pues en los países industrializados de Occidente (aquellos en que las clases trabajadoras estarían en peligro mayor de sufrir las intrigas del capitalismo) la suerte de las clases trabajadoras ha mejorado en forma progresiva, en términos de ingreso real y también en lo que se refiere a los placeres de la vida y la conciencia que tiene la sociedad de su deuda hacia esas clases”.

“El historicismo fue la tendencia predominante en sociología hasta que la sociología encontró a su David Hume, pues éste es el sitio que ocupa Karl Popper en el pensamiento sociológico. En «La pobreza del historicismo» y «La sociedad abierta y sus enemigos», Popper socavó las pretensiones explicativas del historicismo con tanta eficacia como Hume había socavado las pretensiones explicativas del empirismo. En consecuencia, actualmente se oye hablar mucho menos del funcionamiento de las fuerzas históricas; y, si tenemos suerte, pronto no se les mencionará en absoluto” (De “De Aristóteles a zoológicos”-Fondo de Cultura Económica SA-México 1988).

Recordemos que “el historicismo representa la creencia de que existe o puede proponerse una ciencia social histórica que, al poner de manifiesto las leyes de la transformación social (incluso las leyes del destino humano), puede hacer la predicción histórica tan familiar y tan segura como la predicción astronómica”. El destino de las sociedades humanas depende generalmente de las aptitudes y características personales de los líderes políticos; de ahí que sea desaconsejable hacer pronósticos para el futuro con cierta veracidad, y menos aún con propuestas sociales que van contra las costumbres y tradiciones culturales que las generaciones pasadas fueron construyendo trabajosamente mediante “prueba y error”.

Las limitaciones de las ciencias sociales y los graves problemas sociales, deben superarse mediante el trabajo intelectual serio y el esfuerzo de todos. La idea de la revolución marxista, consistente en destruir la sociedad capitalista para levantar sobre sus escombros el “mundo nuevo” socialista, es un absurdo que ha costado muchas vidas y mucho sufrimiento. Sin embargo, en lo países subdesarrollados, existen sectores de la sociedad que temen al capitalismo y viven esperanzados en el arribo final del socialismo. De ahí que las actividades destructivas mantienen su vigencia, pero a través de medios distintos al de la revolución armada.

Debemos dejar de lado las misteriosas “fuerzas históricas” para concentrar nuestra atención en las cercanas y evidentes fuerzas afectivas individuales, que son las que motivan las acciones humanas, ya que son las únicas reales y las que, además, resultan accesibles a nuestras decisiones.