jueves, 12 de mayo de 2016

De la crisis a la decadencia

Las sucesivas crisis que afronta el país implican, en realidad, una decadencia que se ha prolongado por varias décadas. Sin embargo, no existe la intención de revertirla, ya que no se buscan las causas que la provocan. Un pueblo deseoso de revertir tal situación, por el contrario, observa los errores cometidos y trata de evitarlos en el futuro. Si varios países europeos pudieron salir de una grave situación, luego de la Segunda Guerra Mundial, otros países, con menor grado de destrucción material, están en condiciones de repetir la proeza.

Debemos hacer una revisión del pasado; no para mostrar los errores del partido adversario, ni para trasladar al presente los odios de generaciones anteriores, ni para distorsionar la verdad buscando un rédito político, sino para tratar de no repetirlos. Ricardo Zinn escribió: “Un observador situado en el próximo siglo [se refiere al XXI] que se propusiera tipificar a la Argentina con algún rasgo substancial, podría decir que éste es un pueblo sin memoria”.

“Tanto en la intimidad de la reflexión coloquial como en las manifestaciones públicas más estentóreas somos incitados continuamente a no mirar el pasado hasta el punto de considerar una categoría ética el famoso «borrón y cuenta nueva», cosa que se advierte en la autoestima que muestra cualquier mentor de la comunidad cuando las circunstancias lo colocan en posición de recomendar el olvido”.

“Es extraño, pero los argentinos han asimilado el concepto de memoria al de venganza y han logrado confundir amnesia histórica con magnanimidad. Ya en su proclama al pueblo de Buenos Aires al día siguiente de la batalla de Caseros, Justo José de Urquiza propone un olvido general de todos los agravios y afirma audazmente que todos somos amigos e hijos de la gran familia argentina. Algunos de esos amigos, miembros de la gran familia argentina, lo apuñalarán con minuciosa saña en el palacio San José el lunes 11 de abril de 1870. Sucede que la desmemoria, como voluntad nacional, se contradice con la justicia” (De “La segunda fundación de la República”-Editorial Pleamar-Buenos Aires 1976).

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el mundo observa la caída y el desprestigio de los totalitarismos, mientras que la Argentina peronista pretende instalar un régimen con bastantes similitudes al fascismo y al nazismo. Posteriormente, aun observando el derrumbe del socialismo, un gran sector apoya las ideas políticas y sociales que fracasaron en todo el mundo. El citado autor agrega: “Esta curiosa proclividad ha contribuido a la gran inmadurez de la Argentina. Mientras las naciones adultas marchan conscientemente en la dirección que le señala el curso histórico, procesado y convertido en experiencia, nosotros somos inducidos a nacer cada mañana en brazos de un benevolente romanticismo moral que nos mantiene monstruosamente paralizados. La Argentina, como país, se parece cada vez más a un adolescente viejo”.

Con el excesivo dimensionamiento del Estado kirchnerista, materializado con unos 2 millones de empleados públicos poco o nada productivos, el déficit estatal es de un 7%. De ahí que, de cada 100 pesos que el Estado recibe, gasta 107. Para afrontar semejantes gastos, las empresas deben contribuir con un elevado porcentaje de impuestos, por lo que les queda poca disponibilidad para la inversión productiva. Como los impuestos no alcanzan, el Estado debe emitir papel moneda que favorece y mantiene la inflación. Luego la inflación produce pobreza, que al finalizar el periodo kirchnerista era de unos 12 millones de pobres y que en este momento ascendió a 13 millones, según relatan los especialistas.

Si alguien se propone echar del Estado al sector parasitario, aunque sea en forma gradual, se lo considerará inhumano y perverso, mientras que quienes hablan todo el tiempo de la pobreza y la indigencia creciente, se oponen férreamente a una mejora económica general; muestran así una actitud “humana y cristiana” hacia los empleados estatales prescindibles que resultan ser los únicos protegidos por la “magnanimidad” de la ciudadanía. En este momento se presentan dos opciones: o apoyamos la reducción del plantel de empleados estatales (para que disminuya la inflación y la pobreza) o bien debemos aceptar la inflación y la pobreza creciente sin protestar. En cuanto a reducir la inflación y la pobreza sin atacar su causa principal, resulta ser un hecho económicamente inviable.

Mientras que las crisis pueden ser inducidas por circunstancias externas, la decadencia se debe a nuestras propias culpas. Ricardo Zinn escribió: “Desde hace muchos años la palabra crisis flamea por encima de nuestras cabezas, condiciona los razonamientos de corto plazo e impregna la afectividad nacional”. “Una crisis es un tropiezo, un accidente limitado en el tiempo, es un tránsito desagradable pero pasajero, tiene la apetecible ventaja de la velocidad y para bien o para mal se resuelve en términos relativamente breves”.

“Si una crisis puede ser un frente de tormenta empujado por vientos ajenos sobre nuestro tiempo histórico local, la decadencia, en cambio, es una enfermedad propia y larga que requiere para desarrollarse una dimensión temporal de cierta magnitud y una reiteración pertinaz de equivocaciones por comisión o por omisión. Los generadores de la decadencia, los protagonistas de la decadencia son casi siempre endógenos por lo que resulta muy difícil derivar las culpas”.

Se puede describir, en pocas palabras, a la decadencia argentina, teniendo presente que los países que más progresaron en el mundo adoptaron tanto la democracia política como la económica (mercado), mientras que los países que se estancaron fueron los que adoptaron alguna forma de populismo o totalitarismo. El comienzo de la decadencia argentina se advierte en la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. Uno de los síntomas lo constituye el decrecimiento del capital productivo invertido per cápita, que es la variable económica que mide el verdadero crecimiento o decrecimiento económico de una sociedad. Mientras que desde el año 1900 al 1914 el stock de capital aumenta en algo más del 4,5%, desde 1914 al 39 disminuye un 0,5%, del 1939 al 49 disminuye algo menos y recién del 1949 al 55 aumenta un 0,7%. Llega a valores que pueden considerarse normales recién en el periodo que va de 1965 al 70.

Los políticos, por lo general, poco hablan acerca de esta variable económica, ya que tratan de confundir a la opinión pública con otras variables, como el consumo o el PBI, siendo que el crecimiento depende esencialmente del stock de capital mencionado. El citado autor agrega: “Las raíces del estancamiento comienzan a expandirse a partir de 1914. El comienzo de este proceso tiende a ser invisible para el ciudadano común”.

“Surge con toda claridad que a partir de la segunda década, el país interrumpe su esfuerzo de capitalización y entra en una era de negligencia que se prolonga hasta 1955. Sólo se realiza un esfuerzo para mejorar la capitalización del país y por lo tanto obtener un crecimiento del mencionado, a partir de fines de la sexta década. Durante la década de los 60’ las tasas vuelven a ser aceptables hasta 1973”.

“La actitud frente a la capitalización de la Nación condiciona en forma fatal su futuro durante un largo periodo. El desinterés de los gobernantes que asumieron desde 1916 por los años venideros se manifestó en su negligencia en cuanto a la formación del capital nacional”.

“Desde 1916, cuando Yrigoyen asume su primera presidencia, hasta que Uriburu le interrumpe militarmente la segunda, la Argentina sufre el shock de un quietismo pernicioso. Ni el radicalismo tuvo nunca un proyecto de grandeza para poner en práctica, ni Yrigoyen o Alvear fueron otra cosa que lentos y sosegados presidentes-espectadores y de ninguna manera presidentes-protagonistas. Guiados por ellos, con los músculos todavía calientes por las creadoras exigencias de la generación del 80, la Argentina dejó la cancha y se instaló en la tribuna a mirar pasivamente el transcurso de la Historia Universal”.

El populismo, que sigue vigente en la mentalidad de los argentinos, es esencialmente un fenómeno social denominado por Ortega y Gasset como “la rebelión de las masas”. Zinn escribe al respecto: “El populismo, deformación de la democracia, trabaja obnubilando el raciocinio, induce a las aprobaciones por aclamación. Desvaloriza el comicio y lo transforma en una burocrática corroboración de lo que el pueblo ya aprobó en forzadas adhesiones previas”.

“El fraude mecánico de la compra del voto o del reemplazo físico de la urna, quedó atrás. El populismo instala otro fraude mucho más hondo y efectivo que se traduce en sabidurías inapelables, es decir, en slogans agresivos y peligrosos, que se escriben en las paredes o se publican en los diarios: «El pueblo siempre tiene razón». Para que ese estímulo tenga cierta validez, hace falta que el aparato de persuasión pública –evidente, como en el caso de Perón, o mágico y silencioso como en el caso de Yrigoyen- haya obrado sobre la masa, inhibiendo la conducta y exaltando el comportamiento, esto es, procurando la oclusión de los mecanismos del razonamiento, y excitando los reflejos primarios de la emoción”.

El populismo, como los totalitarismos, es un cáncer social que promueve el odio entre diversos sectores de la sociedad. “El nazismo y el stalinismo son dos grandes experiencias populistas; en ambas se operó exclusivamente con el número máximo por la eliminación física o el sometimiento ideológico de los aterrados discrepantes. Resulta sorprendente que después de haber tenido dos experiencias tan graves en el transcurso del mismo siglo, siga todavía hoy rindiendo sus frutos la vieja fórmula de los agitadores y activistas: «Si todo el pueblo quiere esto, el que no lo quiere está en contra del pueblo y es, por lo tanto, reo de alta traición al pueblo». Y a partir de esta falacia queda permitida cualquier violencia”.

Cuando en los años 70 el país se vio atacado por la guerrilla marxista-leninista, con las intenciones de hacer del país una nueva “cárcel soviética”, no debió extrañar que tales terroristas tuviesen las simpatías y el apoyo de los partidos populistas tradicionales. “En el pasado reciente tenemos ejemplos legislativos de la proyección de la hipoteca que significa la campaña política populista. La ley de amnistía de los presos políticos dejó salir de las cárceles en mayo y junio de 1973 a más de cinco mil delincuentes que fueron a reintegrarse a las filas de la subversión o de las bandas comunes. Esa promesa, inserta en las plataformas de peronistas, radicales y demás integrantes de la Hora del Pueblo, fue votada por prácticamente todos los miembros de un parlamento que alimentó así al enemigo, cuando era notorio que el país libraba una guerra contra la subversión. Fue el primer acto legislativo del «gobierno del pueblo» al que le fue entregado el poder”.

“La historia deberá juzgar a los hombres que hicieron posible y promovieron la ley de amnistía, a los que la votaron, y a los que la refrendaron con su firma y en los hechos. Los militares y civiles asesinados por los amnistiados claman al cielo contra los culpables de franquearles las puertas de la cárcel. Desde mayo de 1973, murieron en forma violenta cerca de tres mil habitantes del país. ¿Cuántos de ellos a manos de los amnistiados?”.