martes, 12 de abril de 2016

La revolución o guerra civil

Muchas veces se han establecido analogías entre una sociedad y un ser humano. Así, se dice que la sociedad tiene un cuerpo, un alma, o que padece alguna enfermedad. Si hemos de definir, mediante tal analogía, lo que una guerra civil implica, puede decirse que se trata de un acontecimiento similar al cáncer en el ser humano, ya que existe un tumor que crece y que va dividiendo netamente al cuerpo entre células normales y células cancerosas, capaces estas últimas de seguir agrandando el tumor hasta el deceso del paciente.

Las división de una sociedad entre los “adeptos a un líder” (populista o totalitario), y los “opositores al líder”, es el primer eslabón de la secuencia que genera el “cáncer social” mencionado, que incluso podrá llevar a la sociedad a una guerra civil. La iniciativa de la lucha armada puede ser iniciada por cualquiera de los bandos, pero es importante tener presente quiénes son los autores intelectuales y promotores del odio colectivo que creó las condiciones para la contienda.

No siempre existe un bando totalmente culpable y un bando totalmente inocente. Así, en el caso del peronismo, el totalitarismo argentino, podía afirmarse que entre sus opositores estaban también los “fabricantes de peronismo”; gente con pocos valores humanos que, para compensar esa debilidad, hacía ostentación de sus riquezas despreciando a los estratos sociales de menor poder adquisitivo.

Entre los orígenes de los distintos odios colectivos pueden mencionarse los siguientes:

1- De origen religioso: se promueve el odio y desprecio desde los “fieles” a los “infieles”.
2- De origen político: se promueve el odio desde las clases sociales “inferiores” a las “superiores”.
3- De origen racial: se promueve el desprecio desde las razas “superiores” a las “inferiores”.

A pesar de ser las guerras una causa de padecimientos, y aun más lo son las guerras civiles, existe en el ideario popular cierta benevolencia y admiración por los revolucionarios. Octavio Paz escribió: “Villa cabalga todavía en el norte; Zapata muere en cada feria popular; Madero se asoma a los balcones agitando la bandera nacional; Carranza y Obregón viajan aún en aquellos trenes revolucionarios, en un ir y venir por todo el país, alborotando los gallineros femeninos y arrancando a los jóvenes de la casa paterna. Todos los siguen: ¿adónde? Nadie lo sabe. Es la Revolución, la palabra mágica, la palabra que va cambiando todo y que nos va a dar una alegría inmensa y una muerte rápida. Por la Revolución el pueblo mexicano se adentra en sí mismo, en su pasado y en su sustancia, para extraer de su intimidad, de su entraña, su filiación” (Citado en “Biografía del Poder” de Enrique Krauze-Tusquets Editores SA-Barcelona 1997).

Por su parte, Enrique Krauze escribió: “La Revolución –así, con mayúscula, como un mito de renovación histórica- ha perdido el prestigio de sus mejores tiempos: nació en 1789, alcanzó su cenit en 1917 y murió en 1989. Pero hubo un país que conservó intacta la mitología revolucionaria a todo lo largo de los siglos XIX y XX: México. Cada ciudad del país y casi cada pueblo tienen al menos una calle que conmemora la Revolución. La palabra se usa todavía con una carga de positividad casi religiosa, como sinónimo de progreso social. Lo bueno es revolucionario, lo revolucionario es bueno. El origen remoto de este prestigio está, por supuesto, en la Independencia: México nació, literalmente, de la revolución encabezada por el primer gran caudillo, el cura Hidalgo. Pero la consolidación definitiva del mito advino con la Revolución mexicana”.

“El movimiento armado duró diez años: desde 1910 hasta 1920. Durante las dos décadas siguientes el país vivió una profunda mutación política, económica, social y cultural inducida desde el Estado por los militares revolucionarios. Hacia 1940, la palabra «revolución» había adquirido su significación ideológica definitiva. Ya no era la revolución de un caudillo o de otro. La Revolución se había vuelto un movimiento único y envolvente. No abarcaba sólo la lucha armada de 1910 a 1920, sino la Constitución de 1917 y el proceso permanente de transformación y creación de instituciones que derivaba de su programa”.

“Por encima de los matices, la Revolución –guerra civil y proceso de transformación social- había adquirido un rango superior a todas las otras etapas de la historia mexicana”.

“Se han organizado revoluciones en torno a ideas o ideales: libertad, igualdad, nacionalismo, socialismo. La Revolución mexicana constituye una excepción por haberse organizado, primordialmente, alrededor de personajes. Cada uno generaba un «ismo» específico a su zaga: maderismo, zapatismo, villismo, carrancismo, obregonismo, callismo, cardenismo”. “En estos hombres algo había de peculiar, original e incluso inocente. No se parecían a los conductores de otras revoluciones, que en nombre de la humanidad defendían principios abstractos, amplios sistemas ideológicos, prescripciones para la felicidad universal. Los caudillos, jefes y estadistas mexicanos actuaron de acuerdo con las modestas categorías que les eran propias. No tenían en cuenta la historia universal sino la historia de la patria. Exceptuando a Madero, no eran leídos ni instruidos, no habían viajado por el mundo y ni siquiera conocían por completo su propio país, sino apenas su propia región, su propio Estado, su propio suelo natal. Al igual que los sacerdotes insurgentes, sus acciones estaban reñidas de actitud mesiánica: deseaban redimir, liberar, imponer justicia, presidir el advenimiento final del buen gobierno. Las historias locales de las cuales partieron, sus conflictos familiares, sus vidas antes de elevarse al poder, sus más íntimas pasiones, todos éstos son factores que podrían haber sido meramente anecdóticos de haberse encarnado en hombres sin trascendencia pública o en políticos que operaban en una democracia. Pero no pudieron serlo en México, donde la concentración del poder en una sola persona (tlatoani, monarca, virrey, emperador, presidente, caudillo, jefe o estadista) ha representado la norma histórica a lo largo de los siglos” (De “Biografía del Poder”).

Esta descripción nos hace recordar la serie de guerras civiles que se desarrollaron en la Argentina del siglo XIX encabezada por caudillos provenientes de distintas regiones. También nos hace recordar que el destino de la Argentina, a partir del siglo XX, en cierta forma depende de los detalles de la vida privada, incluso íntima, de personajes tales como Perón, Eva o los Kirchner. Falta aún bastante tiempo para que entremos en una etapa de democracia plena (o al menos, normal).

La revolución surge a veces como una necesidad para revertir una situación de anarquía, por lo que no todo gobierno surgido al margen de un proceso electoral ha de ser necesariamente negativo, ni todo gobierno elegido por el voto popular ha de asegurarnos una buena gestión. Brian Crozier escribió: “Los gobiernos totalistas [totalitarios] son el máximo horror que puede producir la política. Desde el momento que ellos se reservan el «derecho» de invadir todas las áreas de la vida privada, no pueden estar realmente amenazados por el peligro de la subversión, ya que en todo momento tienen en sus manos el remedio decisivo para lograr la represión total. Los gobiernos autoritarios también pueden cuidar de sí mismos; a menos que sean lo tradicional en un determinado país, ellos por lo general llegan al poder como resultado de un golpe de Estado que se hacía necesario e inevitable, a causa del caos desencadenado por un mal gobierno, por la subversión o por ambas cosas. Al restaurar el orden ellos por lo menos proveen las bases sociales que permitirán la expansión económica, que no puede producirse en medio de la anarquía”.

“El precio que cobran por este servicio al bien común es el empobrecimiento de la vida intelectual que supone la suspensión del debate y de la libertad de pensamiento. A la larga resulta un alto precio pero, a la corta –fuera de los intelectuales que sufrirán persecución y probablemente castigos físicos- es un precio que la gran mayoría de la población parece normalmente dispuesto a pagar. Para frustración de los observadores liberales, especialmente de los países que no han sufrido dictaduras, esos regímenes no son necesariamente impopulares y esto parece haber sido cierto en el caso de los coroneles griegos. En un punto esencial, por lo menos, la solución autoritaria a la anarquía es la antitesis de la totalista: en lugar de forzar al pueblo a tragar la política y la ideología, le otorga el beneficio, que no debe despreciarse, de elegir el no participar en política” (De “Teoría del conflicto”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1977).

En una guerra civil, como en toda guerra, se producen actos aberrantes, por lo que resulta imprescindible dejarlas de lado y buscar medios civilizados para el cambio social. Nicholas Capaldi escribió: “Maximilien Robespierre (1758-1794) fue un abogado francés. Creía en una democracia igualitaria y en el sufragio universal; se oponía a la pena capital. Su temperamento idealista le valió el nombre de «incorruptible»”. “Cuando llegó a ser el principal portavoz de los jacobinos durante la Revolución Francesa, identificó la «voluntad general» de Rousseau con la voluntad de los jacobinos y, finalmente, con él mismo. Instituyó también el reino del terror sintetizado en la acción de la guillotina”.

“La Vandée es un departamento de Francia, en la costa occidental atlántica; los católicos conservadores de esa región se oponían a la Revolución Francesa…..”.

Robespierre expresaba ante sus seguidores: “¡Parisienses! Los señores feudales se están armando porque vosotros os halláis a la vanguardia de la humanidad. Todas las grandes potencias de Europa se equipan contra vosotros y todas las personas bajas y depravadas en Francia las apoyan”.

“¡Parisienses! ¡Apresurémonos a enfrentar a los bandidos de La Vandée!” (De “Censura y libertad de expresión” de N. Capaldi-Ediciones Libera-Buenos Aires 1973).

En esas épocas estuvo en vigencia, como durante los siglos posteriores, los asesinatos “preventivos” consistentes en exterminar cualquier tipo de oposición. Henry de Lesquen escribió: “Los convencionales resuelven acabar con la situación cueste lo que cueste. La Vandée será arrasada”. “El general Turreau, encargado de llevar a cabo la tarea, da muestras de notable celo: «Si la República desea aniquilar de un golpe a estos campesinos feroces que han destruido a nuestros más bellos ejércitos, matado a nuestros mejores generales –explica- ¡Bien! Hay que tomar grandes medidas. Hay que exterminar a todos los hombres que han tomado las armas y golpear junto con ellos a sus padres, sus mujeres, sus hermanas y sus hijos. La Vandée no debe ser sino un gran cementerio»”.

“Este programa fue efectivamente realizado por las tropas revolucionarias. Sobre una población total de 500.000 habitantes, la guerra de la Vandée dejó 350.000 muertos entre hombres, mujeres y niños. Es que el general Turreau sabía elegir muy bien las armas de su política. Después del 19 de enero de 1794, creó las famosas «columnas infernales», designadas para ejecutar lo que bien puede llamarse su plan: incendio total de las aldeas y matanza general de la población de la Vandée militar” (De “La política de lo viviente”-EUDEBA-Buenos Aires 1981).