sábado, 2 de abril de 2016

La libertad del intelectual

Los formadores de opinión, que reciben el nombre generalizado de intelectuales, deben adoptar como referencia la estricta realidad para cumplir eficazmente con su misión. Muchas veces, sin embargo, están condicionados por el medio en donde actúan, incluso sus escritos y proclamas están influenciadas por la “sabiduría popular” que impone tanto lo “éticamente” como lo “políticamente correcto”. De esa forma, a veces un tanto inconscientemente, los intelectuales son dirigidos por las masas, que poco piensan, en lugar de ser ellos los orientadores de las mismas.

Juan Bautista Alberdi consideraba que su labor intelectual estuvo favorecida por la libertad que le otorgaba su residencia en el extranjero: “Yo no soy más que otro argentino en cuanto a capacidad o instrucción. Si mis escritos han tenido algún éxito, lo deben a la libertad con que los he pensado, redactado y publicado, al favor de la seguridad que me dio mi residencia en países extranjeros. Esta es la gran lección que surge de mi vida, a saber: que no puede haber ciencia, ni literatura, sin completa libertad, es decir, sin la seguridad de no ser perseguido como culpable por tener opiniones contrarias al gobierno y a las preocupaciones mismas que reinan en el país” (“Escritos póstumos”).

Por lo general, se considera que la libertad del intelectual implica decir lo que a uno le parece y que resulta tan respetable una opinión como la opuesta. Tal postura emana del predominante relativismo cognitivo, que poco o nada contempla la posibilidad de que exista una verdad objetiva, respecto de la cual algunas opiniones estarán más cerca que otras.

En cierta forma, el intelectual auténtico es quien tiene la fuerza moral suficiente para poder liberarse de las presiones e insinuaciones provenientes del conjunto de “opinadores” que no pudieron lograr tal condición, estando sólo limitado y condicionado por la verdad. Juan Antonio Rivera escribió: “Vistos a esta luz, el comunismo o el nacionalismo o cualquier otra forma de totalitarismo emplean mecanismos aprendidos de la religión para conseguir efectos similares. Lo que hace cualquier ideología totalitaria es empezar practicando el amedrentamiento ético: «Hay objetivos y metas superiores, se nos viene a decir (la construcción del comunismo como paraíso terrenal para los marxistas; la restitución de la comunidad culturalmente homogénea, pura y prístina para los nacionalistas), al lado de cuya ciclópea grandeza vuestras metas individuales resultan ridículamente pequeñas, egoístas sin remedio y de una estrechez de miras que nos ofende. Deponed vuestros intereses y embelesaos ante la grandeza de lo que os proponemos a cambio, y luego ofrendad vuestras energías a la consecución de estos magnos proyectos»”.

“Frente a estas infames artes de seducción, frente a todo este despliegue de aparatosidad destinado a hacer sentir al individuo huérfano y diminuto y que sólo se hará grande si se deja succionar para un proyecto colectivo, hay que defender sin complejos los derechos del egoísmo como amor propio, hay que rechazar con pies y manos a estos paternalistas liberticidas y no dejarse reclutar para otros fines que no sean los que uno elija. Y luchar en el espacio público para que eso mismo esté en lo posible al alcance de cualquiera. Este último es uno de esos casos, pero esenciales, deberes cívicos del individuo hacia los otros” (De “Menos utopía y más libertad”-Tusquets Editores SA-Barcelona 2005).

Así como algunos pensadores relatan su conversión hacia la religión, el citado autor relata el proceso de liberación personal respecto del grupo “intelectual” del que formaba parte: “Ser progre consiste en padecer cierta forma de cautiverio intelectual. La inseguridad que se disfraza de otra cosa: la bisoñez que afecta estar de vuelta de todo: la búsqueda de protección, más o menos consciente, más o menos interesada, que proporciona el nadar en medio de un nutrido cardumen de peces…Son éstas formas de falsía difíciles de identificar y, aun identificadas, muy resistentes a la efracción. ¿Y por qué? Porque quien se las pone encima las encuentra decentes, o a la moda, o porque evitan la sobreexposición que siempre significa viajar solo o en compañía tenida por sospechosa”.

“Por si todavía no lo han adivinado, les estoy hablando del cuadro de síntomas que presentan los progres. Si usted merodea por el mundo de la cultura o está incurso en él, es difícil, muy difícil, que no sea, haya sido o vaya a ser un progre. Quien esto escribe lo fue, y estaba rodeado de muchos ejemplares de la misma manada. Con posterioridad he seguido conociendo progres y he terminado por pensar que esto no es casual: debe ser el espécimen más abundante en los pagos intelectuales”.

“Resignado a estas alturas a seguir moviéndome entre ellos, lo único que ya me interesa es el grado de decencia o ingenuidad con que pasean ante mí sus síntomas. Si uno se apoya en este criterio, cae en la cuenta de que existen dos tipos principales de progres, y de que hay un mundo de diferencia entre los progres ingenuos (intelectualmente fláccidos, tal vez, pero buenas personas sin excepción) y los progres que han averiguado que sale a cuenta ser progre y han llegado a una cómoda coexistencia entre el credo que proclaman y su estilo de vida, que por lo general se compadece muy poco con el anterior. Estos últimos son los progres redestinados por su misma progresía y que viven y medran a costa de ella”.

“Tanto los progres «limpios» como los «sucios» comparten, esto sí, la condición de hacer un uso cosmético de las ideas y actitudes, que emplean como afeites con los que hermosear su imagen; los primeros porque creen con la fe del carbonero en esas ideas y actitudes; y advierten, pero sólo después (y esto es importante), el embellecedor rastro que dejan tras de sí en quien las sostiene; y los otros porque buscan deliberadamente y en primer o exclusivo lugar ese efecto favorecedor que procuran. Y, desde luego, el matiz que acabo de señalar establece una brecha ética profunda entre ambas subespecies: los progres limpios viven para sus ideas; los progres sucios (los bisuntos, los renegridos) viven de sus ideas, de mostrarlas con impudicia en sociedad siempre que pueden, como si de agraciadas acompañantes se tratara. Para esta mezcla de cinismo intelectual y enfermedad moral no hay remedio conocido ni fármaco eficaz”.

“Sin embargo, el presentimiento de estas dobleces y de lo fácil y tentador que resulta abandonarse a ellas puede ocasionar todavía turbulencias en el ánimo de los progres cándidos, lo que en sí mismo hay que interpretarlo como una señal salvadora. No todo está perdido para ellos. Pero aquí el problema es de otra índole: si uno ya ha contraído el deseo de darse de baja en el anodino club de los progres blancos y blandos, sabe que sus viejos cofrades descargarán sobre él una copiosa granizada de improperios: «conservador», «reaccionario», «de derechas», «neoliberal» y otros apelativos le serán clavados como azagayas envenenadas en su nueva disposición mental y de ánimo, todavía tierna y vulnerable”.

“Recuerdo y recordaré con gratitud que, sobre todo gracias a él [Fernando Savater] (entre los pensadores vivos), me fue posible salir del lodazal de la progresía sin por ello hundirme en la ciénaga de la carcundia; había, según descubrí, una sólida y bastante amplia senda en medio de esos pantanos de la inteligencia, y él era a no dudarlo un animoso y competente guía para recorrerlo. En mi caso, empecé a despertar de la opiácea ortodoxia «de izquierda» primero en el ámbito estético para luego continuar despabilándome en cuestiones de ética y política”.

Los idealistas utópicos, con sus “elevados ideales”, deben cumplir con un requisito previo para establecer la utopía, y ello implica destruir la sociedad existente. Cuando tales “ideales” predominan a toda costa, se producen las catástrofes sociales propias de los totalitarismos. Raymond Aron escribió: “Al tratar de explicar la actitud de los intelectuales, despiadados para con las debilidades de las democracias, indulgentes para con los mayores crímenes, a condición de que se los cometa en nombre de doctrinas correctas, me encontré ante todo con las palabras sagradas: izquierda, revolución, proletariado. La crítica de esos mitos me llevó a reflexionar sobre el culto de la Historia y, luego, a interrogarme acerca de una categoría social a la que los sociólogos no han acordado aún la atención que merece: la intelligentsia” (De “El opio de los intelectuales”-Ediciones Siglo Veinte-Buenos Aires 1967).

Estando en pleno siglo XXI, no es admisible que desde la religión como desde la intelectualidad se siga ignorando la actitud del científico. La adhesión requerida hacia las tendencias totalitarias ha resultado similar a la impuesta a los adeptos a la religión. Juan Antonio Rivera escribió al respecto: “Lo malo de cualquier religión instituida es que es un organismo creado para adueñarse de libertades individuales, para reclutar albedríos ajenos y hacer sentir al individuo que accede a someterse a esta operación de mutilación moral lo congénitamente incapacitado que está para dirigir su existencia y la necesidad que tiene de pastores y pastorales que suplanten su voluntad cercenada”.

Más adelante: “Con estos servicios que me ha ido prestando Savater durante más de veinte años dejé de ser estéticamente correcto, éticamente correcto y políticamente correcto. En otras palabras, dejé de ser esa cosa intelectualmente mansa, predecible y desperdiciada que significa ser progre. Y no por afán de escandalizar, entiéndaseme bien, sino por hacer justicia a lo que de verdad pensaba y sentía”.

De la misma manera en que las guerras civiles se prolongan indefinidamente en cuanto no existe supremacía militar suficiente en alguno de los bandos, las discusiones ideológicas tienden a prolongarse indefinidamente cuando se establecen en un ámbito en el cual se supone la validez del relativismo cognitivo, al menos en uno de los bandos. En este caso no puede recurrirse al “veredicto final de la verdad”, es decir, a la verdad de todos, que existe en alguna parte. Esto se debe a que muchos creen que las discusiones de tipo filosófico serán ganadas por quienes tienen mayor habilidad discursiva en lugar de vencer quien mantenga opiniones más cercanas a la realidad.

La controversia entre liberalismo y socialismo puede llevarse a su fin considerando esencialmente los fracasos de este último, ya que no se trata de descubrir cuál sistema económico y social es “perfecto” y cuál es “imperfecto”, sino cual de los dos es el menos imperfecto. También puede llevarse a su fin verificando que el hombre en libertad tiende a producir un sistema de producción y de intercambios autoorganizado (mercado), mientras que su anulación y reemplazo por el socialismo implica una forma no natural, o artificial, que no contempla los atributos propios de la naturaleza humana.

Mientras el liberal debe luchar en contra de las descalificaciones y calumnias del ideólogo socialista, éste lucha en contra de quienes tratan de advertirle acerca de su concepción errónea de la realidad. El socialista invoca la maldad propia de la clase productiva e innovadora mientras que el liberal invoca la falibilidad propia de los planteos humanos.