viernes, 29 de abril de 2016

Europa y la renuncia a sus fundamentos

Los pueblos que habitan el continente europeo estuvieron ligados a través del cristianismo, ya que fue la religión difundida por el Imperio Romano. En la actualidad, Europa parece haber olvidado sus orígenes dejando un tanto de lado su antigua religión. Jeremy Rifkin escribió: “Muchos europeos ya no creen en Dios. El 82% de los estadounidenses confiesa que Dios es muy importante en su vida, mientras que aproximadamente la mitad de los daneses, los noruegos y los suecos afirman que Dios no tiene ninguna importancia para ellos. Cuando se trata de creencias religiosas, las opiniones de los estadounidenses están mucho más cerca de las opiniones de la población de los países en vías de desarrollo y muy lejos de las del resto del mundo industrializado”.

“¿Acaso tiene alguna importancia todo esto? Nada es más fundamental para determinar la manera de pensar y de comportarse de la gente que sus valores personales. En el caso de la mayoría de los estadounidenses, los valores religiosos tiñen toda su manera de actuar, no sólo en casa, sino también fuera de ella. Por ejemplo, las actitudes de los estadounidenses sobre la naturaleza del bien y el mal difieren sustancialmente de las de nuestros amigos europeos. El Estudio Mundial de Valores pidió a sus encuestados en varios países que escogieran cuál de las dos visiones diferentes de la moral reflejaba mejor sus actitudes: «Hay una serie de principios absolutamente definidos sobre el bien y el mal. Éstos valen para todo el mundo y en cualquier circunstancia» o «En ningún caso puede haber unos principios absolutamente definidos sobre el bien y el mal. El bien y el mal dependen enteramente de las circunstancias de nuestro tiempo…». La mayoría de los europeos, e incluso de los canadienses y los japoneses, escogió la segunda respuesta, mientras que los estadounidenses tenían tendencia a preferir la primera” (De “El sueño europeo”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2004).

La primera opción mencionada es una postura que reconoce la existencia de una ética objetiva, mientras que la segunda, aceptada mayoritariamente por los europeos, implica el relativismo moral. Por lo general, quien acepta el relativismo moral es el que también acepta el relativismo cognitivo y el cultural, ya que son posturas que derivan de suponer que no existen instancias superiores (Dios o las leyes naturales) sino que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Si no existen instancias superiores tampoco existe la verdad ni la ciencia experimental, sino que la “verdad” se establecerá por consenso o mayoría (relativismo cognitivo). Si no existen instancias superiores, no existe el bien ni el mal, y mucho menos la ética y la religión moral, sino que tales conceptos se establecerán por consenso o por mayoría (relativismo moral). Si no existen instancias superiores, no existe una cultura mejor que otra (al menos desde algún punto de vista), por lo que no tendría sentido el proceso de adaptación cultural al orden natural (relativismo cultural).

La Europa de los relativismos, la que no reconoce instancias superiores, da la espalda a uno de sus fundamentos principales, el cristianismo, inclusive dejando de lado a Dios como referencia, o bien a las concretas y casi evidentes leyes naturales que rigen todo lo existente. Jeremy Rifkin escribió: “Mi primera impresión al leer la Constitución Europea fue que importantes secciones de la misma no resultarían nunca aceptables para la mayoría de los estadounidenses, si alguna vez les fuera propuesta para su ratificación. Aunque hay en ella pasajes que sin duda encontrarían ecos positivos –entre ellos algunos copiados en gran medida de nuestra propia Declaración de Independencia y de la Carta de Derechos de la Constitución estadounidense-, el documento de 265 páginas contiene otras ideas y nociones que son tan ajenas a la mentalidad americana contemporánea que serían vistas con suspicacia o incluso con extrañeza”.

“Para empezar, no hay una sola referencia a Dios, y sólo una referencia velada a la «herencia religiosa» de Europa. Dios está ausente. Algo extraño en un continente donde las grandes catedrales adornan las plazas de la mayoría de las ciudades, y en el que en cada esquina aparecen pequeñas iglesias y capillas. Sin embargo, hoy en día la mayoría de los visitantes de los antiguos santuarios son turistas. Resulta difícil ver, en una misa del domingo por la mañana, a algo más que un puñado de habitantes del lugar. La mayoría de los europeos –sobre todo las generaciones de la posguerra- han dejado atrás a Dios. Europa es posiblemente la región más secular del mundo”.

La primera idea que viene a la mente, es que esa ausencia de Dios, y del cristianismo, ha de despertar la atención de “otros oferentes de religión”, de la misma manera en que la ausencia de un producto en el mercado ha de despertar el interés de algún posible proveedor. Amparado por el relativismo cultural europeo, el Islam ha visto un lugar favorable para la conquista de las almas, sin descartar formas violentas.

La Iglesia Católica, por su parte, ha renunciado justamente a su catolicidad (universalidad). Ha dejado un tanto de lado aquello de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. En realidad, fuera del cumplimiento de los mandamientos cristianos, no se lograrán buenos resultados; y no porque uno esté fuera de la Iglesia o porque admita otra religión. Ello resulta fácil de entender si tenemos presente que el Bien está asociado al amor y el Mal al odio, al egoísmo y a la indiferencia. Sólo compartiendo las penas y alegrías ajenas como propias se logrará resolver todos los problemas que aquejan al hombre.

El relativismo cultural ha abierto las puertas a la entrada del absolutismo cultural propuesto por el totalitarismo teocrático de origen islámico. De ahí que el europeo debería soportar, sin protestar, los distintos actos terroristas por cuanto ellos son una expresión de la “cultura islámica”, ya que en sus libros sagrados se insinúa combatir a los “infieles” a cambio de recompensas en el más allá. El relativista quizá exprese que “no es cultural lo que afecta la vida de otros seres humanos”, por lo que, entonces, parece aceptar que existe cierto absolutismo ético (contra su creencia previa que no existe una ética de validez universal). Valentí Puig escribió: “Todo es relativo, luego todo vale”. “Negar a las nuevas generaciones la opción de ir en busca de la verdad es una de las hendiduras más ilustrativas de la crisis de civilización. Afecta a la libertad de la conciencia en su encaminarse en busca de aquella grandeza que –de una u otra forma- todas las generaciones anhelaban, como el Santo Grial. Rescindir ese compromiso con la verdad es un temprano sometimiento a fuerzas hostiles como fue en el siglo XX el totalitarismo y es, en el siglo XXI, el relativismo”.

“Desde el punto de vista de Occidente y de lo que llamamos valores judeocristianos, lo más nocivo del relativismo cultural es que negar la objetividad de esos valores les niega de hecho la misma consistencia y credibilidad que los de otras culturas. Por el hecho de ser occidental, un valor tiene unas connotaciones negativas que en otras culturas son positivas. Ésa ha sido una insalvable tentación para intelectuales y pensadores de Occidente: el antioccidentalismo”.

“Una de las consecuencias más rotundas del relativismo cultural ha sido el multiculturalismo. Décadas después, las sociedades europeas están llegando al mismo dilema, y en ocasiones al límite. El multiculturalismo nace como ideología en algunas universidades norteamericanas y consiste en desmerecer de tal modo los logros de Occidente que la civilización más libre y próspera del mundo pasa a ser sinónimo de genocidio y opresión. En la noción de reciprocidad se fundamenta una de las experiencias colectivas más dinámicas de la historia. El multiculturalismo, por el contrario, deslía las identidades y ese sentido único de comunidad histórica y vital”.

“Según la lógica multiculturalista, el inmigrante que llega de otras culturas no debe dejarse contaminar por los valores públicos de la tierra que le acoge. Queda deslegitimado el esfuerzo de integrarse. Es así como el multiculturalismo suscita guetos y atomiza la comunidad de acogida. Las entidades no se suman, sino que viven por separado, refractarias a la idea de bien común. La multiculturalidad sustituye al pluralismo de ciudadanía. Según el multiculturalismo, todas las culturas son iguales. Si fuera así, el Renacimiento y la Ilustración significan tanto o menos que la percusión elemental de los aborígenes australianos. Sin embargo, existe una diferencia entre las señales por humo y la telegrafía sin hilos”.

“Multiculturalismo y fundamentalismo parecen haberse fortificado de tal manera que el simple amago de indagar acerca de la noción de verdad choca contra las extensas posiciones que sostiene el relativismo. Es decisiva la búsqueda humana de coherencia porque –como dijo Isaías Berlín- uno de los deseos humanos más profundos es hallar un modelo simétricamente unitario. Es un hecho que afecta a los equilibrios morales de una sociedad porque la falta de confianza en el concepto de verdad deja al conjunto de los individuos de una comunidad de forma totalmente inerme ante la impostura, cuando no ante los totalitarismos. Para que la verdad no sea simple dependencia del contexto, la duda debiera dejar de ser la verdad de nuestra época” (De “La fe de nuestros padres”-Ediciones Península-Barcelona 2007).

También Puig hace referencia a la Constitución europea: “Europa es actualmente el paradigma del relativismo y su escaparate principal fue el debate sobre el preámbulo del Tratado Constitucional de la Unión Europea. En ese preámbulo predominaron las líneas de fuerza que subyacen en todo relativismo, especialmente en lo que se refería a la mención específica del cristianismo como alfa y omega de Europa”.

“Marcello Pera…ha construido un muy sólido argumento sobre el relativismo…Su tesis antirrelativista es laica y en defensa de aquellas aportaciones de Occidente –la ciencia, por ejemplo, la invención de la democracia, la separación entre religión y Estado- que tiene de pleno valor universal. Esa universalidad es lo que es puesto en cuestión por la idea relativista que tanto ha ido avanzando en Europa, más que en cualquier otra parte, precisamente cuando más necesario es todo aquello que por su propia naturaleza afecta negativamente a lo que significa Occidente. El relativismo rebaja esos valores a la condición tangencial de lo que puede verse afectado por un determinado clima moral, un cruce de vientos o la indiferencia. En estos momentos, cuando una fe como la cristiana se nos antoja despojada de valor universal, se propone paradójicamente una asimilación presta al Islam. Mucho más concreto: Europa debe ser un territorio de mezquitas y catedrales mientras que, sin reciprocidad alguna, la práctica cristiana es limitada de forma metódica en los países del Islam”.

“Ortega y Gasset decía que la fe mahometana consiste, ante todo, en creer que los demás no tienen derecho a creer lo que nosotros no creemos”.

Finalmente una referencia al relativismo cognitivo: “El filósofo Roger Scruton sostiene con mucho acierto: «El hombre que te dice que la verdad no existe te pide que no le creas. Así que no lo hagas»”.