jueves, 17 de marzo de 2016

La distribución igualitaria

Uno de los argumentos que se emplea para atacar al sistema de producción capitalista consiste en mencionar las diferencias económicas entre sectores sin tener en cuenta la creación de riquezas realizadas por los mismos. Si una empresa tiene una gran producción, ya sea de bienes o de servicios, necesariamente ha de poseer un capital acorde a esa creación. Todavía no se ha descubierto la forma de fabricar automóviles, por ejemplo, sin la necesidad de sustentar su producción con capitales muy reducidos. Si en una sociedad no existe un sector que posea grandes capitales invertidos en la producción, tal sociedad vivirá seguramente en una extrema pobreza.

Es frecuente leer afirmaciones como la siguiente: “Junto con los avances en la lucha contra la pobreza, todos los sectores de la sociedad chilena reconocen que la distribución del ingreso en Chile es muy desigual. El 10% más rico acapara más del 40% de los ingresos, treinta veces lo que recibe el 10% más pobre” (F. Javier Meneses y J. M. Fuentes en “Chile en los noventa” de C. Toloza y E. Lahera-Dolmen Ediciones SA-Santiago de Chile 1998).

Por lo general no se aclara que el porcentaje más rico produce mucho más que el sector pobre. Incluso cuando se utiliza la palabra “acapara”, parece que se da a entender que absorbe riquezas mal habidas, o que deberían pertenecer a otros sectores. Si ese fuera el caso, es justo reclamar por tal injusticia. Además, adviértase que el caso considerado no se habla de “pobreza” de los sectores menos favorecidos, sino que sólo se habla de “desigualdad”. De ahí que un empresario exitoso, que crea riquezas y puestos de trabajo, y que por lo tanto beneficia a toda la sociedad, ha de ser, según el criterio generalizado, un “creador de desigualdades sociales” y que, por lo tanto, sería mejor para la sociedad que no existiera.

Puede decirse que la obligación moral del empresario consiste en realizar inversiones que favorezcan a la sociedad, en lugar de emplear sus excedentes para realizar ostentaciones de riqueza, como a veces ocurre. Por otra parte, los sectores de menores recursos deben esforzarse por salir de su situación mediante el trabajo arduo hasta llegar a convertirse en pequeños empresarios. Esto contrasta con la lamentable realidad de muchos adolescentes, provenientes de familias de pocos recursos, que dilapidan sus mejores años para capacitarse no asistiendo a la escuela, o bien asistiendo pero desaprovechando el tiempo e incluso impidiendo, mediante la indisciplina que generan, que los demás lo aprovechen, tal como sucede en muchas escuelas secundarias de la Argentina.

Una vez que se asocian todas las culpas a los sectores productivos y ninguna a los sectores relegados, entran en escena las ideas socialistas, consistentes en sociedades imaginarias en las que todo funciona perfectamente, al menos en teoría. Henry Hazlitt escribió: “En «Lookink Backward» (1888) la novela socialista utópica de fines del siglo XIX, Edward Bellamy pinta lo que consideró una sociedad ideal. Y uno de los aspectos que producían esa idealidad era la eliminación de «filas interminables de comercios (en Boston)….diez mil comercios para distribuir los bienes necesarios por esta sola ciudad que en mi sueño (utópico socialista) recibían todas las cosas de un único depósito ya que los pedidos se producían a través de un único gran comercio en cada barrio, comercio al cual concurría el comprador y, sin pérdida de tiempo ni trabajo, encontraba bajo un mismo techo un surtido mundial del artículo deseado. En ese caso el trabajo de distribución había sido tan pequeño que apenas agregaba una fracción perceptible al costo para el usuario de los artículos. Todo lo que pagaba era virtualmente el costo de producción. Pero aquí la simple distribución de los bienes, su manipulación por sí sola, agregaba una cuarta parte, una tercera, la mitad o más al costo. Todas estas diez mil empresas deben pagar el alquiler, el personal de maestranza, los batallones de vendedores, sus diez mil conjuntos de contadores, empleados y dependientes más todo lo que gastan en propaganda y en pelearse unas con otras y los consumidores son quienes deben pagar. ¡Qué linda manera de transformar una nación en un país de pordioseros!»”.

Como el socialismo utópico de las novelas no difiere esencialmente del “socialismo científico” puesto en práctica en el siglo XX, y parcialmente en la actualidad, pudo advertirse que las tradicionales “filas de espera soviéticas” y los “estantes semivacíos” fueron la consecuencia de emplear este método de las proveedurías barriales estatales. Henry Hazlitt comenta al respecto: “Lo que Bellamy fue incapaz de ver en esta increíblemente ingenua descripción es que estaba cargando todos los costos e inconvenientes de la «distribución» al comprador, al consumidor. En su utopía correspondía a los compradores caminar o tomar el tranvía o conducir su carruaje para llegar al «único, gran comercio». No podían limitarse a ir al negocio de la vuelta de la esquina para comprar artículos de almacén, un pan o una botella de leche…”.

“Y además, dado que una gran tienda nacionalizada no tendría que hacer frente a competencia alguna, no tendría el número suficiente de vendedores y los clientes se verían en la necesidad de formar filas y esperar por tiempo indefinido (como ocurre en Rusia y en la mayor parte de los «servicios» del gobierno en cualquier lugar). Y debido a esa misma falta de competencia, los artículos serían de pobre calidad y limitados en cuanto a su variedad. No serían aquello que querrían los clientes sino lo que los burócratas del gobierno consideraran suficientemente buena para ellos” (De “Los fundamentos de la moral”- Fundación Bolsa de Comercio de Buenos Aires 1979).

No sólo la distribución, sino también la producción, sería establecida mediante una asignación igualitaria de ingresos. De ahí que, si en un país con 1 millón de habitantes alguien decidiera producir el doble de lo que hace habitualmente, sólo le correspondería una millonésima parte de ese esfuerzo adicional, mientras que si no produjera nada, la producción nacional se vería disminuida en una millonésima parte, y tampoco le afectaría personalmente. Incluso en el socialismo real, las mejoras de la producción van a parar a una mejora del nivel de vida de la clase dirigente. De ahí que exista una gran indiferencia por producir más y mejor. Además, al no permitirse la propiedad privada de los medios de producción, los trabajadores no pueden elegir dónde trabajar, sino que solamente deben habituarse a obedecer. “Bajo el socialismo no puede haber una libre elección de ocupación. Cada persona debe aceptar la tarea que le ha sido asignada. Debe ir hacia donde se lo mande. Debe quedarse allí hasta tanto se le ordene ir a otra parte. Sus ascensos o descensos dependerán de la voluntad de un superior, de una única cadena de mando”.

“León Trotsky expresó: «En un país donde el único empleador es el Estado, oponerse significa morirse de hambre lentamente. El viejo principio, quien no trabaja, no come, ha sido reemplazado por uno nuevo: quien no obedece, no come»”.

Los sistemas socialistas han sido puesto a prueba numerosas veces, incluso con distintos niveles de población, y nunca dieron resultados aceptables, por lo que son sistemas que sólo funcionan bajo coerción desde la clase dirigente hacia el resto. Henry Hazlitt describe un caso que se dio en los EEUU: “La mayoría de nosotros ha olvidado que cuando los Padres Peregrinos llegaron a las costas de Massachussets establecieron un sistema comunista. Tomándolo del producto y depósito común crearon un sistema de racionamiento que no alcanzaba «sino a un cuarto de libra de pan por día y por persona». Aun cuando llegó el momento de la cosecha «sólo aumentó un poquito». Pareció comenzar a producirse un círculo vicioso. La gente se quejaba de sentirse débil por la falta de alimentos lo que les impedía ocuparse debidamente de sus sembrados. Aun cuando eran profundamente religiosos, comenzaron a robarse los unos a los otros. «De modo que parecía muy probable», escribe el gobernador Bradford en su informe de la época, «que también habría hambre el año que viene, a menos que se tomara alguna medida para prevenirla».
«Los colonos comenzaron a pensar en la manera de producir tanto maíz como pudieran para obtener una cosecha mejor que la anterior de modo de no padecer miseria. Finalmente (en 1623) después de mucho debatir los problemas, el gobernador, (con el asesoramiento de los principales de ellos) dispuso que cada hombre sembrara maíz para sí mismo y que, en ese aspecto, cada uno confiara de sí….Y de ese modo, asignó una parcela de tierra a cada familia».
«Esto tuvo mucho éxito ya que hizo que todas las manos trabajaran con mucha mayor laboriosidad y plantaran mucho más maíz de lo que hubiera sido posible por ningún otro medio que el gobernador, o cualquier otra persona, hubiera podido emplear y esto le ahorró una cantidad de inconvenientes y contentó más a todos».
«Ahora las mujeres estuvieron dispuestas a trabajar en el campo y llevaron con ellas a sus pequeños para sembrar maíz, mientras que antes habían alegado debilidad e incapacidad para hacerlo y obligarlas hubiera sido tenido por gran tiranía y opresión»”.

Debido a las críticas que se le hacen a la distribución desigual de la riqueza que establece la economía de mercado, como consecuencia de la desigual capacidad para crearla, muchos sostienen que lo ideal sería una producción capitalista junto a una distribución socialista. Sin embargo, ello no resulta posible por cuanto la distribución socialista, o igualitaria, tarde o temprano tiende a promover una producción también igualitaria, pero esta vez igualada en su mínimo nivel. Hazlitt agrega: “Cuando, en nombre de la «justicia», se procura sustituir el sistema de permitir que cada uno sea dueño de lo que produce y lo conserve, por uno de división igual por cabeza, esos son los resultados que se consiguen. La falacia de todos los esquemas de división igualitaria (necesariamente coercitiva) de la riqueza o ingresos reside en que dan por supuesta la producción. Quienes propician estos sistemas dan tácitamente por sentado que la producción será la misma a pesar de esa división igualitaria y hasta hay algunos que sostienen explícitamente que será mayor”.

A pesar de las incontables evidencias de que el sistema regido por el lema “a cada uno según lo que produce” resulta superior al regido por el lema “de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”, muchos prefieren este último por cuanto resulta ser una protección contra la envidia. De ahí que se llega a la absurda conclusión de que muchos prefieren que en las sociedades humanas las personas normales deban adaptarse a las personas envidiosas, en lugar de ser a la inversa.