martes, 15 de marzo de 2016

Innovadores vs. conservadores en la Iglesia

A partir del Concilio Vaticano II, se advierten disputas teológicas entre quienes buscan cambios importantes en oposición a los sectores conservadores de la Iglesia Católica. Si una institución religiosa no logra sus objetivos, entonces debe tratar de cambiar hasta poderlos lograr. Como los cambios sugeridos pueden mejorar o bien empeorar las cosas, surgen quienes buscan lo seguro prefiriendo no cambiar ante esta última posibilidad. Julián Marías escribió: “En 1950, Ortega y Gasset…después de decir que estamos ya muy lejos de Descartes, de Kant, de sus sucesores románticos, Schelling, Hegel,….agregaba que estamos todavía más lejos de Aristóteles; y anunció que muy pronto, la Iglesia católica, apostólica y romana se desentenderá oficialmente del aristotelismo y consecuentemente del tomismo. Y advertía que sería menester estudiar bien griego para prepararse a la nueva teología católica que estaba germinando, muy distinta a la tradicional”.

“Esta profecía de Ortega causó no poca irritación, especialmente entre aquellos que se consideran expertos y buenos conocedores de los caminos de la Iglesia; juzgaron que Ortega «no entendía de esas cosas», que su anuncio era simplemente una ligereza”.

“Cualquier forma de pensamiento católico que no se ajustara a las más estrechas formas tradicionales podía contar con dificultades y sinsabores sin cuento…”.

“En el decenio que entonces empezaba, las dos grandes revista católicas de los EEUU, «América», de los jesuitas, y «The Commonweal», seglar, discutían las causas del «retraso teológico» de los católicos; discutían sobre las causas; lo que no discutían era el atraso”.

“La convicción que se abría paso era sobre todo ésta: que no es posible hacer ciencia –y la teología es una ciencia- sin equivocarse, sin errar; si el error está excluido, la ciencia está demás, y puede uno ocuparse de otra cosa”. “Si un teólogo no puede tener una opinión y después otra; si no puede rectificar y corregir; si no puede integrar su punto de vista con otros y llegar a distintas conclusiones; si la ciencia ha de salir de su cabeza como Minerva de la de Júpiter, no hay ciencia posible. El temor al error sofoca la busca de la verdad”.

“Lo más grave es que esto no se limita a la teología; es el pensamiento cristiano en general, es la vida cristiana misma, que se nutre de pensamiento, que es también pensamiento, lo que se paraliza…”.

“El «pensamiento cristiano» estaba aquejado desde hace mucho tiempo por una limitación capital: en lugar de mirar las cosas, se miraba a un libro; se buscaba la fórmula que se ajustara a ciertos esquemas –a veces solo a una terminología-, de cuyo mero funcionamiento automático se esperaba una solución”.

Según lo expresado por Julián Marías, el cambio esencial de la teología implicaría pasar de una etapa filosófica a una científica. De ahí que se dejarían un tanto de lado los “soportes filosóficos” asociados al cristianismo para entrar a buscar compatibilidad con el conocimiento científico. Tal parece ser el “espíritu del Concilio Vaticano II”. El citado autor agrega: “La falta de intelectualismo de Juan XXIII y del Concilio por él convocado consiste, creo yo, en el intento de dejar de lado los «cartapacios» y ponerse un rato a contemplar la realidad, a ejercitar sobre ella, a cuerpo desnudo, el pensamiento”.

“El cristianismo no da soluciones; da luz para buscarlas. Y hay que usarlo, si se permite la expresión, para mirar la realidad, que Dios entregó a la indagación y a las disputas de los hombres. Si no me engaño, éste es el clima intelectual del Concilio, que significa la apertura del horizonte del pensamiento, al cabo de varios siglos de ortopedia mental” (De “Meditaciones sobre la sociedad española”-Alianza Editorial SA-Madrid 1966).

La necesidad de cambios surgió, entre otros aspectos, por la ineficacia de la Iglesia para promover un mejor nivel moral entre sus adeptos. Se alejó también del cumplimiento de una de sus pretensiones básicas; la de ser universal, o católica, como indica su nombre. Por estar razones, la inserción del cristianismo en el ámbito de la ciencia experimental, o su compatibilidad con ella, ha de ser un comienzo necesario para lograr la universalidad deseada junto a la elevación moral de la humanidad.

Entre los defectos observados se advierte el reemplazo evidente de lo que Cristo dijo a los hombres por lo que los hombres dicen sobre Cristo. Tal es así, que el mandamiento del amor al prójimo pasó a ser casi un elemento tradicional en lugar de ser una guía que ha de permitir a cada individuo evaluar su condición de cristiano al preguntarse cuánto comparte las penas y las alegrías de los demás. Y ello no sólo implica compartir los estados emocionales en su propio ámbito familiar, sino en lo social e incluso en el ámbito de la humanidad; tal lo que sugiere la palabra “prójimo”.

Pocos advirtieron que en este mandamiento se sintetiza toda la ética individual y social, al que se llega por medio del mandamiento del amor a Dios, que indica la existencia de un orden natural al cual nos debemos adaptar, Como el mandamiento del amor es interpretado generalmente como una tendencia a sentir lástima por el inferior, o bien como alguna actitud sensiblera fácil de lograr, se llega a la conclusión de que, en lugar de que el adepto cumpla con el mandamiento mencionado, a éste se lo adapta a los diversos gustos y personalidades.

Quienes más se acercaron a vislumbrar su alcance, sintieron la necesidad de “reforzar” el cristianismo mediante filosofías compatibles, como el aristotelismo, ya que no confiaban en la fuerza ideológica o en la efectividad del cristianismo básico y esencial.

Para colmo de males, cuando se pretende vincular el cristianismo a la ciencia experimental, muchos de los “innovadores” consideraron al marxismo como “ciencia social”, aunque en realidad se trataba de una filosofía más; pero una filosofía que llevada a la práctica produjo catástrofes humanitarias de gran magnitud. Tal es así que algunos historiadores asocian al nazismo unas 22 millones de víctimas asesinadas, sin contar los caídos en acciones bélicas, mientras que al marxismo-leninismo, los mismos autores, le asocian casi 100 millones de asesinatos. Tales cifras aparecen en “El libro negro del comunismo” de Stéphane Courtois y otros (Ediciones B SA-Barcelona 2010).

Uno de los “innovadores” que cayó en tan lamentable error, o irresponsabilidad extrema, fue Pierre Teilhard de Chardin, quien afirmaba que el cristianismo debería compatibilizarse con el marxismo, aceptando tácitamente que el marxismo constituía una “ciencia social” legítima. Es fácil advertir que el marxismo, en economía, no tiene ningún valor, ya que no describe el accionar del individuo en libertad, sino que diseña una sociedad a la cual debería adaptarse todo ser humano. La dialéctica tampoco tiene importancia en los estudios de lógica. El determinismo histórico que propone no tiene en cuenta que la historia es realizada por los hombres y que no existe tal fatalismo.

Todos estos errores serían “perdonables” si no fuese por el intenso odio masivo predicado por el marxismo-leninismo, al dividir a la sociedad en pobres y ricos (o proletarios y burgueses) y asociarles todas las virtudes a los primeros y todos los defectos (y culpas) a los segundos, constituyendo una forma efectiva de discriminación social que es, esencialmente, la causa que produjo las casi cien millones de víctimas mencionadas (20 millones en la URSS, 65 millones en China, etc.).

Desde la Unión Soviética se intentó hacer creer al mundo que fue Stalin solo quien produjo la catástrofe humanitaria citada. En realidad, Stalin sólo perfecciona e intensifica la obra destructiva de Lenin. Sin embargo, quienes dirigen el Vaticano en la actualidad, con Francisco a la cabeza, han aceptado al marxismo-leninismo como guía para la acción, esta vez bajo el ropaje latinoamericano de la Teología de la Liberación.

Puede afirmarse, sin lugar a dudas, que la Iglesia Católica ha dejado de ser cristiana para convertirse en predicadora de la discriminación social y de la violencia, ya que no divide a la sociedad en justos y pecadores, para convertir a éstos en aquéllos, sino que los divide entre pobres y ricos asignando todas las virtudes a los primeros y todos los defectos a los últimos, tal como lo hace el marxismo-leninismo.

Puede decirse que la Iglesia ha perdido totalmente su dignidad al rebajarse a predicar la ideología de la violencia de quienes, históricamente, se dedicaron con todo esmero a combatir tanto a la Iglesia como al cristianismo, y a la religión en general. Jean Meyer escribió: “Las circunstancias seguían siendo malas. La situación religiosa de la URSS en los últimos años de Stalin fue mejor que en los tiempos de Nikita Jrushchov [o Krushchev]. Entre 1958 y 1963, el hombre que en 1946 había eliminado a la Iglesia ucraniana desata una persecución en la URSS y en sus «democracias populares». Ésta durará hasta 1987-1988. El ucraniano cree en la realización acelerada del dogma comunista y desprecia la religión, todas las religiones. Según Pravda (20/Set/61), después del vuelo espacial de Yuri Gagarin, Nikita declara: «En cuanto a ese famoso paraíso tan cacareado por los curas … no hay nada allá arriba». También profetiza que para 1980 la URSS habrá alcanzado y rebasado a Estados Unidos; y asegura que «en 1980 les enseñaré al último sacerdote». Curiosamente, ni entonces ni ahora se reconoce la dureza del «bonachón de Nikita» en cuanto a religión. En cinco años manda cerrar la mayoría de iglesias, conventos y seminarios autorizados por Stalin a partir de 1941; manda destruir miles de edificios religiosos y llenar las cárceles y los campos del Gulag, de nuevo, con cristianos” (De “La gran controversia”-Tusquets Editores SA-Barcelona 2006).

Mientras que la universalidad del cristianismo se pudo lograr, en sus primeras épocas, gracias a la estructura del Imperio Romano, en la actualidad tal pretensión sólo puede ser alcanzada a través de la ciencia experimental. Ello implica que el cristianismo debe ser enteramente compatible con la psicología, con la psicología social y, finalmente, con la neurociencia. Implica también que debe convertirse en una religión natural, algo que hacer presuponer que el cristianismo original también lo fue, si bien los diversos simbolismos lo alejaron de tal interpretación.

Así como los grandes edificios se construyen en base a millones de ladrillos, vinculados adecuadamente, la futura humanidad, para ser exitosa en el proceso de adaptación y supervivencia, deberá constituirse en base a millones de seres humanos que tratan de cumplir con el mandamiento que nos sugiere compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, siendo tal vinculo favorecido por la visión que nos permite observar un universo regido por leyes naturales invariantes; tal la visión científica que hoy disponemos y que seguramente perdurará.