sábado, 20 de febrero de 2016

Opinión pública y liberalismo

Por lo general, quienes adhieren al liberalismo, tienen poca predisposición a difundir sus ideas, confiados en la eficacia que históricamente ha presentado en relación con el socialismo. Por otra parte, los difusores del socialismo se han encargado de deformar las ideas liberales hasta el punto de hacerlas irreconocibles. Los totalitarismos del siglo XX, derrotados en cuanto a su eficacia, se muestran triunfadores a nivel ideológico, en algunos países, debido a la difamación que realizan del liberalismo y al silencio de quienes deberían defenderlo. Ludwig von Mises escribió: “La supremacía de la opinión pública determina no sólo el extraordinario papel que la economía desempeña dentro del conjunto del pensamiento y el conocimiento humano. Determina todo el proceso de la historia de la humanidad”.

“Las nuevas ideas y las innovaciones son siempre logros de hombres singulares. Pero estos grandes hombres no pueden lograr ajustar las condiciones sociales a sus planes, si antes no convencen a la opinión pública”.

“El capitalismo le dio al mundo lo que necesitaba, un nivel de vida más elevado para un número continuamente creciente de individuos. Pero los liberales, los pioneros y defensores del capitalismo, pasaron por alto un punto esencial. un sistema social, no obstante ser beneficioso, no puede funcionar si no recibe el apoyo de la opinión pública. No previeron el éxito de la propaganda anti-capitalista” (De “La acción humana”-Resumen en “Ideas sobre la libertad” Nº 41-Centro de Estudios sobre la Libertad-Buenos Aires Abril 1982).

Por otra parte, Alberto Benegas Lynch (h) escribió: “Algunos liberales mantienen que «no debemos estar hablando entre nosotros», que el contenido de la filosofía liberal debe dirigirse a otras audiencias fuera de los que «ya la conocemos». Esto, así, está mal planteado. Debe comprenderse que las cosas están como están debido a que nosotros, los liberales, no somos lo suficientemente idóneos en la transmisión de principios. Tenemos que hacer mejor nuestro «home-work». Tenemos que «quemarnos más las pestañas». Tenemos que modificar el lenguaje. En resumen, somos ineficientes. Para revertir esto, resulta un buen camino hacernos la autocrítica en lugar de criticar a los demás porque no entienden”.

“No son los demás que no entienden, somos nosotros que no entendemos lo suficiente y, por ende, no nos hacemos entender en el grado necesario. Esta autocrítica tiene dos ventajas: primero, calma nuestro fastidio porque siempre tendemos a ser más benévolos con nosotros mismos que con el prójimo y, segundo, nos obliga a «sacarle mejor la punta al lápiz», a afinar la puntería. Es un error adoptar la política del erudito que sabe y sólo mira a su costado diciendo que son los otros los que no comprenden. Tenemos que mirar adentro nuestro y, dadas nuestras limitaciones, corregir nuestros defectos”.

“Este proceso nunca debe abandonarse. Cuando estemos en condiciones, nuestra luz brillará y el brillo siempre llama la atención en la oscuridad, atrae, señala el camino e ilumina a otros. Permanentemente debemos prepararnos y capacitarnos, el resto se da por añadidura. Si nuestras luces no atraen quiere decir que la luz es tenue y nuestros focos son opacos” (De “Liberalismo para liberales”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1986).

Debe intentarse la difusión de los principios liberales entre la gente no contaminada por alguna ideología totalitaria; de lo contrario, sólo se logrará perder el tiempo, además de sentir cierta indignación por encontrar respuestas uniformes que poco tienen en cuenta la realidad y de soportar cierto cinismo que soslaya las decenas de millones de víctimas inocentes que fueron asesinadas luego de haberse intentado instalar alguna forma de socialismo. Mientras desde el liberalismo se considera esencial la existencia del empresario, como pilar de la economía, desde el socialismo se responderá que se trata de gente que “explota laboralmente al trabajador” y que por ello mismo no debería existir. Se aduce también que el empresario genera “desigualdad social” ya que incrementa su patrimonio cuando logra cierto éxito empresarial.

No cuesta mucho imaginar a una persona, X, que posee un capital 10 veces superior a otra, Y, que ha de favorecer a toda la sociedad cuando realice nuevas inversiones, creando fuentes de trabajo adicionales, incrementando su capital que podrá ahora ser 12 veces mayor al poseído por Y. Desde el sector socialista se dirá que el señor X ha “aumentado la desigualdad social” y que, por lo tanto, resulta ser alguien negativo para la sociedad.

Las distintas formas de socialismo implican diversas maneras en que distintos sectores de la sociedad pretenden vivir a costa del trabajo ajeno disponiendo del Estado como intermediario. Pocas veces alguien se define como “socialista” para dar algo de lo suyo, sino para reclamar que el Estado le quite a alguien el fruto de su trabajo, para que sea redistribuido gratuitamente entre quienes poco o nada producen. Polibio escribió: “Cuando los demagogos infunden al populacho la idea y el afán de dejarse sobornar, se arruina la virtud de la democracia y ésta se convierte en un gobierno de fuerza y violencia. Pues la plebe acostumbrada a vivir a expensas de otros y a poner sus esperanzas de subsistencia en la propiedad del vecino, en cuanto encuentra un caudillo lo bastante ambicioso y osado, entroniza el reinado de la violencia. Y luego sobrevienen las asambleas tumultuosas, las matanzas, los destierros y los repartos de tierra”.

Por otra parte, Ludwig von Mises escribió: “Los hombres nacen desiguales y es precisamente su desigualdad lo que genera la cooperación social y la civilización. La igualdad ante la ley no fue concebida para corregir los hechos inexorables del universo ni para hacer desaparecer la desigualdad natural. Por el contrario, fue el mecanismo utilizado para asegurar a toda la humanidad un máximo de beneficios derivados de ella”.

“La desigualdad de rentas y patrimonios es un rasgo inherente a la economía de mercado. Su eliminación destruiría por completo la economía de mercado”.

“Lo que tienen en mente aquellos que reclaman igualdad económica, es siempre un aumento de su propio poder de consumo. Al abogar por el principio de igualdad como un postulado político, nadie desea compartir sus propios ingresos con los que tienen menos. Cuando el asalariado estadounidense se refiere a la igualdad, quiere decir que deberían dársele los dividendos de los accionistas. No sugiere que se le reduzcan sus propios ingresos para beneficiar a aquel 95 por ciento de la población del mundo que posee ingresos menores a los suyos” (“La acción humana”).

“No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidiosa malevolencia. Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también, por su parte, padecerán. ¡Cuántas veces oímos decir que la penuria socialista resultará fácilmente soportable ya que, bajo tal sistema, todos sabrán que nadie disfruta de mayor bienestar!” (De “Liberalismo”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1994).

Se ha dicho que el liberalismo busca que todos sean ricos, aunque en forma desigual, mientras que el socialismo busca que todos sean pobres, aunque en forma igualitaria. En el socialismo real, sin embargo, se puede advertir que una clase dirigente logra un nivel de vida mucho mejor que el resto. Son todos iguales, en teoría, aunque algunos “son más iguales que otros”.

Entre los difusores del socialismo se encuentran algunos sectores de la Iglesia Católica, la “Iglesia de los pobres”; ya que si no existiesen pobres, quedaría sin adeptos. Monseñor Justo Oscar Laguna escribió: “Pablo VI condena concretamente aquel sistema económico liberal que reúne las siguientes condiciones:

- que tiene al lucro como motor principal de la actividad económica.
- que tiene a la ley de la oferta y la demanda como ley suprema de la economía, a la que todo debe ser subordinado.
- que afirma que la propiedad privada de los medios de producción es absoluta, sin admitir excepciones”.
(De “Luces y sombras de la Iglesia que amo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1996).

Generalmente se piensa que las personas exitosas, económicamente hablando, son seres absolutamente egoístas, que tienen en la mente sólo la recompensa del dinero. Sin embargo, debe advertirse que un empresario, un artista o un deportista destacados, tienen una vocación muy definida por la actividad que realizan. El éxito y el dinero resultan ser consecuencias necesarias de esa vocación. Al menos resulta difícil imaginar que alguien puede suplir una auténtica vocación con excesivas ambiciones monetarias.

Si se pretende anular el estimulo de las ganancias, se logrará una sociedad con mayor pobreza, llegando incluso a la miseria. Se obtienen mejores resultados cuando la gente tiene ambiciones de lucro, realizando intercambios que beneficien a ambas partes, antes que buscar la felicidad compartiendo, sin esas ambiciones, bienes materiales y trabajo (como las abejas y las hormigas), en lugar de vincularse con los demás a través de los afectos, compartiendo penas y alegrías.

En cuanto a la ley de la oferta y la demanda, ésta surge de un orden económico que se establece en forma espontánea cuando los individuos disponen de libertad para producir y consumir. Resulta ser la mejor guía para productores y consumidores, si bien los distintos totalitarismos pretenden abolirla para reemplazar la democracia económica (mercado) por las decisiones unilaterales de los líderes políticos que conducen al Estado.

La existencia de la propiedad privada resulta esencial para la libertad del hombre por cuanto, de no existir, cada individuo queda ligado a la propiedad estatal, ya se trate de vivienda o de lugar de trabajo, impidiendo incluso el elemental derecho de trasladarse a vivir a otra parte, dependiendo de la voluntad del líder político de turno que decide la vida de todos y de cada uno de los desdichados integrantes de la sociedad comunista. De todas maneras, desde el liberalismo se acepta la propiedad estatal de los medios de producción siempre que se atengan a las leyes del mercado, para que el resto de la sociedad no deba soportar las pérdidas económicas de tales empresas si ello llega a ocurrir.

La tarea de desmentir a los ideólogos totalitarios resulta prioritaria, ya que, de no hacerlo, será en vano el conocimiento económico adquirido por la humanidad, así como lo serán las diversas experiencias sufridas por muchos pueblos, ya que siempre queda la posibilidad de seguir transitando la senda del error.