sábado, 28 de noviembre de 2015

Pagamos entre todos vs. paga quien lo consume

La siempre presente discusión política y económica entre los partidarios del Estado de bienestar contra los partidarios del liberalismo económico, puede visualizarse como un enfrentamiento entre quienes proponen que todos contribuyan haciendo aportes a una caja común, el Estado, para que luego éste redistribuya equitativamente entre los distintos ciudadanos, en oposición a quienes sostienen que cada uno debe hacerse responsable por sus propios gastos.

Como ejemplo puede citarse el transporte de pasajeros subvencionado, que permite que el usuario pague un porcentaje pequeño del costo real mientras que el resto es aportado por el Estado a las empresas. Para hacer más sencillo el razonamiento, supongamos que el costo sea nulo para el usuario. Luego, se tiene la sensación de que se trata de un servicio gratuito. En realidad, alguien lo ha de pagar. En este caso puede decirse que lo pagamos entre todos, aunque cada individuo suponga que el costo sea nulo.

¿De qué forma nos afectará tal servicio “gratuito”? En primer lugar, el Estado ha de desviar recursos económicos que ya no podrán utilizarse en otros servicios. La cantidad de recursos disponibles para el sector seguridad, salud o educación, se verá disminuido por el desvío de fondos hacia el sector transporte. Puede decirse que todos contribuimos para pagarle el pasaje diario a todos los demás usuarios, en lugar de ser cada uno responsable por el pago de su propio pasaje.

Existen inconvenientes por cuanto un sector de la población no utiliza tal medio de transporte. Sin embargo, se verá obligado por el sistema del “pagamos entre todos” a pagar (indirectamente) el pasaje cotidiano de quienes sí lo utilizan con frecuencia. En este desequilibrio se observa que alguien se beneficia y alguien se perjudica, mientras que, en caso del “paga quien lo consume”, nadie se verá obligado a pagar por algo que no utiliza.

La sensación de gratuidad, o la certeza de que los demás pagan por uno, lleva al abuso en el consumo, tal el caso de los combustibles, como el gas y la luz. Se incrementa el derroche, o el consumo excesivo, aunque toda la sociedad predique que debemos cuidar el medio ambiente no contaminándolo con el consumo excesivo de energía. Como los precios los establece el Estado, generalmente cercanos al costo, para que la medida sea políticamente efectiva, debe subsidiar a las empresas energéticas, que poco interés tendrán por hacer nuevas inversiones en el sector. Esta ha sido la causa principal de la pérdida del autoabastecimiento energético de la Argentina durante el kirchnerismo.

La sociedad en la que “pagamos entre todos” constituye el Estado de bienestar, o Estado benefactor. Henry Hazlitt escribió: “El sector coercitivo está constituido por los bienes suministrados a los individuos sin contemplar sus apetencias, por medio de los impuestos que se le aplican. Y puesto que este sector crece a expensas del sector voluntario, llegamos a la esencia del Estado benefactor”.

“En tal Estado, ninguno paga la educación de sus propios hijos, sino que todos pagan la educación de los hijos ajenos. Ninguno paga sus propias cuentas de médico, pero todos pagan las cuentas de médico correspondientes a los demás. Ninguno presta ayuda a sus propios padres ancianos, sino que todos la prestan a los miembros restantes de la comunidad. Ninguno hace previsiones para las contingencias de su propia desocupación, enfermedad, vejez, sino que todos atienden al desempleo, enfermedad y vejez de todos los demás. El Estado benefactor, como lo dijo Bastiat con misteriosa clarividencia hace más de un siglo, es la gran ficción por intermedio de la cual todos intentan vivir a expensas de todos los demás”.

Desde el punto de vista ético, al menos en una primera impresión, no aparecen fallas visibles en esta tendencia social. Sin embargo, es necesario ver las cosas desde el punto de vista de los resultados económicos y ahí se advertirán fallas que lo hacen éticamente criticable. Hazlitt agrega: “Esto no sólo es una ficción; está destinado al fracaso. Fin que, con seguridad, ha de resultar siempre que el esfuerzo quede separado de la recompensa. Cuando la gente gana más de lo común se encuentra con que su «excedente», o la mayor parte de él, le es quitado en forma de impuestos, y cuando la gente que gana menos de lo común se encuentra con que la deficiencia, o gran parte de ella, le es entregada en forma de donación o repartos, la producción de todos tiene que declinar abruptamente, pues los enérgicos y capaces pierden incentivo para producir más de lo común, y los haraganes e inhábiles pierden incentivos para mejorar de situación” (De “El Estado y la libertad”-Centro de Estudios sobre la libertad-Buenos Aires 1965).

Debe hacerse una distinción entre el Estado de bienestar y el populismo, ya que no son la misma cosa. El vínculo entre ambos puede establecerse a partir de la siguiente relación:

Populismo = Estado de bienestar + Irresponsabilidad + Corrupción

Los países en los cuales se idolatra a los “redistribuidores de lo ajeno”, y no a quienes producen para realizar posteriores intercambios, están destinados a vivir en el subdesarrollo. Romualdo Brughetti escribió: “Escuchemos al doctor René Favaloro, un representante de la generación de 1945: «No podíamos entender que la dádiva, la demagogia y el acomodo se convirtieran en estilo de vida. ¡Cómo nos dolían aquellos actos públicos donde estudiantes recibían bicicletas, motonetas y hasta automóviles como pago por su obsecuencia! Siempre recordaré la visita de Eva Perón a nuestro hospital para inaugurar un pabellón. Se realizó, como era costumbre en aquellos tiempos, un gran acto público. Desde el segundo piso observábamos con estupor el reparto de dinero, entiéndase bien, billetes de dinero, entre gente que se agolpaba frente al palco. Cuando se terminaban, sus adláteres, desde atrás, le alcanzaban nuevos fajos que volvía a distribuir en medio de cánticos y vítores…». No era, ciertamente, concluye Favaloro, la manera de solucionar los problemas sociales” (De “Repensar la Argentina”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1995).

La mentalidad del corto plazo hace que no se tenga en cuenta el futuro, por lo cual se excluyen los gastos de mantenimiento y de posibles inversiones. Eduardo L. Yeyati y Marcos Novaro escriben respecto a la etapa kirchnerista: “Por ejemplo, los trenes. Invertimos en el stock inicial (infraestructura y material rodante: vías, trenes, señales, talleres de reparaciones, trabajadores calificados) y concesionamos el servicio. Luego maximizamos la renta: congelamos tarifas y compensamos apenas lo necesario para pagar los costos corrientes (sueldos, mantenimiento mínimo) sin margen para la inversión ni para la amortización. De este modo, lo no gastado en mantenimiento y amortización se traslada (mediante una tarifa baja) al usuario, es decir, a la población que, feliz, se siente más rica. Hasta que el deterioro natural de las vías o los coches envejecidos reducen la calidad y la seguridad del servicio. Entonces nos preguntamos: ¿Por qué no renovamos las vías y los coches? Porque nos comimos la renta y hoy no tenemos dinero para hacerlo”.

“Otro ejemplo: la energía. Las petroleras invierten en exploración para encontrar reservas de petróleo y gas. Cuando las encuentran perforan y, si efectivamente están ahí, las extraen. El costo de extracción, una vez instalada la tubería y los equipos de producción es relativamente bajo; la operación es, en apariencia, pura renta. Si entonces maximizamos la apropiación de esta renta por la población a expensas de la renta del productor –por ejemplo, pagando al productor un precio bajo- las familias y las empresas (en fin, los votantes) se benefician en tener nafta y energía baratas. Pero la renta así calculada (ingresos por venta de petróleo menos costo de extracción) ignora el gasto de exploración y desarrollo. Con los precios pisados, el productor puede ganar más de lo que gasta en extraer el petróleo o el gas, pero menos de lo que le cuesta encontrarlo. Entonces deja de explorar y perforar. Así, nos consumimos el stock de reservas viejas y nos sentimos ricos por un tiempo. Hasta que el pozo se agota” (De “Vamos por todo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2013).

Los subsidios otorgados por el Estado, no sólo involucraron a los sectores energéticos y transportes, sino al sector alimenticio. Maximiliano Montenegro escribió al respecto: “La multinacional Cargill es una de las cinco mayores corporaciones norteamericanas y la principal comercializadora de granos del mundo, con operaciones en 66 países. Es difícil rastrear otro país donde reciba subsidios del Estado, como sucede en Argentina”. “Con la excusa de los convenios para frenar la escalada inflacionaria, el Gobierno benefició con millonarias «compensaciones» a los actores más poderosos de la cadena agroindustrial. Según una investigación especial realizada para este libro, las cerealeras trasnacionales Cargill y Nidera fueron dos de las firmas más favorecidas por la asistencia estatal. Entre las compañías locales se destacan Grobocopatel, Molinos Río de la Plata, Mastellone, Sancor, y empresas con aceitados vínculos políticos como Aceitera General Deheza y Molinos Cañuelas. En teoría, el selecto club que embolsó la mayor tajada de las subvenciones debía contener los precios de alimentos básicos como harina, aceites, lácteos y pollo, algo que sólo ocurrió en los papeles del INDEC” (De “Es la eKonomía, estúpido”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2011).

La falta de inversiones productivas impide la creación de nuevos puestos de trabajo. De ahí que el Estado comenzó a incorporar pseudo-trabajadores que fueron incrementando el gasto público en forma desmesurada. Para cubrir tales gastos (subsidios y sueldos), el Estado debió imprimir billetes en exceso favoreciendo el proceso inflacionario que, como todos los desaciertos del Estado, “lo pagamos entre todos”. El nivel de pobreza llega al 26%, aunque el kirchnerismo tenga la habilidad (o el cínico descaro) de publicitar una labor que es exactamente contraria a la realidad.

Los slogans kirchneristas resultaron totalmente opuestos a lo que afirman, si bien les han servido para ganar elecciones y afianzar el estancamiento del país. Montenegro cita los siguientes: “La pobreza disminuyó ininterrumpidamente en la era K”. “Los trabajadores en negro recuperaron poder de compra como nunca en la historia”. “El Estado K cobra más impuestos a los que más ganan”. “El gasto público privilegia a los más pobres”. “Se intervino el INDEC para pagar menos a los acreedores”. “Se quebró la lógica de favorecer a los organismos internacionales”. “Los jubilados nunca estuvieron mejor”. “El modelo productivo diversificó las exportaciones”. “Se luchó contra la concentración económica”. “Resurgió el capital nacional y se disciplinó a las empresas extranjeras, que no ganaron tanto como en los noventa”.