martes, 10 de noviembre de 2015

Mendel vs. Lysenko

La conducta de los hombres responde tanto a la herencia genética como a la influencia del medio social, a través de la educación. Según estimaciones, ambas causas tienen una incidencia similar. A la herencia genética la asociamos a las leyes naturales, o a las leyes de Dios, mientras que a la influencia del medio la asociamos a los criterios impuestos por el hombre. En el primer caso se produce la evolución biológica por selección natural, mientras que en el segundo caso se produce la evolución cultural mediante la herencia de la información adquirida por la humanidad a través de la historia.

Existen posturas filosóficas que rechazan la incidencia de la herencia genética atribuyendo el mayor porcentaje a la influencia del medio social. Este es el caso del marxismo-leninismo, ideología que reduce al mínimo la incidencia de las leyes de Dios, o leyes naturales, suponiendo que el hombre, incluso las plantas y los animales, actúan esencialmente en función de la influencia del medio en que viven.

Es frecuente, en el caso de las ideologías poco científicas, que sus seguidores no adopten como referencia a la propia realidad para establecer sus investigaciones, sino que la reemplacen por la ideología orientadora. En el caso mencionado, surgieron dos errores bastante llamativos:

1- La creación del hombre nuevo soviético: mediante la educación marxista-leninista se modificaría su acervo genético de manera que las nuevas generaciones heredarían los nuevos caracteres adquiridos, frutos de esa educación. Luego, la humanidad habría de llevar impresa en el futuro la modificación impuesta por dicha ideología.
2- La creación de nuevas especies vegetales: mediante un proceso adecuado de “educación de las plantas” se producirían nuevas especies adaptadas al medio geográfico. Los caracteres adquiridos pasarían, mediante la herencia, a las nuevas generaciones de plantas.

V. Stoletov escribió: “Algunos biólogos contemporáneos, que confiesan sus vinculaciones con la doctrina de los sabios burgueses Weismann, Mendel y Morgan, afirman que la especie de las semillas no depende de las condiciones de vida de la planta-madre, y que los caracteres hereditarios no son modificados por la influencia de las condiciones de vida. Si es exacto, dicen, que las cosechas obtenidas a partir de una misma especie pueden ser mejoradas gracias a la aplicación de determinados métodos, los caracteres hereditarios permanecen absolutamente invariables”.

“La escuela de Iván Michurin profesa un punto de vista opuesto”. “Sobre la base de pequeñas modificaciones «temporarias», con frecuencia apenas perceptibles, en los caracteres de una planta (o de un animal), se producen transformaciones fundamentales, profundas y constantes, a condición de que en cada generación las plantas sean cultivadas en las mismas condiciones que las plantas-madres. Si durante muchos años se cultiva la misma especie de trigo, en dos regiones naturales diferentes por las condiciones de vida que ofrecen, se termina por obtener las especies estables, diferente una de la otra”.

“Michurin es notable por haber planteado los fundamentos de una nueva etapa en el desarrollo de la biología, diferente de todo su desarrollo anterior. La suprema tarea del biólogo –decía-, ya no consiste hoy en limitarse a explicar la naturaleza viviente, sino en modificarla de una manera planificada y en el sentido de los intereses del hombre” (De “¿Mendel o Lysenko?”-Editorial Lautaro-Buenos Aires 1951).

La actual modificación genética de las especies animales y vegetales, son realizadas contemplando las leyes de la herencia enunciadas primeramente por Gregor Mendel. El objetivo puede ser similar al fijado por Michurin y por el continuador de su obra, Trofim Lysenko, pero el método es totalmente diferente. “En las obras de Michurin, pueden hallarse numerosos datos acerca de los resultados de una educación científica de las plantas híbridas. Gracias a sus métodos de educación, el gran reformador de la naturaleza modelaba las especies de los árboles frutales que deseaba obtener, eliminando los caracteres indeseables, desarrollando y reforzando por el contrario los caracteres y cualidades útiles”.

Lo trágico de tales ideas no implicó solamente el deterioro de la agricultura soviética, sino de la propia población que debió padecer los efectos de la “educación soviética” que intentaba asimismo “eliminar los caracteres indeseables, desarrollando y reforzando los caracteres y cualidades útiles”. Quienes rechazaban la ideología que se pretendía imponer, eran conducidos a hospitales psiquiátricos o bien eran eliminados. De ahí cierta semejanza con los nazis, que querían realizar una selección artificial de razas (creyendo en la supremacía de la herencia genética sobre la educación), mientras que los marxistas-leninistas querían realizar una selección artificial de clases sociales (creyendo en la supremacía de la educación sobre la herencia genética).

La influencia de Lysenko en la URSS se prolongó hasta la década de los 60. Maitland A. Edey y Donald C. Johanson escribieron al respecto: “Interesa notar que el lamarckismo persistió en reducidos centros de disputa hasta la década de 1960. Florecía en Rusia en el momento del gran congreso de 1961. El artículo de Nirenberg, que estableció por vez primera la evidente relación de una base de ARN y un aminoácido, debió de parecer una vengadora bola de fuego, demasiado brillante para que se mirara de frente, a muchos científicos soviéticos que asistieron al congreso. Habían seguido sumisamente la doctrina oficial del partido, según la cual la teoría darviniana convencional era errónea. Tenía que serlo. Contradecía el dogma marxista-leninista-estalinista de que la población de un Estado socialista verdadero podía modelarse, que el cuello de la jirafa se alargaba permanentemente, gracias al esfuerzo heredado y o a la herencia de género diferente”.

“La idea había recibido cierta semejanza de credibilidad científica por obra de un genetista botánico soviético, Trofim Lysenko, quien conquistó la confianza de Stalin explicando de modo mendaz experimentos que había efectuado sobre el desarrollo de los caracteres de trigo resistente a las heladas y temperaturas bajas. (No hizo más que congelar simientes, con lo que promovió una germinación más rápida en primavera. El procedimiento se llama vernalización. No tiene nada que ver con la evolución del trigo)”.

“Persuadió a Stalin de la superioridad de la genética soviética sobre la mendeliana, de que eran falsas las experiencias de personas como Morgan, para establecer la existencia de los genes y cromosomas. Como la URSS contaba con científicos muy capaces, Lysenko se encontró enfrentado con ellos. La situación llegó al apogeo en 1948, en una importante sesión del partido comunista, en la que Lysenko, con el beneplácito de Stalin, forzó a la ciencia soviética a acepar el lisencoísmo o…..El «o» era la extinción profesional en el mejor de los casos, y el encarcelamiento y la muerte en el peor”.

“En 1961, Lysenko seguía siendo el científico más influyente, en lo político, de la URSS. Presidía la Unión de Académicos de Ciencias, y en aquel mismo año aprobó la declaración de otro especialista, muy bien situado en el partido: «La afirmación de que hay en el organismo partículas diminutas, los genes, responsables de la transmisión de los caracteres hereditarios, es pura fantasía no fundada en la ciencia»”.

“La férrea mano de Lysenko frenó durante lustros el estudio respetable de la genética de la Unión Soviética. Sus experimentos fraudulentos con trigo, que de forma milagrosa se desarrollaría maravillosamente y con independencia de los principios mendelianos, afectó en rendimiento de las cosechas rusas tanto, que todavía se comprueba en las enormes cantidades de cereales que la URSS debe adquirir en los EEUU y otras naciones. Lysenko cayó durante el derrocamiento de Kruschev en 1964. Jamás se sabrá el costo real de su interesada malignidad” (De “La cuestión esencial”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1990).

El hombre nuevo soviético no sólo constituye una nueva clase social, sino un nuevo grupo étnico, ya que, al poseer atributos especiales, no adquiridos por los antiguos burgueses, constituye un grupo superior, por lo cual el totalitarismo nazi resulta casi idéntico, estructuralmente, al soviético. Michel Heller escribió: “En la Unión Soviética, los estudiantes de medicina comienzan sus estudios de latín por esta frase: Homo sovieticus sum. Los futuros médicos aprenden, pues, que existen dos tipos humanos: el Homo sapiens y el homo sovieticus”.

“La afirmación repetida de dicha diferencia constituye una de las grandes particularidades del sistema soviético. Si cada nación lleva en sí el sentimiento de la propia superioridad, la Unión Soviética es única en su pretensión de crear un nuevo género humano. Los nazis, que dividían la humanidad entre los arios y los demás, se fundamentaban en la noción intangible de «raza». Desde su punto de vista, se trataba de una categoría absoluta: se era ario o no se era. Los bolcheviques partieron de idéntico principio, si bien para la selección del elemento humano tuvieron como criterio no menos intangible el medio familiar y social del individuo”.

“Los orígenes proletarios fueron así la mejor garantía para obtener una situación privilegiada en la jerarquía social instaurada después de la Revolución. Al igual que el «no ario» llevaba en la Alemania nazi aquella marca de infamia durante toda su vida y la transmitía a sus hijos, en la República soviética el individuo no podía librarse de una extracción «no proletaria» (su única solución era la huida, escondiendo sus orígenes). Con el candor del fanático persuadido de su buen derecho, un responsable de la policía política, la Vecheka, explicaba en 1918 a sus subordinados: «No combatimos a los individuos; aniquilamos a la burguesía como clase»”.

“A medida que se instauró el sistema soviético y se liquidaron los «impuros», el proletario perdió sus privilegios y se llegó a la formación de dos categorías: un grupo de líderes en posesión de todas las cualidades del hombre soviético y una masa de individuos, iguales en cuanto todas sus imperfecciones y su deseo de librarse de sus «impurezas»” (De “El hombre nuevo soviético”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1985).