domingo, 15 de noviembre de 2015

Hazlitt vs. Galbraith

Es frecuente que algunos sectores de la sociedad, tratando de “unificar al enemigo”, consideren que todos los estadounidenses piensan exactamente igual en materia de economía y de política. Sin embargo, como el pensamiento en esos temas depende bastante de la actitud psicológica individual, es natural que en todos los países exista desacuerdo entre liberales y socialdemócratas (o conservadores y liberales, según la denominación empleada en los EEUU).

Henry Hazlitt es un conocido autor liberal (en el sentido europeo de la palabra) que establece una crítica al economista socialdemócrata J. K. Galbraith, comenzando con la planificación en economía. La mayor parte de los inconvenientes que tiene el liberalismo consiste en la necesidad de responder ante una tergiversación permanente de sus propuestas, de la misma manera en que una persona injustamente difamada deba defenderse de los comentarios realizados a sus espaldas. Así, el liberalismo no está en contra de la planificación de la economía, sino de la planificación estatal que tiende a distorsionar el proceso del mercado. Hazlitt escribió al respecto: “Al discutir la «planificación económica», debemos precisar con claridad el asunto a que nos referimos. La verdadera cuestión a debatir, no está en si debe, o no, haber planificación. Se trata de quién debe planificar”.

“Todos nosotros, como personas privadas, constantemente formulamos planes para el futuro: qué habremos de hacer el resto del día o del fin de semana: qué haremos este mes o el próximo. Algunos planificamos, aunque de un modo más general, con anticipación de diez o veinte años”.

“Los empresarios hacen planes para permanecer en cierta ubicación o para mudarse a otra, para expandir o limitar sus operaciones, o para interrumpir la producción de un artículo, cuya demanda, a su juicio, desaparece, y empezar la de otro, cuya demanda piensan que va en aumento”.

“Ahora, las personas que se titulan «planificadores económicos», o desconocen aquellos hechos, o los niegan por implicancia. Hablan como si el mundo de la empresa privada, del mercado libre, de la oferta, la demanda y la competencia, fuera un mundo de caos y anarquía, en el cual ninguno jamás hubiera meditado planes para el futuro, sino que todo fuese meramente abandonado a la deriva”.

“Cierta vez sostuve un debate por televisión con un eminente planificador, ubicado en una elevada posición oficial, quien aseveraba que de no contar con sus propias previsiones y su guía, las empresas americanas se encontrarían «volando a ciegas». En el mejor de los casos, dicen los planificadores, todos los que pertenecen al mundo de la empresa privada trabajan y hacen planes con fines contradictorios, o formulan sus planes teniendo en vista únicamente su interés «particular» y no el interés «público»”.

“El planificador pretende sustituir ahora los planes de los demás con los propios. Por lo menos, quiere que el gobierno formule un Plan Maestro, al cual se subordinen los planes de los particulares” (De “El Estado y la libertad”-Centro de Estudios sobre la libertad-Buenos Aires 1965).

El citado autor sostiene que el plan establecido por el Estado ha de significar, necesariamente, alguna forma de compulsión. “Harán gran aparato de libertad, «democracia», cooperación y ausencia de apremio, mediante «consultas a todos los grupos» -de los sectores «trabajo», industria, gobierno y hasta «representantes de los consumidores»- para elaborar el Plan Maestro y las «metas» específicas o «finalidades». Por cierto, si realmente fuera posible dar gravitación proporcional y voz a todos, con libertad de elección: si se permitiera a cada uno proseguir el propio plan de producción y consumo de bienes y servicios determinados, que de todos modos hubiera llevado adelante, el Plan entero resultaría inútil y carente de sentido: una completa pérdida de tiempo y energías”.

“El Plan sólo puede tener significado en caso de hacer forzosos el consumo y la producción de cosas o cantidades de cosas diferentes de las que hubiera suministrado el mercado libre. En suma, únicamente tendría sentido, en la medida en que se aplicara compulsión sobre alguien, obligando a que los tipos de producción o consumo experimentaran algún cambio”.

“Hay siempre mucha preferencia en tales planes, especialmente por parte de los países comunistas, a favor de la industria pesada, debido a que aumenta la potencialidad guerrera. Sin embargo, en todos los planes, aun en los países no comunistas, existe una tendencia definida a favor de la industrialización y de la industria pesada, contra la agricultura, bajo el supuesto de que dicha política eleva necesaria y rápidamente el ingreso real y condice a una mayor autosuficiencia nacional. No es accidental el hecho de que tales países caigan continuamente en crisis agrícolas y deficiencias alimenticias”.

“Llegamos ahora a la tesis específica de Galbraith, surgida de la antiquísima prevención burocrática contra los gastos suntuarios, dispuesta a sostener que los consumidores no saben cómo gastar sus ingresos, que habrán de comprar cualquier cosa que los anunciadores les aconsejen adquirir, y que, en suma, los consumidores son bobos y tontos, con una crónica inclinación a malgastar su dinero en trivialidades, cuando no en objetos absolutamente sin valor. También, el grueso de los consumidores, dejados a sí mismos, demuestran un mal gusto atroz y ambicionan automóviles color cereza con ridículas colas”.

“La conclusión natural de las afirmaciones precedentes –y que Galbraith no vacila en extraer- es que debe privarse a los consumidores de libertad para elegir, mientras los burócratas del gobierno, llenos de sabiduría –por supuesto, de una sabiduría nada convencional- deben elegir acerca del consumo, por cuenta de los consumidores”.

“Y la manera de hacerlo, está en quitar a la gente, por medio de impuestos, todo el rédito que han sido lo bastante tontos para ganar sobre el requerimiento de sus estrictas necesidades, entregándolo a los burócratas, para que inviertan esos recursos del modo que consideren más beneficioso para la gente”.

Para convencer a la gente de las ventajas de la intermediación estatal, se la debe engañar con algunas sutilezas de las palabras con las que se denomina tanto la libertad de elegir como la coerción impuesta por la burocracia. “Aquí Galbraith recurre a un claro truco semántico. Los bienes y servicios en que la gente invierte voluntariamente su propio dinero, constituyen, en su vocabulario, el «sector privado» de la economía; en tanto que los bienes y servicios suministrados por el gobierno, con las rentas que ha quitado a las personas mediante impuestos, constituyen el «sector público». Ahora, el adjetivo «privado» acarrea una connotación de egoísmo y exclusividad, un aspecto desprovisto de altruismo. Mientras que el adjetivo «público» tiene la aureola de generoso, democrático, patriótico, de aspecto altruista; en resumen, del espíritu público. Y como la tendencia del Estado benefactor en expansión, ha sido, evidentemente, la de traspasar de manos privadas a las propias con un ritmo cada vez mayor el suministro de los bienes y servicios que se consideran más esenciales y edificantes … se acentuará el hábito de asociar la expresión «público» con todo lo que es realmente necesario y laudable, en tanto que el «sector privado» quede ligado meramente a las superfluidades, caprichosas apetencias y vicios que restan, luego de haberse atendido aquello que en verdad importa”.

La tendencia mencionada, que es la esencia del Estado benefactor, tiende a acentuarse y a provocar deterioros en la sociedad y en la economía por cuanto el sector político, no es tan bueno como indica la teoría socialista, ni el sector privado es tan malo. “Sin embargo, el verdadero distingo y el vocabulario apropiado arrojarían una luz enteramente distinta sobre el asunto. Lo que Galbraith llama «sector privado» de la economía es, en verdad, el sector voluntario, y lo que designa como «sector público» es, en verdad, el sector coercitivo. El sector voluntario está constituido por los bienes y servicios en que la gente gasta voluntariamente el dinero que ha ganado. El sector coercitivo está constituido por los bienes suministrados a los individuos sin contemplar sus apetencias, por medio de los impuestos que se les aplican. Y puesto que este sector crece a expensas del sector voluntario, llegamos a la esencia del Estado benefactor”.

“En tal Estado, ninguno paga la educación de sus propios hijos, sino que todos pagan la educación de los hijos ajenos. Ninguno paga sus propias cuentas de médico, pero todos pagan las cuentas de médico correspondientes a los demás. Ninguno presta ayuda a sus propios padres ancianos, sino que todos la prestan a los padres de los miembros restantes de la comunidad. Ninguno hace previsiones para las contingencias de su propia desocupación, enfermedad, vejez, sino que todos atienden al desempleo, enfermedad y vejez de todos los demás. El Estado benefactor, como lo dijo Bastiat con misteriosa clarividencia hace más de un siglo, es la gran ficción por intermedio de la cual todos intentan vivir a expensas de todos los demás”.

Si este proceso fuese efectivo, nadie tendría inconvenientes en aceptarlo, pero, como toda forma de socialismo, no ha resultado eficaz. Todo lo que se dijo respecto de los inconvenientes del socialismo expropiador de empresas tiene validez para el socialismo expropiador de ganancias de las empresas. Hazlitt agrega: “Esto no sólo es una ficción; está destinado al fracaso. Fin que, con seguridad, ha de resultar siempre que el esfuerzo quede separado de la recompensa. Cuando la gente que gana más de lo común se encuentra con que su «excedente», o la mayor parte de él, le es quitado en forma de impuestos, y cuando la gente que gana menos de lo común se encuentra con que la deficiencia, o gran parte de ella, le es entregada en forma de donación o repartos, la producción de todos tiene que declinar abruptamente, pues los enérgicos y capaces pierden incentivo para producir más de lo común, y los haraganes e inhábiles pierden incentivos para mejorar su situación”.

Los partidarios del socialismo, que despliegan argumentos contra el materialismo existente, en realidad proponen unir a todos los integrantes de la sociedad a través de medios materiales, como son los medios de producción, o bien sus ganancias. Olvidan que el hombre debe unirse a los demás compartiendo penas y alegrías, que es el efectivo y natural vínculo de unión social. Una vez logrado este vínculo, realizará sus actividades y tomará sus decisiones de la forma en que crea que resultará mejor para todos. De ahí que el ideal socialista tiende a ir en dirección opuesta a lo que propone la ética natural, aunque se trate de engañar a la gente haciéndole creer que logrando un vínculo material podrá dejarse de lado un aspecto importante de nuestra naturaleza humana: los afectos.