miércoles, 25 de noviembre de 2015

El legado de Marco Tulio Cicerón

Si se busca determinar al pensador romano más representativo e influyente en el mundo antiguo, posiblemente Marco Tulio Cicerón pueda ocupar ese lugar. Consideraba prioritaria a la ley natural como guía y referencia que debe adoptar el hombre, estableciendo un punto de vista cercano al de la religión natural. En cierta forma, se anticipa a la religión del futuro, en la que seguramente ha de predominar una teología directa en lugar de las teologías indirectas que tantos conflictos han generado.

Las religiones tradicionales, que requieren intérpretes e intermediarios entre Dios y el hombre, por lo general ignoran la existencia de leyes naturales invariantes, que son algo concreto y objetivo, si bien presentan cierta dificultad para describirlas e interpretarlas adecuadamente. Joseph S. Roucek escribió: “Este descollante teórico de la política del periodo romano no fue particularmente original en sus ideas políticas, pero sus conceptos sobre la justicia y la ley natural influyeron en la jurisprudencia de Roma, y sobre todo en los juristas posteriores al Imperio y en los primeros cristianos”.

“Las ideas de Cicerón sobre la unidad mundial y un derecho y autoridad universales, ocuparon el proscenio político a lo largo de la Edad Media, y aún hoy se reflejan en experimentos modernos como la Liga de las Naciones, las Naciones Unidas y las diversas propuestas de gobierno mundial”.

“Consideraba que el Estado es el resultado natural de los instintos sociales del hombre, con lo cual seguía, en líneas generales, a los estoicos, para quienes el Estado era una institución racional y conveniente; pero se apartaba de ellos al concebirlo como una entidad política, diferenciada de la sociedad en general; establecía, además, una distinción entre Estado y gobierno: la autoridad política suprema le era asignada al pueblo en su conjunto, y el gobierno era su agente”.

“Para Cicerón la monarquía era la mejor forma de gobierno, le seguía la aristocracia, y la democracia era la menos conveniente; pero él se inclinaba por una forma mixta y veía en el sistema republicano de Roma un buen ejemplo de los métodos de control y de equilibrio indispensables para la estabilidad y el buen gobierno”.

“El aporte decisivo de Cicerón fue, empero, su idea de la ley natural. Siguiendo a Platón en su aserto de que los principios del derecho y la justicia son eternos, y a los estoicos en su afirmación de que existe en la naturaleza una ley universal suprema, Cicerón estableció que cualquier ley sancionada por el hombre o costumbre practicada por el pueblo que no se ajuste a la ley natural, es ilegítima e inválida; y aunque el hombre puede ser forzado, por el poderío físico de que disponen sus gobernantes a acatar decretos que contravienen la naturaleza, no tiene la obligación moral de hacerlo. Cicerón estaba en radical discrepancia con Aristóteles y subrayaba la capacidad de raciocinio humano para conocer la ley natural. Básicamente, era un aristócrata, tanto por su temperamento como por su actividad práctica, y destacó de continuo la necesidad de que los ciudadanos eminentes ocuparan posiciones influyentes en la estructura política” (De “Antología del pensamiento político”-Editorial Fraterna SA-Buenos Aires 1984).

La calificación de “aristócrata” se reserva a quien busca atributos éticos preeminentes, es decir, que busca ser el mejor adoptando como referencia la ley natural, en lugar de las arbitrarias calificaciones que establece la gente y que por lo general favorecen el liderazgo, no del mejor, en el sentido considerado, sino del más poderoso o adinerado. George G. Catlin escribió: “Cicerón analizó, en su carácter de constitucionalista liberal –tan liberal como podía serlo un romano-, la manera de mantener el sistema republicano de Roma, que peligraba entre las apasionadas fuerzas de los optimates o dictadura de la clase adinerada bajo un Sila o un Pompeyo, y la dictadura del proletariado bajo un Graco, un Mario o un Julio César; al hacer su análisis volvió a utilizar los argumentos de Polibio, defendiendo el sistema por ser una constitución mixta y por consiguiente una de las mejores que se hubieran conocido hasta entonces”. “La posición en que se coloca Cicerón para estudiar el orden social es la de una teoría de la ley –posición absolutamente distinta de todas las griegas anteriores. «¿Qué es una civitas, sino una sociedad regida por la ley?»”. “Una sociedad o un pueblo no es un mero agregado de personas. Es «un conjunto unido por un común sentido del derecho y por la comunidad de utilidades»”.

“La república es una congregación natural de hombres. Siguiendo a Aristóteles, Cicerón afirma que la raza humana no está constituida por ermitaños o por solitarios peregrinos. Esta naturalidad de la vida cívica es importantísima para Cicerón, dado que él concuerda con los estoicos en que nuestro mayor bien está en vivir de acuerdo con la naturaleza, esto es, de acuerdo con los preceptos racionales de la sana psicología humana” (De “Historia de los filósofos políticos”-Ediciones Peuser-Buenos Aires 1956).

Puede sintetizarse el pensamiento ciceroniano en un breve párrafo asociado a la ley natural: “El universo entero ha sido sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a si mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo padecer los castigos más crueles aunque escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.

Puede decirse que su visión del mundo resulta compatible con la actual; derivada de la ciencia experimental, y por la cual se supone que todo lo existente está regido por alguna ley natural. Incluso el propio ser humano no escapa a ese ordenamiento. De ahí surge el principio de solución de los conflictos religiosos, ya que brinda un marco de referencia adecuado para valorar las distintas propuestas, siendo la mejor religión, o la “verdadera”, la que resulta compatible con la ley natural que rige a todos y a cada uno de los hombres.

También tiende a solucionar el conflicto de las leyes humanas, que constituyen el Derecho, cuando las valora en función de su compatibilidad con la ley natural, ubicándolas en un lugar secundario respecto a las leyes de Dios. De ahí que se trata de una postura coincidente con la de la religión natural, por lo que resulta enteramente compatible con el cristianismo. Aunque Cicerón es anterior a Cristo, es posible afirmar que el pensador romano hubiese aceptado la, entonces, nueva religión. La posterior adopción del cristianismo por parte de Roma no debe sorprender si se tienen presentes las palabras de Cicerón. Guillermo Fraile escribió: “Al estoicismo debe también su clara distinción entre dos clases de leyes, la natural y la civil. La ley natural es anterior y superior a las civiles, que son el fundamento del derecho positivo. La ley natural se basa en la naturaleza misma del hombre, que ha sido dotado por Dios de razón, y por tanto, es universal para todos los hombres”.

“Entre la ley natural y la civil pone Cicerón como intermedio el ius gentium, que consiste en el conjunto de normas generales, admitidas por todos los pueblos, y que toman su valor y su fuerza obligatoria de la misma ley natural, de la cual son una aplicación inmediata a la vida del hombre constituido en sociedad” (De “Historia de la Filosofía” (I)-Biblioteca de autores cristianos-Madrid 1965).

La importancia que tiene para el hombre el conocimiento de las leyes que lo rigen, es la misma que la que tiene para el deportista conocer el reglamento de su deporte o para el ingeniero conocer las leyes físicas en las que se basa su profesión. Así, antes de construir un edificio es imprescindible conocer las leyes de la estática y de la resistencia de materiales.

Lo que para el profesional es evidente, no resulta así para el ser humano. Mientras que algunos suponen que el hombre viene ya con un “manual de instrucciones”, materializado en las alianzas asociadas a la religión revelada, desde la religión natural se supone que el hombre mismo es el que debe conocer las leyes naturales mediante la observación y la razón, siendo las principales las que caen en el ámbito de la psicología y de la psicología social.

Los romanos, a diferencia de los griegos y de los egipcios, se caracterizaron por su sentido práctico. Mientras los últimos construían monumentos con utilidad simbólica o artística, las grandes obras romanas, como los caminos y los acueductos, eran de utilidad práctica para todo el pueblo. De ahí que un filósofo destacado como Cicerón apunte sobre todo a la acción dejando en un segundo plano a la especulación filosófica. Tenía presente que bueno es quien hace el Bien, y no el que no hace el Mal. Al respecto escribió: “Varias son las causas por las que los hombres faltan a la defensa de otros y abandonan este deber: o no quieren buscarse enemistades, fatigas, gastos: o bien por negligencia, pereza o flojedad…”.

“Consiguen un género de justicia, que consiste en no causar daño a otro, pero pecan contra otro género de justicia, pues, impedidos por el ansia de aprender, abandonan a aquellas personas a quienes tienen que amparar. Y piensan que no deben desempeñar cargos públicos más que forzados. Mejor sería que esto se cumpliera voluntariamente, porque lo que se hace con rectitud en tanto es justo en cuanto es voluntario”.

“Hay también quienes por la dedicación excesiva a sus intereses privados, o por cierta animadversión hacia la gente, dicen que están empleados en sus cosas, y de esta forma en apariencia no hacen daño a nadie. Éstos se ven libres de una injusticia, pero caen en la otra: abandonan la sociedad humana, a la que no prestan ni preocupaciones, ni obras, ni dinero” (De “Sobre los deberes”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1997).

La ausencia de pensamientos filosóficos hace que un individuo viva encerrado en los muros de la ignorancia, por lo que la visión del hombre se amplía enormemente cuando busca el conocimiento por el conocimiento mismo. De ahí que Cicerón se propone popularizar la filosofía griega, ya desarrollada, para que el ciudadano romano amplíe su dimensión intelectual. James E. Holton escribió: “Estadista y serio estudioso de la filosofía, Cicerón trató de poner en sus escritos todo su considerable talento y experiencia de retórico al servicio de la filosofía, al servicio de lo que llamó «el don más rico, más pletórico y más exaltado de los dioses inmortales a la humanidad». Su tarea, como él la entendió, era introducir en Roma la filosofía. Por filosofía quería decir no las enseñanzas dogmáticas de esta o aquella escuela en particular, sino un modo de vida. La tarea no era fácil. La filosofía siempre es vista con «desconfianza y desagrado» por la mayoría de los hombres, y en particular por aquellos cuyos gustos van más a favor de lo práctico que de lo especulativo. Es particularmente sospechosa si se supone que sus orígenes son extranjeros. La dificultad normal de introducir aquello que en todos los tiempos va en contra del gusto y el pensamiento del pueblo se complicó así más, para Cicerón, por el hecho de que esta enseñanza era de origen griego. Hemos de tomar en cuenta que Cicerón necesitaba tocar con cuidado las sensibilidades romanas y ofrecer una justificación convincente de la existencia de la filosofía en Roma, si queremos apreciar el grado de circunspección con que se sintió obligado a abordar su tarea” (De “Historia de la filosofía política” de Leo Strauss y Joseph Cropsey-Fondo de Cultura Económica-México 1996).