domingo, 23 de agosto de 2015

Los filósofos ante el bien y el mal

A lo largo de la historia, los diversos pensadores dieron su opinión acerca del bien y del mal, incluso sugiriendo la forma de lograr que el primero predominara sobre el segundo. Una síntesis de las opiniones destacadas en los distintos momentos de la historia nos dará una idea de la complejidad del tema. En la actualidad, ante la visión científica predominante, todo parece indicar que existe un proceso de adaptación cultural al orden natural y que el bien implica estar plenamente adaptado mientras que el mal implica lo opuesto. Todo individuo transita por algún camino intermedio entre ambos extremos.

Se mencionan distintas opiniones emitidas al respecto que aparecen en “Las enseñanzas de los grandes filósofos” de S.E. Frost (h) (Editorial Claridad-Buenos Aires 1946): “Los primeros filósofos griegos se interesaban especialmente en el problema de la naturaleza del universo y sostenían que había leyes que lo controlaban todo. Por tanto, la bondad se encontraba, para ellos, en armonía con esas leyes. Les agradó tanto esta idea de ley, que ni aun el mal les preocupaba, pues llegó a ser, para ellos, una mera fase o nota de la armonía universal; es decir, que no era realmente mal, sino otra clase de bien, una parte necesaria del bien total”.

“Los estoicos sostenían que el bien mayor estaba en obrar de acuerdo con el universo, pues el hombre es parte del universo y tiene una función definida que realizar dentro del desarrollo universal. Como el poder que gobierna el universo es la razón, ésta debe gobernar a cada hombre en todas sus acciones”. “El hombre debe someterse a las leyes del universo y vivir de acuerdo con la naturaleza. Es bueno quien vive ajustándose a la naturaleza, obedeciendo sus leyes y sometiendo sus acciones a la razón, que es una parte de la razón universal”.

Se advierte que las ideas predominantes en la antigüedad occidental no diferían demasiado de las actuales, ya que la diferencia esencial radicaba en hablar de leyes de Dios, o de los dioses, en lugar de leyes naturales, como lo hacemos hoy: “Para Demócrito, la bondad no dependía sólo de la acción, sino también de los deseos íntimos del hombre. El hombre bueno no es aquel que hace el bien, sino el que quiere hacerlo siempre. «Se distingue el hombre sincero del falso –decía- no sólo por lo que hace, sino también por lo que desea hacer». Tal bondad acarrea la felicidad, meta de la vida”.

“Con la llegada de los sofistas, el problema del bien y del mal cayó en confusiones. Si, según sostenía Protágoras, «el hombre es la medida de todas las cosas», también es la medida del bien y del mal. Los sofistas entendían por hombre al ser humano individual. Cada cual tiene el derecho a determinar por sí lo que es bueno y lo que es malo. La determinación de esto es, naturalmente, el caos. Lo que yo considero malo, otros pueden considerarlo bueno, y a la inversa. Y así quedó el problema tras los sofistas. Como resultado, cada hombre tenía su propio código del bien y del mal; desafiaba a otros para probar que estaban equivocados o para justificarse él”.

“Muchos sofistas representativos, como Eutidemo, Trasímaco y Calicles, sostenían que la moral era mero convencionalismo, hábito; que no había leyes morales ni principios exclusivos de bien ni de mal. Estos pensadores trataron de justificar el principio de que cada hombre debe vivir como desee, conseguir lo que quiera por cualquier medio y establecer su propio código moral. El resultado de esta teoría fue la anarquía moral, el individualismo puro y el más alto grado de egoísmo”.

Al dejarse de lado todo tipo de acuerdo social, especialmente en lo que se refiere a la moral, se pierde la posibilidad de establecerse una estructura social, dejando de constituir la población una sociedad para ser un simple conglomerado de hombres que carece de objetivos comunes. El relativismo moral surge, muchas veces, como una reacción al fundamentalismo de tipo religioso. La atribución de ciertos grupos, o instituciones, de ser elegidos para decretar lo que es bueno o malo, lleva a reacciones que tratan de invalidar toda ley moral. La actitud fundamentalista tampoco acepta opiniones o comentarios por parte de los demás integrantes de la sociedad, por lo que se trataría de una verdadera imposición de creencias o de ideas sectoriales.

El citado autor agrega: “Sin embargo, un estudio más detallado de estas doctrinas, revelan posibilidades aprovechables. Los sofistas hacían un llamamiento a la mente humana independiente; se revelaban contra la autoridad arbitraria en cuestiones de moral y argumentaban que la mente humana debe pensar por sí misma y, al hacerlo, descubrir el código del bien y del mal. Defendían al individuo y su independencia. Es verdad que extremaron esto y no vieron el bosque a fuerza de mirar los árboles; pero hicieron uso de algo que es indispensable para el hombre moderno: la libertad de pensar y de llegar a conclusiones acerca del bien y del mal. Desafiaron la teoría moral para justificarse ante la razón humana”.

“Sócrates, aunque influido por los sofistas, no coincidía con ellos. También él estaba interesado en el problema del vivir moral, por lo que muchas de sus enseñanzas se refieren al significado del bien y del mal. Creía firmemente que debía haber un principio básico del bien y del mal, una medida aplicable más allá de las creencias de cualquier individuo. Por ello, preguntaba con insistencia: ¿Qué es el bien? ¿Cuál es el bien supremo por el que se mide todo lo demás del universo? Su respuesta era: el bien supremo es la sabiduría”.

“Todo el que conozca el bien, lo hará, pues nadie, según Sócrates, es malo por voluntad propia. Cuando sepamos que una cosa es buena, la realizaremos. Por tanto, lo decisivo en el hombre es descubrir qué es lo bueno. Sócrates pasó la vida tratando de ayudar a los hombres a descubrir el bien, única forma de vivir que él consideraba valiosa”.

La triple dimensionalidad del hombre (cuerpo, mente, sentimientos) ya aparece en los escritos de Platón: “Consideraba (Platón) al hombre formado de tres partes: los apetitos, relacionados con las funciones del cuerpo y los deseos; la voluntad, parte espiritual del hombre y relacionada con la acción y la valentía; la razón, reflejo de lo más elevado y mejor que tiene el hombre. Vivirá éste una vida justa cuando la razón dirija a la voluntad y a los apetitos, pues entonces será sabio, valiente y sobrio”.

“¿Cuál es la actitud racional? Aristóteles sostuvo que consistía en el «término medio». Por ejemplo, el valor es considerado como el término medio entre la cobardía y la temeridad. Será justo el hombre que viva de acuerdo con dichos términos medios, el que no se pierda en extremos, sino que equilibre un extremo con el otro. Por tanto, la vida buena es aquella en que el hombre realiza completamente la parte suprema de su naturaleza, la razón”. “Epicuro sostuvo que la meta de toda actividad humana es el placer, que la felicidad es el bien supremo para todos; pero advertía que el hombre debe tener cuidado con la elección de placeres, pues algunos tienen como final el dolor y el sufrimiento. Ejemplo, un manjar delicado produce placer al comerlo; pero si se ingiere en exceso, aunque se goce con ello, acabará por producir indigestión, gota y otras molestias”.

“Filón de Alejandría sostenía que Dios era la pureza perfecta, que no estaba de ningún modo en contacto con la materia, que era la fuente de todo bien, así como la materia lo era de todo mal. Análogamente, la parte espiritual del hombre, su mente o alma, es el asiento del bien, mientras que su cuerpo, la materia, lo es del mal. Por tanto, cuando el alma se incorpora al cuerpo, cae de la perfección divina y se predispone al mal. Claro está que la meta del hombre es librarse del cuerpo y de todos sus pecados volviendo a Dios, bondad perfecta. Plotino opinaba, análogamente, que la materia es la fuente del mal y Dios, la del bien”.

La filosofía cristiana se aleja del estoicismo, acercándose a la postura de Filón antes mencionada. Incluso se ha llegado al extremo de asociar el bien y el mal, no a una actitud ética, sino a una postura filosófica, o a una creencia, ya que tener fe significa, para muchos, creer en la validez de una postura filosófica antes que a una actitud ética. “A través de la tradición religiosa occidental hay un dualismo que proviene, en esencia, de las religiones primitivas orientales. El cristianismo lo aceptó y lo hizo básico al tratar el problema del pecado y de la redención”. “Los apologistas enseñaron que Dios hizo al hombre bueno, pero que éste abandonó a Dios por seguir a la carne, al cuerpo; así vino al mundo el pecado”.

“San Agustín encontró que la esencia del mal en el universo le causaba molestias inacabables. Dios, toda perfección y toda bondad, había creado el universo de la nada, y ¿cómo podía crear un universo en el que existiese el mal? ¿Cómo explicar el mal en un mundo creado por un Dios infinitamente bueno?”.

“Como solución, sostuvo que todo en el universo es bueno. Aun aquello que parece malo, es bueno, puesto que encaja en el molde universal. Las sombras, los puntos oscuros, son necesarios para la belleza de un cuadro. Vistos en sí mismos, separados del cuadro, parecen feos; pero cuando se ven en el cuadro, ayudan a la belleza del conjunto”. “El mal es, pues, para San Agustín, la ausencia del bien, así como la oscuridad no es más que la ausencia de la luz. El mal que encontramos en el universo ha sido puesto ahí por Dios para completar la bondad del mundo”.

Tiene más sentido práctico buscar las causas del mal, y del sufrimiento, en las actitudes erróneas del hombre, que intentar justificar una postura filosófica plena de dificultades lógicas. Muchos seguidores de Cristo cambiaron lo esencial de su religión al intentar “fundamentarla” adecuadamente. “Abelardo añadió algo nuevo cuando dijo que la bondad o maldad de un acto no está en el acto en sí, sino en la intención del que lo ejecuta. Es neutral el hecho de robar; pues si el ladrón tenía la intención de hacer el bien, el hecho era bueno. «Dios considera no lo que se hace, sino el espíritu con que se hace; y el mérito o demérito del que obra no está en su acción, sino en su intención». Si uno obra de acuerdo con lo que cree justo, si cree que está obrando bien y así lo procura, puede equivocarse, pero no peca. La bondad y la moralidad son entonces cuestión de conciencia, el verdadero pecador es aquél que obra con deseo de hacer el mal; es pecador porque su acción demuestra desprecio deliberado a Dios”.

Si medimos nuestras acciones, no por los efectos reales, o posibles, sino por los efectos que deseamos que ocurra (hacer el bien), estamos en una postura próxima al relativismo moral. Si se le pregunta a la mayoría de las personas, en una sociedad en crisis, acerca de la opinión que tienen sobre cada una de ellas mismas, la mayoría tendrá una opinión cercana a la óptima, a pesar de que los males existen.

En cuanto a Santo Tomás, Frost escribió: “El más ilustre de los escolásticos fue Santo Tomás de Aquino. Su teoría ética nos da la filosofía de Aristóteles unida a los principios básicos del cristianismo. Dios lo hizo todo, incluso el hombre con cierto propósito, y el bien máximo de todos los seres es la realización de tal propósito. Cuando alguien realiza el propósito para el que fue creado, revela la bondad de Dios; por tanto, el mayor bien es la realización de uno mismo, tal como Dios lo ha ordenado”.

“La forma más excelsa de acción es la contemplación de Dios. Esto puede hacerse por la razón o por la fe, pero llega a su grado más alto en lo que Santo Tomás denomina intuición o acercamiento a Dios, que sólo puede completarse en el mundo venidero, en el paraíso”.

“La doctrina cristiana del «desprecio hacia el mundo» es un punto importante en las enseñanzas de Santo Tomás. El modo mejor de obtener la bondad es abandonar los bienes terrestres y buscar la vida de Dios; por tanto, la vida mejor es la del monje, dedicado enteramente en su monasterio al servicio de Dios”.

“La realidad es que el cristianismo nunca pudo solucionar el problema del bien y del mal. Las religiones orientales eran en esto más realistas; no hacían de sus dioses los creadores del universo entero, sino que tenían al menos dos dioses, uno del bien y otro del mal. En el cristianismo tradicional encontramos también a estos dos seres: Dios, considerado como fuente de todo bien, y el Demonio, como principio de todo mal; pero los cristianos no pueden responder a la pregunta de si Dios creo al Demonio. La dualidad del bien y del mal contestaría satisfactoriamente a esa pregunta, si no hubiera que explicar la creación del universo. Por todo ello, la dificultad sigue en pie”.

En cuanto a los filósofos modernos, escribe: “La filosofía moderna introduce en este problema muchos elementos nuevos y aun llega a plantearlo de modo totalmente distinto. Hobbes se empeñó en interpretar el universo como material. El movimiento era, según él, factor fundamental del universo, y de él dependían, por tanto, el bien y el mal; cuando el movimiento tiene éxito, produce placer, y cuando no, dolor. Lo que agrada al hombre es bueno y lo que le causa dolor e incomodidad, malo; por ello, el bien y el mal son relativos al hombre en particular. Lo que agrada a uno puede no agradar a otro, y así, no puede haber bien ni mal absolutos; ambos dependen de la naturaleza del individuo en determinado momento, y a medida que cambia, las cosas buenas pueden transformarse en malas, y viceversa”.

“La relación entre las opiniones y la conducta de un filósofo está bien ilustrada por Descartes. Para él, Dios es perfecto e incapaz de hacernos errar. Si caemos en errores, y sufrimos por ellos, es debido a que no es completo el poder que Dios ha dado al hombre para distinguir lo verdadero de lo falso. Por ello, el hombre es a menudo culpable de hacer juicios, ya que no tiene discernimiento suficiente para juzgar con exactitud. En tales casos, es posible que elija lo que está mal en lugar de lo que está bien; de donde resulta que el error no está en los actos de Dios sino en los nuestros, por decidirnos a obrar antes de tener la evidencia suficiente”.

“Al estudiar al individuo, Spinoza llegó a la conclusión de que cada uno lucha por su propia conservación. La lucha es buena, por lo que todo lo que tienda a entorpecerla es malo y todo lo que ayude al hombre a lograr la meta de esta lucha es bueno”. “Pero la lucha humana debe ser racional; no es suficiente luchar, hay que luchar con inteligencia, con conciencia de lo que se hace y de sus consecuencias. La mayor felicidad del hombre estriba en la comprensión perfecta de lo que hace, en su esfuerzo. Cuanto más nos ilustramos, mejor reconocemos que, por ser imitación de Dios, porque somos Dios, nuestro esfuerzo es divino. El mayor bien del hombre es esta realización, pues en ella ve que ama a Dios al amarse a sí mismo, lo que Spinoza denomina «amor intelectual de Dios»”.

“También Locke intenta resolver este problema. Dice que, así como nuestras ideas vienen de afuera y están escritas en la mente, como si alguien escribiera en una hoja blanca, así también se produce nuestro concepto del bien y del mal. Mucha gente tiene la misma experiencia y llega a las mismas conclusiones, estando de acuerdo en que ciertas cosas son buenas y otras malas. Además, nuestros padres imprimen en nosotros ideas del bien y del mal desde nuestra infancia, las que consideramos después como innatas. Para Locke, la conciencia humana no es más que estas ideas tenidas durante tanto tiempo que parecen dadas por un poder divino. Locke creía que el placer y el dolor son innatos en el hombre. La Naturaleza los ha hecho de modo que gocemos con el primero y tratemos de evitar el segundo; por tanto, lo que nos proporciona felicidad es bueno y lo que nos produce dolor es malo”.

“Leibniz se planteó el problema preguntándose: en un universo de mónadas, ¿cómo es posible el mal? Su respuesta fue similar a la de los filósofos antiguos. Creía que este mundo es «el mejor mundo posible», pero que no es perfecto. Dios se limitó a sí mismo cuando se expresó en seres finitos. Estos límites se manifiestan en sufrimientos y pecados, pero también por ellos el bien es realmente bien; viene a ser como las sombras de un cuadro, que sirven para hacer resaltar los colores y agrandar la belleza”.

“La ley moral –dice Kant- es inherente a la razón misma; está a priori en la naturaleza misma del pensamiento humano; lo que resume en su frase: «Obra siempre de modo que la máxima determinante de tu conducta pueda transformarse en ley universal; obra de tal modo que todos puedan seguir el principio determinante de tu acción». Esta regla, este imperativo categórico, es, según Kant, un criterio seguro de lo que está bien y lo que está mal. Un hecho que se quisiera ver realizar a todos, tiene que ser bueno”.

“Tal ley moral implica, según Fichte, la existencia en el mundo de un orden moral en el que podemos confiar. Por tener la ley moral dentro de sí mismo, el hombre puede suponer que el mundo está en condiciones de satisfacer las demandas de esta ley. Por consiguiente, el hombre debe afinar su inteligencia, debe saber lo que está bien y hacerlo porque está bien. El hombre ignorante no puede ser bueno. Puesto que es libre y no está forzado por autoridad alguna exterior, el hombre debe conocer la ley moral y sus implicaciones, y gobernarse siempre de acuerdo con ellas”.

“John Stuart Mill es un representante típico de la escuela utilitaria; sostiene que la medida de lo bueno estriba en «el mayor bien para la mayoría». Respecto a cada acción hay que preguntar: ¿traerá mucho bien a muchos individuos? Esto elimina el egoísmo y hace del criterio del bien la consecuencia social de todo acto. Mill sostiene que el bien difiere en calidad y que el bien del intelecto es mejor que el de los sentidos. Por tanto, no sólo recalca el factor social, sino también la naturaleza del acto”.

“Herbert Spencer enfoca el problema desde el punto de vista del hombre de ciencia y trata de descubrir bases científicas en qué fundar el bien y el mal. Desde el punto de vista de la evolución, la conducta es un desarrollo, un tratar de ajustar los actos a los fines”.

Finalmente, aparece con el marxismo la idea de que “el sistema económico” vigente crea, o induce, una moral de clases. De esta forma, no deberíamos encontrar y expresar la ética natural, inherente a nuestra conducta, ya que sólo habría una moral relativa a la clase social a la cual pertenecemos. No tendría sentido intentar un mejoramiento individual, sino que, para lograr el “resurgimiento” de la sociedad, habría que esperar la llegada del socialismo. Ese logro se consigue con la expropiación (o robo) de los medios de producción, y con la revolución (guerra civil). Este absurdo cuenta todavía con muchos defensores.