viernes, 28 de agosto de 2015

La lucha del Mal contra el Bien

Puede encontrarse el sentido de la historia de la humanidad en la lucha entre el Bien y el Mal, como lo relata la Biblia. En ella, el bando del Bien trata de convertir a quienes transitan por la senda equivocada. Se busca de esa forma que en el mundo reine la paz y la justicia. Sus armas son el amor y la verdad; justamente los valores que promueve en forma masiva y sin exclusión. El proceso de adaptación cultural al orden natural está materializado esencialmente por la lucha mencionada.

No todo aquel que afirma constituir el bando “bondadoso”, colabora eficazmente con la tarea esencial que el orden natural nos ha impuesto como un precio que debemos pagar por nuestra supervivencia, ya que el egoísmo y la hipocresía han malogrado la mayor parte de los esfuerzos realizados en ese sentido.

Pero las cosas no terminan ahí, ya que a partir de algún momento, surgió el grupo del Mal con la pretensión de constituirse en rector de la humanidad, reclamando, en franca actitud de rebeldía, una legitimidad similar a la reconocida al grupo del Bien. Mientras que en otras épocas se reconocía una legítima lucha del Bien contra el Mal, actualmente se acepta tácitamente la existencia de la lucha del Mal contra el Bien, siendo sus armas y “valores” el odio y la mentira, tratando de sumar adeptos o bien de eliminarlos si se oponen a su voluntad; tal el accionar de los diversos totalitarismos.

Respecto de la “legitimidad” de ambos bandos, puede hacerse una analogía con el ajedrez. Así como el respeto de las reglas del ajedrez puede implicar tanto jugar bien como hacerlo mal, promover tanto el amor como el odio implica “acatar” las leyes naturales y de ahí la aparente legitimidad de ambos. Sin embargo, al contemplar el sentido del ajedrez, distinguimos claramente que jugar bien resulta compatible con la finalidad del juego, cuyo objetivo es dar jaque mate al rey del rival. En el caso del mundo en que vivimos, respetar las leyes naturales que nos rigen implica además contemplar el sentido aparente o finalidad implícita del universo, por la cual la adhesión al Bien favorece nuestra propia adaptación y supervivencia, mientras que la adhesión al Mal se opone a la misma.

Los profetas del Mal niegan la existencia de un sentido objetivo del universo o de una finalidad del mismo, mientras que también niegan la existencia del Bien, en sentido absoluto, por lo cual promueven la validez del relativismo moral. De esa forma anulan la legitimidad de la lucha del Bien contra el Mal quedando solamente en vigencia la lucha del Mal contra el Bien. Seguramente el origen y persistencia de la crisis moral en las distintas épocas provenga de ambas negaciones, es decir, tanto de una finalidad del universo como de la existencia de una moral objetiva.

La afirmación bíblica de que “el Reino de Dios está dentro de vosotros”, implica que “el reino del Mal” está también dentro de nosotros. Si bien se reconoce que “todos somos pecadores”, existe una gran diferencia entre quien quiere disminuirlos y quien pretende dirigir a los demás a pesar de sus errores. De ahí que al primero se le reconoce cierta normalidad psíquica mientras que se le niega al segundo. Si el camino para llegar al Reino de Dios es el amor al prójimo, por el cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como propias, el camino para llegar al Reino del Mal es la ausencia de esa capacidad, tal la característica esencial del psicópata.

En cuanto a la personalidad incorrecta, según el criterio mencionado, Enrique Rojas escribió: “Podemos sistematizar así las principales características de la personalidad antisocial:

1- Tendencia a una conducta violenta de forma duradera y persistente. La gama de manifestaciones va de la agresividad formal (arrogancia, desdén, ataque, desconsideración, mordacidad, actitud cáustica y procaz) a la verbal e incluso a la física. Este modo provocador invita a responder en la misma dirección. El tono que el psicópata utiliza es fanfarrón, bravucón, jactancioso. No existe ningún sentimiento de culpa por la violencia que se ejerce.
2- Impulsividad sin control. Fenomenológicamente se asiste a unos modales vehementes, precipitados, de un apasionamiento excesivo ante cualquier tema o cuestión que se trata. La persona resulta temeraria; en cualquier momento puede desplazarse hacia hechos alarmantes.
3- Frialdad de ánimo. Llama poderosamente la atención esta actitud «glacial» de la personalidad antisocial, como si las cosas no fueran con él. Da la impresión de que ni sufren ni padecen. La psiquiatría clásica se refería a ellos como sujetos atímicos (sin vida afectiva), resaltando su gran dificultad, a veces imposibilidad, para elaborar vivencias cordiales, de amistad y afecto.
4- Desconsideración alarmante hacia los derechos de los demás. El psicópata no tiene en cuenta la opinión de los familiares ni de la gente que lo rodea, por lo que, a diferencia de otros trastornos de la personalidad en los que el sujeto puede buscar la ayuda del psiquiatra, en este caso se prefiere el trato con un juez. A pesar de la frecuente vida ilegal de estos individuos, sólo un pequeño porcentaje entra en conflicto con la justicia.
5- Problemas para adquirir aprendizajes normativos. Este hecho dificulta las relaciones con las personas del entorno, ya que los psicópatas no respetan las reglas de los demás y, en la mayoría de los casos, no aprenden de la experiencia. La falta de miedo y el tedio que los invade los conduce a una búsqueda constante de riesgos y aventuras incitantes.
6- Deseo de satisfacciones inmediatas. Incapaces de aplazar la recompensa, estos enfermos buscan una gratificación rápida. No saben esperar; la impaciencia galopante aflora a un primer plano. El apremio imperioso marca –y explica- muchas de sus actuaciones: no existe reflexión, ni pensamiento más o menos elaborado, sino un estilo caprichoso y divertido que invita a conseguir los objetivos sobre la marcha.
7- Marcado narcisismo. El egocentrismo propio de los psicópatas se entrecruza con una actitud de exhibicionismo. Los psicólogos conductistas A.T. Beck y A. Freeman hablan de creencias disfuncionales que justifican el convertir a los demás en víctimas sin ningún sentimiento de culpa. Es sugerente adentrarse en la forma de pensar de estos sujetos: pensamientos automáticos, reacciones en cortocircuito (que se disparan sin previo aviso), necesidad imperiosa de hacer algo transgresor sin valorar las consecuencias, falta de visión de futuro y de perspectiva, mala tolerancia a las frustraciones…La respuesta de los demás, inicialmente de sorpresa, se torna en irritación y desprecio; buscan alejarse de estos enfermos por temor a recibir sus agresiones.
8- Perfil manipulador y vengativo. El psicópata, por lo general un ser rudo y elemental, utiliza la manipulación y la venganza de modo permanente. Dependiendo del grado de violencia del sujeto, puede acercarse a la estructura de un criminal: roba, miente, se mete en riñas repetidamente…Los matices de la clínica serán los que nos aclaren la magnitud del problema.
9- Falta de empatía. Es otro de los denominadores comunes, que se entronca con esa afectividad pobrísima y hostil de los psicópatas.
10- Comorbilidad (se asocian simultáneamente dos trastornos o enfermedades). Suele darse con el abuso de sustancias tóxicas, cuadros de ansiedad y, en menos ocasiones, ciertas formas depresivas. Todo esto debe contemplarse de cara a las medidas terapéuticas (De “¿Quién eres?”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2002).

Mientras que el neurótico es el complemento necesario del psicópata, el hombre masa es el complemento necesario del líder populista o totalitario. El deseo del primero de ser dirigido por un líder se complementa con la ambición sin límites del segundo. De ahí que algunos autores hablen de “patología política” para destacar que en ese ámbito predominan los problemas psíquicos antes que los ideológicos, o bien que las ideas no son otra cosa que disfraces de actitudes un tanto alejadas de una personalidad psíquicamente normal, al menos en una gran cantidad de casos.

Gran parte de los dictadores populistas han mostrado síntomas de narcisismo, cuyo elevado precio ha sido pagado por los respectivos pueblos quienes se alejaron del desarrollo económico y cultural. Enrique Rojas escribió respecto del trastorno narcisista: “Un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o en el comportamiento), una necesidad de admiración y una falta de empatía, que empiezan al principio de la edad adulta. Se dan en diversos contextos, como lo indican cinco (o más) de los siguientes puntos:

1- Tiene un grandioso sentido de «autoimportancia» (por ejemplo, exagera sus capacidades, espera ser reconocido como superior sin unos logros proporcionados).
2- Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios.
3- Cree que es «especial» y único, y que sólo puede ser comprendido o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) de alto estatus.
4- Exige una admiración excesiva.
5- Es muy pretencioso (por ejemplo, expectativas poco razonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas).
6- Saca provecho de los demás para alcanzar sus propias metas.
7- Carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás).
8- Envidia frecuentemente a los demás o cree que los demás lo envidian a él.
9- Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios.

“Su forma de ser se nota incluso en su modo de vestir; quieren dejar bien claro su estatus social y cuidan su aspecto de modo excesivo, con el objeto de llamar la atención y de ser reconocidos y estimados. Con el paso del tiempo, sólo quedan a su lado quienes se someten a ellos y se vuelven aduladores. En ocasiones, saben rodearse de personas que actúan como si formaran un coro encargado de alabarlos sistemáticamente. Esto es frecuente en la vida artística o política, pero también en otros ámbitos, ya que se trata de individuos que tienen de sí mismos una excesiva complacencia”.

“La relación entre el narcisista y el adulador es muy habitual. El adulador dice o hace cosas estudiadas, poco sinceras y exageradas, con el fin de agradar al narcisista, pretendiendo sacar un beneficio de ello. Hay en su conducta falsedad y servilismo, sobre todo conociendo la sensibilidad de esa otra persona al halago, a que le regalen el oído incluso con mentiras. Por otra parte, el narcisista se ha acostumbrado a devaluar a los demás; su yo hipertrofiado, así como su falta de generosidad, hacen que quienes están cerca reacciones a medio plazo con desprecio”.