miércoles, 26 de agosto de 2015

Epicteto y la idea de Dios

Los motivos de malestar, que casi nunca faltan, se los hace, a veces, recaer en el resto de la sociedad. Si se trata de hombres con influencia social, tal decisión puede resultar peligrosa para la seguridad nacional. Como contrapartida tenemos el ejemplo de los grandes hombres que se elevan sobre las decaídas escalas de valores predominantes hasta hacerse positivamente influyentes incluso partiendo desde posiciones sociales inferiores; tal el caso de Epicteto, el esclavo romano cuyo pensamiento trascendió en la filosofía.

Cuando advertimos estar inmersos en un mundo que no fue realizado por el hombre, asociamos el nombre de Dios a ese ser imaginario que lo hizo todo. Quizás no exista una idea más simple, incluso accesible a los niños. En cuanto a qué es Dios, podemos imaginarlo de distintas formas; como si fuese un ser humano o bien como un conjunto de leyes naturales que rigen todo lo existente.

La palabra “Dios” ha sido aceptada con un significado próximo al de “Dios personal”, y surgen protestas cuando alguien la utiliza para designar al propio orden natural. Sin embargo, no deberíamos atribuirle una significación exclusiva por cuanto con ella debemos designar tanto a un Dios personal como a un Dios inmanente al mundo y a la naturaleza. No menos importante que la idea de Dios es el efecto que tal idea produce en cada uno de nosotros. En cierta forma, es un concepto que depende bastante de la actitud filosófica que adoptemos. Tal actitud se materializará en una ética que habremos de adoptar.

Puede decirse que dos religiones son equivalentes si producen efectos similares en distintas personas. Incluso si al intercambiar, en una expresión, la palabra “Dios” por “dioses”, o por “orden natural”, se mantiene una actitud equivalente, puede decirse que son dos estructuras lógicas idénticas. Ello se debe a que utilizamos, sin saberlo, el concepto de “caja negra”. Dentro de esa caja, de la cual conocemos ciertos atributos, suponemos que se encuentra un Dios personal, o varios dioses especializados, o solamente la sustancia única regida por leyes naturales invariantes. Quienes no estén familiarizados con la ciencia y con su método, seguramente desconocerán el concepto de ley natural y es posible que asocien al mundo un Dios que interviene en los acontecimientos humanos y naturales. En esas personas pueden surgir dudas respecto de la existencia de tal Dios, mientras que, para quienes identifican a Dios con el orden natural, resulta algo concreto y evidente. De ahí que todos sus esfuerzos intelectuales los destinarán a conocer la forma de dicho orden y su aparente finalidad.

Mientras que en el ámbito de la ciencia se aceptan las teorías propuestas sólo cuando se adaptan a la realidad, en religión es posible llegar a resultados éticamente aceptables partiendo de cualquiera de los tres puntos de partida mencionados (dioses, Dios personal, orden natural), si bien esta última posibilidad es la única que queda libre de contradicciones lógicas no dando tampoco lugar a conflictos interreligiosos. Epicteto a veces se refiere a “los dioses”, antes que a un Dios único. A pesar de esta creencia, su actitud ética es compatible con la ética natural. Esto indica que hay instancias superiores a la idea de Dios, y que una creencia en sí misma no garantiza una postura moral adecuada al individuo y a la sociedad. Epicteto escribió: “Lo primero que es preciso aprender es que hay un Dios que con su providencia lo gobierna todo, al cual no se le oculta ninguno de nuestros actos, como ninguno de nuestros pensamientos e inclinaciones. Luego hay que examinar cuál es su naturaleza. Conocida ésta, es indispensable que los que quieran agradarle y obedecerle se esfuercen en parecérsele, y, por tanto, que sean libres, fieles, benéficos, misericordiosos y magnánimos. Por consiguiente, que todos tus pensamientos, todas tus palabras y todos tus actos sean los actos, pensamientos y palabras de un hombre que quiere imitar a Dios y parecérsele”.

“Seguro estoy que delante de una estatua de los dioses te avergonzaría cometer actos deshonestos. ¿Cómo, entonces, puesto que te ven y te oyen de continuo, no te ruboriza y espanta tener pensamientos obscenos y hacer actos impuros que les hieren, les deshonran y les afligen ?. ¡Ay, enemigo de los dioses! ¡Cobarde! ¡Miserable que olvidas tu divina naturaleza!”.

Mientras que la religión pagana busca intercambios de pedidos y favores otorgados entre creyentes y dioses, la religión moral busca el mejoramiento ético del ser humano. Aunque el fanatismo religioso siempre resulta más convincente que el racionalismo, ya que el fanático parte de la verdad que cree poseer, mientras que el racional la encuentra al final del camino. El citado autor agrega: “¿En qué consiste que los ignorantes son siempre más fuertes que vosotros en las disputas y acaban por reduciros a silencio? Pues, sencillamente, en que si bien profesan errores, están firmemente persuadidos de ellos, mientras que vosotros lo estáis débilmente de vuestras verdades. Como no os brotan del corazón, sino de los labios, son débiles y mortecinas. Por ello también esa deleznable y enclenque virtud que predicáis se expone de continuo a la pública chacota y se derrite, en cuanto la atacan, como la cera con los rayos del sol. Alejaos, pues, del sol mientras no tengáis sino opiniones de cera”.

Cuando encontramos ideas similares a las predicadas por Cristo, ello no hace sino confirmar la existencia de verdades objetivas accesibles a todos los hombres. “Es mucho mejor perdonar que vengarte. Perdonar es propio de una naturaleza buena y humana. Vengarse, sólo de una naturaleza feroz y brutal”.

“El ser libres o esclavos no depende de la ley ni del nacimiento, sino de nosotros mismos; porque todas las cadenas y todo el peso de ciertas prescripciones legales serán siempre mucho más leves que el dominio brutal de las pasiones no sometidas, de los apetitos insanos no satisfechos, de las codicias, de las avaricias, de las envidias y demás desenfrenos. Que aquéllas, cuando más, sólo podrán pasar sobre el cuerpo, y éstas, además, sobre el espíritu. Por malo que sea el amo a que aquellas nos sometan, siempre tendremos momentos de respiro y esperanzas de manumisión; éstas nos someten a tantos y tan crueles males, que generalmente sólo la muerte puede librarnos de su yugo”. “Los dioses me han concedido la libertad, y como conozco y acato sus mandatos, nadie puede hacerme esclavo, porque tengo el libertador y los jueces que necesito” (Del “Manual”-Editorial Gredos SA-Madrid 2001).

Epicteto tiene presente la existencia de las pasiones, ligadas a nuestra esencia biológica, que a veces se oponen a las virtudes, ligadas a nuestra esencia cultural. En las prédicas cristianas se habla de la esclavitud asociada al pecado, concepto enteramente similar. “No consiste la felicidad en adquirir y gozar, sino en no desear. En esto es en lo que verdaderamente consiste ser libre”. “Siempre prefiero lo que sucede, porque estoy persuadido de que lo que los dioses quieren es mejor para mí que lo que yo quisiera. A ellos, pues, mis movimientos, mis voluntades, mis temores. En una palabra: quiero lo que ellos quieren”.

La de Epicteto sería la típica actitud de acatamiento, sumisión u obediencia a Dios (o a los dioses), lo que posteriormente podrá interpretarse como la actitud favorecedora de nuestra adaptación al orden natural que debe imperar en cada uno de nosotros. “Consultamos temblando a los augures y en nuestro miedo insensato dirigimos a los dioses ardientes plegarias como ésta: «¡Dioses, apiadaos de mí y permitid que salga con bien de esta empresa!». Vil esclavo, ¿cómo pretendes de ellos algo que no sea lo mejor para ti? ¿Y qué puede ser lo mejor para ti sino lo que ellos te deparen? ¿Por qué, pues, tratas de sobornar por cuantos medios están a tu alcance a tu juez y árbitro?”.

La adulación a Dios, tan común en la religión que perdió su carácter moral para llegar a ser tan sólo un medio para requerir intercambios de pedidos y concesiones, nos hace recordar las palabras de Cristo: “..porque Dios ya sabe qué os hace falta antes que se lo pidáis”. Epicteto agrega: “¿Habrá algo más inútil que ir a consultar a augures y adivinos sobre las cosas que ya nos están señaladas? Y si se trata de exponerme a un peligro para salvar a un amigo, o morir por él, ¿qué necesidad tengo de adivino alguno? ¿No llevo en mi interior un adivino más infalible, el cual me ha enseñado la naturaleza del bien y del mal y me ha revelado todas las señales mediante las cuales puedo reconocer todo lo que me sucederá?”.

Nuestro futuro ha de depender de nuestras decisiones, antes que de un destino prefijado e independiente de ellas. Tales decisiones estarán orientadas por el criterio del bien y del mal, buscando al primero y evitando al segundo. “Si los dioses me abandonan como me han abandonado en la indigencia, en la oscuridad y en el cautiverio no es porque me tengan odio; ¿qué amo es capaz de aborrecer a su fiel servidor? Tampoco es por descuido, pues los dioses no descuidan ni las cosas al parecer más insignificantes. Lo que quieren es ponerme a prueba para cerciorarse de si tienen en mí a un buen soldado, de si soy un buen ciudadano; es decir, que quieren, éste es su fin inmediato, que les sirva de testigo ante los demás hombres”.

Este es el origen, pareciera, de la explicación, que aún hoy se utiliza, para describir la existencia de sufrimiento en quienes llevan una conducta moral intachable. También podemos describir esta situación en base a una ley natural invariable, que no cambia ni aún para acomodarse a las situaciones particulares de los hombres. Por el contrario, es el hombre quien debe prever el futuro para evitar todo mal posible.

Es aconsejable distinguir entre lo que resulta accesible a nuestras decisiones de aquello que no lo es. No debemos preocuparnos por las posibles decisiones de Dios (en caso de que intervenga) o por la posible existencia de la vida eterna, sino tan sólo en adoptar la mejor actitud ética posible. “De lo existente, unas cosas dependen de nosotros: otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre y lo ajeno propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que sólo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamos a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigo, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá”.