martes, 4 de agosto de 2015

Confianza vs. desconfianza en el hombre

Uno de los principios tácitos, adoptados por los individuos pensantes, que ha de ser seguido por una secuencia que deriva en una postura política y económica, radica en la confianza básica, o bien en la desconfianza, asociada tanto al ser humano como al universo en su totalidad.

Quienes aceptan la postura religiosa por la cual se supone que el universo y el hombre fueron creados por un Dios trascendente, sostienen que, por ello mismo, tanto uno como el otro son esencialmente “buenos”, y si las cosas andan mal, no es “culpa” del universo ni de Dios, sino del propio ser humano. De ahí que en el relato del Génesis bíblico aparezca la expresión: “… y vio Dios que era bueno”.

La otra postura extrema, la de quienes piensan que tanto el universo como el hombre no forman parte de un orden general, y que son consecuencia de un azar indiferente a toda finalidad, tienden a desconfiar tanto de la “bondad” del universo como del hombre. De ahí la desconfianza básica mostrada por quienes manifiestan la postura atea.

Mientras que la fe puede ser tanto positiva como negativa, existe también la posibilidad de establecer un pensamiento basado en el razonamiento y las evidencias. Tal la visión científica de la realidad y por la cual se supone que todo lo existente está regido por alguna forma de ley natural, y que, por ello mismo, el universo y el hombre aparecen vinculados bajo cierta finalidad implícita en las leyes que los gobiernan. La visión científica se ubica, por ello, cerca de la del creyente en el Dios trascendente.

La postura basada en la confianza, en el sentido indicado, es la que opta por la libertad del hombre, tanto en lo económico como en lo político, aunque resulta ser una libertad limitada convenientemente. A dicha postura se la puede comparar con la actitud del docente que, antes de conocer a un grupo de alumnos, supone que “todos son buenos, excepto algunos”.

La postura basada en la desconfianza, es la que opta por un orden artificial y estatal, que anula la libertad del hombre, tanto en lo económico como en lo político. Se la puede comparar con la actitud del docente que, antes de conocer a un grupo de alumnos, supone que “todos son malos, excepto algunos”.

Elmo Roper escribió: “Casi todos se declaran a favor de la frase «Declaración de los Derechos»; pero según las encuestas realizadas hay considerables minorías que no desaprobarían ciertas formas de censura, como limitación a la libertad de expresión, interceptación de comunicaciones telefónicas y otras restricciones de la libertad personal e intromisión en la vida privada. No cabe duda de que muchos estadounidenses no han asimilado todavía los conceptos fundamentales sobre los que descansa la libertad de su país: un profundo respeto por el individuo, y la convicción de que existen derechos y libertades inalienables, que ninguna persona ni gobierno alguno pueden suprimir”.

“Hay varias razones para que tales conceptos no sean universalmente aceptados. Una de ellas es que la libertad civil se basa en la fe en el hombre, y en la creencia de que éste sólo alcanza su pleno desarrollo en una atmósfera de auténtica libertad. Sin embargo, no todos comparten esa fe en el hombre; piensan que hay más probabilidades de que un hombre libre se meta en dificultades que de que alcance la más noble realización de sí. Quienes así opinan prefieren el gobierno de la autoridad al estímulo de la libertad. La humanidad vivió durante siglos sometida a tradiciones autoritarias y hay quienes todavía prefieren ser gobernados por otros a gobernarse a sí mismos”.

El predominio de la libertad en las relaciones humanas implica un vínculo entre iguales, mientras que el predominio de jefes sobre subalternos presupone vínculos entre desiguales. La igualdad entre los hombres proviene de la actitud cooperativa impulsada por el cristianismo, de ahí que la igualdad se establezca junto a la libertad. El citado autor agrega: “¿Cómo conservar esas libertades? Es necesario un respeto inquebrantable hacia los demás seres humanos, y ese respeto tiene que cimentarse en el sentimiento de afinidad entre los hombres y el amor fraterno. Es asimismo necesario una visión lo más amplia posible de la naturaleza humana, y hay que trabajar por la plena realización de esa naturaleza. Es imprescindible una honda comprensión de la filosofía política sobre la cual se funda la Declaración de Derechos: una «búsqueda perpetua de los significados últimos de la vida, llevada a cabo con plena libertad mental y espiritual»” (Del Prefacio de “La libertad y sus garantías” de Frank K. Kelly-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1968).

La humanidad tiende a evolucionar desde un colectivismo primitivo hacia una sociedad de individuos libres. En el primer caso, el destino de los grupos venia definido esencialmente por la visión de un solo hombre, mientras que en el segundo caso viene definido por la contribución personal de cada individuo. Frank K. Kelly escribió: “La conquista de las libertades individuales ha sido el resultado de un lento proceso, que abarcó miles de años. Las libertades se ganaron y se perdieron una y otra vez. Hoy podemos volver a perderlas, olvidándonos de ellas, si no les brindamos los cuidados que necesitan y merecen”.

“La conciencia individual –la idea de que toda persona es un ente distinto e insustituible- fue despertando lentamente en el transcurso de los siglos. Las tribus primitivas consideraban por lo común a hombres y mujeres como meros integrantes de la tribu respectiva, no como seres humanos distintos y libres”.

Las actitudes optimistas y pesimistas se han manifestado en los dos últimos siglos bajo las tendencias liberales y socialistas, respectivamente. Raymond G. Gettell escribió: “Se presentan dos visiones distintas del estado de naturaleza. Según una, el estado natural supone una sociedad venturosa e idílica, donde reinan la sencillez y la virtud, paraíso que desaparece con la entronización de la autoridad y ensueño que desearían resucitar los hombres. Por otra parte se presenta el estado natural como una condición constante de luchas y violencias, a las cuales pone remedio la creación del Estado, con el peligro de volver a aquellos días de desgracia si los hombres no son sabios y enérgicos” (De “Historia de las Ideas políticas”-Editorial Labor SA-Barcelona 1950).

La postura liberal propone la libertad, como valor esencial, que ha de ser controlada de alguna forma para que no se produzcan excesos. Una postura optimista respecto del hombre, no significa que ingenuamente suponga una especie de “bondad natural” en todos los seres humanos. De ahí que proponga, en política, la división de poderes y la posibilidad de cambiar a los gobernantes periódicamente. En el plano económico, por otra parte, mediante la competencia empresarial, se establece un control por parte del consumidor, bajo un proceso similar al empleado en política. Tanto la democracia política como la económica tienden a establecer controles sobre los gobernantes y los gobernados con una mínima pérdida de derechos y de libertad. John Locke escribió: “Para entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es éste un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de la naturaleza, sin pedir permiso ni depender de ningún hombre”.

“Es también un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás. Nada hay más evidente que el que criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas ellas para disfrutar en conjunto las mismas ventajas naturales y para hacer uso de las mismas facultades, hayan de ser también iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas a otras…” (Del “Segundo Tratado sobre el gobierno civil”- Ediciones Altaya SA-Barcelona 1998).

Por el contrario, la postura totalitaria, al presuponer una natural “guerra entre los hombres”, propone el Estado como la institución capaz de establecer la paz. Thomas Hobbes escribió: “Los hombres no encuentran placer, sino, muy por el contrario, un gran sufrimiento, al convivir con otros allí donde no hay un poder superior capaz de atemorizarlos a todos. Pues cada individuo quiere que su prójimo lo tenga en tan alta estima como ése tiene a sí mismo; y siempre que detecta alguna señal de desprecio o de menosprecio, trata naturalmente, hasta donde se atreve (y entre los que no tienen un poder común que los controle puede llegarse hasta la destrucción mutua), de hacer daño a quienes lo desprecian para que éstos lo valoren más, y para así dar un ejemplo a los otros” (De “Leviatán”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1997).

En la actualidad podemos advertir que ha sido más coherente la postura liberal por cuanto los diversos totalitarismos produjeron las peores catástrofes sociales que recuerda la humanidad al entregar todo el poder del Estado a personajes como Lenin, Stalin, Hitler o Mao-Tse-Tung. Sin embargo, todavía se sigue discutiendo y promoviendo al socialismo como si nada hubiese pasado. El problema de los dirigentes totalitarios (todo en el Estado) radica en que suponen estar exentos de defectos, mientras que, a la vez, culpan de todos los males a un grupo étnico, como hicieron los nazis con los judíos, o a una clase social, como hicieron los marxistas-leninistas con la burguesía.

José Cayuela escribió: ”El debate en torno a los derechos humanos entre marxistas y liberales-humanistas de distintos matices tiene uno de sus centros en la naturaleza de los que se deben cautelar. Para los seguidores del pensamiento materialista, todos están determinados por las relaciones de producción y el tipo de Estado resultante de ellas. Por lo tanto, cambian según las variaciones que se operen dentro de los mecanismos de poder económico y político. Para los liberales, los derechos humanos son inalienables, eternos y naturales al individuo, que no puede renunciar a ellos ni siquiera en virtud de un «contrato social». De allí que en los países socialistas se hagan primar derechos de carácter «social» como trabajo, educación, salud y vivienda para todos, mientras en los capitalistas se pretende asegurar el ejercicio de atributos individuales como la libertad y la propiedad. La Declaración Universal adoptada por las Naciones Unidas en 1948 consagra unos y otros” (De “Derechos inhumanos en Gran Bretaña”-Editorial Pomaire SA-Barcelona 1979).

Debe señalarse que el siglo XX mostró claramente que sin libertad ni propiedad privada, poco trabajo, poca educación, poca salud y vivienda, se han de conseguir, y menos “para todos”.