martes, 30 de junio de 2015

Felicidad socialista vs. felicidad religiosa

Existen dos criterios diferentes respecto de la igualdad: el primero promovido por los líderes totalitarios, involucrando al hombre-masa que aspira a la igualdad económica; el segundo promovido por el cristianismo y otras religiones, involucrando a todos los hombres, quienes aspiran lograr la felicidad. Quienes no valoran suficientemente los aspectos afectivos e intelectuales, sólo conocen lo material, en la creencia que allí encontrarán el secreto de la felicidad. Incluso es el propio hombre-masa el que construye un pedestal imaginario que será ocupado por la persona más acaudalada. Bernard Shaw escribió: “Nuestra prosperidad ideal no es la prosperidad del Norte industrial, sino la prosperidad de la isla de Wight, de Folkstone y de Rawsgate, de Niza y de Montecarlo. Esa es la única prosperidad que se ve en el escenario, en el que los trabajadores todos son lacayos, doncellas, patronos cómicos de huéspedes y artistas de moda, mientras los héroes y las heroínas son personas inmensamente ricas y comen gratuitamente, como los caballeros en la novela de Don Quijote”.

“¿Qué significa toda esa creciente afición a las recepciones suntuosas, esa efusiva confraternidad, esos saludos y vivas al agitarse las banderas o al disparar los cañones de un acorazado? ¿Imperialismo? Ni pizca. Obsequiosidad, servilidad, ansiedad ante el sonido del dinero. Cuando Mister Carnegie sonó sus millones en sus bolsillos, Inglaterra entera se arrastró a sus pies con afán desordenado. Sólo cuando Rhodes (que probablemente había leído mi «Socialismo para millonarios») aseguró que ningún holgazán heredaría sus bienes, las espinas dorsales se enderezaron, desconfiadas, por un momento. ¿Sería posible que el rey de los diamantes, después de todo, no fuera un caballero? Pero no; no había que hacer caso de la humorada de un hombre rico. No se habló más de ella, y las espinas dorsales volvieron a inclinarse en la misma forma que antes” (De “Hombre y superhombre”-Editorial Americana-Buenos Aires 1946).

Una de las soluciones propuestas para combatir la inferioridad que acompleja al hombre-masa, consiste en hacerle creer que los valores materiales no son “valores”; que un Rolls-Royce o un Bentley son objetos “horribles y despreciables”, y que la pobreza es una virtud. Sin embargo, mientras que no se logre que consolide tanto sus valores morales (o afectivos) como los intelectuales, no se lo hará resurgir de su modesto rol que ha decidido ocupar en la sociedad. Otra posible solución proviene del socialismo y consiste en expropiar las riquezas del sector productivo para hacerle creer al hombre-masa que, por pertenecer ahora todo al Estado, se verá liberado de la necesidad de sentir envidia por quienes lo superan, materialmente hablando. De ahí que deberá sentirse “igual”, en el sentido socialista. Sin embargo, la concentración de poder establecida por el Estado socialista resulta mucho mayor que la anterior. Tampoco por ese medio adquiere un mejor nivel espiritual ni tampoco cambia esencialmente su relación de dependencia económica, sino que ahora la dependencia ha de ser económica, social, política, militar, etc.

La tercera opción es la que proviene de la religión y es la que ubica prioritariamente los valores espirituales en el más alto nivel. Son considerados “valores” por cuanto su posesión nos brinda felicidad, mientras que su carencia trae aparejado cierto malestar e infelicidad. Un caso ilustrativo es el de Matthieu Ricard, hijo del escritor Jean-François Revel, quien fue considerado como “el hombre más feliz del mundo” por los neurocientíficos de la Universidad de Wisconsin luego de algunos estudios sobre su comportamiento cerebral.

Si alguien se atribuye ser una persona feliz, podemos desconfiar de tal afirmación sosteniendo que la verdadera felicidad es aquella que puede transmitirse a los demás, por lo que son los demás los que deben confirmarla. Esta vez fueron los propios detectores de información cerebral quienes encontraron los indicios positivos de su personalidad, corroborando la opinión de quienes conocen al mencionado monje budista. Debe señalarse, además, que los valores materiales no “contagian la felicidad” a los demás, excepto que sean compartidos en forma directa o indirecta. Gaby Cociffi escribió: “Hace más de cuarenta años cambió su vida buscando felicidad. Dejó su París natal y su carrera científica para mudarse al Himalaya y convertirse en monje budista”.

“«Si buscas la felicidad en el lugar equivocado, cuando no la encuentres allí vas a terminar convenciéndote de que no existe», dice con serenidad el monje budista Matthieu Ricard (69), asesor desde 1989 del Dalai Lama, conocido en el mundo occidental como «el hombre más feliz del mundo»”.

“«Me causa gracia cuando me lo dicen, pero es un buen título para una revista», responde con humor. Y agrega: «Puedo afirmar sin ostentación que soy un hombre feliz. Pero no fue siempre así, ni ocurrió porque de chico me haya caído en un caldero con una poción mágica. La felicidad que siento ahora se ha construido con el tiempo. Aprendí a ser feliz como se aprende a andar en bicicleta. Todos podemos hacerlo»”.

“Vivió su juventud con los excesos propios del París de los 60’, estudió ciencias, se doctoró en genética celular en el Instituto Pasteur y trabajó con el Nobel de Medicina Françoise Jacob. Parecía destinado a ser uno de los grandes investigadores en el campo de la biología, hasta que un día le dio a su padre el disgusto de su vida. Dejó todo y partió hacia el Himalaya. «¿Quién dijo que dejé todo? Yo no dejé nada: simplemente, estaba recorriendo un valle, subí una montaña y del otro lado encontré otro hermoso valle. No se trata de dejar, sino de encontrar», dice con sabiduría” (De la Revista Gente-Nº 2602-Buenos Aires 2/6/2015).

La igualdad promovida por los religiosos es distinta a la igualdad económica promovida por el socialismo (al menos en teoría). La autora mencionada agrega: “Estudió con los maestros del budismo, pasó meses de retiro, recorrió los pueblos del Himalaya y conoció al Dalai Lama. «Me impresionó su humildad. El trata a todo el mundo como un igual, desde un jefe de Estado a la señora que limpia. Cuando conoces a alguien como él, tienes la confianza y la seguridad de que hay un camino», afirma”.

“Ricard es un hombre que lleva adelante 140 proyectos humanitarios y destina todo su tiempo a los dispensarios, escuelas, orfanatos y cuidado de ancianos en zonas remotas del Himalaya. Y, desde ese lugar, dice con seguridad: «La felicidad no es sólo una sensación agradable, un placer intenso, un bienestar fugaz, un buen día de humor o un momento mágico. Es una manera de ser, que viene con esas cualidades, fortaleza y libertad interior, paz, compasión. Cuando cultivas esos valores, no hay nada que pueda remover eso que construiste en tu interior; y te sientes pleno y feliz»”.

“«Hemos visto cientos de veces a ese hombre rico, bello, famoso, con cinco casas en California, Italia, Aspen…que se siente deprimido. ¿Qué está mal con este tipo?, nos preguntamos. Está buscando la felicidad en el lugar equivocado. Te cuento una anécdota. Una vez nos invitaron con uno de los Lama a Tahití. Nos hospedaron en una casa frente al mar, que había sido de Gauguin. Todo era perfecto. Estábamos sentados ahí, con ese hermoso atardecer, el canto de los pájaros, y había una piscina muy linda». ‘Se supone que nosotros debemos estar felices ahora’, me dijo el maestro. Le dije que sí. ‘¿Por qué lo estamos? ¿Por la piscina, quizás?’. Quizás, respondí. ‘¿Y si la pileta fuera el doble de grande, ¿crees que seríamos doblemente felices?’. Y empezamos a reír. Si pones toda tu esperanza y tus miedos en condiciones exteriores, vas a tener una vida complicada»”.

Los socialistas se oponen a cualquier forma de religión, por cuanto suponen que es un adversario que les ha de restar poder frente al pueblo, sin tener en cuenta que la religión ha de ser un medio útil para cualquier persona. Tal es así que el salvajismo socialista chino destruyó miles de templos budistas en el Tibet, asesinando a cientos de miles entre sus habitantes, por lo que el Dalai Lama debió emigrar hacia la India. Sin embargo, una gran parte de los socialistas de Occidente se convirtieron al maoísmo chino, a pesar de su salvajismo manifiesto (¿o quizás por ello?).

Desde el punto de vista occidental, para ser feliz se necesita un buen nivel económico, sin embargo: “Este hombre que viste una túnica roja y ahora camina con su único par de sandalias por la Recoleta, que vive en una habitación de dos metros por tres, en un monasterio frente al Himalaya, y cuyas posesiones se reducen a un reloj, un par de zapatillas, una computadora y una cámara de fotos, llegó a Buenos Aires para participar del Primer Encuentro de Felicidad, organizado por Green Tara”.

Por lo general, cuando desde la religión se propone la felicidad con una mínima disponibilidad de bienes materiales, los socialistas atribuyen tal consejo a una religión cómplice con el sistema capitalista que induce a las personas a conformarse con poco y así ser explotadas laboralmente con mayor facilidad. De ahí que promueven un medio incompatible con la naturaleza humana por cuanto proponen una sociedad colectivista en la cual el vínculo de unión entre las personas ha de ser los medios de producción antes que los afectos, como si fuese una sociedad de abejas o de hormigas. Luego, se oponen al establecimiento de una sociedad verdaderamente humana, es decir, no promueven la felicidad natural y se oponen a que otros lo hagan.

En realidad, los distintos socialismos propuestos no constituyen caminos hacia la felicidad por cuanto resulta en ellos esencial tener un enemigo al cual odiar y al cual destruir; los judíos para el nacional-socialismo o la burguesía y el empresariado para el socialismo marxista. Adviértase que sus promotores no son personas felices, como el monje mencionado, sino personas que nunca superaron sus conflictos familiares y que por ello tienen una gran necesidad de volcar su malestar al resto de la sociedad e incluso, cuando la perturbación mental es importante, al resto del mundo. Evelyne Bissone Jeufroy escribió: “Hijo ilegitimo de un hombre de cincuenta años y de su prima veinticuatro años menor que él, Hitler fue golpeado y odiado desde su más tierna infancia por su padre, un tirano doméstico que también había vivido una infancia dolorosa. Además, poco antes del nacimiento de Adolf, su madre, martirizada y maltratada por su marido, perdió tres niños pequeños en un intervalo muy breve. De la violencia que Hitler recibe se hace un escudo”.

“Cuando se logra dirigir todo el odio acumulado contra un mismo objeto (en ese caso preciso el pueblo judío), al principio es un gran alivio. Los sentimientos hasta entonces prohibidos y evitados pueden darse libre curso. Pero el placer de substitución no satisface –en ninguna parte se comprueba este hecho mejor que en el ejemplo de Hitler-. Prácticamente ningún hombre tuvo jamás el poder que tenía Hitler de destruir impunemente tantas vidas humanas, y todo eso no le aportó, sin embargo, ningún descanso” (Alice Millar)” (De “Cuatro placeres al día, ¡como mínimo!” de E.B. Jeufroy-Aguilar-Buenos Aires 2010).