viernes, 8 de mayo de 2015

Los factores del desarrollo

Encontrar los factores que favorecen el desarrollo de un país implica encontrar la dirección que permite el mejoramiento paulatino de la sociedad aun cuando no se lo logre de inmediato. Si bien se acepta que es necesario que la población cuente con alimentación básica, como punto de partida, previamente se deben establecer criterios de orientación cultural, política y económica para lograrlo. Todo parece indicar que existe un criterio favorable hacia el desarrollo y varios criterios erróneos, lo que no tiene nada de novedoso por cuanto siempre es mayor la cantidad de posibilidades de equivocarse que de acertar.

Debido a que la sociedad está compuesta por individuos, debe primeramente considerarse el propio desarrollo individual antes de emprender el general. Como todo individuo tiene cuerpo, mente y emociones, el desarrollo integral debe establecerse considerándolos en forma conjunta y equilibrada, sin desatender a ninguno de ellos. Esto puede advertirse fácilmente cuando observamos que una sociedad en crisis no es otra cosa que un conjunto de individuos que dedican la mayor parte de su tiempo y de sus pensamientos en buscar satisfacciones y comodidades para el cuerpo desatendiendo los afectos y lo intelectual, de los que depende la moral y la cultura de la sociedad. Puede hacerse una síntesis del camino favorable y de aquellos desfavorables al desarrollo:

a) Criterio favorable al desarrollo: Integración de lo biológico, político, económico y cultural.
b) Criterios desfavorables: Priorizar algunos de los factores relegando los demás.

Mario Bunge escribió: “Según la concepción biológica del desarrollo, éste consiste en un aumento del bienestar y una mejora de la salud como resultado de mejoras de la nutrición, el alojamiento, la vestimenta, el ejercicio, los hábitos de convivencia, etc. Presumiblemente es la concepción preferida por los médicos higienistas. Por loable que parezca es utópica por no ocuparse de los medios requeridos para superar el subdesarrollo biológico”.

“La concepción económica del desarrollo lo identifica con crecimiento económico, el que a su vez es igualado con frecuencia a la industrialización. Es la concepción favorita de empresarios, economistas, y políticos llamados desarrollistas. También ella es falaz: del hecho que el desarrollo económico es una componente necesaria del desarrollo, se infiere que es suficiente. Para peor es una concepción que puede aplastar el resto y con ello poner el peligro el propio desarrollo económico”.

“De acuerdo con la concepción política del desarrollo, éste consiste en la expansión de la libertad, o sea, en el aumento y afianzamiento de los derechos humanos y políticos. Es la concepción favorecida por los políticos liberales. Es equivocada por ser unilateral: el progreso político, con ser necesario, no basta. De nada sirven los derechos políticos si faltan los medios económicos y culturales para ejercerlos”.

“La concepción cultural del desarrollo lo iguala con el enriquecimiento de la cultura y la difusión de la educación. Esta es la posición que suelen adoptar los intelectuales, en particular los educadores. También ella es deficiente. El escolar en ayunas no aprende bien, el adulto desocupado o sobrecargado de trabajo no asiste a conciertos ni escribe poemas, y el maestro controlado por la censura no se atreve a buscar la verdad ni menos a enseñarla”.

“Cada una de estas cuatro concepciones del desarrollo tiene una pizca de verdad: no hay desarrollo sin progreso biológico, económico, político y cultural. La industria y el comercio modernos requieren mano de obra sana y competente, y la educación –que es tanto un medio como un fin- exige apoyo económico y libertad”. “El desarrollo auténtico y sostenido es, pues, integral: a la vez biológico, económico, político y cultural. Esta es, en resumen, la concepción integral del desarrollo” (De “Ciencia y desarrollo”-Ediciones Siglo Veinte-Buenos Aires 1984).

La mentalidad favorable al subdesarrollo, por otra parte, es la promovida por la “teoría de la dependencia”, la cual aduce que la culpa de todos los males de los países subdesarrollados se debe al “imperialismo norteamericano” y a la economía de mercado, o capitalista, por él promovida, tesis sugerida inicialmente por Lenin cuando escribe “El imperialismo como fase superior del capitalismo”. Sin embargo, no debe olvidarse que el propio Lenin recurre a la economía de mercado, por breve tiempo, para recuperar la alicaída economía soviética en las primeras etapas de la Revolución (con la NEP: nueva política económica), mientras que la URSS mantuvo intercambios comerciales con empresas norteamericanas durante toda la era soviética. En realidad, lo que tuvo mayor aserción es “el imperialismo como fase superior del socialismo”. De ahí que resulte conveniente observar los propios errores en lugar de quedarnos de brazos cruzados, o bien cometiendo atentados terroristas en la espera del derrumbe final del capitalismo. Alexandr Solyenitzin escribió:

“Toda la existencia de nuestros esclavistas [dirigentes de la URSS], desde el principio al fin, depende de la ayuda económica de Occidente…empezando con los materiales y repuestos con los que se reconstruyeron nuestras fábricas durante los años veinte; siguiendo con la construcción de las fábricas de automóviles, de tractores, durante el Primer Plan Quinquenal y luego, durante los últimos años de guerra y ahora, y todo lo que exigen ahora, todo esto es absolutamente imprescindible para el sistema soviético, no desde el punto de vista político sino económico” (De “En la lucha por la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1976).

Entre las formas utilizadas para promover el desarrollo integral, aunque con poco éxito, se encuentran el Estado de bienestar y el populismo, existiendo entre ambos varias semejanzas. En el caso educativo, por ejemplo, se observa que, aun aumentando el porcentaje del PBI asignado a la educación, los resultados pueden ser decepcionantes por cuanto, al suprimirse todo tipo de sanción, se promueve la indisciplina y el éxodo de alumnos desde las escuelas públicas a las privadas, como sucede en la Argentina kirchnerista. Horacio Sanguinetti escribió: “La escuela se limita a contener y alimentar sin enseñar nada: el calendario escolar se regula por el turismo, el facilismo destruye todo esfuerzo, la promoción resulta casi automática, se repudian las sanciones por «traumáticas», pero también ¡los premios!” (De “La educación argentina en un laberinto”-Fondo de Cultura Económica de Argentina SA-Buenos Aires 2006).

El “derrame capitalista”, ejercido por el sector productivo, por medio del intercambio de bienes por trabajo, tiende a ser reemplazado por el “derrame socialista”, ejercido por políticos previa expropiación de la producción a las empresas, con el deterioro correspondiente de la economía. La ayuda social, en el populismo, se convierte en una forma simple, segura y eficaz para la compra de votos por varias generaciones, asegurando al líder populista mantener el poder por muchos años. La sociedad se convierte parcialmente en un conjunto de mendicantes, cuyo número va en aumento, y un conjunto de productores cuyo número se va reduciendo. Wilhelm Röpke escribió:

“¿Hemos de hablar de progreso si aumentamos continuamente el número de personas a las que hay que tratar como menores de edad y que por ende han de permanecer bajo la tutela del Estado? ¿Acaso no es progreso, por el contrario, si las grandes masas del pueblo cumplen la mayoría de edad en términos económicos, gracias a sus ingresos crecientes, y se hacen responsables de ellas mismas, de manera que podamos disminuir el Estado Benefactor en lugar de inflarlo más y más? Si la ayuda organizada por el Estado es la muleta de una sociedad tullida por el proletarismo y la masificación, entonces debemos dirigir todos nuestros esfuerzos a tratar de manejarnos sin esa muleta. Este es el verdadero progreso, desde cualquier punto de vista que se le mire. Se le puede medir por el grado en que logremos ensanchar constantemente el campo de previsión individual y de grupos voluntarios a expensas de la previsión pública obligatoria. En igual medida venceremos también la proletarización y la masificación, además del peligro permanente de degradar al hombre a la condición de obediente animal doméstico en los gigantescos establos del Estado, a los cuales nos arrean y donde nos alimentan más o menos bien”.

“Como lo dijo sarcásticamente un astuto crítico británico: «Todo ha de ser igual y gratuito…menos los impuestos progresivos con los cuales se financia todo” (Walter Hagenbuch)” (De “Una economía humana”).

De la misma manera en que en una sociedad ideal predominará la cooperación, y sólo se competirá para cooperar mejor, estando asociada a la vigencia generalizada del mandamiento del amor al prójimo, toda sociedad que se aleja de ese ideal estará orientada hacia el subdesarrollo. Así como en el primer caso se dijo que “el Reino de Dios está dentro de vosotros”, en el segundo caso corresponde la forma negativa de tal aserción: “El subdesarrollo está en la mente” (Lawrence E. Harrison).

El orden natural nos impone, como precio a pagar por nuestra supervivencia, el máximo posible de nuestro perfeccionamiento integral. De ahí que convenga promover nuestra adaptación plena a dicho orden a través de la ética natural o cristiana. Sin embargo, como somos renuentes a emprender tal tarea de mejoramiento individual, preferimos seguir las optimistas sugerencias de políticos, economistas o pensadores que creen haber encontrado caminos alternativos que permiten lograr la sociedad ideal sin que sea necesario lograr un aceptable nivel ético. La conclusión que podemos extraer ante todos los intentos posibles de buscar caminos alternativos, es que siempre fracasan al no estar sustentados por una actitud cooperativa subyacente y generalizada. Todo parece indicar que la democracia política (no totalitarismos ni populismos) junto a la democracia económica o mercado (no socialismos) resultan compatibles con la libertad requerida para el pleno desarrollo de las potencialidades individuales.

El Estado Benefactor en realidad surge como un medio para unificar el poder en el Estado. Antony P. Mueller escribió: “Cuando el canciller de Alemania, Otto de Bismarck, concibió el sistema de seguridad social para los trabajadores industriales, a fines del siglo XIX, lo hizo con un objetivo muy claro en mente. Al mismo tiempo de consolidar la posición geoestratégica del Reich, se propuso que los trabajadores industriales estén bajo el control del Estado. Integrar a las masas dentro del cuerpo del Estado alemán unificado –recién formado- era el objetivo, y un sistema de seguro social comprensivo proveyó los medios para obtener esa meta”.

“Política social era ante todo política nacional y el sistema de seguridad social fue principalmente un instrumento para alejar a los trabajadores de los sistemas privados y comunitarios, y de atraerlos a los brazos del Estado. En los ojos de Bismarck, era el Estado el que había creado la unidad nacional y este agente era también requerido para mantener la unidad social mediante un sistema de obligaciones mutuas entre el Estado y sus ciudadanos” (De www.scbbs.com.bo )