sábado, 4 de abril de 2015

La verdad propia y la mentira ajena

Generalmente se asocia a ciertas personas el bien junto a la verdad de la misma manera que a otras se les asocia el odio junto a la mentira. Así, tanto Cristo como Gandhi promueven tanto el bien como la verdad presuponiendo que no pueden existir separados. Ello se debe a que el bien se materializa en una actitud cooperativa generalizada que nos impide mentir, ya que mentir implica una falta de respeto hacia los demás. Si alguien miente habitualmente muestra una actitud distinta a la mencionada. Pero la negación de la verdad respecto de los hechos también se pone de manifiesto en la negación de la verdad respecto de las personas, de donde surge la calumnia, el rumor mal intencionado y la difamación. Por ello, uno de los mandamientos bíblicos indica: “No levantar falso testimonio ni mentir”.

En cuanto al error y la mentira, se advierte que su difusión ha de ser una consecuencia inmediata de la previa existencia de una actitud competitiva asociada a la envidia o a los celos. Por lo general se critica la actitud competitiva de los ganadores, estableciendo incluso una orientación social que impide el éxito de los más capaces, mientras que casi nunca se critica la actitud competitiva de los perdedores, quienes tienen la predisposición a negar el mérito a los ganadores y de ahí que nieguen la verdad, especialmente la que proviene de la persona exitosa. Serge Voronoff escribió: “Hay una gran dosis de verdad en esta sentencia de Jonathan Swift, el escritor satírico inglés: «Cuando aparece un genio, puede usted reconocerlo por el hecho de que todos los imbéciles se unen para combatirlo” Entre tantos grandes hombres odiados y perseguidos ¡cuán perfectamente confirma el caso de Pasteur el aserto de Swift! ¡Pero los imbéciles están en todas partes! Los que negaban los descubrimientos magníficos, milagrosos de Pasteur eran miembros de la Academia de Medicina de Francia”.

En el ejemplo mencionado se advierte que si Louis Pasteur estaba en la verdad, asociada a sus descubrimientos, quienes lo trataban de charlatán y embustero, cerraban todas las puertas a la posibilidad de que hubiera algo de cierto en ellos y, de esa manera, renunciaban a un nuevo conocimiento, persistiendo en el error. Por el contrario, quienes adoptaban una actitud expectante, dejaban abiertas las puertas a la posibilidad de que tales investigaciones conducirían a conclusiones correctas y de esa forma habrán de adquirir conocimientos nuevos y verdaderos. De ahí que, para los calumniadores y envidiosos, la verdad es algo inaccesible por cuanto ellos mismos cierran el acceso a su aprehensión. Serge Voronoff agrega: “Nada puede igualar la gloria de Pasteur; nada puede igualar la gratitud que siente hacia él la humanidad; nada, también, puede igualar el odio de que lo hicieron objeto los médicos de su época”. “Este químico genial descubrió la causa de nuestras enfermedades, que los médicos ignoraban por completo. Desenmascaró a nuestros enemigos más temibles; los microbios, armándonos contra sus ataques, y vio alzarse contra él a todos los paladines de los conceptos añejos y de la autoridad consagrada”.

“Durante los últimos años de Pasteur, en una época en que yo estudiaba en el Colegio Médico de París, se rechazaba implacablemente a los estudiantes que tenían la osadía de aludir al descubrimiento de Pasteur. Sólo la muerte puso fin a ese rencor; o para ser más exacto, este rencor cesó recién al morir aquellos viejos hombres recalcitrantes. No le perdonaban haberlos superado, impartirle lecciones de medicina; ¡él, que ni siquiera tenía el título de doctor! Los celos los ofuscaban al punto que negaban hasta los hechos más evidentes, aquello que Pasteur probó del modo más contundente” (De “Del cretino al genio”-Editorial Poseidon SRL-Buenos Aires 1943).

En la Alemania del siglo XIX, los físicos y químicos denigran al médico Julius Robert Mayer cuando enuncia por primera vez el principio de conservación de la energía, debiendo incluso recluirse por un tiempo en un hospital psiquiátrico ante un estado depresivo inducido por la envidia ajena. Luego de un Congreso de Química, al que asiste después de su recuperación, algunos periódicos lamentan la asistencia de “algunos dementes”. También al matemático Georg Cantor, iniciador de la teoría de conjuntos, no se le perdona el éxito logrado y se lo descalifica públicamente finalizando sus días en un hospital psiquiátrico. Georg Simon Ohm sufre la descalificación de su ley de los circuitos eléctricos ya que se aducía que “una ley verdadera no podía ser tan simple”. En Austria, los ataques contra la mecánica estadística de Ludwig Boltzmann, junto a algunos problemas personales, lo llevan al suicidio.

Las descalificaciones se establecen también cuando el involucrado pertenece al “bando político enemigo” o bien a “la clase social incorrecta”, o al “grupo étnico incorrecto”. Este es el caso del investigador Bernardo Houssay, primer latinoamericano que obtiene un Premio Nobel en ciencias. Durante el gobierno de Perón es destituido de su cargo académico ante su manifiesta disidencia, de donde surge una campaña de desprestigio personal por parte de los seguidores del tirano. Luis Fernando Beraza escribió: “El New York Times comentaba la jubilación como una nueva muestra de la brutalidad del dictador Perón. En medio de esta situación, los diarios norteamericanos resaltaban los indudables méritos de Houssay y de sus investigaciones sobre la glándula hipofisiaria. Paralelamente los científicos más importantes de la época firmaban solicitadas de protesta contra Perón y a favor de Houssay. Quizás el más significativo de todos los que suscribieron dichas declaraciones fue el doctor Albert Einstein” (De “Antiperonistas”-Javier Vergara Editor-Buenos Aires 2010).

Uno de los tantos ideólogos populistas que favorecen el subdesarrollo argentino culpando al extranjero por todos nuestros errores, impidiendo todo progreso, fue Arturo Jauretche, quien escribió: “En el caso del Dr. Houssay se trata de un auténtico investigador, sus fallas no son científicas sino de otra naturaleza. Estas son las que lo hacen un personaje útil y usable para el aparato de la superestructura. Pero su renombre no proviene de su calidad científica sino de esta calidad de usable”.

“Con el prestigio así ganado, hoy el Dr. Houssay es el omnímodo propietario, a título vitalicio, del Centro de Investigaciones Científicas de la Argentina, dotado de un importante presupuesto de varios centenares de millones destinado a la investigación, ¡y de él depende la consagración de científicos! Así su escuela científica es también escuela de otra cosa: de personajes que al margen de sus aptitudes saben cuál es el camino del éxito y el precio. No tienen más que mirarse en el maestro”.

Este “profeta de la descalificación” debe necesariamente ser también “un profeta de la mentira”. Así, unos párrafos más adelante sostiene que un matemático argentino, un “héroe anónimo peronista”, que estaba fuera de la “superestructura”, fue quien demostró el “último teorema de Fermat” a mediados del siglo XX. De ahí que la comunidad internacional de matemáticos debió estar equivocada al reconocer en Andrew Wiles el mérito de la posterior demostración de dicho teorema. Jauretche escribe al respecto: “En la más extrema pobreza Carlos Biggeri trabajó hasta sus últimas horas en su especialidad, reconocido por las principales instituciones matemáticas del mundo –lógicamente sin difusión periodística aquí-, pues entre sus muchos trabajos había resuelto el llamado «Teorema de Fermat», propuesto hace ya más de 300 años y considerado insoluble. Su país, esta patria nuestra, lo ignoraba, fuera de círculos muy reducidos de especialistas, porque no había aceptado el precio del prestigio” (De “Los profetas del odio”-A. Peña y Lillo Editor SRL-Buenos Aires 1957).

La descalificación generalizada hacia los “antiperonistas”, recayó también en el escritor Jorge Luis Borges. Sin embargo, si uno hojea libros de distintos temas provenientes del extranjero, advierte que los autores argentinos más citados son Jorge Luis Borges y Mario Bunge. Ello se debe, seguramente, a que “nadie es profeta en su tierra” y quizá también por aquella expresión de Astor Piazzola: “Nada resulta peor para un argentino que otro argentino que tenga éxito”. Arturo Jauretche escribe sobre Borges: “En el momento preciso aceptó el camino que le señalaba el aparato, y de ahí su «evolución» ideológica”. “…circunstancia que aprovecharon los que estaban en segunda fila y eran dóciles para evolucionar, como se ha visto de Borges”.

La tendencia a descalificar el éxito ajeno lleva a muchos individuos, e incluso a países enteros, a transitar por el camino opuesto, es decir, por el camino del fracaso. Este es el caso de los pueblos que odian mayoritariamente a EEUU y descalifican tanto al cristianismo como a la democracia y al capitalismo, como si el cristianismo, la democracia y la economía de mercado fuesen inventos norteamericanos. De ahí que ese país haya sido tomado como referencia para hacer todo lo contrario.

El error y la mentira se van insertando en la sociedad cuando no existe una clara definición de aquello que, por ello, ha de tergiversarse. Se presenta, además, la complicidad de los “espíritus amplios” que aducen que el criterio del término medio es el más justo por cuanto deja a todos contentos. Así, si unos dicen que 2+2=4 y otros que 2+2=5, sostienen que la verdad ha de ser 2+2=4,50, o algo cercano. Luego, los que afirman que 2+2=5 presionan con mayor vigor hasta que su postura se impone finalmente.

Grandes predicadores del bien y de la verdad terminan sus vidas por imposición o por la acción de quienes rechazan sus consejos y sus ejemplos, tales los casos de Sócrates, Cicerón, Séneca, Cristo y Gandhi, advirtiéndose situaciones similares a las adoptadas ante los científicos antes mencionados. José Ingenieros escribió: “La dignidad se identifica con el ideal; no conoce la historia más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno de la corte del propio Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia” (De “El hombre mediocre”-Editorial Época SA-México 1967).

La vigencia de nobles ideales y el ejemplo de las vidas ilustres constituyen la fuerza moral que debe oponerse al progresivo aumento del odio y la mentira. El citado autor agrega: “Cuando los pueblos se domestican y callan, los grandes forjadores de ideales levantan su voz. Una ciencia, un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, pueden salir de su cauce habitual. El genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos de la historia. Si aparece en los orígenes, crea o funda; si en los resurgimientos, transmuta o desorbita. En ese instante remontan su vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos y para obras perennes”.