sábado, 18 de abril de 2015

Éticas naturales vs. artificiales

A partir de las distintas visiones que se adoptan frente al universo, es posible proponer distintas éticas teniendo en cuenta una posible adaptación al mismo. No todas las visiones son compatibles con la visión surgida desde la ciencia experimental, de ahí que algunas sean insostenibles. Según Françoise Gregoire se las puede sintetizar en tres posturas fundamentales. Al respecto escribió: “El hecho moral es una realidad universal que se impone a cada uno por experiencia externa e interna. Esta realidad se revela y se traduce bajo una extrema diversidad de formas particulares, a menudo extrañamente contradictorias, según las épocas y los pueblos”. “El pensamiento filosófico (que puede definirse como «esfuerzo hacia la síntesis total» se ha dedicado siempre y naturalmente a conciliar estos dos aspectos opuestos y a descubrir una perspectiva que permitiese fusionarlos; y solamente tres vías parecen ofrecerse a este deseo de unificación:

a) Considerar el universo como «ordenado», es decir dirigido por un Orden superior a las apariencias sensibles o, si se prefiere, un Sentido que las dominase, las orientase, sin dependencia.
b) Definirlo como «desordenado», desprovisto de «sentido», lo que no significa de ningún modo de privarlo de leyes; de hecho, los moralistas que se adhieren a esta actitud son generalmente «científicos» que consideran al mundo como regido por un estricto determinismo natural, pero un determinismo ciego, cuyas innumerables combinaciones llegaron, por azar, a esta superficial estabilidad que da a las cosas la apariencia de un sistema organizado.
c) Admitir que un Orden se elabora lentamente en el universo: sea bajo el efecto de una confusa «tendencia a la coherencia» inherente a la Naturaleza (que ciertos pensadores llamarían de buen grado una tendencia a lo «divino», Dios considerado como la realización total y lejana de este proceso evolutivo); sea bajo la acción del ser humano, en un dominio evidentemente más reducido: el del universo terrestre” (De “Las grandes doctrinas morales”-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1962).

Estas posturas, surgidas en el ámbito filosófico, pueden encontrarse análogamente en un marco religioso:

a) Existe un orden natural, conformado por leyes naturales que rigen todo lo existente, que tiene un sentido u objetivo implícito (Religión natural o deísmo)
b) Existe un universo sin sentido, conformado por leyes naturales que rigen todo lo existente (Ateísmo).
c) Existe un orden natural conformado por las leyes de Dios, quien impone su voluntad (Religión revelada o teísmo)

Luego, las éticas emergentes de estas posturas pueden considerarse naturales en el primero y en el tercer casos, mientras que las éticas asociadas al ateísmo pueden considerarse artificiales, ya que no contemplan un sentido natural interno del universo, ni uno externo de origen divino, sino que buscan darle un sentido a la vida del hombre sin contemplar aquellas referencias. Quienes critican el carácter subjetivo de la religión, no advierten que las posturas del sinsentido, o nihilistas, son esencialmente subjetivas.

La religión natural tiene en común con la religión revelada en que existe un orden natural, de ahí que, en principio, las éticas propuestas desde ambas posturas tienden a identificarse. Por el contrario, las éticas del sinsentido no contemplan una referencia universal, ya que son propuestas esencialmente subjetivas aunque con pretensiones de no serlo.

Por lo general, cuesta un tanto imaginarse un mundo regido totalmente por leyes naturales sin encontrarle algún sentido aparente. Si bien tal sentido no viene escrito en ningún lado, debe ser parte de la descripción que se haga del universo conocido. Un claro ejemplo de sentido del universo asociado a nuestro actual nivel de conocimientos, es el principio de complejidad-conciencia propuesto por Pierre Teilhard de Chardin. Tal principio cumple en la religión natural el mismo lugar desempeñado por la voluntad del Creador en la religión revelada.

Las figuras más representativas del humanismo ateo, o de las filosofías nihilistas, han sido Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. Los dos primeros autores han sido ideológicamente ligados a los totalitarismos del siglo XX, al comunismo el primero y al nazismo el segundo, por lo que las “éticas” propuestas por ambos autores han sido, en realidad, contra-éticas que han promovido el mal en lugar del bien. Victor Massuh escribe al respecto: “El hombre moderno no necesitaría de Dios para otorgar coherencia a su pensamiento, ni hondura a su sentimiento, ni un punto de apoyo normativo a su voluntad moral. Dios y lo sagrado serían entes ficticios, inútiles e irreales que no responden a la exigencia intelectual, ni emocional o volitiva de un hombre en la plena posesión de sí mismo. Toda necesidad de Dios estaría denunciando, sostiene el humanismo ateo, la situación de un hombre alienado (Marx), enfermo (Nietzsche) o que no alcanzó un pleno desarrollo intelectual (Freud)”.

“Para el ateísmo contemporáneo, Dios no es un enemigo fuerte que presenta batalla; sencillamente no existe. La ausencia de Dios resulta evidente o, en todo caso, no se percibe su imagen como dominante: esta es la razón por la cual el ateo ya no muestra los dientes en una actitud bélica, provocativa o proselitista como acontecía en el pasado”. “Dios no es una cuestión teóricamente interesante. Es una hipótesis inútil (Sartre), ha sido olvidado (Heidegger), su luz entró en eclipse (Buber) o, en términos fuertes, ha muerto (Nietzsche)” (De “Nihilismo y experiencia extrema”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1976).

Para el humanismo ateo, el lugar preponderante que Dios ocupaba en la humanidad, deberá ser ocupado por el hombre. “Marx afirma que no podemos restaurar la dignidad de la historia si no convertimos al hombre en realidad suprema mediante una gran gesta de cambio. La revolución opera una «recuperación total del hombre»; su reverso necesario es la abolición de Dios porque expresa la forma mayor de la alienación humana. Hombre y Dios son términos excluyentes: la existencia de uno representa la negación del otro”. “Si Marx niega a Dios en nombre del hombre y la historia, Nietzsche lo hace en el de la vida y de la voluntad de poderío”.

Mientras que Marx reduce la historia de la humanidad a una lucha de clases económicas, Freud reduce la religión a un conflicto que, pareciera, tal sólo puede caber en su mente. “El «magno acontecimiento» que está en el comienzo de la cultura humana es la aventura edípica: el hombre mató a su padre y se acostó con su madre. Todas las formas de religión, la ética y la regulación jurídica, surgieron de una voluntad de «reconciliación retrospectiva» con la imagen del padre asesinado”. “«La investigación psicoanalítica del individuo –escribe Freud- nos ha evidenciado que el mismo concibe a Dios a imagen y semejanza de su padre carnal, que su actitud personal con respecto a Dios depende de la que abriga con relación a dicha persona terrenal y que en el fondo, no es Dios sino una sublimación del padre»”.

Para Freud, la actitud religiosa es una forma de enfermedad mental. Massuh agrega: “Las ideas religiosas no son ideas falsas sino ilusiones, tienen una fuerza poderosa que las alimenta contra toda razón, cobran forma mediante una desconexión total con la realidad. Freud quiere decirnos que estas ideas no se corrigen con la labor del filósofo sino del psicólogo. Quien las padece no necesita de teorías sino de una cura. Ellas no pertenecen al mundo del error sino del delirio”.

Pareciera que lo del “complejo de Edipo” es una gran idea por cuanto “llena todo un cerebro”. En lugar de encontrar principios explicatorios al final del camino del conocimiento, Freud pretende reducir la humanidad a su “gran idea”. “«La religión –escribe Freud- sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del complejo de Edipo, de la relación con el padre. Conforme a esta teoría, hemos de suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución»”.

El trío promotor del humanismo ateo parece centrar sus prédicas en la destrucción de la religión, y no en su perfeccionamiento. No tienen en cuenta que la ética natural implícita en el “Amarás al prójimo como a ti mismo” contempla una actitud cooperativa que, de ser reemplazada por el sinsentido, el absurdo o la violencia, llevarán la humanidad a un caos terminal. “El ateismo de Marx se apoya en una praxis revolucionaria, el de Nietzsche en una praxis vitalista y el de Freud en una praxis médica. Las tres grandes formas del humanismo ateo son refutaciones activistas y no teóricas. En otras palabras, los tres coinciden en que no es preciso demostrar demasiado a propósito de Dios, que la cosa es harto evidente y que urge pasar a la acción: la revolución, la exaltación de valores vitales, la terapia psíquica. El diagnóstico ya está hecho: una alienación ideológica, un enmascaramiento de la debilidad y la impotencia, una neurosis infantil. No se trata de escuchar demasiado a los que padecen esta enfermedad o esta insuficiencia, ni de argüir con ellos o respetar sus delirios. Sus ideas no son «errores» sino «ilusiones». Piadosamente es preciso curarlos”.

“No podemos desconocer que al cabo de cien años, la batalla del humanismo ateo ha sido ganada”. “El trabajo (Marx), la voluntad de poderío (Nietzsche), el inconsciente (Freud), son potencias que el hombre reivindica contra toda divinidad trascendente”.

“Al cabo de varias décadas en las que el acontecimiento de la «muerte» de Dios aparece como el signo dominante de una época, ¿no se ha difundido, acaso, una neurosis peor que la originada por la fe y que es la de la incredulidad y la pérdida de la capacidad de creer, esto es, la neurosis del nihilismo? La acción que había propuesto Freud se cumplió con creces. No hay ya divinidad alguna. Nuestra cultura no venera al padre, ni necesita de Dios para esconder la culpa de un parricidio originario; no necesita de estos recursos lujosos. Hoy acomete tales eliminaciones cotidiana y alegremente, sin los remordimientos del hombre primitivo ni su voluntad de «reconciliación retrospectiva»”.

“Es claro que Freud se asustaría de ver que en su propio terreno, disfrazado con su vestimenta y utilizando su vocabulario, el nihilismo baila una danza macabra. En una de sus volteretas viene a decir, con ánimo indulgente, que si subsiste necesidad alguna de lo divino es posible satisfacerla con cualquier sustituto: un líder, un ídolo, un héroe, un aventurero, un cantante, un actor, un delincuente idealizado, un deportista, un santón, un hombre de éxito, o un objeto material cualquiera. Que se destrone al viejo Rey para que adoremos a los mil reyes menores del momento. ¿No viene a ser el nihilismo una neurosis atea extremada que si bien no tolera un movimiento de fe, termina autorizándolos a todos por un acto de generalizado desprecio?”.