domingo, 26 de abril de 2015

El Papa y el Estado de Bienestar

Por lo general, quienes promueven sistemas sociales “bien intencionados”, que contemplen las necesidades básicas de todos los habitantes, lo hacen sin tener presentes las leyes de la economía, por lo cual las “soluciones” propuestas generalmente terminan empeorando las cosas en lugar de mejorarlas. Por el contrario, quienes conocen tales leyes, tienden a buscar soluciones que, a primera vista, pueden parecer injustas para algunos sectores. Este es un caso similar al del médico que prohíbe algunos alimentos y aconseja otros, siendo el paciente renuente a darles cumplimiento. Así como el niño interpreta que toda prohibición es “mala”, por cuanto se opone a sus deseos, las masas consideran “perversos” los planteamientos que realizan algunos economistas si no responden a sus deseos inmediatos.

El Estado de Bienestar, heredero del socialismo, es promovido por quienes consideran que el sector productivo, o empresarial, está constituido por hombres que extraen de la sociedad más de lo que le otorgan, de ahí que se hace necesaria e imprescindible la participación del Estado para redistribuir la producción, previa confiscación parcial de las ganancias empresariales. Se supone que, de lo contrario, tal sector ha de “devorar” toda la riqueza generada por la sociedad.

Los socialistas suponen que la sociedad está compuesta por hombres malos y egoístas (los empresarios) y por hombres buenos y honestos (las masas empobrecidas). La justicia social, por lo tanto, se logrará simplemente confiscando riquezas al sector productivo para concederlas al sector improductivo. Sin embargo, al quitar mérito e incentivos a los productores, éstos tienden a limitar su producción; y al conceder elogios y bienes gratuitos a los sectores improductivos, se abandonarán al ocio y a la vagancia. Tarde o temprano la economía nacional se reducirá a su mínimo nivel.

El ideal socialista implica establecer un conjunto uniforme de seres humanos que responda a los objetivos señalados por el Estado benefactor, siendo desalentado todo objetivo individual. De ahí que en el lenguaje socialista se consideran sinónimos individualismo y egoísmo, siendo dos conceptos totalmente distintos. El egoísmo es siempre malo porque produce resultados indeseables, mientras que el individualismo produce buenos resultados mientras no se convierta en aquél. Francisco, haciendo idénticos ambos términos, escribe: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios…” (De la “Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium”-Conferencia Episcopal Argentina-Buenos Aires 2013).

Pareciera dirigir estas palabras al egoísta y avaro productor, y no tanto al pobre, quien estaría exento de defectos siendo inocente por su estado de pobreza. En realidad, las virtudes y los defectos morales se dan en todo nivel económico y social. En los países latinoamericanos se acentúan los problemas económicos por cuanto el sector empresarial tiende a asociarse al sector político para no verse obligado a competir en el mercado. Sin embargo, todos los ataques van dirigidos al “neoliberalismo”, que es justamente la tendencia que se opone a tales acuerdos y promueve la existencia de mercados libres y competitivos. Es el Estado de Bienestar el que tiende a favorecer los vínculos entre políticos y empresarios. Michael Novak escribió: “América Latina tiene necesidad de una revolución. Pero su sistema actual es mercantilista y casi feudal, no capitalista, y la revolución que necesita es liberal y católica. El orden presente no es libre sino estatista, no está centrado en el buen juicio sino en el privilegio, no es abierto a los pobres sino proteccionista con los ricos. La gran mayoría de los pobres no son propietarios. La ley impide a los pobres fundar sus propias empresas y constituirse en sociedad. El acceso al crédito les es negado. Son reprimidos por una antigua estructura legal concebida para proteger a los antiguos privilegios de una elite precapitalista”.

“Dicha elite no inventa virtualmente nada, no arriesga virtualmente nada, no toma virtualmente ninguna nueva iniciativa. Es un parásito y distribuye los bienes y servicios de las empresas extranjeras de las cuales no emula la inventiva y el dinamismo. De esta manera, las elites latinoamericanas permanecen detrás de un grueso muro jurídico cuyo propósito es impedir el surgimiento del capitalismo. Estas elites temen la competencia económica. Su mayor preocupación es la protección del antiguo privilegio. Quieren comprar y vender, pero sólo detrás de muros protectores concebidos para excluir a otros. No son creadores. Muy pocos nacieron entre pobres” (De “¿Será liberadora?”-Grupo Editorial Planeta-Buenos Aires 1988).

En vez de criticar al intervencionismo estatal en economía, al proteccionismo o al mercantilismo, se trata de aprovechar la situación para denigrar a la economía de mercado, o capitalismo, que poco o nada tiene que ver en este caso. Francisco escribe: “Algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando”.

Resulta obvio que si una nación pobre decide adoptar una economía de mercado, no logrará los resultados esperados mientras no exista una mentalidad favorable al trabajo, la empresa y la inversión. En cuanto al “derrame capitalista”, debe decirse que se trata de las ganancias empresariales que irán a parar a nuevas inversiones. Estas inversiones generarán trabajo adicional con la creación de nuevos empleos. No es verdad que este proceso “jamás ha sido confirmado por los hechos”. La economía de mercado fue capaz de “resucitar” económica y socialmente a países como Alemania, Italia, y Japón destruidos luego de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, los sistemas socialistas resultaron totalmente ineficaces, algo que quedó confirmado con la reciente adopción del capitalismo por parte de China y de Rusia, y de la mayor parte de los países del mundo. La comparación entre socialismo y capitalismo puede establecerse considerando los resultados de Alemania Occidental y Oriental, de Corea del Sur y del Norte, de la China con mercado y la socialista. Se advierte claramente las ventajas del capitalismo.

En cuanto al “derrame socialista”, propuesto por el Estado de Bienestar, se advierte que introduce estímulos negativos para el trabajo y la inversión e induce estímulos positivos para el ocio y la vagancia, con lo cual favorece la pobreza, ya que reduce al sector productivo mientras crece el improductivo. Así, en la Argentina kirchnerista, unos 7 millones de habitantes mantienen a los 33 millones restantes. Incluso, con cierto orgullo, la propaganda oficial anuncia que 18 millones de personas reciben ayuda social del Estado a través de ANSES. De seguir esta tendencia, los niveles de pobreza adquirirán niveles alarmantes.

Resulta evidente que el “derrame capitalista”, a través del trabajo, produce mejores resultados que el “derrame socialista” a través del ocio. Incluso es oportuno mencionar que en países con niveles de corrupción mediana, como es el caso de los EEUU, del total de dinero asignado por el Estado a los sectores pobres, sólo les llega el 30%. El resto queda en el camino. En países con mayores niveles de corrupción, les llegan porcentajes bastante inferiores. Además, en los Estados de Bienestar las ayudas son “universales”, es decir, van dirigidas tanto a quienes las necesitan como a quienes no (para que los pobres no se sientan desiguales). La inversión productiva de los empresarios tiende a reducirse porque gran parte de sus excedentes han ido a parar al Estado redistribuidor. El crecimiento económico se anula, ya que tal crecimiento implica aumentar el capital productivo invertido per capita. Francisco agrega: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común”.

“En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”.

Ante los evidentes problemas morales que aquejan a las distintas sociedades, existen distintas alternativas para su solución. Una consiste en acentuar los sistemas económicos de tipo socialista, como lo propone el Papa (junto a Cuba, Corea del Norte, Venezuela y Argentina), y la otra alternativa es mejorar moralmente a cada individuo mediante la ética natural promovida por el cristianismo para que pueda establecerse una economía de mercado que generalice los buenos resultados producidos en muchos países.

La violencia tiene sus promotores y son quienes atribuyen todas las culpas al sector productivo de la sociedad excluyendo al resto. Al dividir a la sociedad en dos categorías, ricos y pobres, y culpar a los primeros de todos los males, se incentiva la violencia social que en el siglo XX produjo grandes catástrofes sociales. Francisco escribe al respecto: “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión”.

“Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz”.

Si bien podemos estar de acuerdo con Francisco en que las cosas andan mal y que el sistema capitalista es poco eficiente, la realidad histórica nos impone una verdad evidente: el socialismo es mucho peor. Si el capitalismo privado tiene muchas deficiencias, el capitalismo estatal tiende a acentuarlas y a profundizarlas. Mientras que, en otras épocas, la Iglesia consideraba acertadamente que “el comunismo es intrínsecamente perverso”, la actual conducción parece sugerir que “el capitalismo es intrínsecamente perverso”. La caída del muro de Berlín fue el signo elocuente del fracaso del socialismo aunque todavía muchos sostengan que el siglo XX mostró el fracaso del capitalismo.