lunes, 13 de abril de 2015

Ecología

La ecología es la ciencia que estudia las relaciones entre plantas y animales con los ambientes orgánicos e inorgánicos en que viven. Tal denominación proviene del biólogo Ernest Haeckel (1834-1919). Ramón Margaleff escribió: “La ecología es una ciencia de síntesis que combina materiales de distintas disciplinas con puntos de vista propios. No es como un tronco de origen lejano que con el tiempo se ramifica y en cada rama da la correspondiente ciencia, sino que forma como varias raíces, originadas independientemente, que más tarde confluyen en una disciplina” (Citado en “La ecología”-Salvat Editores SA-Barcelona 1973).

A partir de la hipótesis denominada Gaia, cuyo autor es James Lovelock, la biosfera es considerada como un sistema autoorganizado. La civilización industrial atenta contra ella surgiendo una lucha entre la tecnosfera y la biosfera. Alguien dijo que sólo dos especies aumentan su población (insectos y hombres); una sola puede alterar al medio ambiente (el hombre), pero una sola puede soportar esos cambios (los insectos). De ahí la trágica visión de una Tierra poblada finalmente por insectos.

Desde hace algunas décadas, las legislaciones de varios países contemplan el impacto ecológico de las distintas actividades del hombre. Esta actitud surge luego de que se produjeran algunos hechos que atentaron contra el medio ambiente: derrames de petróleo, contaminación ambiental, deterioro de la capa de ozono, fugas y desechos radioactivos, contaminación de ríos y mares, caza y pesca indiscriminada, etc.

Cada año se incorporan a la humanidad unos cien millones de nuevos habitantes. También se incorporan unos cincuenta millones de vehículos automotores. La contaminación, por ellos favorecida, impide que salga de la atmósfera parte de la radiación incidente que proviene del Sol. Ello produce la elevación de la temperatura promedio del planeta que podrá, algún día, hacer derretir los hielos polares haciendo subir luego el nivel de los océanos, inundando ciudades costeras.

En la década de los setenta, el Club de Roma encarga a un equipo de investigadores del MIT, dirigidos por Dennis L. Meadows, la realización de un “modelo del mundo”, que consiste en un programa, para realizar simulaciones con computadora, que tiene como finalidad el estudio de la influencia de distintas variables en la evolución del sistema. Las variables utilizadas fueron cinco:

a) Población mundial
b) Producción industrial per capita
c) Alimentos per capita
d) Contaminación ambiental
e) Recursos no renovables

Las distintas simulaciones consistían en indagar la influencia producida por el aumento, o la disminución, de cada una de ellas observando los efectos producidos en las restantes. Por ejemplo, considerando variaciones de la producción industrial per capita, o bien estableciendo un control de la contaminación, o regulando la natalidad, etc., para observar los efectos sobre el resto del sistema.

El trabajo mencionado viene descrito en el libro “Los límites del crecimiento” (Fondo de Cultura Economía-México 1973). Dicho título sugiere una limitación en la búsqueda de comodidades materiales, que se asocia injustificadamente a la “calidad de vida” y que, a su vez, está muy ligada al consumo de energía. Debido a que alrededor de sólo un cinco por ciento de la producción mundial de energía es no contaminante, un incremento de las comodidades del cuerpo implica mayor consumo de energía y mayor contaminación ambiental. Mahatma Gandhi dijo: “La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no la codicia de cada hombre”.

Puede observarse que la mayoría de las variables consideradas dependen de las decisiones del hombre; de sus ambiciones, de sus costumbres, de su conocimiento y de su ignorancia. De ahí que algunos biólogos afirman que “el problema ecológico es un problema moral”. Al menos ahora sabemos que, tanto los conflictos entre seres humanos como el desajuste entre la humanidad y su medio ambiente, responden a una causa principal y que su solución se logrará en forma simultánea. E.F. Schumacher escribió: “El hombre no se siente parte de la naturaleza sino más bien como una fuerza externa destinada a dominarla y a conquistarla. Aún habla de una batalla contra la naturaleza olvidándose que, en el caso de ganar, se encontraría él mismo en el bando perdedor” (De “Lo pequeño es hermoso”-Ediciones Orbis SA-Buenos Aires 1983).

Se han sugerido algunos criterios para la conservación del medio ambiente. Eric Tello, en “Ecopacifismo”, menciona la propuesta de Herman Daly:

1) No explotar los recursos por encima de su ritmo de renovación (por ejemplo; no extraer madera de un bosque en cantidad superior al crecimiento de su biomasa, ni derivar más agua de los ríos o acuíferos que la repuesta cada año por el ciclo hidrológico).
2) No explotar los recursos no renovables por encima del ritmo de sustitución por recursos renovables (por ejemplo; la extracción de petróleo o gas natural debe acompañarse al crecimiento de fuentes renovables de energía como la solar y eólica, que proporcionen en el futuro una cantidad equivalente de energía).
3) No verter al aire, al agua o al suelo una cantidad o una composición de residuos por encima de la capacidad de absorción por los ecosistemas (por ejemplo; no verter efluentes líquidos que tras una o varias depuraciones previas con plantas industriales aún superen la capacidad de autodepuración natural de los ríos y estuarios).
4) Preservar la biodiversidad de los ecosistemas, y de toda la biosfera.
(De “Ideologías y movimientos políticos contemporáneos” de Joan Antón Mellón-Editorial Tecnos SA-Madrid 1998).

El hombre que destruye, de alguna forma, su entorno natural, no tiene en cuenta las futuras generaciones. Ello no resulta sorprendente cuando nos enteramos de la gran cantidad de abortos que se practican, o de los casos en que los padres abandonan a sus hijos recién nacidos o los castigan desde muy pequeños. Si no se respeta la vida de los niños actuales, menos se ha de respetar la de los niños del futuro. Carlo Rubbia, Premio Nobel de Física, escribió respecto de los residuos nucleares: “No tenemos la más mínima idea de lo que puede suceder con los tubos, con los bidones conteniendo toneladas de sustancias radiactivas que ya hemos sepultado y con los que esperan serlo. Nos libramos de un problema dejándoselo en herencia a las generaciones futuras, puesto que tales residuos permanecerán activos durante milenios”. “En mi opinión estos residuos representan bombas retardadas. Las escondemos pensando que ya no estaremos para responder personalmente por ellas” (De “El dilema nuclear”-Editorial Crítica-Barcelona 1989).

Cuando se contempla, desde el orden legal, o desde la conciencia individual, al problema ecológico, tratamos de conocer el posible efecto que tendrá cada una de nuestras decisiones. Recordemos que la ecología implica tanto a los seres vivientes como al ecosistema. Es absurdo preocuparse demasiado por el medio ambiente y, simultáneamente, despreocuparse totalmente por el sufrimiento de los seres humanos que en él habitan. La actitud ética implica ocuparse de ambos, mientras que ocuparse de uno de ellos puede implicar simple hipocresía.

Una “poco ecológica” tendencia implica priorizar ganancias sacrificando el medio ambiente. Gandhi expresó: “Yo deseo que los millones de pobres de nuestra Tierra sean sanos y felices y los quiero ver crecer espiritualmente. Si sentimos la necesidad de tener máquinas, sin duda las tendremos. Toda máquina que ayuda a un individuo tiene justificado su lugar, pero no debiera haber sitio alguno para máquinas que concentran el poder en manos de unos pocos y tornan a los muchos en meros cuidadores de máquinas, si es que éstas no los dejan antes sin trabajo” (Citado en “Lo pequeño es hermoso”).

La cita anterior no debe hacernos creer que las fallas humanas recaen exclusivamente en los “dueños de las máquinas”, por cuanto las actitudes negativas existen en la mayoría de los integrantes de una sociedad. No sólo debemos criticar a los países ricos por no ayudar a los pobres, sino también a éstos por no ayudarse a ellos mismos.

El físico Max Born dividía la historia de la humanidad en dos etapas. La primera caracterizada por la utilización de la energía solar y una etapa posterior en la que el hombre obtiene energía mediante métodos terrestres (fisión nuclear). Respecto de la futura utilización de energía extraída por medio de la fusión nuclear, podemos imaginar un diálogo entre Dios y los hombres. Dios nos pregunta: “¿Desean obtener una fuente de energía cuyo combustible sea inagotable y que contamine muy poco al medio ambiente?”. Ante una generaliza afirmación, agrega: “Entonces deberéis reproducir, en la Tierra, una pequeña estrella. Y así se cumplirán todos vuestros deseos energéticos”.

La fusión nuclear es el proceso que mantiene al Sol, y a las estrellas, emitiendo radiaciones y calor durante miles de millones de años. Deberemos recurrir a este procedimiento para solucionar nuestros problemas energéticos y, además, los ambientales. Sin embargo, no resulta fácil encontrar la solución práctica, ya que deben lograrse temperaturas del orden de los cien millones de grados. En la actualidad se siguen las investigaciones, pero a ritmo lento.

Cuando alguien pregunta por el “sentido práctico” de la astrofísica teórica, se le puede responder que forma parte de la actividad cognitiva del hombre ya que le permite responder adecuadamente a los requerimientos impuestos por nuestra propia curiosidad intelectual. Luego, esa curiosidad nos llevará a encontrar las soluciones prácticas de los problemas que enfrentamos.

Considerando que el problema ecológico es un problema ético, el camino para solucionarlo puede sintetizarse en la búsqueda de un masivo paso del materialismo a la espiritualidad, entendido el primero como una desmedida búsqueda de comodidades y placer para nuestro cuerpo, y entendida la segunda como una búsqueda de objetivos intelectuales y emocionales que apuntan a un nivel de felicidad bastante mayor que el logrado con el materialismo.