lunes, 6 de abril de 2015

Balance entre deberes y derechos

La forma en que ha de establecerse una sociedad justa depende esencialmente del equilibrio entre deberes y derechos que ha de imperar en cada vínculo social. Para que surja en cada individuo el sentimiento de comunidad, debe predominar la actitud cooperativa sobre la competitiva. En ese caso, existirá una tendencia a establecerse el equilibrio mencionado que ha de surgir como una consecuencia necesaria y evidente. La sociedad injusta, por el contrario, se ha de caracterizar por un manifiesto desequilibrio entre la predisposición a cumplir con nuestros deberes y a exigir el respeto de nuestros derechos.

La interacción más simple es la que todo individuo establece con la sociedad pudiendo describirse a partir de la siguiente igualdad:

Deberes – Derechos = 0

Este ha de ser el caso ideal; el de la persona justa, que da a la sociedad lo mismo que de ella recibe, ya que los deberes implican dar algo de nosotros mientras que los derechos implican recibir algo de los demás. Quienes dan a la sociedad bastante más de lo que reciben, son los casos excepcionales que sirven para compensar parcialmente el desequilibrio casi siempre existente.

Como ejemplo podemos considerar nuestra obligación de mantener limpia la ciudad evitando arrojar papeles u objetos inutilizables en la vía pública. Incluso tenemos el deber de colocarlos en recipientes adecuados para esa finalidad. Esperamos también que los demás cumplan con sus deberes de manera de satisfacer nuestro derecho a transitar por una ciudad limpia. De ello concluimos que nuestros deberes apuntan a satisfacer los derechos de los demás mientras que nuestros derechos han de ser cubiertos por los deberes de los demás.

El desequilibrio se establece cuando la persona egoísta ignora sus deberes y simultáneamente exige de los demás la satisfacción de sus derechos, lo cual puede simbolizarse como sigue:

Deberes – Derechos = - 100.............. (Deberes = 0)

En este caso se ha supuesto que el individuo tiene varios deberes que cumplir y una cantidad similar de derechos, siendo el de la limpieza sólo uno de tantos. En forma arbitraria se considera que la totalidad de deberes hacia la sociedad implica una cantidad de 100 unidades, mientras que los derechos suman otro tanto. Si el individuo no cumple con ninguno de sus deberes, (Deberes = 0), el resultado será de 100 unidades negativas por cuanto la persona aludida sólo contempla sus derechos. Este podría ser el caso de la persona insociable que actúa de una manera injusta, o desequilibrada, como es propio de los resentidos y de los delincuentes.

Las personas reales oscilan entre ambos extremos, ya que muchos cumplen parcialmente con sus deberes y son levemente exigentes respecto del cumplimiento de los deberes de los demás, que serán sus propios derechos.

Como el cumplimiento de nuestros deberes es el único accesible a nuestras decisiones, la sociedad justa debe apuntar hacia el hábito de cumplir con los deberes individuales. Por el contrario, la sociedad injusta es la que estimula en sus integrantes la actitud exigente hacia los demás, y por la cual, en lugar de exigirse cada uno a si mismo lo que le corresponde, se priorizan las protestas contra el resto, que tampoco se exige nada en cuanto a sus respectivos deberes. La sociedad injusta no es otra cosa que la consecuencia necesaria del fenómeno social conocido como “la rebelión de las masas”. José Ortega y Gasset escribió: “Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales». Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meros idola fori: carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que siempre esté en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que sólo tiene derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga” (De “La rebelión de las masas”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1984).

La anomia, o ausencia de normas, en realidad es una voluntaria renuncia al cumplimiento de las normas sociales elementales conocidas por todos. La caracterización de la Argentina como “un país al margen de la ley” no es más que una manera distinta de expresar el desequilibrio antes mencionado.

La restante posibilidad, mediante la cual al hombre se le niegan todos sus derechos, corresponde al estado de esclavitud o servidumbre promovido por lo general por los Estados totalitarios:

Deberes – Derechos = 100.............. (Derechos = 0)

Cuando los derechos de un individuo no son respetados, sólo tiene deberes que cumplir. También se dice que “tiene un sólo derecho: el de obedecer”. Como contrapartida, quienes dirigen el sistema totalitario se arrogan todos los derechos a ellos mismos, relegando todo tipo de deberes, lo que constituye una absurda y total tergiversación de lo que se entiende por “nobleza”.

En cierta forma, se han mencionado las actitudes que tienden a conformar los distintos sistemas políticos existentes, y también la ausencia de ellos:

Democracia: equilibrio entre deberes y derechos (promovido por el liberalismo)
< Caos: incumplimiento generalizado de los deberes (promovido por el populismo)
Totalitarismo: anulación de los derechos individuales por parte del Estado (promovido por el marxismo y el fascismo)

El proceso de desintegración de una sociedad puede considerarse como una situación por la cual se pasa desde la democracia al caos y luego al totalitarismo. Como reflejo de tal tendencia se advierte un rechazo del liberalismo a favor de la adhesión a las tendencias totalitarias. El citado autor agrega: “Este universal esnobismo [sin nobleza], que tan claramente aparece, por ejemplo, en el obrero actual, ha cegado las almas para comprender que, si bien toda estructura dada de la vida continental tiene que ser trascendida, ha de hacerse esto sin pérdida grave de su interior pluralidad. Como el snob está vacío de destino propio, como no siente que existe sobre el planeta para hacer algo determinado e incanjeable, es incapaz de entender que hay misiones particulares y especiales mensajes. Por esta razón es hostil al liberalismo, con una hostilidad que se parece a la del sordo hacia la palabra. La libertad ha significado siempre en Europa franquía para ser el que auténticamente somos. Se comprende que aspire a prescindir de ella quien sabe que no tiene auténtico quehacer”.

“Con extraña facilidad todo el mundo se ha puesto de acuerdo para combatir y denostar al viejo liberalismo. La cosa es sospechosa. Porque las gentes no suelen ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas. No pretendo que el viejo liberalismo sea una idea plenamente razonable: ¡cómo va a serlo si es viejo y si es ismo! Pero sí pienso que es una doctrina sobre la sociedad mucho más honda y clara de lo que suponen sus detractores colectivistas, que empiezan por desconocerlo”.

Últimamente se asocia a la palabra democracia el cumplimiento casi exclusivo del proceso electoral sin tener en cuenta el resto de las obligaciones contraídas tanto por los gobernantes como por los gobernados. El gobierno populista o tiránico aduce sus derechos a gobernar durante todo el tiempo estipulado por la ley, es decir, durante el periodo presidencial, sin apenas tener en cuenta si cumple con los deberes que tiene respecto de la sociedad. De ahí surge la diferencia entre “legitimidad de acceso al poder” y “legitimidad de gestión”. Cuando la sociedad reclama por no ser contemplados sus derechos, el gobierno tiránico la acusa de “golpista” y de “antidemocrática”, cuando en realidad es el gobierno populista quien primero ha roto los pactos establecidos explícitamente por la democracia liberal. Ortega escribe al respecto:

“Es muy difícil salvar una civilización cuando le ha llegado la hora de caer bajo el poder de los demagogos. Los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones. La griega y la romana sucumbieron a manos de esta fauna repugnante, que hacía exclamar a Macaulay: «En todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos». Pero no es un hombre demagogo simplemente porque se ponga a gritar ante la multitud. Esto puede ser, en ocasiones, una magistratura sacrosanta. La demagogia esencial del demagogo está dentro de su mente y radica en su irresponsabilidad ante las ideas mismas que maneja y que él no ha creado, sino recibido de sus verdaderos creadores. La demagogia es una forma de degeneración intelectual”.

El equilibrio entre deberes y derechos se establecerá a partir de una mejora ética individual generalizada; no habiendo otro camino, aunque muchos supongan que un buen sistema político, o un buen sistema económico, podrán sustituir la ética natural haciendo que las sociedades funcionen ordenadamente a pesar de las falencias morales de sus integrantes. En la Introducción del libro citado puede leerse: “Característico del nuevo orden, de la sociedad de masas, de estos países donde las minorías egregias han sido desplazadas, es el crecimiento desmesurado del poder estatal. El Estado, nacido en Europa como técnica de orden público y de administración, es para Ortega un aparato ortopédico que sólo se justifica por la necesidad de corregir las deformaciones disociales que la propia existencia de la sociedad genera. Lo paradójico, históricamente hablando, es que la sociedad que forjó este instrumento de autoprotección para servirse de él, se ha enajenado sirviéndole exclusivamente a él. La fórmula mussoliniana de «Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado» es para Ortega sencillamente abominable”.