jueves, 5 de febrero de 2015

Optimismo vs. pesimismo

Respecto de la realidad cotidiana, podemos adoptar tres posturas; la de quienes la ven mejor de lo que es (optimismo), la de quienes la ven tal cual es (realismo) y la de quienes la ven peor de lo que es (pesimismo). La actitud que adoptamos frente a la vida estará ligada a la forma en que observamos la realidad, y dependerá tanto de la realidad como de la opinión que tengamos sobre ella. El pesimista es el que observa con preponderancia la ausencia de lo bueno bajo una especie de daltonismo anímico y moral. “Nunca pensamos en lo que tenemos, sino siempre en lo que nos falta” (Schopenhauer). El optimista, por el contrario, tiende a contagiar a los demás con su permanente búsqueda de la alegría. Baruch de Spinoza escribió: “La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimirlas porque gozamos de ella” (De “Ética”).

Podemos vincular las raíces psicológicas, tanto del capitalismo como del socialismo, a la visión que tengamos de la realidad. Así, quien cree en la bondad y perfectibilidad del hombre, considerará a la libertad como el valor esencial de la vida, mientras que quienes sólo observan maldad e imperfección, abogarán por la existencia de un Estado que limite todo accionar individual. Louis Pauwels escribió: “El pesimista lo es porque ha profetizado que todo irá muy mal. El optimista, porque todo irá muy bien. Lo cierto es que ambos son dos imbéciles; el uno triste; el otro alegre. Y si fueran inteligentes al extremo, lamento tener que decirlo, uno sería Marcuse y el otro Teilhard. Y esto por la perentoria razón de que la inteligencia se malgasta cada vez que pretende ser oráculo antes que instrumento”.

“Sin embargo, siendo la siniestrosis, como su nombre lo indica, una enfermedad de la izquierda (siniestra), este filósofo de lo anticolectivo es marxista. Tal vez para ser fiel al proverbio rumano: «Todo está mal con el mal; pero está peor sin el mal»”.

Además de las actitudes personales que podamos adoptar, existen posturas filosóficas asociadas al orden natural que podemos calificar como pesimistas u optimistas. Así, tenemos a quienes observan un universo sin sentido, sin finalidad, sin presente ni futuro; a esta postura se la denomina “pesimista”. Por otra parte, quienes observan un universo en donde se vislumbra un sentido, o una finalidad, en donde el hombre es considerado un actor importante, se dice que se trata de una postura “optimista”. Todavía siguen vigentes las discusiones acerca de cuál es la postura más cercana al realismo filosófico.

También las actitudes religiosas tienen relación con el optimismo y el pesimismo; el creyente supone la existencia de un mundo bien hecho por Dios, al cual nos debemos adaptar. El ateo supone que el mundo es una trampa y, por lo tanto, debemos transformarlo para adaptarlo a la medida del hombre. El citado autor agrega: “La siniestrosis recubre el espíritu de la época. Se siente angustia, se ve sólo lo peor. Porque ésta es la supermoda, porque así se hace ahora. La conciencia en duelo, porque así se hace ahora, es una conciencia condenada”.

“En lugar de confesar sinceramente: «Ay, ¡ya no valgo nada!», el pervertido abre la boca y grita: «¡Ya no hay nada que valga algo!». El corazón más vil, y que sabe de su falsedad, busca así y todo una justificación. El pervertido se persuade de que su posición es enteramente nueva en un mundo que cambia. Por unos cuantos centavos de lectura sabría que desde hace mucho tiempo ya se ha dicho todo sobre su caso”.

“En su delectación sombría y en la rebelión, este hijo de burgueses se hace vocero, no de la clase trabajadora que él ignora –la cual a su vez lo ignora- sino de su propia capa social en decadencia. En su cólera expresa el dolor agobiador de sentirse pobre en la vida. Bajo la presión de su incultura moral, que lo enceguece sobre las causas de su dolor, se lanza contra la sociedad perversa y la civilización inhumana, y entonces reclama, no mejoras, sino un gran desbarajuste que haga sufrir al mayor número posible de gente aparentemente feliz”.

“Habiendo perdido la alegría, que es un atributo de la relación consigo mismo y con Dios, cualquiera sea nuestra condición en el mundo y la sociedad, él considera que esa condición es el mal absoluto. Dice que quiere la justicia, pero invoca una tiranía que lo libera del tiránico sufrimiento de su fracaso como ser humano. Esperar la ayuda de otros y esperar circunstancias que le ayuden a cambiar, ¡que va! Arruina las circunstancias, pudre a los demás: él no cambia, se agrava” (De “Carta abierta a la gente feliz”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1972).

Puede decirse que el revolucionario es el pesimista terco e intransigente que, en lugar de buscar adaptarse a la sociedad y al orden natural, como toda persona normal, trata de que la sociedad y la naturaleza se adapten a sus preferencias personales. El problema no radica en que existan individuos con tales atributos psicológicos, sino que lo grave es que existan sectores de la sociedad que comparten tales atributos. Friedrich Nietzsche escribió: “Existe un instinto de causalidad que lo impulsa a razonar: fuerza es que alguien tenga la culpa si él se encuentra en situación tan triste. Esta hermosa indignación por sí mismo ya le hace bien. Para un pobre diablo es un verdadero placer poder injuriar. Encuentra aquí una cierta embriaguez de potencia. La queja, el solo hecho de quejarse puede dar a la vida un atractivo que ayuda a soportarla. En toda queja hay una dosis refinada de venganza. El hombre reprocha su malestar, y en ciertos casos hasta su bajeza, como una injusticia, a quienes se encuentran en otras condiciones. Puesto que soy un canalla, tú deberías ser también un canalla. Con esta lógica se hacen las revoluciones” (“El crepúsculo de los ídolos”).

Entre los ataques disimulados a la cultura occidental aparece un llamativo “interés” por el cuidado del medio ambiente. Por lo general, ello no va más allá de las palabras y de los deseos, ya que puede advertirse derroche de energía eléctrica, que contamina adicionalmente el ambiente, en sectores que claman a viva voz por el cuidado ambiental. “Seguramente estoy inquietando a las almas buenas que experimentan un amor sincero por el agua de manantial y los pajaritos. Yo acompaño ese amor; sólo que, buenas almas, no os dejéis engañar. Lo que se quiere es que maldigáis este mundo. El mito de la contaminación os embauca e introduce en vosotros, con el desaliento y el hastío, fermentos de anticivilización. Quieren que lleguéis a un estado de la menor resistencia a la propaganda antioccidental. El abecé de la persuasión guerrera consiste en utilizar a los inocentes y en hacer servir las peores intenciones por los mejores sentimientos”.

Tanto el optimista como el pesimista creen ser realistas, de lo contrario modificarían sus posturas, aunque siempre tiende a predominar el pesimismo por cuanto resulta más fácil destruir que construir, ya que en cuestiones humanas hay varias maneras de destruir y sólo una forma efectiva para construir. Tanto el optimismo como el pesimismo son contagiosos; el primero proviene de la fe o bien de la evidencia de que existe un orden natural benévolo o, al menos, accesible, mientras que el segundo proviene de la ausencia de sentido asociada a las pretensiones de imponer a los demás algún sentido artificial. De ahí que las sociedades, en etapas de severas crisis se arriesgan a caer, no bajo el criterio de la razón, sino detrás del que “grita más fuerte”. Hannah Arendt escribió:

“La fascinación es un fenómeno social, y la fascinación que Hitler ejerció sobre su entorno tiene que ser comprendida atendiendo a quienes le rodeaban. La sociedad se muestra siempre inclinada a aceptar inmediatamente a una persona por lo que pretende ser, de forma que un chiflado que se haga pasar por genio tiene unas ciertas probabilidades de ser creído. En la sociedad moderna, con su característica falta de discernimiento, esta tendencia ha sido reforzada de manera que cualquiera que no sólo posea opiniones, sino que las presente en un tono de convicción inconmovible, no perderá fácilmente su prestigio aunque hayan sido muchas las veces en que se ha demostrado que estaba equivocado. Hitler, que por una experiencia de primera mano conocía el moderno caos de opiniones, descubrió que la inutilidad del examen de las diferentes opiniones y «el convencimiento…, de que todo es un disparate» podían evitarse, adhiriéndose a una de las muchas opiniones corrientes con «inquebrantable firmeza». Esta aterradora arbitrariedad de semejante fanatismo ejerce una gran fascinación en la sociedad, porque durante la reunión social se ve liberada del caos de opiniones que constantemente genera. Sin embargo, este «don» de la fascinación tenía solamente una importancia social…Creer que los éxitos de Hitler estuvieron basados en sus «poderes de fascinación» es totalmente erróneo; con aquella cualidad solamente, jamás hubiera podido ser algo más que una figura destacada en los salones" (De "Los orígenes del totalitarismo"-Aguilar-Buenos Aires 2010).

Mientras que la discriminación racial, que dio origen al nazismo, está siendo superada, persiste todavía la discriminación social impulsada por el marxismo. No existe mayor pesimista que aquel que supone la existencia de razas o de clases que necesariamente han de tener serios defectos morales y que por ello se las debe combatir. Si en el futuro predominara la alegría, la virtud y la felicidad, habría de desaparecer toda una rama del pensamiento político, por cuanto no habría personas pesimistas para sustentarla. Louis Pauwels agrega: “Lo romántico histórico: [Che] Guevara. La ilusión lírica: la Comuna [de París]. La indignación: Mayo [68]. Lo romántico histórico no embellece la historia: la disfraza. La ilusión lírica no galvaniza las energías: las echa a perder. No se opone a una sociedad de indignación. Lo que se le opone es otra sociedad”.

“Lo romántico histórico, la ilusión lírica y la indignación no son valores de civilización, ni en la selva ni bajo las luces de neón. Son valores literarios; y es más aún, propios de la literatura convertida al nihilismo. Desde hace un siglo es esta literatura la que ocupa el campo. Como los que influyen son literatos, nada asombroso es el hecho de que un izquierdismo de sonámbulos falsee situaciones. Esos influyentes enseñaron a los niños de todas las naciones que no hay nada más hermoso que un mito negativo. Les dieron ese sentimiento singular que excita a la rebelión y engendra el amor por las causas perdidas: la pasión de la impotencia”.