sábado, 14 de febrero de 2015

Literatura, arte y política

Gran parte de los escritores realiza sus actividades literarias con el objetivo de recrear la realidad, en lugar de describirla tan exactamente como podrían hacerlo; lo que constituiría esencialmente la labor del científico. Así, mientras que el novelista se identifica con el artista, el ensayista tiende a identificarse con el científico social. En materia de esculturas se observan también distintas tendencias que varían dentro de ambos extremos, como es el caso de las estatuas romanas en las que se advierte una tendencia a dejar impresas en piedra las facciones y la figura de los emperadores en forma fidedigna, lo que constituye un arte con un ideal cercano al de la ciencia. Sin embargo, algunos comentan que el Octavio Augusto real no lucía tan vistoso como el que pasó a la posteridad, en cuyo caso se sacrificó un poco (o bastante) la verdad para recrearla con la intención de que fuese contemplada con mayor admiración.

Mientras que el hombre necesita imperiosamente de la verdad, que es el objetivo a alcanzar por las distintas ramas de la ciencia, e incluso por la religión, necesita también vivir de los placeres que brindan las distintas actividades artísticas. Imaginemos que nos faltara la música, por ejemplo, y advertiremos que la vida sería bastante distinta. Mario Vargas Llosa escribió: “Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”.

“En efecto, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es”. “Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo insatisfecho” (De “La verdad de las mentiras”-Alfaguara SA de Ediciones-Buenos Aires 2009).

La lectura requiere una inversión de tiempo y dinero, de ahí que todo individuo, al igual que hace en toda inversión, trata de vislumbrar si ha de ser fructífera para el futuro. Si alguien lee solamente novelas, conocerá una mezcla de verdades y mentiras que posiblemente no le permitirán construir interiormente un esquema cognitivo como el que podrá derivarse del conocimiento de alguna rama de la ciencia. De ahí que, como en todo tipo de actividad, los extremos suelen ser malos. Los “buenos inversores” de tiempo y dinero, en cierta forma temen leer novelas ante la permanente duda de si aquello que leyó era cierto o era sólo una ficción literaria, mientras que encuentran en los libros de ciencia la posibilidad de adquirir conocimientos con bases firmes aunque sólo puedan permitirle una visión limitada de la realidad.

No deben dejarse de lado, sin embargo, las ventajas que ofrece la literatura existente ya que en ella pueden encontrarse las motivaciones que orientarán posteriormente las acciones individuales. “Documentar los errores históricos de «La guerra y la paz» sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui géneris, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte «enajenante», es de constitución anti-brechtiana: sin «ilusión» no hay novela”.

Debido a la influencia que tienen los novelistas en la sociedad, no resulta extraño que hayan sido censurados bajo los sistemas totalitarios. El citado autor agrega: “Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida desconfíen de las ficciones y las sometan a censura. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad”.

La novela histórica por lo general tiende a expresar de una manera fiel los acontecimientos, con el agregado del atractivo que puede asociarle el escritor. Irvin D. Yalom escribió: “He intentado escribir una novela que podría haber ocurrido. Sin apartarme más de lo necesario de los hechos históricos, he abrevado en mi experiencia profesional como psiquiatra para imaginar los mundos interiores de mis protagonistas, Bento Spinoza y Alfred Rosenberg. He inventado dos personajes, Franco Benítez y Friedrich Pfister, para que sirvieran de vías de acceso a la psiquis de mis protagonistas. Todas las escenas que los involucran son, por supuesto, ficción”.

“Prácticamente nada se sabe de la reacción emocional de Spinoza al ser expulsado de su comunidad. Mi descripción de su reacción es completamente ficticia pero, en mi opinión, es una reacción posible ante una separación radical de todos aquellos a los que alguna vez había conocido. Las ciudades y las casas que Spinoza habitó, su trabajo de pulir lentes, su relación con los estudiantes, su amistad con Simon de Vries, sus publicaciones anónimas, su biblioteca, y, finalmente, las circunstancias de su muerte y funeral, todo esto tiene bases en la historia”. “Después de todo, como dijo André Gide: «La historia es ficción que en efecto ocurrió; la ficción es historia que podría haber ocurrido»” (De “El enigma Spinoza”-Emecé-Buenos Aires 2012).

De la misma manera en que el docente resulta ser el intermediario entre el alumno y quien crea el conocimiento, el escritor es el que mejor transmite los hechos políticos al gran público. Este ha sido el caso de los disidentes durante el régimen soviético, capaces de sintetizar en una novela toda una realidad vivida por los prisioneros en un campo de concentración. Vargas Llosa escribió: “Quien lee ahora, por vez primera, «Un día en la vida de Iván Denisovich» queda perplejo. ¿Es posible que este breve relato provocara, al aparecer, en 1962, semejante conmoción? Un cuarto de siglo después nadie ignora la realidad del Gulag y los genocidios de la era Stalin, que el propio Nikita Jruschov denunció en el XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Pero en 1962, innumerables progresistas del mundo entero se resistían todavía a aceptar aquel brutal desmentido de la quimera del paraíso socialista. El discurso de Jruschov era negado, atribuido a maniobras del imperialismo y sus agentes. En estas circunstancias, A. Tvardovski, con autorización del propio Jruschov, publicó en «Novy Mir» el texto que daría a conocer al mundo a Alexandr Solzhenitsin y marcaría el inicio de su carrera literaria”.

“El relato es, desde el punto de vista formal, de un realismo riguroso que no se toma jamás la menor libertad respecto a la experiencia vivida, muy en línea de lo que fue siempre la gran tradición literaria rusa. Y está impregnado, además, como una novela de Tolstoi, de Dostoievski o de Gorki, de indignación moral por el sufrimiento que causa la injusticia humana. ¿Puede este sentimiento llamarse «socialista»? Sí, sin duda. Una actitud ética y solidaria del pobre y de la víctima, del que por una u otra razón queda al margen o atrás o derrotado en la vida, es la última bandera enhiesta de una doctrina que ha debido arriar, una tras otra, todas las demás, luego de comprobar que el colectivismo conducía a la dictadura en vez de a la libertad y el estatismo planificado y centralista traía, en lugar de progreso, estancamiento y miseria. Por esos extraños pases de prestidigitación que tiene a menudo la existencia, Alexandr Solzhenitsin, el más feroz impugnador del sistema que crearon Lenin y Stalin, podría ser, sí, el último escritor realista socialista”.

La sociedad colectivista quedó plasmada en “1984”, novela aparecida en 1949. Christiane Zschirnt escribió: “El Gran Hermano de Orwell es la autoridad del totalitarismo, que no puede ser vista pero que controla todo. Es el fantasma del control oculto, el espíritu del miedo omnipresente y el demonio de la policía secreta, que aparece a las cuatro de la madrugada en la puerta de la casa para llevarte a la cámara de torturas o al campo de trabajos forzados”. “El gobierno controla a la población mediante vigilancia constante, la manipulación y el lavado de cerebro. Se habla el lenguaje propagandístico Newspeak («neolengua»), en el que los significados originarios devienen en su contrario o son embellecidos…”.

“El gobierno opera con ayuda de sus cuatro ministerios: el de la paz (que se ocupa de la guerra), el del amor (encargado de mantener la ley y el orden), el de la abundancia (competente para los asuntos de la arruinada economía) y el de la verdad (que se dedica a producir las noticias, el entretenimiento y el arte). El Estado espía a sus ciudadanos en todas partes, tergiversa la verdad y falsea la historia” (De “Libros. Todo lo que hay que leer”-Punto de Lectura SL-Madrid 2006).

Resulta llamativo que el propio Orwell, capaz de describir en detalles los defectos de los sistemas colectivistas, haya incluso intervenido en la Guerra Civil Española a favor del bando que habría de profundizar, en caso de vencer, un sistema similar al soviético. En realidad, se trata de una actitud bastante generalizada y que incluye prácticamente a todo el espectro político de izquierda, por cuanto promueve la estatización de los medios de producción y la concentración de poder en el Estado ante la ingenua suposición de que va a ser dirigido por “gente honesta”. En caso de acertar con la ilusión, se logrará un sistema carcelario y mediocre, mientras que en caso de caer en manos de algún dictador, conducirá a una catástrofe social como las ocurridas en varios países. Mario Vargas Llosa escribe al respecto: “El uso tendencioso que las fuerzas políticas conservadoras hicieron, durante la guerra fría, de las ficciones antitotalitarias de George Orwell –«Animal Farm» y «1984»- ha distorsionado la imagen de este escritor, al extremo de que muchos ignoran, hoy, que fue un severísimo crítico de la Unión Soviética y el comunismo, no en nombre del statu quo, sino de una revolución socialista que él creía compatible con la democracia y la libertad, y el único sistema capaz de dar a estos valores un contenido real y compartido por todos los miembros de la sociedad. Ignoran también, que el combatiente voluntario de la República española contra la sublevación franquista, al mismo tiempo que denunciaba los crímenes y la represión en el régimen de Stalin, era un crítico implacable del sistema capitalista y del imperialismo…”.