martes, 17 de febrero de 2015

Libre examen y subversión

El surgimiento del protestantismo trajo asociada la propuesta del Libre Examen, esto es, la posibilidad de una interpretación libre de las Sagradas Escrituras sin atenerse a las directivas provenientes de la Iglesia Católica. Teniendo presente el principio de que “todos los extremos son malos”, puede decirse que no es lo ideal que un individuo pierda su libertad de pensamiento para someterse a la autoridad intelectual de otros hombres como tampoco es lo ideal que cada uno interprete y piense de la Biblia lo que le venga en ganas. Jordán Bruno Genta escribió: “Le debemos a Lutero la primera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, esto es, del Libre Examen aplicado a las cosas de Dios: «Libertad del individuo y derecho de cada cual a guiarse por la experiencia de su propio espíritu…Si has recibido la Palabra por la Fe, considera cumplidos todos los preceptos y considérate a ti mismo libre en todo…Todos los sacramentos quedan entregados a tu libertad personal»” (De “Libre examen y comunismo”-Ediciones Dictio-Buenos Aires 1976).

En realidad, si uno concurre a cualquier congregación protestante y propone practicar el “libre examen” de lo que allí se dice, pronto le sugerirán que se vaya a otra congregación en la que uno pueda adaptarse mejor a la “libre interpretación” de la Biblia. Por lo general, se busca la disolución de la autoridad, en una primera etapa en la que surge el caos, para ser suplantada luego por otra nueva. El citado autor agrega: “La subversión de lo divino y sobrenatural promovido por la dialéctica del Libre Examen tenía que continuarse necesariamente con el arrasamiento de todas las distinciones y jerarquías naturales en lo político y social, tal como nos ilustra el sutil ingenio de Juan Luis Vives: «¿Qué diré de la dignidad, del honor, del Imperio? Suprime hoy los senadores, los cónsules, el príncipe y mañana existirán por cada doce senadores suprimidos, doce mil; por cada dos cónsules, dos mil: y mil príncipes por el que suprimieras»”. “Y por esta pendiente se llega finalmente a la negación de la Propiedad Privada, la distinción y jerarquía externas de la persona y sostén de la libertad familiar”.

Juan Luis Vives advertía sobre los efectos del Libre Examen ya en 1535: “En otro tiempo, en Alemania, las cosas de la piedad estaban de tal suerte constituidas que se mantenían firmes y estables…Mas alguien advino que se atrevió a discutir algunas, al principio moderada y medrosamente, muy luego sin rebozo…para negarlas, suprimirlas o rechazarlas, mostrando tanta seguridad como si el objeto hubiese bajado del cielo conociendo los secretos designios de Dios, o se tratase de coser un zapato o un vestido…De las discrepancias de opiniones surgió la discordia de la vida…y entonces, a los que habían suscitado la guerra en el fementido nombre de libertad e injustísima igualdad de los inferiores con los superiores sucedieron los que decretaron, pidieron y exigieron no ya aquella igualdad, sino la comunidad de todos los bienes”.

“Crea, pues, hombres nuevos y entonces esa República de Platón, no solamente zaherida por los filósofos sino rechazada por la naturaleza misma de las cosas, podría tener existencia. Porque con los hombres tales como son y con las pasiones que les mueven, en vez de la comunidad se obtendrán odios, discusiones, pendencias, contiendas y guerras, ya que nuestra naturaleza repudia la comunidad de bienes, la rehúye, la repele” (“De la comunidad de los bienes”).

La actitud de protestantismo contempla la “justificación por la Fe”, antes que por las obras, lo que en cierta forma transforma la religión ética en una religión contemplativa. Jordán Bruno Genta escribe al respecto: “Lutero es también el precursor del hombre nuevo, con su famosa tesis de la justificación por la sola Fe, sin las obras: de que el hombre no es libre para el bien; y la razón no alcanza verdaderamente lo espiritual”. “Aparentemente hace radicar la salvación en el mérito exclusivo de Cristo; pero, en verdad, divide la ciencia y la vida temporales de la Fe y de la Iglesia de Cristo. Si ya estamos justificados o condenados y nada significan nuestras obras para la salvación o perdición en la eternidad, esta vida de aquí abajo nada tiene que ver con la vida de allá arriba. El único punto de incidencia es la experiencia íntima de la Fe que para lo único que sirve es para la piedra libre del pecado: «Sé pecador, un verdadero pecador, y peca de firme: pero cree más firmemente todavía» (Lutero)”.

Se advierte que la labor destructiva de Lutero no apuntaba sólo a la Iglesia Católica, que ya realizaba su propia tarea autodestructiva, sino al cristianismo, ya que relegar la ética cristiana a un lugar secundario implica su debilitamiento total. La prioridad de la fe sobre las obras, o sobre la conducta, tiende a empeorar a las personas en lugar de mejorarlas. Esto se advierte especialmente en los adolescentes, que por lo general fingen menos que los adultos, cuando cometen errores voluntariamente, en especial cierto trato irrespetuoso hacia los mayores por cuanto creen estar previamente “purificados por el Espíritu Santo”, quien les otorgaría cierta libertad para cometer pecados estando disculpados de antemano por dicha creencia. Es decir, lo que comúnmente se denomina “hipocresía del creyente”, tiene su sustento y justificación en la creencia de la prioridad de la fe a la conducta.

Un impacto similar al provocado por la aparición del protestantismo, se derivó del Concilio Vaticano II (1963 a 1965). Los cambios que se introdujeron fueron abriendo las puertas de la Iglesia a la intromisión del marxismo-leninismo haciéndose evidente que la destrucción de la Iglesia conducía en forma inmediata a la destrucción de la sociedad. La apertura mencionada consistía en la adhesión al pluralismo y a la libertad religiosa mediante los cuales la Iglesia admitía cierta igualdad respecto de otras religiones. Le negaba a Cristo aquello de “Yo soy la verdad, el camino y la vida” por cuanto supone que existe algún camino paralelo al amor al próximo que ha de producir efectos similares en los seres humanos, incluso admite tácitamente que los caminos alternativos pueden ser varios.

Excluyendo las actitudes del fanático que afirma que su propia religión es la mejor y la verdadera, resulta evidente que todas las religiones son distintas y que su seguimiento ha de producir también distintos efectos. De ahí que, en un momento histórico determinado, una de ellas ha de estar más cerca de la verdad que otras y ha de producir mejores efectos que las demás. Cuando un sacerdote católico no está convencido que el cristianismo es la mejor religión, debe dejar los hábitos y dedicarse a otra cosa en lugar de aceptar el pluralismo cuya idea subyacente es que “todas las religiones son iguales” o que “cualquiera de ellas produce similares efectos”. Mons. Marcel Lefebvre escribió: “Dos esquemas habían sido elaborados antes del Concilio Vaticano II en la Comisión Central Preparatoria. Uno, intitulado «De la tolerancia religiosa», era sostenido por el cardenal Ottaviani. Era un texto muy bello, muy ceñido a la doctrina tradicional”. “El otro estaba presentado por el cardenal Bea. Se intitulaba «De la libertad religiosa» y contenía, a mi parecer y al de un número no desdeñable de padres, afirmaciones insostenibles y hasta groseros errores con respecto a la Verdad y a la Iglesia eterna. Por ejemplo, mientras la Iglesia proclamó siempre que no había salvación fuera de Jesucristo, el esquema del cardenal Bea afirmaba que todo hombre, siguiendo simplemente a su conciencia, puede alcanzar su salvación eterna” (De “Sí y no”-Editorial Iction-Buenos Aires 1978).

Los diversos conflictos religiosos se han producido, históricamente, entre los defensores de la verdad en contra de los defensores del error y la mentira, si bien las cosas nunca estuvieron del todo claras respecto a quién poseía la verdad y quién estaba en el error, por lo que el cardenal Agustín Bea supone que quien aduce tener la verdad debe en cierta forma atenuar sus pretensiones de difundirla entre los demás. Al respecto escribió: “En el nivel práctico, puede objetarse que aun garantizada la revelación de Dios, un cuerpo organizado que pretende ser el fiel depositario del mensaje de Dios, o sea la Iglesia Católica, en realidad se convirtió en una entidad monárquica, monolítica, centralizada, que reforzó una especie de férrea disciplina de tipo militar, que sofoca la libertad de pensamiento, de iniciativa y de decisión personal”.

“El principio de la supremacía e infalibilidad papal contiene en sí mismo una teoría absolutista, con las inherentes posibilidades de abuso de autoridad y prácticamente, de tiranía. Además, el presente Concilio sólo alivia el autoritarismo esencial, diluyéndolo un poco. Pero sigue todavía en pie la objeción principal de que la Iglesia Católica pretende someter las conciencias de los hombres, de una manera contraria al pensamiento moderno y a los principios democráticos, que se aceptan cada vez más como normativos, y que son los únicos que mantienen la dignidad y libertad humanas” (De “Unidad en la libertad”-Editorial Troquel-Buenos Aires 1965).

La “dictadura” de los Papas pronto fue cediendo a la de los cardenales hasta llegar el momento de entronarse los propios marxistas-leninistas en lugares claves de la Iglesia. Mons. Marcel Lefebvre escribió: “«Comunistas, ¿qué solicitáis para que podamos tener la felicidad de recibir a algunos representantes de la Iglesia Ortodoxa rusa en el Concilio?, ¡algunos emisarios de la KGB!». La condición exigida por el patriarcado de Moscú fue la siguiente: «No condenéis al Comunismo en el Concilio, no habléis de este tema», y además «manifestad apertura y diálogo hacia nosotros». Y el acuerdo se hizo, la traición fue consumada: «De acuerdo, no condenaremos al comunismo». Esto se ejecutó al pie de la letra; yo mismo llevé, junto con Mons. Proenca Sigaud, una petición con 450 firmas de Padres conciliares al Secretario del Concilio Mons. Felici, pidiendo que el Concilio pronunciara una condenación de la más espantosa técnica de esclavitud de la historia humana, el comunismo. Después, como nada ocurría, pregunté qué había sido de nuestro pedido. Buscaron y finalmente me respondieron con una desenvoltura que me dejó estupefacto: «Oh, su pedido se extravió en un cajón…». Y no se condenó al comunismo; o más bien, el Concilio cuya intención era discernir los «signos de los tiempos», fue condenado por Moscú a guardar silencio sobre el más evidente y monstruoso de los Signos de estos tiempos!”. “Está claro que hubo en el Concilio Vaticano II un entendimiento con los enemigos de la Iglesia, para terminar con la hostilidad existente hacia ellos. ¡Es un entendimiento con el diablo!” (De “Le destronaron”-Ediciones San Pío X-Buenos Aires 1987).

De la misma manera en que la Iglesia Católica pidió disculpas ante los reiterados abusos sexuales cometidos por algunos de sus sacerdotes, debe también hacerlo por los asesinatos de miles de victimas inocentes inducidos por curas marxistas-leninistas, como principales promotores ideológicos de la subversión. Sólo de esa manera demostrará la Iglesia que aun le queda algo de la dignidad de otras épocas, o de la que debería haber tenido.