lunes, 2 de febrero de 2015

La libertad religiosa y sus excesos

Respecto de las acciones humanas, se dice que un hombre es libre cuando puede hacer lo que quiere sin perjudicar a los demás. Esto implica tener como límite lo que indica la moral previamente aceptada. En cuestiones religiosas, la libertad de pensamiento y de acción presenta limitaciones adicionales por cuanto, por lo general, predomina la fe sobre la razón. Así, cuando se habla de la libertad religiosa, debemos considerar varios casos. Uno de ellos es la libertad que concede la sociedad, o el Estado, a las diversas religiones. Si bien en muchos países existe la posibilidad de realizar actividades libres en materia religiosa, se destacan aquellos que financian la construcción de templos de su propia religión en el exterior pero no aceptan que otras religiones lo hagan en el propio; constituyendo una postura similar al nacionalismo, en donde se prioriza lo propio y se desprecia lo ajeno.

Un caso distinto es el de la libertad de pensamiento y de acción dentro de determinada religión. Así, se tiene un caso extremo cuando una institución impone a sus adeptos desde las creencias básicas hasta los pequeños detalles, no dejando prácticamente ninguna opción a quienes deberán someterse a las reglas establecidas. Este es un caso indeseado por cuanto es importante que el individuo no pierda la sensación de libertad, de lo contrario su situación será incómoda y buscará cambiar de religión, o la rechazará.

Resulta conveniente establecer una comparación con la ciencia experimental. En este caso, se considera importante la libertad de pensamiento y de acción de manera de permitir que varios individuos pensantes ofrezcan diversas hipótesis para la solución de algún problema, ya que luego la experimentación decidirá acerca de cuál de ellas se adapta mejor. Se dice por ello que la ciencia funciona como un organismo vivo, por cuanto se establece en forma similar al proceso biológico en donde se producen cambios genéticos que son luego seleccionados facilitando la evolución posterior, aceptándose aquellos cambios que permiten una mejor adaptación al medio.

En el caso de la religión, varias propuestas distintas pueden hacer que una Iglesia mantenga su vitalidad y ofrezca las respuestas que les son demandadas en cada época. Sin embargo, no debe olvidarse que son los adeptos quienes primero deben adaptarse a las reglas, siendo la adaptación entre Iglesia y creyente similar a la existente entre docente y alumno. Así, el alumno debe aprender lo que se le enseña mientras que el docente, a su vez, debe contemplar las dificultades que cada alumno le plantea. No es bueno que el docente trate de imponer el conocimiento en forma inflexible ni tampoco es bueno que el alumno pretenda imponer su criterio acerca de lo que se le enseña, o de lo que se le debería enseñar.

La Iglesia Católica pasa por una época de rebelión entre sus “alumnos aventajados” cuando ponen en duda incluso las reglas básicas de la institución desoyendo las sugerencias del Papa y de la tradición. El problema que surge de este planteo es la duda instalada sobre los fundamentos en que se asienta el cristianismo, lo que resulta tan inadmisible como si los científicos dudaran de la existencia de leyes naturales invariantes, lo que implicaría negar su búsqueda y la razón de ser de tal actividad cognitiva. Justamente, en el caso del catolicismo, se pierde de vista la existencia de una ley natural eterna que rige a los seres humanos, y de ahí que tal referencia impida que los cambios propuestos sean totalmente libres o subjetivos.

En toda institución podemos encontrar diversas actitudes respecto de los cambios. Los conservadores se oponen a cualquier cambio, los obedientes se adaptan a cualquier cambio, mientras que los progresistas lo promueven por el cambio mismo. John Eppstein escribió: “Hoy es difícil encontrar fuera de la Iglesia muestras abundantes de ese respeto. En tan sólo ocho años es mucho lo que hemos visto que hace pensar que la Iglesia Católica se está destrozando a sí misma”. “Los apóstoles de esta hostilidad son casi siempre miembros de órdenes religiosas, entre los que encontramos incluso a la Compañía de Jesús, de la que siempre se creyó que destacaba por su lealtad al Papa, pero cuya total falta de disciplina es hoy mundialmente notoria. Se invoca contra él la autoridad de los obispos, hoy organizados en conferencias nacionales” (De “¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?”-Ediciones Guadarrama SA-Madrid 1973).

Mientras que, por lo general, se rechazaba a los herejes cuando proponían cambios “negativos”, la Iglesia expulsa en estas épocas de cambio a figuras representativas del conservadorismo, como fue el caso de Mons. Marcel Lefebvre. El cardenal Gabriel Garrone escribe respecto de los progresistas: “Tienen razón los católicos al sentirse desazonados y al protestar cuando ven a un sacerdote tomarse libertades sin escrúpulo con los sacramentos y erigirse en árbitro de las señales de la fe. Pues, en tales casos, la propia se siente amenazada y se rebela contra las imprudencias pecaminosas. Si se abandonan los sacramentos de la fe a los arbitrarios caprichos de cualquier cura, corren el peligro de dejar de ser sacramentos de la fe. El resultado es que el creyente que rehúsa someterse a la ley del juicio personal de un hombre puede apartarse paulatinamente de un mundo sacramental que ha perdido todo valor para él”.

Una crítica que se dirigía hacia Lefebvre aducía su defensa de la continuidad de la misa en latín. En algunos lugares, como en África, con la presencia de integrantes de diversas tribus, que hablaban varios dialectos, la utilización del latín solucionaba ese problema. Al utilizar los idiomas locales, se le quitó a la misa el carácter universal, o católica, que postula el propio nombre de la institución. Se supone, además, que el adepto a la religión debe interesarse por conocer algo más sobre la historia de su Iglesia y de ahí que aprender algo de latín no venía nada mal. Su abolición produjo también inconvenientes en quienes viajan a distintos lugares en un mundo globalizado. Para muchos innovadores, el latín era más peligroso que el “Manifiesto comunista”. Marcel Lefebvre escribió: “Actualmente el demonio está desencadenado contra la Iglesia, pues precisamente de eso se trata: quizás estamos asistiendo a una de sus últimas batallas, una batalla general. El demonio ataca en todos los frentes y si Nuestra Señora de Fátima dijo que un día el mismo demonio llegaría hasta las más altas esferas de la Iglesia, eso significa que tal cosa podría ocurrir. No afirmo nada por mí mismo, sin embargo se perciben signos que pueden hacernos pensar que en los organismos romanos más elevados hay quienes han perdido la fe”.

“El orden social cristiano se sitúa en el extremo opuesto de las teorías marxistas que nunca aportaron, en las partes del mundo en que fueron aplicadas, más que miseria, opresión de los más débiles, desprecio del hombre y muerte. El orden cristiano respeta la propiedad privada, protege la familia contra todo lo que la corrompe, fomenta el desarrollo de la familia numerosa y la presencia de la mujer en el hogar, deja una legítima autonomía a la iniciativa privada, alienta a la pequeña y a la mediana industria, favorece el retorno a la tierra y estima en su justo valor la agricultura, preconiza las uniones profesionales, la libertad escolar, protege a los ciudadanos contra toda forma de subversión y de revolución” (De “Carta abierta a los católicos perplejos”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1986).

Quienes promueven reforzar la religión mediante la razón, los “razonantes de Cristo”, no atribuyen a la tradición y a los ritos el mismo valor que les otorgan los “creyentes de Cristo”. Sin embargo, lejos están de consentir la destrucción de la religión tradicional como se viene haciendo desde hace varios años. John Eppstein escribió: “Es importante recordar que, aparte de la libertad que se les ha concedido, los obispos de varios países han venido haciendo otras dos cosas. Una de ellas es la modificación del culto público autorizada oficialmente por etapas. La otra, las instrucciones y los consejos oficiosos acerca de la «renovación litúrgica» emanados con intervalos de la Comisión Litúrgica de Roma”. “Los entusiastas han dado las interpretaciones más radicales y a menudo no autorizadas en absoluto a esas pautas. Y eso es lo que ha causado más estupefacción y escándalo, especialmente en países como Bélgica y Chile, en donde la jerarquía dio rienda suelta incluso cuando el Concilio Vaticano aún continuaba sus deliberaciones. En realidad, no se habían expresado en ninguna parte deseos de que se abandonara la liturgia latina, ni de que se eliminasen los ornamentos de culto a los que estaban habituados los fieles; y horrorizó a gran número de ellos ver que no sólo los crucifijos, las estatuas de los santos y los candelabros de los altares, sino también los cálices, copones y ornamentos sagrados se ponían en venta en el mercado de lance de los chamarileros de Bruselas y en las tiendas de antigüedades de París y Santiago. Las buenas gentes se juntaron para comprarlos y librarlos de lo que consideraron una profanación sacrílega”.

Recordemos que el accionar destructor hacia la Iglesia se observó luego del ascenso de Vladimir Lenin al poder, en la Unión Soviética. Si tenemos presente que la Iglesia de Chile fue la promotora ideológica del ascenso de Salvador Allende, no resulta sorprendente enterarse de tal accionar. Incluso la destrucción esencial de la Iglesia va más allá de los ritos y de los símbolos, ya que apunta a reemplazar los Evangelios por un disimulado y encubierto marxismo-leninismo bajo el rótulo de Teología de la Liberación.

Al punto de contacto entre cristianismo y marxismo se lo busca en el caso de los pobres. Así, el rico no entrará en el Reino de los Cielos por cuanto en su escala de valores predomina lo material relegando lo afectivo (moral) y lo cognitivo (intelectual). Tampoco entrará al Reino de los Cielos el pobre que en su escala de valores predomina lo material, y relega lo moral y lo intelectual. De lo contrario, la religión sería una rama derivada de la economía y no una cuestión asociada a los valores humanos. Para ser por siempre pobre, basta con ser vago, o con no tener miedo a la miseria ni tener ningún tipo de ambición material. Si algunos consideran que ése es el camino hacia la vida eterna, se trataría de un absurdo. El pobrismo eclesiástico favorece la pobreza y desalienta la generación de riqueza, y es la mentalidad que favorece tanto al populismo político como al subdesarrollo económico.

El paso siguiente es atribuir al rico todos los defectos y al pobre todas las virtudes, estando de esa manera más próximos del marxismo que del cristianismo. El pobrismo se “perfecciona” cuando se afirma que el rico es el único culpable de los males existentes en la sociedad por lo que se ingresa de lleno en el marxismo, promoviendo la violencia y el asesinato en gran escala, en caso de ser efectiva la prédica. Se relega la actitud del amor, que es la base del cristianismo, para reemplazarlo por la lástima que se ha de sentir por el “inferior”. Quien no pueda compartir las penas y las alegrías ajenas necesita “testigos” para hacer el bien en público, al más puro estilo populista.

La actitud cristiana hacia los pobres implica hacer algo concreto para ofrecerles trabajo, como es el caso de la formación de una nueva empresa. Por el contrario, sentir lástima por ellos, o bien odiar a los que sí pueden brindarles alguna solución, implica alejarse totalmente de lo que sugieren los mandamientos bíblicos.