jueves, 29 de enero de 2015

La economía de Ponzi y otras variedades

Carlo Ponzi (1882-1949) fue un célebre estafador que utilizaba un método típico para realizar sus perjudiciales maniobras. Las estafas se diferencian del simple robo por cuanto se adopta una parte legal en una primera etapa, estableciendo un pacto que se ha de cumplir, hasta que llega el momento en que el estafador se queda con el dinero ajeno. Lo interesante de este proceso es que en las economías normales a veces aparecen procesos similares, sin que sus participantes sean conscientes de ello, constituyendo un mecanismo adicional generador de crisis. Kaushik Basu escribió: “Las estafas de Ponzi han sido un elemento recurrente en la vida económica de las naciones ricas y pobres desde, al menos, el siglo XIX. A pesar de tratarse de un timo que ha arruinado la vida de millones de personas, la mayor parte de la gente apenas tiene una vaga idea de cómo funciona. Ello tal vez explique por qué tantas personas continúan cayendo víctimas de su extraño y casi místico encanto. La cuestión ha cobrado cierta importancia en tiempo reciente a raíz de la crisis financiera mundial y de los titulares sobre la mayor estafa de Ponzi de la historia: el escándalo de Bernard Madoff, que estalló en el punto álgido de la debacle” (De “La economía de Ponzi”-Investigación y Ciencia-Nº 455-Prensa Científica SA-Barcelona Agosto/2014).

La estafa consiste esencialmente en convencer a sus potenciales clientes de que el supuesto “agente inversor” ha de invertir su dinero en algo muy redituable. Así, alguien le confía 100 dólares a cambio de la promesa de que ha de recibir, al mes siguiente y como interés por el préstamo realizado, 10 dólares junto al capital prestado, lo que constituye un porcentaje inusual en economías con poca o ninguna inflación. En el siguiente mes, con el mismo argumento, convence a otras dos personas, de quienes recibe un total de 200 dólares. Con este dinero devuelve capital e interés al primer inversor, con lo que le queda una diferencia apreciable. El siguiente mes trata de convencer a cuatro inversores para realizar la misma jugarreta, y así sucesivamente.

Adviértase que, mientras tanto, comienza a elevarse el prestigio del “agente inversor” por cuanto cumple con sus promesas mientras que quienes le confían su dinero reciben importantes ganancias. No se tiene en cuenta aquello de que: “Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”. Si la cantidad de posibles embaucados fuese infinita, el proceso podría continuar sin que nadie se perjudique. Sin embargo, llega el momento en que comienza a saturarse la cantidad de “inversores” y es cuando el estafador desaparece con una importante suma de dinero. “Los esquemas de Ponzi (las estafas piramidales clásicas del tipo «robar a Pedro para pagar a Pablo») probablemente hayan sido una constante en la actividad económica desde, al menos, el siglo XIX. Un análisis cuidadoso revela que, en las economías modernas, los esquemas de Ponzi son más comunes de lo que se pensaba. En ocasiones surgen de manera espontánea, sin necesidad de un estafador. Las burbujas financieras y numerosas prácticas empresariales comparten características con los esquemas de Ponzi. Su conexión con prácticas legítimas dificulta sobremanera su regulación”.

“Cualquiera que haya seguido la debacle de Madoff habrá pensado que toda estafa de Ponzi constituye un fraude perpetrado deliberadamente. En lugar de emplear el dinero de los inversores para financiar un negocio producido, el estafador lo usa para pagar los intereses de los inversores anteriores. Sin embargo, los economistas han comenzado a percatarse de que ese comportamiento puede también surgir de forma espontánea e incluso inconsciente. La razón se debe a que las expectativas se alimentan en cascada, lo que genera un frenesí especulativo que infla una burbuja condenada a explotar tarde o temprano”.

La especulación y la estafa deben diferenciarse, ya que en la primera no necesariamente se perjudica a alguien, mientras que la segunda se caracteriza por hacerlo. Edward Chancellor escribe respecto de la diferencia entre empresario y especulador: “Para Adam Smith, el especulador se define por su afán de lucro a corto plazo; sus inversiones son fluidas, mientras que las del empresario convencional son más o menos fijas. John Maynard Keynes retuvo esta distinción cuando definió la «empresa» como «la actividad de pronosticar el rendimiento prospectivo de los activos durante toda la vida de éstos», a diferencia de la especulación, que él denominaba «la actividad de pronosticar la psicología del mercado»" (De “Sálvese quien pueda”-Ediciones Granica SA-Buenos Aires 2000).

Las diversas crisis económicas están asociadas a la excesiva ambición personal y a la creencia de que es posible ganar dinero fuera del trabajo productivo. Uno de esos casos es el sobrevalúo de las acciones. Así, supongamos que una empresa tuvo ganancias anuales con un incremento del 10% respecto del año anterior. Si las acciones de esa empresa suben un 10%, se considera un incremento normal o razonable. Sin embargo, se da el caso de que, ante una excesiva demanda de tales acciones, se produce un incremento de su valor en un 30%, comenzando a formarse una burbuja financiera por cuanto el valor de las acciones comienza a “alejarse de la realidad", es decir, comienza a desligarse del proceso productivo que debería generar el valor de la acción. En estos casos, tarde o temprano las acciones bajarán a su nivel normal perjudicándose quienes invirtieron antes de comenzar el descenso de su valor. Bernard Baruch escribió: “Lo que se registra en las fluctuaciones de los mercados financieros no son los eventos de los activos que ahí se negocian, sino las reacciones de los humanos a esos eventos, cómo millones de individuos sienten que esos sucesos afectarán su futuro. Por encima de todo, en otras palabras, los mercados financieros son la gente” (Citado en Neuro-economía” de Pablo Peyrotón-Ediciones Granica SA-Barcelona 2004).

En relación al tema tratado, surge el interrogante acerca del vínculo existente entre economía, moral y eficacia económica. Resulta evidente que un proceso de estafa, como el mencionado, no puede ser considerado un hecho moral por cuanto, a pesar de haber beneficiado a algunos, termina perjudicando a otros. Como la esencia de la economía es el intercambio, puede decirse que aquel proceso que beneficia a ambas partes es el que está acorde a la moral natural, teniendo presente la actitud cooperativa básica por la cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como propias, siendo el proceso básico de la economía de mercado:

A intercambia con B para beneficio de ambos (Mercado)

Por el contrario, las economías de tipo socialista, adoptan el siguiente esquema:

A es confiscado por E (Estado) que a su vez lo regala a B (Socialismo)

Mientras que la economía de mercado resulta compatible con una ética natural, la economía socialista resulta incompatible por cuanto la confiscación que sufre A (su empresa o sus ganancias) es equivalente a un robo. En lugar de que el individuo A haga intercambios directos con B, como puede ser el pago de un sueldo a cambio de una prestación laboral, el Estado tiende a otorgar a B lo confiscado “según sus necesidades” y no según el trabajo que haya realizado.

Debido a que son sistemas incompatibles, surgen diferencias entre los conceptos de moralidad y legalidad. Así, mientras que la economía de mercado considera el intercambio básico como algo moral y por lo tanto legal, es decir, legal por ser antes moral, la confiscación socialista, similar a un robo, no es moral y tampoco ha de ser legal. Por el contrario, el socialista, que adhiere al relativismo moral, considera que la confiscación cumple con ambos requisitos: es legal y por lo tanto moral, ya que, según Lenin, “Moral es lo que favorece el advenimiento del socialismo; inmoral lo contrario”. En síntesis, para quien el mercado es moral y legal, el socialismo es inmoral e ilegal, mientras que, para quien el socialismo es legal y moral, el mercado es ilegal e inmoral.

Por lo general, poco se tiene en cuenta el carácter ético de los sistemas económicos priorizándose la eficacia de los mismos, que puede medirse mediante la productividad, siendo la productividad la razón que existe entre lo producido en relación a los insumos requeridos para esa producción. Así, alguien que fabrica 20 sillas con $ 500 es más productivo que quien produce 15 sillas similares con esos mismos $ 500.

Si se puede hacer evidente que el sistema compatible con la moral natural resulta más productivo que aquel que no lo es, habremos advertido que la intuición no nos engañó. De lo contrario, si para ser más eficaces deberíamos ser menos morales, se producirían serios conflictos en la sociedad. Efectivamente, si comparamos la Alemania del “milagro alemán” con la Alemania del “muro de Berlín”, o la China socialista de Mao con la actual China con economía de mercado, se advierte siempre una clara diferencia a favor de la economía capitalista, o de mercado.

Son varias las razones por las que ello ocurre. La primera de ellas es que la confiscación quita estímulos para la producción, mientras que la distribución posterior agrega estímulos a la vagancia. En segundo lugar, la intermediación del Estado, con una enorme burocracia que nada produce, hace perder productividad al sistema. Incluso en aquellos países, con moderada corrupción, que han redistribuido enormes cantidades de dinero para combatir la pobreza, se encontró que sólo llegaba al necesitado un 30% de lo asignado, mientras que el 70% quedaba en manos de los burócratas redistribuidores. En países con elevada corrupción, el porcentaje que le llega es menor aún.

La gente, teniendo presente lo antes sucedido, posiblemente sea menos propensa a padecer los engaños de los futuros Ponzis. De ahí que quienes buscan enriquecerse sin producir, observan con atención ese 70%, y aún más, que va a parar a las manos de los redistribuidores de lo confiscado por el Estado. Para justificar esa estafa a la sociedad se muestran a favor de los pobres mientras promueven simultáneamente una mentalidad anticapitalista, es decir, adversa a los intercambios libres ya que aducen que siempre el fuerte va a someter al débil, económicamente hablando. Por lo que sugieren que debe ser el Estado, conformado teóricamente por quienes están “exentos de defectos y plenos de nobles intenciones”, el que debe redistribuir lo que producen los “perversos” empresarios.

Luego del fracaso de los regímenes socialistas, pareciera ser que lo que fracasó no fue el socialismo sino el capitalismo. De ahí que todo individuo debe resguardarse de los “defensores de los pobres” que jamás piensan en producir o en dar trabajar a alguien. Debe pensar en su propio futuro sin dejarse estafar por quienes les relatan una situación histórica exactamente al revés de lo sucedido ya que es el medio disponible que utilizan para realizar estafas en gran escala.