lunes, 19 de enero de 2015

El hombre de Bien

La puesta en práctica de una propuesta ética está asociada a un método. Todos los métodos coinciden en que debemos realizar una evaluación de nuestro comportamiento cotidiano. Para ello debemos tener previamente una idea acerca del Bien y del Mal. Entonces, la introspección actuará como parte de un proceso de autocontrol que apunta hacia el mejoramiento individual.

Todo mejoramiento persigue un objetivo principal: la eliminación de nuestros defectos y la consolidación de nuestras virtudes; considerando como “defecto” lo que falta para llegar a tener la virtud correspondiente. De ahí que “el hombre de Bien” sea, justamente, el que con preponderancia realiza el Bien. Nótese que es muy distinto hacer el Bien a no hacer el Mal. Quien no hace el Bien ni el Mal, es éticamente neutro; su acción será insuficiente para el logro del éxito personal.

Debemos estar convencidos de que ciertas acciones producirán efectos deseados y que otras producirán efectos indeseados. Que no sepamos cuales serán los efectos de tal o cual acción humana, ello no significa que no los produzca. Se supone, además, que existe una transición gradual entre el Bien y el Mal.

El impresor, escritor, físico y hombre de Estado, Benjamín Franklin (1706-1790), sugirió un método que requiere de un listado de virtudes, como base de la acción a desarrollar. Luego, se busca eliminar los defectos uno a uno, sin prestar demasiada atención a los demás. Escribió al respecto: “Así como el jardinero que quiere limpiar un jardín no arranca a un tiempo todas las malas hierbas, porque sería una faena superior a sus medios y a sus fuerzas, sino que desde luego empieza por una parte, y no pasa a otra hasta haber concluido el trabajo de la primera: así también esperaba yo disfrutar el placer de ver en mis páginas los progresos que habría hecho en la virtud por la disminución sucesiva del número de señales, hasta que al fin, después de haber vuelto a comenzar muchas veces, tuviese la dicha de hallar mi librito enteramente blanco, después de un examen diario durante trece semanas” (De “El libro del hombre de bien”).

Este método presenta una similitud con el empleado por el físico-culturista Frank Zane para la “construcción del cuerpo” (bodybuilding), como se denomina también a la “gimnasia progresiva con pesas”. Primeramente tiene presente los factores de los que depende el entrenamiento con pesas: cantidad de series, repeticiones por serie, descanso entre series, peso utilizado, etc. El método sugerido implica realizar, de un entrenamiento a otro, alguna mejora. Esa mejora consistirá en aumentar el peso, o las repeticiones, o las series, o bien disminuir el tiempo de descanso. De esa forma se progresa sin preocuparse por los efectos inmediatos y sin fijarse una meta concreta para el largo plazo priorizando lo accesible y lo controlable. Tanto para el método de la mejora de nuestra conducta como para la mejora de nuestro cuerpo, se requiere realizar una anotación diaria de nuestras acciones.

La lista sugerida por Franklin consta de trece normas, a las que se agregarán comentarios:

1- Templanza. No comáis hasta entorpeceros, ni bebáis hasta perder el sentido

La templanza está asociada a la voluntad; por medio de la cual el hombre hace lo que estima que producirá los mejores efectos. Las pasiones, por el contrario, son prometedoras de felicidad en el corto plazo presionando al individuo a hacer lo incorrecto. La templanza es la que, a la larga, prolonga la vida y mejora su calidad, por cuanto permite que se dejen de lado los hábitos perjudiciales para la salud (fumar, comer y beber en exceso, o lo indebido, etc.). Francis Williard escribió: “Templanza es la moderación en el uso de lo bueno y abstinencia total de lo malo”.

2- Silencio. No habléis sino lo que puede ser útil a los otros o a vosotros mismos. Evitad las conversaciones ociosas.

El silencio y la meditación permiten adquirir nuevos conocimientos; la conversación permitirá transferirlos a los demás. De ahí que existan momentos propicios para el silencio como también momentos oportunos para el diálogo. Pitágoras escribió: “Escucha, serás sabio; el comienzo de la sabiduría es el silencio”.............. Se dice que la claridad es la cortesía del filósofo; también puede decirse que la brevedad y la claridad de nuestras expresiones serán parte de nuestra cortesía al participar en una conversación. Debemos, además, detectar el interés que los demás tienen respecto del tema que hemos propuesto.

3- Orden. Que en vuestra casa cada cosa tenga su lugar, cada negocio su tiempo.

El orden y la disciplina son esenciales para el logro de metas compartidas. No sólo debemos mantener un orden en la ubicación de los objetos materiales, sino también debemos distribuir adecuadamente nuestras acciones en el tiempo. Así se dará una mejor utilidad tanto al espacio como al tiempo.

El filósofo Mario Bunge, respondiendo acerca de las diferencias que encontraba en su desempeño en Canadá en comparación con la Argentina, expresó: “Aquí (Argentina) encontré alumnos más inteligentes y en mayor número, pero poco trabajadores y mucho menos disciplinados. De modo que la inteligencia y el número no llegaban nunca a prosperar. Yo no dirigí ninguna tesis de doctorado en la Argentina” (De “Vistas y entrevistas”-Ediciones Siglo Veinte-Buenos Aires 1987).

4- Resolución. Resolveos a hacer lo que debéis, y no dejéis de hacer lo que hubiéreis resuelto.

Esta sugerencia está asociada al interés asociado a cada proyecto. Puede decirse que el trabajo dedicado a realizar un objetivo, es una medida de cuánto de importante ha de ser para nosotros lograrlo. La persona negligente tiene metas insignificantes o inexistentes. También una sociedad, o una nación, que carece de objetivos comunes, tendrán una tendencia a la vagancia generalizada. José Ortega y Gasset dijo: “¡Argentinos; a las cosas!”, que podemos interpretar como: “Argentinos; dejen de hablar y pónganse a trabajar”.

5- Economía. Los gastos que hagáis sean únicamente para el bien ajeno o para el vuestro: es decir, no disipéis nada.

El secreto del éxito económico radica en trabajar y en gastar como si uno siempre ha de ser pobre. De esa manera, se podrá progresar a través del ahorro y de la inversión. Por el contrario, el “secreto” del fracaso económico radica en trabajar y en gastar como si uno fuese a ser siempre rico. El primero considera al dinero como un medio, mientras que el segundo lo considera como un fin. La primera actitud proviene de priorizar lo ético y lo intelectual, la segunda proviene de priorizar las pasiones y la comodidad. Paolo Mantegazza escribió: “Entre la avaricia y la prodigalidad está la economía, y es la virtud que debe practicar todo hombre”.

6- Trabajo. No perdáis el tiempo. Ocupaos siempre en alguna cosa útil. Absteneos de toda acción que no sea necesaria.

Para muchos, el ocio es el destino primordial del tiempo disponible, mientras que el trabajo es una especie de castigo inevitable. El trabajo se realiza de mala gana y, tanto un sueldo alto como uno bajo, son justificativos adecuados para el trabajo a desgano.

Cierto ingeniero argentino viajó a EEUU para trabajar en una empresa. Esperaba encontrar empleados y profesionales con alta capacitación que produjeran la efectividad empresarial conocida. Sin embargo, encuentra que la gran diferencia, respecto a una empresa argentina, radica en el orden y la disciplina con que se desempeña cada uno de sus integrantes.

7- Sinceridad. No uséis de inicuos artificios; pensad con sencillez y justicia, y hablad como pensáis.

La persona sincera es la que dice siempre lo que piensa; aunque a veces deba callar lo que puede no resultar agradable a los demás. Por el contrario, el que dice cosas distintas a lo que piensa, dará la sensación de ocultar algo malo. 8- Justicia. No hagáis mal a nadie, ya sea perjudicándolo, o ya omitiendo el hacerle el bien a que os obliga vuestro deber.

Debemos hacer el Bien y evitar el Mal en toda ocasión, tanto frente a nuestros amigos como frente a nuestros rivales. Si hacemos algo malo, nuestros amigos nos valorarán pobremente y nuestros rivales se alegrarán de ello. Si hacemos algo bueno, se alegrarán nuestros amigos, pero no nuestros rivales.

9- Moderación. Evitad la cólera. Guardaos de resentiros de las injurias tan vivamente como os parecen merecerlo.

La capacidad de amar se muestra, principalmente, a través de nuestra capacidad para perdonar, siendo favorecida cuando haya signos, de la otra parte, de arrepentimiento ante los agravios cometidos.

10- Limpieza. Sed limpios en vuestros cuerpos, en vuestros vestidos y en vuestra habitación.

A veces se confunde pobreza con falta de aseo. Son dos cosas diferentes. Con la primera se trata de encubrir la segunda.

11- Tranquilidad. No os incomodéis por pequeñeces, ni por ocurrencias ordinarias o inevitables.

Inmanuel Kant escribió: “La paciencia es la fortaleza del débil, y la impaciencia la debilidad del fuerte”.

12- Castidad. Usad con comedimiento de los placeres del amor, y solamente para conservar la salud o tener hijos, sin llegar jamás al extremo de caer en la estupidez o en la debilidad, ni comprometer vuestra conciencia, paz, reputación o las de vuestro prójimo.

El sexo-diversión produce, por lo general, dos situaciones no deseadas: la paternidad irresponsable y el aborto. La mayoría acepta el libertinaje al ser impuesto principalmente por la televisión.

13- Humildad. Imitad a Jesús y a Sócrates.

A varios filósofos se los asocia al lugar donde impartieron sus enseñanzas: la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, la Stoa de los estoicos, el jardín de Epicuro, la universidad de Kant, etc. Sócrates y Cristo, por el contrario, son los “predicadores de la calle”. Sus enseñanzas son simples y profundas, por cuanto van dirigidas a todos los hombres; cualquiera sea su nivel intelectual. No sólo imparten conocimientos sino también sabiduría. Para comunicarse con todos, se sienten igual a todos, y en ello radica la humildad.

Se ha mostrado una propuesta ética sugerida por un hombre del siglo XVIII, que habitaba en la América del Norte. Sin embargo, sigue teniendo validez en nuestra época, ya que toda propuesta que esté vinculada a las leyes que gobiernan nuestra conducta presenta una validez que no depende del lugar ni de la época de su realización. Incluso el Bien y el Mal no cambian, ni dependen de la opinión que los hombres tengamos al respecto.