viernes, 13 de junio de 2014

La propiedad privada

En épocas primitivas, predominaba la propiedad colectiva, ya que todo era de todos (o nadie era dueño de nada). Mientras las poblaciones eran pequeñas, no surgían inconvenientes. El aumento de la densidad poblacional implicó un aumento de los conflictos y el requerimiento de alguna innovación, como fue la propiedad privada.

Durante la colonización de Sudamérica, se reproduce el proceso mencionado; ya que el ganado existente, al no tener dueño, fue consumido casi hasta su extinción. Se advirtió entonces la necesidad de la propiedad privada, cuya aplicación revirtió esa tendencia. Martín Krause escribió: “En algún momento de la colonización del Río de la Plata, los españoles trajeron a esta región algunos ejemplares de ganado equino y vacuno, los que encontraron un hábitat fértil para su reproducción”. “No resulta extraño que se reprodujeran con facilidad y dieran origen al «ganado cimarrón». Pero la cacería indiscriminada de vacunos y equinos provocó la disminución drástica de su número”. “En ese momento, el ganado cimarrón era una «propiedad común». Al no existir un dueño específico, nadie tenía el incentivo de cuidarlo y el ganado era objeto de depredación (como ocurre hoy con las ballenas). El ganado cimarrón era un recurso móvil y la extensión de la pampa hacía imposible controlarlo”. “Esto fue así hasta que los incentivos generados por la propiedad de la tierra y el interés de los dueños de manejar racionalmente el recurso dieron paso al avance tecnológico que permitió la delimitación clara de derechos de propiedad: el alambrado”.

“A partir de la difusión de esa innovación tan simple para nosotros hoy, nunca hubo ya problemas de depredación del ganado y los propietarios se encargaron de cuidar atentamente su producción. Pero hubo un momento en que en la Argentina hubiera debido considerarse a las vacas como una especie «en peligro de extinción». Pocos ejemplos resultan tan claros como éste para comprender el papel que cumplen los derechos de propiedad”.

Durante la colonización de América del Norte hubo un caso similar. “Con la llegada de los europeos se abrió la posibilidad de que la caza de pieles de castor fuera un lucrativo negocio para los indios: surge entonces un precio para las pieles, y sube y aumenta su caza. La caza indiscriminada amenaza ahora llevar a una situación que ha sido descripta por Garret Hardin como la «tragedia de la propiedad común». Cada cazador se ocupa de obtener la mayor cantidad de pieles posible, pero ninguno de ellos se ocupa de cuidar que los animales se reproduzcan. Resultado: la depredación, la desaparición de la especie”. “Los indios resolvieron este problema asignando derechos de propiedad, y comenta un relato anónimo de 1723, donde se muestra que el principio de los indios es marcar los límites del terreno de caza seleccionado por medio de marcas en los árboles realizadas con sus propias vinchas tribales, de modo que nadie ingrese en las zonas de otros. Hacia la mitad del siglo, estos territorios de caza estaban relativamente estabilizados”.

Si nos retrotraemos a la secuencia básica del intercambio económico, puede decirse que se establece a partir de la posesión de algún bien útil que se ha de cambiar por otro, previa valoración comparativa. Si no existe la posibilidad de disponer libremente de un bien, no puede haber un intercambio posterior. Sin propiedad privada no existe la posibilidad de establecer una economía de mercado. Gumersindo de Azcárate escribió: “El socialista o anarquista que intenta cambiar las condiciones presentes, debe ser considerado como reo de atentado contra los cimientos sobre los que descansa la civilización misma, pues ésta tuvo su punto de partida el día en que el obrero inteligente dijo a su compañero incompetente y perezoso: si no siembras, no cosecharás; y así acabó el comunismo primitivo, separando a las abejas de los zánganos. No mal, sino bien ha venido a la humanidad la acumulación de la riqueza por los que han tenido la energía y la habilidad necesarias para producirla”.

Puede establecerse una secuencia que va desde las etapas iniciales de la evolución económica seguidas por las distintas innovaciones que se fueron estableciendo:

a) No hay propiedad privada, sino colectiva (comunismo)
b) Se establece la propiedad privada
c) Aparece la división, o especialización, del trabajo
d) Aparecen los intercambios y el mercado

Se advierte que el marxismo, al ubicar al comunismo en el final de la evolución cultural, tanto en el aspecto económico como en el social, lo que hace en realidad es retrotraernos a las etapas primitivas de la civilización. La propiedad privada se inicia cuando alguien va tomando posesión de lo que no tiene dueño; de lo contrario habría de ser una posesión indebida, o robo. Martín Krause escribió:

“La propiedad, en realidad, no significa que el propietario disfrute solamente de los beneficios que ésta pueda darle, sino que debe también soportar todas las cargas y responsabilidades de lo que haga con ella. La creciente extensión de la propiedad privada favoreció e impulsó el avance de la civilización en dos sentidos. El primero de ellos es el incentivo del progreso: está claro que pondré mis mayores esfuerzos en cualquier tipo de actividad en la medida en que pueda gozar plenamente de los frutos del esfuerzo realizado en el aprovechamiento de mis recursos. En otros términos, si mi único recurso es mi capacidad de trabajo, está claro que sólo me esforzaré si tengo la seguridad de que el fruto de mi esfuerzo me pertenece, es mi propiedad”. “Vano resulta tratar de inducir a las personas a esforzarse al máximo si luego el resultado de esta acción es utilizado por otro, si no ejercen sobre ese esfuerzo su derecho de propiedad”.

Mientras mayor sea la valoración o la extensión de la propiedad de un individuo, mayores han de ser las actividades de control, administración y, en general, de trabajo requerido para su mantenimiento. De ahí que, pasado cierto límite, en lugar de disfrutar de los beneficios y de la seguridad que brinda la propiedad, su dueño puede convertirse en un esclavo de la misma. Todos sus pensamientos y preocupaciones quedarán absorbidos por las decisiones necesarias y cotidianas que deba adoptar. Es por ello que la mayor parte de la sociedad rehuye de toda actividad empresarial, por lo que una economía con pocos de ellos tendrá un nivel insuficiente para satisfacer las necesidades de la población. En general, la carencia de un plantel adecuado de empresarios, tanto en cantidad como en calidad, implica el consiguiente subdesarrollo de una nación.

Existe un relato en el cual se describe un diálogo entre un empresario y un hombre pobre, quien disfruta pescando en las orillas de un arroyo. El primero comenta que trata de ampliar la producción de su empresa, por lo que su interlocutor le pregunta: ¿para qué? Le explica que quiere asegurar su porvenir, recibiendo como respuesta: ¿para qué? Finalmente el empresario afirma que todo ello lo hace pensando en el futuro, para poder algún día ir a pescar tranquilo en un arroyo, siendo justamente lo que está haciendo el hombre pobre en ese momento.

Existen quienes desarrollan sus actividades laborales sin grandes expectativas y sin excesivas ambiciones, siendo el éxito económico la consecuencia de una adecuada capacidad empresarial. Tales empresarios serán altamente beneficiosos para la sociedad. Por el contrario, cuando alguien busca el éxito económico pensando en el poder, el lujo y la ostentación, su actividad empresarial podrá estar signada por actitudes egoístas y acciones ilegales. De ahí que no conviene realizar generalizaciones suponiendo que todo empresario se identifica con este último. La generalización injustificada no es otra cosa que una discriminación social. Gumersindo de Azcárate escribió:

“Por esto, son los deberes del hombre de fortuna: primero, dar ejemplo de una vida modesta y sin ostentación; segundo, satisfacer con moderación las legítimas necesidades de los que dependen de él, y tercero, considerar todos los ingresos como un depósito o fideicomiso, que tiene la obligación de administrar del modo adecuado para que produzca a la comunidad los frutos más beneficiosos que sea posible; viniendo a ser así el hombre rico mero agente de sus hermanos pobres, a cuyo servicio pone sus luces superiores, su experiencia y su habilidad, obteniendo de ese modo para ellos un bien mucho mayor que el que les sería dado alcanzar por sí mismos” (De “Los deberes de la riqueza”-Editorial Tor-Buenos Aires 1960).

Debido a la discriminación social mencionada, y a la envidia, se les niega a los empresarios cierto reconocimiento por cumplir con las responsabilidades sociales señaladas. De ahí que se apoye masivamente la alternativa de que los políticos a cargo del Estado expropien las empresas, o sus ganancias, para redistribuirlas entre los pobres. Se supone que tales políticos carecen de defectos y de egoísmo (todo lo contrario de los empresarios), por lo cual serian las personas indicadas para tal tarea social. Por esta razón, en los países subdesarrollados, el que genera riquezas es mirado como sospechoso y es considerado culpable hasta que demuestre lo contrario, mientras que al que no produce, pero que se muestra generoso al expropiar y distribuir lo ajeno (nunca lo propio), se lo considera inocente sin tener siquiera que demostrarlo.

Por lo general, la mayor parte de la redistribución termina en manos de los redistribuidores, que son hábiles calumniadores, capaces de convencer a poblaciones enteras tanto de la maldad empresarial como de la bondad socialista. El citado autor escribió: “El administrador prudente ha de ser sensato, pues uno de los obstáculos mayores que se oponen a la mejora de la especie es la caridad indiscreta. De cada 1.000 pesos gastados en la llamada hoy caridad, 950 se invierten probablemente en producir los mismos males que los donantes se proponían mitigar o curar. El que entrega una peseta al primer mendigo que pasa por la calle, puede hacer con ella un mal, y al dar satisfacción a sus sentimientos y evitarse la molestia de enterarse de la necesidad, resulta su acción egoísta. La primera condición que se ha de tener presente al ejercer la caridad, es la ayuda a los que se ayudan a sí mismos; auxiliar, pero raras veces, o nunca, hacerlo todo. Ni el individuo ni la especie se mejoran con limosnas”.

El problema ecológico, por el cual el hombre tiende a extinguir distintas especies animales, se debe esencialmente a que todavía existen resabios de la propiedad colectiva. Adviértase la diferencia que existe entre las especies que tienen dueño, y las que no lo tienen: las primeras tienden a aumentar, mientras que las últimas tienden a extinguirse. Martín Krause escribió: “Un propietario que tala su bosque irracionalmente destruye su propiedad y es sancionado por el mercado pues su precio, basado en los rendimientos futuros, caerá irremediablemente. No es de extrañar que los recursos que presentan problemas de subsistencia sean los que no cuentan con propietarios (protectores), en particular especies como las ballenas, los elefantes y tigres, mientras que los que sí los tienen (vacas, gallinas, chinchillas o visones) prosperen” (De “La economía explicada a mis hijos”-Aguilar SA de Ediciones-Buenos Aires 2010).

Un niño quizás comprenda perfectamente las ventajas de la propiedad privada y las desventajas de la propiedad colectiva. Sin embargo, ello no ha sido comprendido por uno de los “fundadores” de la sociología, Karl Marx. Lo lamentable no es que una persona, o unas cuantas, ignoren aspectos evidentes de la realidad, sino que son muchos los seguidores que, por no razonar, optan por repetir y aceptar todo lo que les dijo el “profeta máximo”. Esto nos hace recordar la expresión de Cristo que agradecía a Dios por haber permitido que lo importante haya sido comprendido por quienes son como los niños y haberlo ocultado de los “sabios y fariseos”.

Si bien la propiedad privada tiende a producir conflictos, la propiedad colectiva los produce necesariamente y en mayor cuantía. Mientras la primera puede considerarse como una enfermedad social, la segunda implica la muerte social. De ahí que el capitalismo sea, comparado con el socialismo, el menor de los males.